JESÚS Y LA MUJER

Hoy vamos a realizar un apunte, que como tal es breve, con relación al comportamiento que Jesús tuvo con las mujeres en una época fuertemente machista. Y ello lo hacemos como continuación a un informe dado en una emisora de radio en el que se indica que hay textos escolares que afirman que los apóstoles eran 13. No vamos a entrar aquí a dilucidar el número real, ya que, créanme, no es fácil. Ahora bien, de lo que no cabe la menor duda es que, ¡teológicamente eran 12! teniendo en cuenta lo que en aquella época había que tener en cuenta: el valor simbólico de este número. En otra reflexión ya hemos hablado de ello, por esta razón el lector comprenderá que si hay textos de enseñanza que hablan de trece apóstoles y profesores que explican este “cambio”, ni los unos ni los otros, estimamos, saben lo que dicen.

Como pudiera suceder que sea la mala intención la que mueve a estos nuevos “fariseos” de la enseñanza religiosa, vamos a reflexionar intentando adelantarnos un paso a estos “nuevos profetas”  ¿Cómo? Al hilo de semejante “hallazgo”, intentaremos reflexionar, teológicamente hablando, sobre  el significado de lo que está “más allá” de ese simbólico número doce, y que incluso a los cristianos, nos tiene algo desconcertados: los doce eran todos hombres ¿Acaso las mujeres no tenían acceso a este número? Ya hemos comentado en estas reflexiones, que en la época de Jesús ni siquiera existía la palabra para definir al apóstol como mujer ¿Desde esta perspectiva, podemos decir que ella es el número 13? No estamos dando la razón a quien proclama que había tal número de apóstoles, estamos introduciendo en el simbólico número 12, un nuevo apunte teológico y no un aumento aritmético del número como escuché radiofónicamente.

Veamos alguno de los muchos motivos que podemos esgrimir para no dejar fuera de los doce al 100% de la humana feminidad. Nos referimos a la deferencia que Jesús tuvo con las mujeres; fue tanta, que incluso el cristianismo de los siglos posteriores, tuvo que echar marcha atrás a la hora de intentar expansionar la nueva religión. Este es el motivo de que, al margen que Pablo hubiera dicho que en Cristo no hay hombre ni mujer (Gal 3,28), hoy diríamos: lo que hay es persona, el Papa Lino, sucesor de Pedro, mandara que la mujer volviera a ponerse el velo y a callarse en las asambleas. En aquellos tiempos, uno de los mayores ataques que se le podían hacer a una religión, con el fin de que no prosperase, era simplemente anunciar que tal creencia era cuestión de mujeres. Pues bien, ese era uno de los atributos que le pusieron al cristianismo sus detractores.

¿Por qué en las primeras comunidades cristianas fue tan difícil hacer callar a la mujer y casi imposible situarla en el lugar que durante siglos le había situado la sociedad? Porque de hecho, era poco menos que imposible acallar el comportamiento que Jesús tuvo con ella (Jn 4,27). El naciente cristianismo, tampoco comprendía bien el actuar de Jesús, de ahí que el mencionado Papa Lino y sus sucesores pusieran en labios de Pablo argumentos que nunca dijo el apóstol y que le han dado fama de misógino.

Jesús se dejaba acompañar por mujeres, algo prohibido en su época. Aún hoy, para rezar en las sinagogas están separadas de los hombres, al igual que ante el muro de las lamentaciones en Jerusalén. Jesús las toca y se deja tocar aunque sean prostitutas (Lc 7,36-50). Los ortodoxos de entonces dejan constancia de sus críticas al respecto ¿Qué dirían los actuales? Él lo que dejó dicho es que los últimos serían los primeros (Mc 10,31) y qué duda cabe que en aquella sociedad los últimos puestos eran para las mujeres.

Contrariamente, Jesús las pone de ejemplo en sus parábolas y las compara a los auténticos apóstoles, hasta el extremo que es a una mujer, a María Magdalena, a la primera que se le aparece resucitado por primera vez en la historia de la humanidad (Mt 28; Mc 16,9; Lc 24; Jn 20,11-18). Este hecho, que comentan los cuatro evangelistas, en una época tan fuertemente machista, jamás lo habrían comentado de no ser una realidad histórica: Cristo se apareció previamente a las mujeres representadas especialmente por María Magdalena.

Jesús deja constancia de la alta estima que tenía a la mujer, pues les concede un saber, completamente impropio del siglo I. Uno de los casos más asombrosos del evangelio, al respecto, es el diálogo que mantiene con la sirofenicia. Ningún hombre osó semejante comportamiento con Él. Bueno es reproducirlo para meditarlo: “Señor, hijo de David, mi hija está malamente endemoniada… sus discípulos le rogaban: concédeselo, que viene gritando detrás de nosotros: ¡Señor socórreme! El respondió: No está bien tomar el pan de los hijos y echárselo a los perritos. Sí, Señor, repuso ella, pero también los perritos comen de las migas que caen de la mesa de sus amos. Entonces Jesús le respondió. Mujer grande es tu fe, que suceda como deseas. Y desde aquel momento quedó curada su hija” (Mt 15, 21-28).

Este pasaje nos enseña que ella actúa como un auténtico apóstol ¿Por qué? Porque enseña la verdadera justicia ¿a quién? Al mismísimo Jesús de Nazaret. Ella revela la justicia que está más allá de la ley. Jesús se deja enseñar y reprender por una mujer  !jamás por un hombre! Jesús, en un principio, no quiere escuchar a los de fuera (se les llamaba perros), finalmente, le da la razón al hacer lo que ella solicita ¡Dios ante una persona de fe siempre actúa! Reitero lo dicho: ante una persona de fe, no ante tal o cual religión. La sirofenicia era pagana, de ahí el calificativo de perrito. Pero lo más asombroso es que vemos a una mujer discutiendo con un hombre de Dios. En la época de Jesús este evento era inconcebible. Y más aún el que Jesús le diera la razón. Este pasaje cambia la historia y la posición de la mujer.

Por lo único que merecía ser alabada en la época de Jesús era por ser madre, sin embargo, Jesús no alaba esta realidad que es de origen creacional, sino que alaba su comportamiento igual que lo hace con los hombres. De ahí que rechace las lisonjas a la mujer en cuanto madre, y ensalce las alabanzas de la mujer en cuanto persona: “Mujer, grande es tu fe; que te suceda como deseas” (Mt 15,28).

Si al comienzo hemos dicho que los apóstoles eran 12, es simplemente porque 12 es el número simbólico del pueblo de Dios, es decir, que en el 12 estamos todos… y ¡todas! Por tanto, también está el 13 que tan irónicamente ha tratado de rectificar nuestro anónimo profesor. Los apóstoles son doce, como las tribus de Israel, como los patriarcas, como las estrellas que forman la corona de la Virgen, o como los meses del año. Es un símbolo de la totalidad, de tal forma que fuera del 12, no hay nada ¡Nada! La bandera de la Unión Europea está simbolizada por este cabalístico número: doce son las estrellas que representan a toda Europa. Desde esta perspectiva ¿Cómo va a encontrar nadie trece apóstoles? ¿Cómo se puede tener un desconocimiento tan grande de nuestras tradiciones? ¿Alguien puede pensar que los países europeos son doce? ¿Dónde quedan los demás? ¿Asimismo (y esta pregunta todavía no tiene respuesta en nuestra formulación de la fe),  cómo va a representarse la religión a través de las mujeres si en aquella época no podía representar a nadie, ni siquiera a ella misma ante la justicia?

Todos vamos aprendiendo, así podemos intuir que en 1965 se diga en la Dei Verbum que los varones apostólicos nos transmitieron el mensaje (18) y en la Verbum Domini de 2010 se nombre a María Magdalena como primer testigo de la alegría pascual (94): de la resurrección, que es el genuino mensaje de los cristianos. La reverberación de la palabra de Dios en la historia, tendrá en un futuro nuevas tonalidades; estoy seguro que una de ellas será el cambio de paradigma de la mujer dentro de la cristiandad, como ha quedado apuntado en nuestra anterior reflexión.

Ante la cruz, al margen de Juan, son ellas las heroínas que no le abandonan. Quien no abandona a Cristo, es y será siempre, al margen del sexo, apóstol de la fe. Cosa distinta, es la labor que las mujeres han de tener en nuestra comunidad; para ello, y como expresa el dicho popular: doctores tiene la Iglesia, siendo la Iglesia, como Institución, la que en cada momento sitúe a hombres y mujeres en el lugar que  deben ocupar. El Evangelio, a través del comportamiento de Jesús con la mujer, ya ha dicho su palabra.

 

NUEVO PARADIGMA

¡Atención a los cambios que están sucediendo en la sociedad! ¿Estamos viviendo un cambio de paradigma, como en el siglo I de nuestra era? Un hombre: Jesús, hijo, según se creía de José y María, de origen galileo, provocó el cambio que ya había anunciado Juan, el llamado, Bautista.

Vamos a reflexionar con lo que allí sucedió por si nos puede servir de ejemplo ante lo que parece estar ocurriendo actualmente: un nuevo cambio de perspectiva universal. Los cambios, como el aleteo de una mariposa, pueden ser imperceptibles, pero con el debido tiempo y espacio, se convierten en el huracán que puede sobrevenir, y que de hecho, nos está llegando.

¿Cómo se inició el cambio de paradigma en aquel entonces? Las situaciones que lo provocaron fueron múltiples y distantes, no obstante, resaltaremos un hecho del que nos han dejado constancia los evangelistas Marcos, Mateo y Lucas, y que siendo imperceptible, como el aleteo de la mariposa, refleja el milagro que sucedió y está sucediendo ante nuestros ojos, aunque no sepamos verlo.

El signo que vamos a recordar se realizó un día en el que la suegra de Pedro fue curada por Jesús. (Mt 8,14). Este hecho viene relatado por los citados evangelistas con las diferencias propias de la circunstancias de los receptores del mensaje y de las particulares teologías de los autores. Por ejemplo, Mateo omite que era un sábado, dado que sus oyentes judíos podían escandalizarse al ver que Jesús está realizando  actos prohibidos en el precepto sabático. Marcos dice que le hablan de ella (1,29ss), suponemos que para avisarle de que estaba impura por la enfermedad, con el fin de que no fuera a la casa; contrariamente, Lucas indica que le ruegan por ella (5,12-16). Este evangelista al ser de origen pagano no tiene los inconvenientes de la cultura judía.

En definitiva nos encontramos con un hecho que cada evangelista, como es costumbre, adapta a su particular teología: la suegra de Pedro está enferma con fiebre (según Lucas que es médico, puntualiza: con mucha fiebre) y como ordena la ley, está retirada en cama con el fin de no contaminar con su impureza a los que le rodean.

¿Qué hace Jesús? Lo contrario de lo que ordena la costumbre y la ley. Va a casa de Pedro, y aunque le hayan avisado de lo que ocurre, se acerca a la suegra de Pedro, la toca, la levanta y ella les sirve. La mariposa acaba de mover sus alas. El hecho puede pasar inadvertido, pero no para los evangelistas. Acaba de ocurrir algo tan importante que tienen que recordarlo para los siglos venideros.

¿Qué ha sucedido? Para muchos, que la suegra de Pedro ya no tiene fiebre ¿El milagro consiste en este hecho? La respuesta es bien distinta; el gesto de Jesús conmueve los cimientos en los que estaba basada la cultura judía. La enfermedad estaba considerada como la forma en la que se captaba el pecado de quien la padecía. Las mujeres, especialmente, eran consideradas impuras y por tanto indignas de representar la religión. De hecho, cada mes, con la menstruación y pérdida de sangre, quedaba demostrado el motivo de tal impureza (Lv 12,2). Dios estaba en la sangre (todavía los seguidores de Jehová lo creen) y si la mujer perdía sangre ¡perdía algo de Dios! ¡Impura! Por otra parte, claro que Dios está en la sangre, ¡está en todo!

El hombre, contrariamente, si en una guerra, como consecuencia de las heridas, perdía sangre, habitualmente ¡se moría! La mujer iba contra la lógica establecida. Por tanto, lo mejor era no acercarse a ella siempre que padeciera alguna enfermedad. La suegra de Pedro es paradigma de la contaminación de aquella sociedad. De hecho, la fiebre, según se creía, era de origen demoníaco. Así Lucas que es el médico ¡hace un exorcismo! Manda a la fiebre que la deje.

Toda una representación escénica para explicar el fetichismo de aquellas gentes. Jesús se acerca a la impureza legalmente establecida y personificada en la suegra de Pedro, aunque nadie, menos un hombre de Dios, podía acercarse a una mujer en estas circunstancias ¡la ley lo prohibía! Jesús no sólo se acerca, sino que la toca. Y ella se pone a servirles (señal del apostolado cristiano) ¿Qué sentiría esta mujer para cambiar su comportamiento? Jesús tocándola no se contamina y le hace sentir que ha quedado limpia. Pero lo más importante es que el resto de los acompañantes de Jesús permiten que ella les sirva. Este permiso de la sociedad lo acepta Lucas y Marcos, no obstante Mateo, cambia la frase y termina diciendo “se puso a servirle” (8,15) ¡Sólo a Jesús! A la sociedad judía le costó mucho este cambio, y de hecho, en un momento determinado el naciente cristianismo tuvo que separarse de la ortodoxia judaica.

El cambio de paradigma ya se ha iniciado… pasados los años el cristianismo cambió el mundo. El aleteo de la mariposa se convirtió en la brisa de libertad con la que la cristiandad cambió el pensamiento humano.

Aquellos valores del pasado quedaron antiguos (A.T.), otros nuevos nacieron (N.T.). ¿Qué cambiaría si siguiéramos la impronta del Evangelio? Fue el eminente teólogo Rahner el que pronosticó que “el cristianismo del futuro o será místico o no será” El creyente necesita/necesitamos retornar a la vida que emana del evangelio y ello lleva consigo romper ciertas estructuras a imagen de lo que hizo Jesús. De hecho, hay creyentes que creen más en su religión que en el Evangelio. Hemos de trascender, como hace la mística, las estructuras actuales o serán los de fuera los que rompan nuestras estructuras y no con el ánimo de trascenderlas, sino de eliminarlas.

Quienes se quedan en los grados de fiebre de la suegra de Pedro, son incapaces de trascender el hecho, por tanto, por mucho que miren, jamás verán el milagro; son los que desean saber si la fiebre pasaba de 37º o de 40º. A esos les respondemos que el termómetro, todavía no se había inventado y que tal pregunta no pertenece al ámbito teológico, de hecho, con aspirina  la fiebre desaparece, y nadie afirma que ha ocurrido un milagro. El milagro que allí ocurrió sigue ocurriendo para aquellos que tienen ojos para verlo. La suegra de Pedro es el símbolo del cambio de aquella sociedad. Servir al prójimo siempre es prioritario para el creyente. Ella se puso al servicio de la comunidad (apostolado), abandonando el retiro forzoso en el que la costumbre y la ley le había relegado. La historia comenzó a cambiar con este imperceptible aleteo.

Allí comenzaron a cambiar los valores en los que se sustentaba la sociedad. Hoy, nuevamente, se ha iniciado el cambio. Posiblemente, como entonces, una de las causas ha sido el protagonismo que desde hace años va teniendo la mujer en la sociedad. Algo, que en un primer momento, fue imperceptible. El futuro se acerca. La humanidad dependerá de los nuevos valores, que no han de ser creados por la política o por la economía; la humanidad depende del ser humano (hombre y mujer), que sabe trascender los hechos acontecidos en su historia. Jesús, con pequeños gestos, como el milagro de la suegra de Pedro, supo trascender los signos de los tiempos que le tocó vivir ¿Sabremos los cristianos imitar su ejemplo? Eso, y no otra cosa, es la evangelización que tenemos por delante, el nuevo paradigma que se aproxima.

 

 

CREACIÓN O EVOLUCIÓN

La ciencia actual nos enseña que nuestro mundo está en constante evolución y expansión; para entendernos, si el universo fuera un globo, se expande como si lo estuviéramos inflando. La Biblia, contrariamente, al decir de muchos cristianos, nos habla de creacionismo. Una tesis parece ir contra la otra ¿Dónde está la verdad, en el creacionismo, donde todo ha sido ya realizado, o en el evolucionismo, donde todo se está realizando?

“Zapatero a tus zapatos”. Este refrán popular que nada tiene que ver con la pasada política, indica que cada especialista debe hablar de su especialidad. Así lo recuerda Plinio el Viejo, en su texto Historia Natural, allá por el siglo I de nuestra era, cuando narra el comentario del famoso pintor griego Apeles al escuchar la crítica que le hace un zapatero que está contemplando uno de sus cuadros. Apeles, después de escuchar la negativa opinión sobre su pintura, le contesta: “zapatero, a tus zapatos”.

Pues bien, lo que le sucedió a Apeles, es nada comparado con la crítica que se hace constantemente a la religión desde cualquier ámbito de la sociedad. El lenguaje teológico exige, al menos, igual respeto que el resto de las disciplinas universitarias. Sin obviar, por otra parte, que la disciplina teológica exige un conocimiento antropológico de la historia de los pueblos en donde se pensaron, transmitieron y escribieron los textos que forman la base de nuestra creencia.

Uno de los textos en donde se hace patente esta realidad, es el de la creación en seis días que nos narra el libro del Génesis (Gn 1). La Biblia, cuando representa esta formulación creacional (en sus páginas existen otras completamente distintas: Gn 2,4-25; 5,1-2; 2M 7,28; Sb 11,17), no está revelando cómo se formó el universo, nada más lejos de la intención del autor; la Biblia está respondiendo a la problemática que tenían los judíos que habían sido deportados a Babilonia allá por el siglo VI antes de Cristo ¿Por qué? Porque el autor/es es uno de los deportados. Él, y sus contemporáneos, tienen sus problemas, y es a ellos a los que trata de encontrar solución. Hemos de adentrarnos en esta cultura para descubrir sus conocimientos, y a partir de ellos, comprender la historia que nos narra y descubrir cuáles eran sus preocupaciones.

Comencemos por algo que puede sonarle a chino a más de un lector de estas reflexiones y que, sin embargo, es imprescindible conocer si queremos comprender el texto de los seis días de la creación ¿Por qué se realiza la creación en seis días, y no en un instante, en un día, diez, treinta o cien? La respuesta se encuentra en la cultura babilónica. Por aquel entonces, sus matemáticas  eran sexagesimales y no decimales como las nuestras. Este dato es de suma importancia para explicar el motivo por el que el autor/es comienza la historia de Israel dividiendo los tiempos de la creación en seis. El número 6 y el 60, como base de la medición babilónica, marcan el texto que estamos estudiando.

Una prueba de que su sistema matemático tiene como base el sesenta, es que la historia que escriben en este contexto y que se recapitula en estos siglos de deportación, comienza en el libro del Génesis y acaba en el segundo libro de los Reyes; si contamos los años desde el principio hasta este final, son exactamente 3.600 años (60x60). Todos los números correspondientes a la larga vida de los patriarcas antediluvianos (Gn 5), guardan su lógica dentro del sistema algebraico de Babilonia, De esta cultura perdura la división de los 360º de la circunferencia, los 60’ de una hora y los 60” de un minuto.

El año babilónico, asimismo, estaba compuesto por 360 días (60x6, que a su vez dividían por mitades de 60 dejando a cada mes 30 días exactos). Cada 6 años añadían un mes para recuperar los días perdidos, que eran 5 cada año, los que van de 360 a 365 días (6x5=30). Nada extraño por otra parte, nosotros hacemos lo mismo para recuperar las horas perdidas cada año, añadiendo cada cuatro años un día más al mes de febrero (año bisiesto). Siguiendo su base sexagesimal, dividían el año en 12 meses que, nuevamente, era múltiplo de 6.

¿Podemos comprender el motivo por el que la creación que nos presenta el capítulo uno del libro del Génesis está dividida en seis días o tiempos? Simplemente era el lenguaje en el que se expresaban los contemporáneos al autor/es.  Por otra parte, y como es lógico, esta narración tiene muy presente la historia que está ocurriendo en esos momentos tan difíciles para la cultura hebrea ¿Por qué cuando tratamos de comprender el relato de la creación, introducimos conocimientos desconocidos por el judío que está viviendo en la cultura babilónica y no tomamos en consideración los conocidos? Nos sonroja ver los programas de televisión que pretendiendo descubrir los enigmas bíblicos (actualmente existen varios), los estudian con nuestros conocimientos y no con los que existían en la época en el que se escribieron los textos.

¿Cuál era la problemática que tenían en aquel entonces y a la que trata el autor/es de dar respuesta? Veámosla: El Israel de la diáspora tenía, como todo pueblo deportado, muchos problemas, pero uno en especial al que trata de dar solución con el texto que nos ocupa: Israel no podía adorar a su Dios porque, al estar en tierra extranjera, no tenía templo ¿Qué hacer? La respuesta la encontramos en Génesis 1: Dios no necesita templo porque el universo entero le pertenece. Basta mirar las estrellas, la creación y como culmen al ser humano para adorar las grandezas del Creador.

La forma en la que el autor narra la creación de Génesis 1 tiene un orden perfecto dentro de las matemáticas expuestas, sin embargo, con el transcurrir del tiempo, ha sido destruido por el acontecer humano, por tanto, es necesario volver a los orígenes. El autor señala que en el principio todo está bien hecho, como repite machaconamente cada vez que ultima cada día de la creación ¡Todo estaba bien! (Gn 1,4.10.12.18.21.25). Es más, cuando Dios hace al hombre exclama con mayor énfasis que todo estaba muy bien (Gn 1,31). La pregunta es obvia, si en el principio todo estaba bien ¿Qué ha pasado para que Israel viva deportado en Babilonia? Esta es la pregunta clave. Si todo estaba bien en los orígenes ¿qué hemos hecho, se pregunta el autor, para estar viviendo tan mal, incluso expulsados de nuestra tierra? ¿De dónde nos viene esta crisis?

La pregunta recorre la historia hasta nuestros tiempos. Aquel orden primigenio, que se encuentra gravado en el corazón del ser humano (todos seguimos buscando el paraíso perdido), parece haber desaparecido. El Israel deportado en Babilonia trata de responder a esta angustia existencial ¿Cómo? Quien vive en tinieblas es porque ha dado la espalda al Dios de la luz. Basta recordar este hecho al menos una vez a la semana allí donde el creyente se encuentre… aunque no tenga templo donde acudir. La Biblia deja abierta la respuesta que debe dar el creyente en el día siete de la creación. El día que ha de ser dedicado al Dios universal para no olvidar de dónde viene, quién es y a dónde va.

La creación Bíblica de los seis días acaba con el día siete abierto al futuro del ser humano. El día siete ha comenzado, pero no ha acabado. El autor es consciente de ello porque él, nosotros, seguimos en el mundo. Los seis primeros días han acabado (amaneció y atardeció), el día séptimo omite está expresión.

El 7 es un número cabalístico que representa todo lo que el ser humano puede hacer. Y ello, es lógico, todo lo hacemos, lo estamos haciendo hoy, y hoy es el día 7 de la creación; el día en el que, según  nuestros mitos bíblicos, da comienzo la historia del hombre que fue creado, más que bien, muy bien. La Biblia reitera con el dígito 7 el comienzo del actuar humano en una creación que hemos de saber guardar y cuidar, como explica José en Egipto con el sueño de las 7 vacas y 7 espigas; una creación que si no se protege puede ser derribada como el pueblo judío derribó los muros de Jericó rodeándolos 7 veces… Cuando llega el N.T. el pueblo queda protegido con los 7 panes, y nosotros, como Iglesia,  con los 7 cestos sobrantes; esos que en la Eucaristía nos muestran la necesidad de perdonar no ya 7 veces, sino 70 veces 7. Los judíos rememoran este simbolismo con el candelabro de los 7 brazos; los cristianos disponemos de la 7 virtudes, y el actuar del creyente está bajo el mandato de los 7 mandamientos dirigidos al prójimo (los otros tres van dirigidos a Dios), asimismo, los sacramentos que vivimos dentro de la Iglesia son 7, como 7 son las artes reales, las artísticas, el espectro cromático, las notas musicales, los días de la semana, etc. etc. etc.

Cuando a la Biblia no se le hace decir lo que nunca ha querido expresar, cuando se retoma el lenguaje teológico, vuelve aquella luz primigenia a brillar en el universo conceptual de nuestra creencia. Una vez más repetimos la frase de Galileo: La Biblia nos enseña a ir al cielo, no cómo es el cielo.

Creación o evolución es una cuestión al margen de los textos bíblicos. La ciencia tendrá que responder. La Biblia, como siempre, nos enseña a trascender esta respuesta para igual que en su día lo hizo Israel, hoy seamos capaces de reencontrar la luz en nuestra mente. Luz del primer día de la creación,  que no se apagará, si en el día siete en el que estamos todos, vivimos la experiencia de seguir siendo la imagen del Creador participando en la creación. Una creación que, comenzando en el alfa del génesis, nos lleva hasta el omega del paraíso. Creación y evolución no se contraponen, como diría hoy el insigne jesuita y reconocido paleontólogo, Teilhard de Chardin. Somos conscientes que Chardin ha sido tan vapuleado por el mundo científico como por el eclesial, no obstante lo citamos porque, si como decía San Teresa: La verdad padece, pero no perece, sus teorías comienzan a ser reconsideradas en parte. De hecho el Papa Benedicto XVI ha dicho de él, que tuvo una gran visión de la historia universal que culmina en una auténtica litúrgica cósmica.

Esta litúrgica cósmica la estamos realizando en el día siete de la creación, es decir, en el presente de nuestra historia. La creación bíblica no es algo acontecido en la noche de los tiempos, sino una experiencia humana, y por tanto religiosa, que sigue sucediendo aquí y ahora en los creyentes que, como entonces, leen los signos de los tiempos, y los sacramentalizan a través de su vivencia crística.

 

 

RELIGIÓN Y CIENCIA

Hace unas semanas reflexionando sobre el símbolo de la cruz, terminé con la siguiente frase: “En otro momento de mayor calma, prometo reflexionar lo que el mundo occidental debe a la Iglesia y a su símbolo de la cruz”. Hoy es ese momento.

En una reflexión tan breve es imposible sintetizar el débito que la ciencia tiene con la Iglesia, no obstante creemos será suficiente para sentirnos orgullosos de nuestra tradición católica.

Comencemos indicando que la creencia, si no es razonada, se convierte en fanatismo. Benedicto XVI recordó a un grupo de profesores en la Universidad Reina Cristina de San Lorenzo del Escorial, con motivo de la JMJ que “En efecto, la Universidad está llamada a ser siempre, la casa donde se busca la verdad propia de la persona humana. Por ello no es casualidad que fuera la Iglesia quien promoviera la institución universitaria” A partir de estas palabras del Papa, reflexionemos sobre la importancia que tiene la razón en la religión que profesamos, a través de algunas pinceladas sobre el lienzo de la cultura occidental que muestren la deuda que occidente tiene con la cruz cristiana. De hecho, en occidente, hoy no seríamos la vanguardia de las libertades y del conocimiento, si el símbolo cristiano no hubiera dejado su impronta en las pasadas generaciones.

Stanley Jaki, doctor en física y teología y padre benedictino de los últimos dos siglos, ya había dicho que “No es accidental que la ciencia naciera en un contexto cristiano, y no en un contexto árabe, babilónico, chino, egipcio, griego, hindú o maya donde la ciencia, según la conocemos, nació muerta”.

A veces oímos decir que el retroceso en los avances científicos, especialmente en los siglos pasados, se debe a la inmovilidad de la Iglesia, y a la simbiosis con el Estado. Simplemente afirmaciones como estas no son ciertas. Los que así opinan olvidan o desconocen la historia: en el siglo XI el Papa Gregorio con su Reforma Gregoriana separó los poderes del rey y de la Iglesia.  Anteriormente, en los siglos VI y VII no fue la Iglesia la culpable de retroceso cultural, sino como explica el agnóstico historiador Will Durant: “La causa principal del retroceso cultural no fue el cristianismo sino la barbarie; no fue la religión sino la guerra

¿Cómo sería la Europa actual si los monjes benedictinos no hubieran transformado en tierras cultivables, los pantanos que les regalaban las casas reinantes y poderosas de la época? Llegaron a construir más de 37.000 monasterios, convirtiendo aquellas tierras pantanosas, que en su mayoría no servían para nada, en vergeles donde floreció la agricultura y la cría de ganado. Así, drenando las aguas de aquellas tierras vírgenes, transformaron Alemania en un país productivo. Igual ocurrió con Inglaterra ¿Qué decir de Francia? Hasta el mejor vino: el champán, se debe a un monje bodeguero de la Abadía de San Pedro cuyo nombre: Dom Perignon sigue dando fama a uno de los mejores champanes del mundo.

Ya en el siglo VIII Alcuino de York, Abad del Monasterio de San Martín de Tours, discípulo de Beda el Venerable, siendo profesor de latín y gramática, se dedica a la copia de manuscritos y crea en su monasterio la escuela de York, donde nació la minúscula carolingia, clave para la alfabetización de nuestra civilización.

En el siglo XI, la orden cisterciense que surge de la reforma de San Benito, se establece en Citeaux, llegando a tener la sofisticación tecnológica más adelantada y la mejor red de información entre sus monasterios (salvando las distancias fue el Internet de su momento). Gracias a este trasvase de comunicación, crearon la unidad económica más eficaz jamás conocida. Los monjes de San Benigno de Dijón, expertos en medicina, se dedicaban a dar conferencias sobre esta disciplina, siendo su eslogan más nombrado: “sin estudios y sin libros la vida de un monje es nada” Fue el  monje Eilmer el primer ser humano que consiguió volar a más de 90 m. de altura. Siglos más tarde el padre Francisco Larra-Terzi, sacerdote jesuita, desarrolló la técnica del vuelo que ha servido para impulsar la creación de la actual ciencia aéreo espacial.

Llegado el siglo XII, en el Monasterio Cisterciense de Clairvaux, lugar de residencia de San Bernardo de Claraval, encontramos el mejor sistema hidráulico del momento. A través de la energía hidráulica molían grano, tamizaban harina, elaboraban telas, curtían pieles. En este siglo, los 742 monasterios cistercienses seguían compartiendo sus conocimientos. Las factorías eran tan grandes como sus Iglesias. Posteriormente, entre los siglos XIII al XV fueron los principales productores de hierro de Francia ¿Por qué llegó a ser la Campaña más rica de Europa? Porque empleaban una técnica novedosa: usaban como fertilizantes la escoria de los hornos.

En el siglo XII el Papa Inocencio IV concede a la Universidad de Oxford el privilegio de poder dar títulos (hoy lo dan todas las universidades), pero no deja de ser sintomático el hecho de que con esta universidad sean las de Cambridge, París, Bolonia y Florencia, de las más reconocidas actualmente, y, curiosamente, todas ellas, tal como recordó  Benedicto XVI, ¡creadas por la Iglesia Católica! No en vano hasta la palabra catedrático, emana de las primeras catedrales ¿Por qué? Porque de hecho fueron las primeras instituciones públicas de enseñanza, donde el obispo desde su cátedra, enseñaba al pueblo. El Papa Alejandro IV en el siglo XIII, llamaba a las Universidades “lámparas que iluminan la casa de Dios”. Posteriormente, en los siglos XVII y XVIII fueron rediseñadas por los jesuitas  para servir, asimismo, de observatorios solares. Así, en 1650 Cassini, en compañía de otros jesuitas, demostró que las orbitas eran elípticas, destruyendo la física aristotélica imperante por entonces.

Por supuesto que al margen de todos los aciertos, han existido y seguirán existiendo errores dentro de la Iglesia. Uno de los más renombrados y sesgados que siguen siendo noticia en la actualidad, fue el de declarar hereje a Galileo. Juan Pablo II supo, en nombre de la Iglesia, pedir perdón ante la estatua que erigió en los jardines del Vaticano, para lavar la memoria del insigne científico. Dicho lo cual ¿por qué decimos que la información ha sido y es sesgada?

Hagamos historia: si bien Juan Pablo II pidió perdón por el error, ya en 1610 el padre Christopher Clarius escribió a Galileo para comunicarle que los jesuitas confirmaban sus descubrimientos con el telescopio. Dos años después el propio Galileo publica sus cartas sobre las manchas solares y recibe calurosas felicitaciones ¿De quién?, especialmente y entre otras de Maffeo Barberini, conocido más tarde como el Papa Urbano VIII.

El dilema de Galileo fue que, si bien en 1616 pudo presentar sus descubrimientos con total libertad, la Iglesia le ordenó que lo hiciera tal y como eran en ese momento sus investigaciones: meras hipótesis. Galileo no aceptó y presentó dichas hipótesis como hechos contrastados. Ahí nació la discrepancia con la Iglesia, y la consecuente herejía, que por otra parte, aquella exigencia de la Iglesia de entonces, es la que reclama el  mundo científico de hoy. Recordemos que ya Benedicto XIV, había levantado en 1757 la prohibición de impresión y difusión del “Diálogo sobre los dos máximos sistemas” de Galileo. Asimismo, este Papa, amante de la ciencia, como nuestro actual Benedicto XVI, tomó bajo su protección a diversos científicos, entre otros Boscovich, potenciando la enseñanza de las ciencias, fundando las cátedras de física, química y matemáticas y creando, en la Universidad de Boloña, la escuela de cirugía.

Terminamos estas pinceladas sobre el lienzo de la  historia, recordando que en la lista de los 303 matemáticos más notables de nuestra ciencia, desde el 99 a.C. al 1800 d.C., 16 de ellos ¡son jesuitas! (y tan solo en dos siglos). No en vano Robert Jastrow que fue director del Observatorio de Mount Wilson, donde se hicieron los descubrimientos en los que se basó la idea del Big Bang, escribió en su libro “God and the astronomers” en 1992:El científico ha escalado las montañas de la ignorancia, está a punto de conquistar el pico más alto y, cuando se alza sobre la roca final, es recibido por un grupo de teólogos que estaban sentados allí desde hace siglos”

Acabamos esta reflexión recomendando al lector que desee profundizar en este tema, las obras de Woods “Cómo la Iglesia construyó la civilización occidental”, y a la de Fernández Rañada, “Los científicos y Dios”. En cualquier caso, decir que la religión va en contra de la ciencia, es desconocer la historia y la civilización que está basada en el humanismo cristiano, gracias a que la Iglesia ha sido promotora y caldo de cultivo del mundo científico.

Los nuevos ateos que parecen florecer en estos tiempos de sequía, no podrían arremeter contra la Iglesia, si ella, con sus mártires a través de la historia, no hubiera hecho posible la libertad de pensamiento del que presumen y que les permite, incluso, arremeter contra su existencia. Siempre se ha dicho que es indigno cortar la mano de quien te ha dado de comer. No obstante, y esa es otra más de las grandezas de la Iglesia, Ella nos ha enseñado que aunque no estemos conformes con estas formas de actuar, tenemos que estar dispuestos a dar la vida para que sigan teniendo la libertad de seguir pensando sin traba alguna ¡La Cruz ha sido quien ha hecho posible esta libertad de pensamiento! Fue en esa cruz que tenemos por símbolo, donde Jesús, en sus últimos momentos nos enseñó lo que hay que hacer con los que injustamente siguen ofendiendo “Señor, perdónales porque no saben lo que hacen” (Lc 23,34).

Sin embargo, bueno es recordar, para no pecar de mojigatos, que Jesús amonesta con palabras bastante duras a aquellos que en aras de su saber, tratan de colocar su ley por encima de la fe: “!Ay de vosotros, los legistas, que os habéis llevado la llave de la ciencia! No entrasteis vosotros, y a los que están entrando se lo habéis impedido (Lc 11,52).

PIENSO, LUEGO...PEREZCO

No piense el lector que estoy tergiversando la frase de Rene Descartes. Antes bien todo lo contrario. Intento en estas fechas de resurrección hacer una reflexión en la que podamos, con un lenguaje actual,  observar si realmente pensamos… luego existimos, o si, contrariamente, somos pensados por nuestros pensamientos; de darse esto último, podemos afirmar que más bien perecemos, que no estamos vivos, sino muertos…en vida. Por tanto el “tiempo” de resurrección que estamos celebrando, de hecho, aún no nos ha llegado. Advierto que esta reflexión brota desde la meditación, por tanto, quien simplemente la piense mientras la lee, y no la medite, es fácil que se pierda en el laberinto de sus propios pensamientos.

Vamos a intentar explicar algunos textos bíblicos donde se fundamenta esta meditación sobre la interferencia del pensamiento a la hora de aprehender el hecho de la  resurrección.

El evangelista San Juan en el episodio de la resurrección de Lázaro escribe: “Y todo el que vive y cree en mí, no morirá jamás” (11,26). Él, cuando hace esta afirmación, ya ha “visto” al resucitado. Él, “ahora” está experimentando la Vida en su interior, esa que antes no sentía debido al poder de la muerte. Ciertamente que para experimentar la Vida hay que estar vivo; el dilema comienza cuando creemos estar vivos, ¡estando realmente muertos! El mal comienza cuando creemos pensar y de hecho, jamás hemos tenido un solo pensamiento, aunque, paradójicamente, nuestra mente de tanto “pensar”, ni siquiera por las noches nos deja dormir. La ciencia psicológica y psiquiátrica nos afirma que esa es una de nuestras enfermedades más graves. Los discípulos de Jesús se dieron cuenta que antes estaban muertos, porque a partir del encuentro con el resucitado experimentaron una Vida que nada tenía que ver con la anterior. Y esa Vida que procedía de Dios y era asumida por el ser humano, era superior a la muerte. Juan nos deja constancia de ello: quien se deja aprehender por esa plena existencia “no morirá jamás”.

El Evangelio es la revelación de la Vida… más allá de la vida física. Quien vive al nivel, únicamente de lo físico, no ha recorrido interiormente ni una de sus páginas y jamás podrá asimilar este lenguaje, que es el que tratamos de ir realizando reflexión tras reflexión, pues como anuncia Benedicto XVI en la “Verbum Domini”, la Biblia no es un libro, es Vida (7.18.47). Desde esta perspectiva se explica que el Evangelio sea un recorrido interno del ser humano que va desde la muerte hasta la Vida; a la inversa de lo físico, que va del nacimiento, como inicio de la vida, a la muerte como final.

San Pablo en la carta que dirige a los de Colosas había afirmado algo parecido: “Así pues si habéis resucitado con Cristo, buscad las cosas de arriba… porque habéis muerto, y vuestra vida está oculta con Cristo en Dios. Cuando aparezca Cristo, vida vuestra, entonces también vosotros apareceréis gloriosos con él (Col 3,1-4).

Pablo está en la misma circunstancia que Juan: “ha visto al resucitado” y trata de explicar el mismo misterio que, a su vez, siente en su interior. Queda fuera de toda duda que Pablo no habla de la muerte física, esa es una realidad que está en otro nivel, y donde, como dice con pragmatismo el Eclesiastés “…los vivos saben que han de morir” (9,5). El ser humano, sin embargo, ha traspasado el nivel del homínido, aunque muchos “creyentes” siguen/seguimos teniendo una visión tan borrosa de la revelación, que son como el ciego que ve a los seres humanos igual que si fueran “árboles que andan” (Mc 8,25). Estamos tan acostumbrados a distorsionar lo que vemos, que con razón anuncia el Evangelio que, precisamente por decir que vemos, continuamos ciegos: “¿Es que también nosotros somos ciegos? Jesús les respondió. Si fuerais ciegos, no tendríais pecado; pero, como decís, “vemos”, vuestro pecado permanece” (Jn 9,40s).

Esta reflexión sobre la resurrección que acabamos de conmemorar litúrgicamente hablando, trasciende todo lo imaginable, De ahí que pido al lector que interiorice estos textos bíblicos ¿Cómo? Volvamos a nuestro lenguaje: Comience por no pensar, sí, no piense, no se imagine cosa alguna, simplemente deje a su mente, si es posible al menos por una vez “virgen”. Como María ante la divinidad. Desde esa virginidad de pensamiento, experimente la vida en su interior. No me refiero a “su” vida, a lo que Vd. o yo hayamos hecho en la vida, sino que experimente simplemente la fuerza de la Vida, que lejos de ser suya/nuestra, es un don, pues emana del misterio que nos rodea. Vida sin nada, sin recuerdo alguno: desde la virginidad de pensamiento. En el momento que la mente se enreda en cada personal existencia, ocurre lo inevitable: ¡es imposible experimentar la Vida! Los recuerdos, que son muerte, pues sólo existen psicológicamente en la mente, lo impiden. Y esos recuerdos que llenan nuestros pensamientos, siendo inexistentes en el mundo, paradójicamente viven porque nosotros le damos categoría de existencia. Y al seguir con esa “vida inventada” no permitimos que nos alcance la resurrección. Esa vida, que inventa nuestro ego para seguir superviviendo, es la que prohíbe que el auténtico yo, ¡pueda vivir! Desde esta paradoja hay que entender la frase de Jesús cuando dice que hay que estar dispuesto a perder la vida (Mt 19,29). Crucificar el ego con la vida que se ha inventado para sobrevivir, es el camino que nos lleva hasta la resurrección del yo.

¿Observa el lector la relación existente entre pensamiento y resurrección? El mayor problema del ser humano es que cada instante de eternidad que es ¡Vida!, se pierde en la nada del pensamiento que es ¡muerte! Es imposible sentir la Vida, si estamos muertos. Por ello Juan dice que el que vive y cree no morirá jamás. Pido humildemente al lector que no se crea nada de lo que le digo; POR FAVOR, NO SE CREA NADA: ¡EXPERIMÉNTELO! Y verá que las palabras de San Pablo adquieren una nueva dimensión. Y observará que lo que le estoy diciendo es verdad, al margen de quien lo diga.

Pablo dirige su carta a los cristianos, a los que por experimentar estar verdad, ya han  pasado por la muerte y aunque parezca que no es así para los de “este mundo”, es lógico, los de “este mundo” no pueden “ver” lo que está oculto en Dios. Dicho con otras palabras, no es que Dios oculte nada, ¡como lo va a ocultar si es Él quien lo está revelado! Es que desde la muerte no se puede ver la Vida, igual que el cuadrado nunca podrá ser círculo, el antagonismo es total.  Desde el ego que se han fabricado nuestros pensamientos, que son muerte, es imposible experimentar al yo que vive y que realmente somos. Así podemos intuir que Juan diga a sus contemporáneos que el “ciego puede ver”, porque no tiene pecado, mientras que el que cree ver es/somos el que realmente permanece ciego; dicho en su lenguaje, el pecador. Dicho con nuestro lenguaje, el ciego no tiene visión alguna y por tanto al no poder visionar nada,  puede ver a Cristo. El que cree ver, aunque no es ciego, al imaginarse cómo es el mesías, sus imágenes, es decir, sus pensamientos, no le dejan ver al Cristo, porque se paralizan ante el Jesús de la historia.

A veces vivimos como ante una pantalla de cine que refleja la película constante de nuestra existencia ¿Qué hay de real? ¡Nada! a excepción del movimiento del proyector ¡Pare el proyector, aún está a tiempo! Crucifique esa vida que realmente es muerte, y se revelará, es decir,  resucitará a la auténtica dimensión de la existencia. No sufra por algo que, como en el cine, sólo está en el constante movimiento de su mente. Cristo sigue avisándonos que si queremos salvar al yo, hemos de crucificar al ego.

Insisto y ruego: medite esta reflexión, Vd. se merece la Vida; nuestros mayores decían cuando alguien traspasaba la muerte “ha pasado a mejor vida”. No hay que esperar a morir para pasar a mejor vida, hay que creer que en Cristo, el que vive  no morirá jamás. Retomo en estos momentos de la meditación el comienzo de la misma para que el lector termine la frase: Pienso, luego…

Un último apunte: El estudio de la Palabra “se debe celebrar de tal manera que favorezca la meditación” (Verbum Domini nº 50). Así lo solicita el Papa y así lo hemos intentado hacer con esta reflexión, teniendo presente uno de los axiomas más importantes de la mística cristiana “sólo conectando con la nada se puede atisbar el todo”.

Felices Pascuas a todos.

LAS PROCESIONES

Estamos en la Semana Santa. Obvio decirlo, para un cristiano son santas todas las semanas. Hoy volvería a repetir lo reflexionado hace un año. Remito al lector a la hemeroteca que la parroquia tiene en la red. Allí podrá encontrar la pasión hecha carne en la reflexión titulada “Semana Santa”. Un cristiano no debe repetirse, pues de ser así, la novedad del Evangelio se convertiría en costumbre, en ley, en libro. La Pasión de Jesús fue, como toda auténtica pasión, por amor. Y el amor siempre se vive con tal intensidad que en cada gesto se entrega la vida por el otro/a de forma distinta y única. Esta Semana Santa aunque rememoramos lo dicho en la anterior, vamos a observarla desde otra visión completamente distinta: la de sus procesiones como reflejo de ¿la religión o la cultura?

Las procesiones (no siempre), están tan lejos de la pasión, como lo está la pasividad de la figura de Jesús. Hemos de aprender a discernir lo que es la expresión de la fe, de lo que es la tradición cultural, ambas se mezclan en nuestro universo conceptual y a veces se confunden. Ciertamente que hubo momento en los que el culto reflejaba la cultura y viceversa. Hoy no es así, por ello con esta reflexión tratamos de situar a cada una en su justo valor a través de dos breves sonidos de una “piccola sinfonía”.

Primer “tempo”: el tambor.

Comenzamos con un interrogante: ¿Creerán en un fututo que una procesión, es la sufriente pasión que sufre un ciudadano cuando al salir de su residencia habitual, se traslada en Semana Santa, a otro distinto lugar?  Padecer horas y horas, metido en un pequeño habitáculo llamado coche, intentando llegar a otro lugar distinto, es un auténtico calvario. Se da la paradójica circunstancia  que tantos van como tantos vienen, de forma que las procesiones en ambos sentidos son interminables. La obstrucción de cualquier “paso” paraliza ambas direcciones: la más “dolorosa” es la del accidente, pero la vía contraria, simplemente se obstruye por la contemplación de la “imagen” a veces mortal. Ya en la actualidad se cuentan las Semanas Santas por el número de muertes.

Aunque toda procesión tiene diversas estaciones, la más frecuente es la “estación de servicio”. Al final de la procesión, para unos comienza el calvario de intentar conseguir un poco de sol, para  otros, un lugar en la playa, o el calvario de que el sol se oculte, nazcan las nubes y se pierda el colorido de una buena representación de la semana.

En este compás musical que estamos escuchando al ritmo del tambor, la procesión también es una manifestación artística donde los antiguos cofrades exhiben sus esculturas para demostrar el arte y “buen vivir” de sus antepasados. Entre estas populares procesiones, se encuentra una de las más queridas por la gente del “buen vivir”, la de “san Geranin” en León (mofa y burla del jueves santo, pasada por el orujo de los asistentes). Asimismo son dignas de mención las procesiones del “silencio” que se celebran con cientos de tambores que pueden oírse a kilómetros de distancia en diversos lugares de nuestra geografía, llamando al “recogimiento”  de la semana.

Muchos, no todos, de los que acuden a la llamada de “la piel del tambor”, pertenecen a una cofradía, que en su origen era una devota congregación con fines piadosos, y que hoy está compuesta, de creyentes, pero también de personas que ni creen, ni son piadosos, simplemente son fanáticos de sus iconos sean tamborileros o genarines.  Estos “fans” olvidan que volver al tambor es recordar la cultura de otras distintas y distantes tradiciones donde el “tam-tam” de la badana, era el preludio de la contienda a la que llamaban los dioses guerreros para “zurrar la badana” a sus fervientes seguidores.  Así fue hasta llegó la cultura de la campana.

Segundo “tempo”: la campana.

Este segundo movimiento lo ejecutan los sabios de todos los tiempos, y recuerda que las auténticas procesiones, no son las exteriores, sino, como dicen nuestros mayores, las que van por dentro. Y ello tanto para el sufrido conductor como para el sufriente cofrade. Toda procesión tiene un proceso, pero las nuestras, a veces,  se han distorsionado de tal manera, que lo dicho anteriormente, aunque parezca pura ironía, que lo es, no por ello, lo dicho, deja   de ser verdad.

Hay creyentes, sean o no cofrades, que son los que llevan la procesión por dentro, y que a pesar del ruido de la tamborrada de nuestro primer movimiento, siguen reviviendo la pasión de la vida, en los días de Semana Santa, porque es ante la muerte donde la religión proclama el triunfo de la vida. Son estos creyentes los que en Semana Santa llegan hasta cualquiera de sus pequeños y hermosos lugares de nacimiento, para revivir junto a los seres queridos vivos “o difuntos” el nacimiento de su creencia: la resurrección (no decimos “y difuntos” porque un cristiano no cree en la muerte, pero cree que hay vivientes, muertos).  Así en familia, se acercan a sus queridas parroquias, intentando rememorar entre tanto “ruido de la sociedad en fiestas” el proceso de cambio interno que se ha de manifestar durante todo el año. Allí, en el camino, proceso o procesión de la mística,  se recorre, paso a paso, la muerte de un hombre que nos revela la vida.

 La fe universal se robustece desde este camino interno que recorremos a los compases de la música callada, llevándonos desde el desierto de cada particular soledad y sin ruido de tambores, hasta la eternidad.  Sólo oímos el sonido de la campana que lenta y pesadamente nos toca el alma. Y ante tanta humana armonía, nuestro pueblo y nuestra parroquia de San Clodio, como tantos y tantas del país, ofrece un toque de religiosidad donde la cultura se aúna con el culto al representar para todos los parroquianos, algunas escenas evangélicas que hagan objetivo, aún más, si cabe, el camino interno de la fe.

Mientras escribo estas líneas veo por TV la retrasmisión de la procesión y de la santa misa del Domingo de Ramos, que se está celebrando en la ciudad del Vaticano. A veces me emociono, otras…

Sí, ambos “tempos musicales” se pueden escuchar en una misma partitura. Para muchos cristianos las procesiones son el folklore de la religión. Nada que objetar, siempre que se las coloque en su justo lugar. Los creyentes desearíamos que fueran la manera objetiva de expresar la fe de un pueblo ¿Cuál es el problema? Que muchas veces se ha quedado en la pura expresión de la nada que hay en el interior del “creyente” que parece conocer a Dios, como recuerda Job, sólo de oídas; y es esa nada la que está tomado cartas credenciales en la tradición cultural. Sí, lamentablemente muchos ateos de nuestros pueblos, que se matarían por defender las procesiones, no volverán a pisar una iglesia hasta la próxima Semana Santa…hasta la próxima muerte… e incluso, a veces, hasta la próxima vida o bautismo del hijo que, si no lo remediamos poniendo los puntos sobre las íes (esa es la intención de nuestra reflexión), cuando sea adulto llegará a ser tan “creyente” como el padre.

 Dejo constancia, no obstante, que aunque sólo se acuerden de Dios cuando truena, bueno es, y no seremos nosotros  los que los olvidaremos en la próxima Semana Santa. Quien no tenga religión, al menos que tenga la cultura que creen no procede del culto, como si esto fuera posible. Si Dios llama desde los móviles (recuerdo el día que reflexionamos al respecto), también puede llamar desde la cultura de otros tiempos.

No obstante, los cristianos que adoramos nuestros símbolos y nuestras tradiciones, entre ellas las procesiones, hemos de saber denunciar estas paradojas y saber diferenciar la religión como expresión de la fe de un pueblo, de la cultura como expresión de las costumbres.

 

LOS SÍMBOLOS

Esta reflexión viene a concluir la de la pasada semana con relación a la problemática que parecen tener algunas personas cuando ven a un cristiano, especialmente en el ámbito laboral, que lleva una cruz al cuello.

Quien no respeta sus símbolos, simplemente no se respeta así mismo. Los símbolos representan las perspectivas de universos socialmente aceptadas. Todas las culturas necesitan símbolos a través de los que expresan la verdad que está más allá de la realidad: la ética, la estética, la belleza, el amor, la justicia, la fe, etc. La crisis y decadencia de una cultura se inicia allí donde, en lugar de trascender los símbolos existentes, los matan, sin caer en la cuenta, que una sociedad sin símbolos no puede vivir.

Asimismo, y contrariamente a lo expuesto, no debemos obviar que, una sociedad que convierte sus símbolos en puro fetichismo, tampoco puede ser respetada por los miembros que la componen pues equivocan la justicia con la ley, el sexo con el amor, la belleza con la costumbre, la religión con la fe, etc.

Israel, como pueblo memoria de nuestra cultura, nos avisa de este peligro en el que, lamentablemente, estamos cayendo en la actualidad. La cultura hebraica para evitar este error, prohibió la creación de  iconos. No obstante, y dado que el ser humano precisa de la simbología, ésta quedó  representada en la Palabra.

El Logos, como hilo conductor de la historia de la humanidad, llega hasta el Evangelio donde se reencarna y se sigue reencarnando en la plenitud del tiempo de cada creyente. Alcanzar esta plenitud, es aprehender que el símbolo divino por excelencia, es el ser humano. Para el cristiano, Cristo.

¿Qué hacer cuando la plenitud indicada no ha sido asumida por el creyente? Recurrir al símbolo, pero, insistimos, sin equivocar la verdad que representa con la realidad representada. El libro de la sabiduría, escrito años antes del comienzo de nuestra era, deja constancia de este error: “La invención de los ídolos fue el principio de la fornicación…Un padre atribulado por un luto prematuro, encarga una imagen del hijo malogrado; al hombre muerto ayer, hoy como a un dios lo venera….dieron los hombres a piedras y leños el Nombre incomunicable (Sab 14,12-21).

Tan malo es matar el símbolo, como idolatrarlo. Ambas posturas llevan a su aniquilación. Los cristianos, aunque creyentes, no estamos libres de este peligro. Podemos convertir nuestras esculturas religiosas en depositarias de una nueva idolatría; mientras nuestro prójimo, muere de soledad a nuestro lado. Él, por ser nuestro hermano, merece toda la  atención,  tal y como nos lo ha recordado Benedicto XVI en el mensaje para la cuaresma de este año.

La letra es el símbolo del Espíritu. Hemos de entender por letra todo objeto que representa el sentir religioso de una cultura. Para el cristiano la letra queda simbolizada en la palabra del Jesús de la historia que murió en una cruz. Un hombre inocente ante la muerte cruel que le provocan sus enemigos, abre los brazos y perdona a sus verdugos. El símbolo no es el leño o el icono, si fuera así se habría convertido nuevamente en principio de fornicación tal y como anuncia el libro de la Sabiduría. Los símbolos siempre han de ser trascendidos. En este caso quien trasciende la muerte representada en la cruz, se encuentra ante el misterio de la resurrección.

La realidad de la cruz representa la verdad de la resurrección. Ahora bien, como la resurrección  trasciende el mundo finito pues pertenece a la infinitud de Dios, se simboliza en la muerte que hay que traspasar como antesala del más allá. El pasaje de la resurrección de Lázaro es el mejor ejemplo de esta verdad (Jn 11). El símbolo guarda un lenguaje, que a veces, la incultura de la sociedad, desconoce. Reírse de un símbolo es, cuando menos, demostrar la más supina ignorancia. Como la que demuestran algunos políticos cuando mandan retirar los crucifijos de ciertos lugares públicos. Representar el triunfo de la vida sobre la muerte es algo tan humano que debía ser recordado en todo tiempo y lugar.

 

LA CRUZ

Hoy no puedo reflexionar. Lo confieso. Hoy simplemente quiero comunicar mi estado de ánimo, que no es el más cuerdo posible ¿o sí? Lo que les voy a contar, apareció el martes pasado en los principales periódicos del país. El resumen de la noticia es como sigue: El gobierno británico ha encargado a sus representantes ante el Tribunal Europeo de Derechos Humanos que se opongan al derecho de los cristianos a llevar una cruz al cuello en el entorno laboral

El motivo de esta oposición se debe, entre otras causas, a que dos mujeres profesionales, una azafata y la otra enfermera fueron despedidas de sus respectivos trabajos al negarse a ocultar la cruz que llevaban colgada al cuello. Ambas han elevado a la corte de Estrasburgo un recurso que será visto próximamente. De ahí que el gobierno británico esté presionando al Tribunal Europeo de Derechos Humanos para que quite a los cristianos este derecho a ejercer su libertad, alegando que llevar una cruz no es un requisito imprescindible para ser cristiano, sino opcional.

¿Nos estamos volviendo locos? Vivimos en un mundo en el que toda persona puede llevar tatuajes en cualquier parte de su cuerpo y tiene derecho a colocarse un metal en la nariz, en el labio, en la ceja o en la oreja, aunque el origen de estos amuletos sea la señal que los amos ponían a sus esclavos, marcándolos como si de una res se tratara.

Ante esta demostración social no decimos nada, aunque recuerden los tiempos de la esclavitud. Ahora bien, si lo que se muestra es una cruz colgada al cuello, cuyo origen está basado en el amor, hay personas que se sienten ofendidas. No quiero pensar que las personas que niegan el derecho de un cristiano a mostrar una cruz, sean las mismas que aplauden cuando un joven se cuelga un rosario al cuello porque es un acto de modernidad, o votan para que una mujer tenga derecho a abortar con un embarazo de seis o siete meses. Es más, llaman interrupción de la gestación a lo que simplemente es un asesinato. Con tal hipocresía legal que se permite realizar “legalmente” en el útero lo que la misma ley condena si el bebé ha nacido. Si la interrupción de la vida humana se realiza adentro, es un derecho de la madre, afuera es un asesinato.

La misma sociedad que quiere prohibir a un cristiano llevar la cruz en el cuello, es la que autoriza a cantantes internacionales para que recorran el mundo presentando sus canciones con personajes vestidos/das de monjas u obispos, cuando no de Papa. No les importa la cruz. Lo que les importa es la forma en la que la misma se presenta. Si es para el ridículo y el escarnio ¡es una muestra de libertad y laicismo!, si es para demostrar la fe, se recurre al Tribunal Europeo de  Derechos Humanos con el fin  de que se prohíba.

Pues bien: reitero que al no ser mi día más cuerdo ¿o sí?, exijo como cristiano que sea demolida, entre otras, la estatua que hay en el Parque del Retiro de Madrid, representando a Lucifer. Esta representación simbólica del mal, es provocadora para los que queremos hacer el bien.  

Como cristiano exijo que se llame al laicismo, religión, pues hace falta unas dotes muy grandes de fe para querer demostrar que Dios no existe. Por esta razón, si ellos atacan mi religión, yo la defiendo (como cristiano, no debo atacar).

Como cristiano exijo que las genuflexiones ante los reyes y personalidades de nuestro mundo, desaparezcan, ya que mi religión y mi libertad las prohíbe; de hecho las primeras comunidades cristianas fueron perseguidas y echadas a los leones por no rendir pleitesía a los emperadores. Un hombre libre, tal como proclaman las democracias, sólo se inclina ante Dios, y no por mandato, sino por convicción. Aquellos mártires que murieron como ateos, merecen respetemos su memoria.

Como cristiano exijo que las ceremonias sociales tales como los nacimientos, bodas etc., laicas, no se parezcan en nada a las sacramentales, pues me siento ofendido cuando critican lo que luego tratan de imitar: este año parece ser que intentan como el año pasado hacer una “procesión laica” ¡el jueves santo! Por una parte no se resisten a copiar y por otra… jamás hemos vivido tal esquizofrenia de la sociedad y de sus valores.

Por su puesto, ¡faltaría más! Como cristiano exijo se retiren los compases y las escuadras de todas las instituciones de enseñanza porque al ser símbolos masónicos no deben ser exhibidos en público. Exijo, asimismo, que el símbolo del ateísmo que llevan colgados miles de jóvenes y que se representa con una , sea retirado, pues ofende a la tradición europea. Es más, para evitar tentaciones posteriores, que retiren la letra A del abecedario y sea sustituida por otra grafía.

Entrañables y anónimos lectores, ¿Saben cuál es el motivo por el que piensan así estos “modernos” anticristianos, sean ingleses, españoles o franceses, que en todas partes cuecen habas? Pues que el cristianismo, que lleva recorriendo Europa más de veinte siglos, les ha dado la libertad de pensamiento que han heredado y que no se da, precisamente, allí donde el Evangelio y su cruz no han llegado. Esa es la paradójica realidad. No es extraño que mujeres como Asia Bibi sean capaces de dar su vida por la cruz y sus valores, antes de renunciar a la libertad  que emana de este símbolo.

Insisto ¿Nos estamos volviendo locos? Los demás no sé, pero yo, sí ¿o no? Pido perdón por las exigencias expuestas, pero como sigamos permitiendo socialmente y sin decir nada, tanta estupidez mental, un día nos van a exigir que destruyamos el calendario, porque contamos el tiempo a partir de la cruz, y con él, nuestro querido paisaje gallego, ya que sus “cruceiros” hablan sin palabras de nuestros universal camino de Santiago; pedirán la destrucción de la mayor parte de las pinacotecas mundiales, las catedrales, las Iglesias, la mayoría de las obras clásicas musicales, las bibliotecas incunables, los museos… y por supuesto, y esa es otra de mis exigencias, solicito se proclame la “ley seca” contra el Whisky, que tanto gusta a los ingleses que quieren denunciarnos ante el Tribunal Europeo, y exportan al mundo entero ¿Por qué? Porque su origen (por si no lo saben) allá a principios del siglo XV, se debe al monje John Cor que fue el primero que lo destiló en su abadía escocesa, y por tanto, junto al vino, es un símbolo más que debemos a la cultura de la cruz.

En definitiva, y hablando en serio, si quitáramos de nuestro entorno todo lo que nos recuerda la cruz porque resulta ofensivo, no sé si nos quedaría algo digno de mención en el mundo que hemos heredado. Supongo que los ingleses que piden la abolición de la cruz, están dispuestos a quitar del mapa, además del whisky, las famosas universidades de Oxford y Cambridge, ya que fueron levantadas gracias a la cultura de la cruz cristiana.

En otro momento de mayor calma, prometo reflexionar lo que el mundo occidental debe a la Iglesia y a su símbolo de la cruz.

 

LOS "DIEZ" MANDAMIENTOS

La refundación de la Ley

¿Cuántos eran los diez mandamientos que hemos recordado en la Eucaristía del pasado domingo? Prometo que la pregunta nada tiene que ver con aquella tan popularmente conocida: ¿de qué color era el caballo blanco de Santiago? De hecho, antes de responder al número ya enunciado, solicito del lector que lea los distintos textos en los que se exponen “las diez palabras”, a lo más, se lleva una sorpresa, a lo menos… según Jesús, eran dos: amar a Dios sobre todos las cosas (los tres primeros mandamientos) y al prójimo como a uno mismo (los siete siguientes) (Mc 12, 28.34). Hemos de recordar que el número tres en el lenguaje bíblico simboliza a la divinidad y el siete a la humanidad; todo, por tanto, vuelve al diez (3+7=10). La Tora enumera hasta 613 mandamientos: la suma de sus dígitos sigue teniendo idéntico resultado, 10.

El texto que hemos leído en la Eucaristía ha sido el de Éxodo 20,1-17 El creyente al oír este pasaje bíblico puede formularse el siguiente interrogante ¿Por qué aparece nuevamente repetido en Éxodo 34? ¿Qué necesidad tenía el autor de repetir lo ya indicado diez capítulos antes? ¿Qué texto es el válido, el primero o el segundo? Y lo más interesante para el creyente que desea comprender la cultura y la creencia de sus tradiciones ¿Qué explicación podemos dar a las diferencias existentes entre ambos “diez mandamientos”?

La ética, tanto la de entonces como la de ahora, siempre emana de una realidad que obliga al ser humano a ir refundando los comportamientos constantemente a través de la historia ¿Por qué? Los creyentes podemos responder: Dios muestra a su creatura un horizonte inalcanzable, porque, de hecho, dicho horizonte es la reverberación de su divinidad. Así, desde que el ser humano fue creado, la religión convierte en moral la historia del comportamiento del creyente.

Israel, como “pueblo memoria” de la revelación, nos recuerda esta verdad. De ahí que los diez mandamientos estén refundándose constantemente, es decir, estén acoplándose a las necesidades éticas de la historia del pueblo. Un ejemplo: Éxodo 20,3,  proclama que “No habrá para ti otros dioses delante de mí” Más adelante, en 34,17 leemos “No te harás dioses de fundición”.

¿Cuánto tiempo ha pasado desde la primera y la segunda formulación del precepto? Mucho. La segunda norma no pudo ser dada a Moisés en su paso por el desierto, ya que habla de dioses de fundición. Los hornos necesarios para estos trabajos precisan de una tecnología impropia del Israel errante. Conclusión: el mandamiento dado a Moisés ha sido, con el trascurrir del tiempo, debidamente refundado.

Esta constante puesta al día de la norma dada, nos permite responder a los interrogantes planteados, de tal forma que unos preceptos dados hoy, se reformulan mañana. Pasados los siglos, algún autor/es se encontró con los dos textos ¿Cuál era el verdadero? Ambos: la palabra de Dios jamás podrá ser contenida en norma alguna. De ahí que colocó ambas promulgaciones en el libro del Éxodo. Eso sí, para sincronizarlas, las unió ¿Cómo? A través de la historia del becerro de oro que se inserta en Éxodo 32: Moisés baja del monte y al ver el comportamiento del pueblo, rompe las tablas (primera formulación en una época de la historia). Nuevamente sube al monte y baja otras tablas (segunda formulación, en otra época de la historia). No obstante, observamos que el autor se sigue retrotrayendo hasta el Sinaí para darle la consistencia, estabilidad y credibilidad necesarias.

Cuando el Deuteronomio (5,6-22), como su propio nombre indica “segunda ley” refunda la alianza del Sinaí en otro contexto diferente no duda en retrotraer la nueva ley hasta Moisés aunque leamos en sus normas que: “No harás ningún trabajo…ni el forastero que vive en tus ciudades” (Dt 5,14) ¿A qué ciudades se refiere si Moisés está en el desierto? Ciertamente que quien está escribiendo esta ley no puede habitar el desierto ¿Por qué? Porque indica claramente que vive en la ciudad. Han pasado muchos años desde aquel éxodo, sin embargo, el autor de esta ley no duda en seguir situando la promulgación de su ética en el monte Sinaí (para Israel, como para el creyente de todos los tiempos, aquello que dignifique al ser humano tiene como origen a Dios). Asimismo, y con idéntica argumentación podemos explicar lo que tuvo que ser un añadido posterior de Ex 20,10, ya que se habla también de las ciudades que habita Israel. Las genuinas normas de este pasaje bíblico, son aquellas que se expresan con una lacónica negatividad: No matarás, no cometerás adulterio, no robarás etc.

Algún creyente, lleno de fideísmo a la letra, podrá indicar que tal refundación quedó paralizada en el momento que se cerró el canon de los textos bíblicos. Hemos de responder que el Espíritu nunca podrá ser encerrado en la letra. La letra mata, avisó Jesús. Y las primeras comunidades cristianas así lo entendieron cuando tuvieron que refundar el noveno mandamiento ante el libertinaje en el que vivía la sociedad romana. El mandato de “No desearás la mujer de tu prójimo” (Ex 20,17), es una norma de la ley mosaica refundada y por los mismo adaptada a las necesidades que años después tuvo el creyente (esta norma ha llegado hasta nuestros días) ¿Qué dictaba la ley cuando fue promulgada? “…no desearás la mujer de tu prójimo, ni su siervo, ni su sierva, ni su buey, ni su asno…” Una norma que va contra el robo (la mujer por aquel entonces era una posesión más como el asno o el buey), pasa a convertirse en una norma contra la infidelidad.

Hoy hemos de refundar la ley de Moisés en los Derechos Humanos, al ser la norma que hemos de acatar creyentes y no creyentes, según nos indicó el Papa de feliz memoria Juan XXIII, toda vez que el ser humano es una persona dotada con inteligencia y libertad y tiene unos derechos y deberes universales, inviolables e inalienables. El cristiano sabe que quien ama y respeta al prójimo, ama a Dios. El no cristiano, al menos, que respete al prójimo. Por otra parte, la eticidad que emana del los DD.HH. es en gran medida más exigente que la ley de Moisés. Así como la normativa que se está proponiendo en la tercera generación de DD.HH. es más exigente que la actual.

Esta dinámica la hemos asimilado gracias a la Ley de Moisés y este espíritu es el que hemos de seguir revelando a generaciones futuras, pues Dios seguirá hablando en el comportamiento de los creyentes hasta el final de los tiempos. Esta constante refundación no va en contra de que la revelación, para aprehender esta verdad, ya esté cerrada en nuestros textos canónicos. La palabra de Dios ha sido dicha, pero la eternidad del logos recorre la historia y se va reinterpretando conforme a los signos de los tiempos. Los creyente estamos obligados a recordar al mundo que la ética ha de fundamentarse en una justicia superior que siempre nos sobrepasa y por tanto, precisa de constante refundaciones. Pero este comportamiento moral no podemos imponerlo, como recuerda Benedicto XVI, sólo podemos proponerlo.

La paradoja, no obstante, es que los Derechos Humanos sí que nos obligan a los creyentes aunque omitan, como en la Constitución Europea, la referencia a Dios. Trabajemos para que estos “lapsus” no se repitan en la historia, pero siendo conscientes que cada sociedad hace objetiva la trascendencia en sus propias perspectivas de universo, de ahí el respeto que hemos de tener a todos las confesiones religiosas siempre que dignifiquen al ser humano. Este respeto ha de darse, asimismo, en el diálogo con las creencias ateas, que poniendo en entredicho la existencia de Dios, defiendan la dignidad humana. Jesús siempre se asombró de la fe demostrada por los ateos (Mt 8,5-10; 15,21-28) ¿Será esta la razón por la que el evangelista deja constancia que los primeros que confiesan la divinidad de Jesús son ateos?: “El centurión y los que con él estaban guardando a Jesús…dijeron: Verdaderamente este era Hijo de Dios” (Mt 27,54). Y es que ayer, como hoy, hace falta ser muy creyente para negar la existencia de Dios ¿Cómo es posible negar el infinito, si ya la ciencia nos comienza a explicar que es posible que existan infinitos universos?

 

LA "INTUICIÓN" DE ABRAHAM

¿Quién no conoce la historia bíblica del sacrificio de Abraham? (Gn 22). Este pasado domingo la hemos oído, una vez más, en la Eucaristía. Los profesores de religión siempre que recordamos este hecho a los alumnos, terminamos escuchando interpelaciones como la siguiente: profe, se mire como se mire, es incomprensible: Dios pide lo imposible ¿Cómo va a ser un hecho moralmente religioso el que Dios mande a un padre matar a su hijo?

Al decir de la razón, los alumnos están acertados ya que el planteamiento es realmente cruel: un Dios celoso manda a un padre matar a su hijo, con la intención de probar a quién prefiere de los dos. Este pasaje nos recuerda esa pregunta tan interesada y poco caritativa del papá que le dice a su hijo ¿a quién quieres más a papá o a mamá? No en vano se dice que los celos pueden transformarse en sentimientos asesinos. Pedirle a un hijo que quiera más a uno de los progenitores es matar el amor que tiene hacia el otro/a ¿Pidió Dios a Abraham que le quisiera a él más que a su hijo, o que lo quisiera en su hijo?

El dilema está planteado ¿Podemos encontrar en esta historia lo que tiene de edificante? Confieso al lector que a mí me ha llevado años encontrar el significado que esta palabra de Dios, tiene hoy. Espero en estas breves líneas que un rayo de luz entre en la razonabilidad de nuestra creencia.

Para comprender estos textos tenemos que intentar, como siempre, comprender la cultura de la protohistoria del pueblo hebreo. En lo que al tema se refiere vemos el pensamiento de los pueblos de la antigüedad en este mandato que hicieron suyo las primitivas sagas patriarcales: “No tardarás en ofrecerme de tu abundancia y de tus jugos. Me darás el primogénito de tus hijos… Siete días estará con su madre, y al octavo me lo darás” (Ex 22, 28-29). Es decir, al octavo día había que sacrificar a todos los primeros hijos.

Pido al lector que intente adentrarse en la mente del patriarca que llamamos padre de la fe. Es difícil, pero creo que menos que intentar meterse en la mente de Dios, como habitualmente se ha venido haciendo al interpretar este pasaje bíblico. La historia siempre se ha contado partiendo del mandato divino, dando por conocido el resultado y, por tanto, obviando el acontecer humano ¿Cómo es posible dejar de lado el sentir de Abraham? ¿Dónde quedaría su libertad y lo más importante, la interpretación  que el patriarca hace de la divinidad en su propia vida? Pretendo mostrar con el texto en la mano, la intuición (revelación) que el Patriarca tiene de Dios. Una intuición-revelación que cambió la cultura de entonces.

Este sentir del hombre de fe (tanto ayer como hoy), es el que nos puede acercar al hecho acontecido ¿Cómo? El sacrificio de los primogénitos, conforme al texto citado, era común en las culturas de la antigüedad. Las primicias siempre eran ofrecidas a los dioses. No es preciso ir tan atrás en la historia. Cuando los españoles en el siglo XVI llegaron a las ciudades aztecas, se quedaron horrorizados al ver los sacrificios humanos que se hacían especialmente con los niños e infantes ¿Por qué? Entre otras razones, porque la cultura cristiana no había llegado allende los mares.

Abraham, por tanto, es un personaje inmerso en las costumbres de sus antepasados (aprox. siglo XX a.C.). Este hecho, entre otros, lo constata. Ahora bien, creo firmemente que la explicación del mismo  puede tener un diferente matiz; matiz donde se realza la fe de este hombre y donde se aprehende la forma en la que Dios va conduciendo a la humanidad hasta su plenitud: Cristo.

Reflexionemos:

Dios había prometido a Abraham que iba a ser padre de una muchedumbre, de una nación (Gn 12,1-3). Sin embargo, Sara no se quedaba en cinta, motivo por el que ella le da un hijo a través de su esclava Agar (Gn 16, 1-15). En el momento del parto, según la tradición, Sara recoge el bebé y se lo entrega a su marido: la madre biológica era Agar, la madre legal Sara. EL padre biológico y legal Abraham. En aquellos días las fecundaciones, también tenían sus problemas, aunque no fueran “in vitro”.

Sara, según la costumbre, y usando a Agar, le ha dado un hijo a Abraham. Este hijo es Ismael ¿Qué hace el patriarca? ¿Sacrificarle al octavo día como manda la ley? No, ¡dejarle crecer! por tanto, si era su primer hijo no cumple la ley establecida. Lejos de haber obediencia a la norma, hay desacato al no cumplir la orden: “No tardarás en ofrecerme de tu abundancia y de tus jugos. Me darás el primogénito de tus hijos”. Pues no solamente tardó, sino que el texto deja constancia que no se lo dio.

Sigamos la historia. Por fin Sara, gracias a sus ruegos, y como siempre, cuando ya no creía poder concebir se queda en estado y tiene un hijo, Isaac: “Así que Sara rió para sus adentros y dijo: Ahora que estoy pasada ¿sentiré el placer y además con mi marido viejo?” (Gn 18, 12). Esta risa y exclamación de Sara provoca el nombre del hijo  Isaac (el significado de Isaac es Dios hace sonreír, o más brevemente, risa). No piense el lector que el texto cuando habla de placer, se refiere al placer sexual; el placer al que se refiere Sara es al de poder ser madre. La mayor vergüenza de una Israelita era no haber concebido (Jue 11,37).

Prosigamos: Este hijo, si bien es el segundo, debe ser sacrificado también por ser la primicia de Sara, aunque insistimos que Abraham, tampoco había cumplido la ley con el primero: “Conságrame a todos los primogénitos. Porque las primicias del seno materno entre los israelitas, sean hombres o animales, me pertenecen.” (Ex 13,2). Abraham sabe que ha obrado fuera de norma. Desconocemos los remordimientos de este hombre, lo que sí sabemos es que, al parecer, un día no aguanta más y al no poder seguir burlando la voz de su conciencia, que es la de su Dios, acata la norma establecida por la tradición y en compensación va a inmolar a su hijo más querido: Isaac. El hijo no tiene ocho días, es un joven de cierta edad. (si observa el lector, estamos contando la historia dentro de su contexto y con los datos bíblicos que tenemos. Ahora bien, y como exhorta Benedicto XVI, traduciendo los datos a nuestra cultura; todo con palabras inteligibles, pero dejando intacto el texto).

Levanta el arma homicida como hacen todos sus contemporáneos para realizar el sacrificio, pero su brazo se detiene, “intuye” (revelación) que el Dios de sus antepasados no puede querer semejante atropello. Por primera vez en la historia, el que llamamos padre de la fe, trasciende la vida que le toca vivir, y en lugar de matar al hijo, ofrece el sacrificio de un animal; pero no un animal cualquiera, el animal es ¡padre!: el carnero ¿No hubiera sido lo más lógico ofrecer un animal hijo: el cordero? No, a partir de esta experiencia, el carnero es el símbolo del sacrificio que siempre estará dispuesto a hacer un padre (Abraham) por su hijo (Isaac).

La lógica del mundo está hecha para que el hombre de fe la trascienda. Abraham no puede seguir los mandatos de la ley ¿Por qué Dios le iba a dar un hijo para luego sacrificarlo? ¡Cuántas veces se habría formulado este interrogante! La respuesta al dilema ha de ser dada por el creyente. Jesús, siglos después, dirá que no está hecho el hombre para el sábado, es decir, el hombre para la norma aunque ésta sea la representante de Dios (la Ley), sino la norma para el hombre. Conclusión al dicho evangélico: el hombre, al ser superior a la norma, tiene potestad para cambiarla (Mc 2,23-28). Abraham comprendió que su Dios no le podía pedir lo que mandaba la tradición. Y como tantas veces en la historia, el creyente que se deja guiar por la fe, sabe que una cosa es la justicia y otra la ley… y detuvo el puñal.

Abraham, porque cree, desobedece la ley y salva a su hijo. También José, el padre de Jesús, porque cree, desobedece la ley y salvando a María, salva también a Jesús: “su marido José como era justo y no quería ponerla en evidencia, resolvió repudiarla en secreto” (Mt 1, 19). La justicia de José si hubiera estado supeditada a la ley, habría denunciado a María para castigarla con la lapidación, matando asimismo al hijo que llevaba en sus entrañas. Ahora puede ser que el creyente intuya que Dios, lejos de sacrificar a su Hijo en la cruz, lo salvó de la muerte que le dieron los judíos y los romanos, resucitándolo de entre los muertos. No podía hacer otra cosa, pues Jesús, libremente, aceptó su destino para, como Abraham y José, seguir salvando al hijo…que somos todos en Cristo.

La historia es la misma. Dios, en Abraham, paralizó la mano asesina que desde antaño sacrificaba las primicias ¿Cómo supo oír el patriarca la “voz” de Dios, paralizando la mano asesina? Igual que nosotros hoy: a través de los signos de los tiempos. Ellos fueron y seguirán siendo trascendidos por el hombre de fe que sigue escuchando a Dios en los acontecimientos de su vida. Ahora bien, hoy como ayer, hay que tener oídos para oír.

Tras la intuición teológica al dilema del sacrificio bíblico, una vez estudiado y comprendido el texto como nos pide Benedicto XVI en la “Verbum Domini”, pude razonarlo con los alumnos. Aquel día sonreí y recordé la risa de Sara reflejada en Isaac por los siglos de los siglos. La fe nos sigue salvando.

 

¿EXISTIÓ JESÚS DE NAZARET?

La pregunta que encabeza el título de esta reflexión, me la formuló en la última comida navideña de trabajo, un comensal, compañero y cristiano practicante. Estaba preocupado por no haber sabido demostrar la existencia de Jesús, a otros profesionales de la enseñanza y especialistas en geografía e historia. El interrogante no es intrascendente ¿cuántos sabrían responder, no desde la fe, sino desde la ciencia?

En la historia de la cristiandad, millones de seres humanos han dado su vida por defender la creencia que emana de este hombre llamado Jesús ¿Es posible retrotraernos hasta el Jesús de la historia judía? ¿Podemos responder a esta pregunta conforme exige la práctica científica?

La cuestión planteada me pareció en su momento y me sigue pareciendo, enormemente sugerente, ya que de la existencia del Jesús de la historia depende la creencia cristiana en el Cristo de la fe.  Intentar demostrar la existencia de esta figura, no es tarea fácil, ya que no dejó escrito documento alguno. Por esta razón no es extraño que diversos autores hayan intentado demostrar que Jesús es un personaje inventado por la comunidad cristiana y especialmente por San Pablo. Esta tesis tomó fuerza en el pasado siglo, a través de los estudios del prestigioso teólogo protestante R. Bultmann. Este teólogo afirmaba que no era preciso encontrar a Jesús, lo importante era llegar hasta la fuente de las primitivas comunidades cristianas puesto que ellas habían sido las creadoras del cristianismo. Lógicamente el catolicismo no aceptó esta tesis. Es obvio, nuestra fe parte de la existencia real del Jesús que vivió en Nazaret y predicó por las tierras israelitas en el primer siglo de nuestra era.

Dicho lo cual, volvemos a nuestra pregunta inicial ¿podemos demostrar la existencia de Jesús de Nazaret? La primera respuesta que podemos dar a priori, es que disponemos  de bastantes más textos antiguos, que hablan de Jesús, que muchos de los clásicos griegos o romanos, de los que nadie pone en duda su existencia; sirvan como ejemplo, el Evangelio con sus cuatro distintas versiones, las cartas de San Pablo, y los restantes textos del Nuevo Testamento. A esta documentación hay que añadir los diversos apócrifos del N.T y los textos patrísticos conservados, de los cinco primeros siglos de nuestra era.

Ahora bien, dado que estas fuentes provienen del cristianismo primitivo, para asegurar la existencia de la figura de Jesús, y evitar la sospecha de la invención del personaje por parte de las primitivas comunidades cristianas, según pretendió demostrar Bultmann, hemos de bucear en autores  que no provengan del cristianismo; por tanto, la pregunta clave es la siguiente ¿Existen textos en los que se hable de Jesús y que no tengan por origen a la Iglesia naciente? Ésta, de hecho, era la cuestión que me estaba planteando mi compañero de mesa. Y la respuesta, que, asimismo, provoca la tesis  bultmanniana, ya que, como es lógico, tampoco el eminente teólogo, aceptaba los escritos evangélicos para demostrar la existencia histórica de Jesús de Nazaret.

La exégesis actual, para responder a este interrogante, cita diversos textos. Seguidamente señalamos los que nos parecen más relevantes, resaltando en primer lugar la obra titulada Antigüedades Judías de Flavio Josefo. Este autor fue ciudadano romano a las órdenes del emperador, presenció la caída de Jerusalén en los años 70 y,  siendo judío de nacimiento, dejó constancia en sus escritos de las costumbres y guerras del pueblo israelita. Conoció bien los tiempos del incipiente cristianismo ya que nació en la época inmediatamente posterior a la muerte de Jesús.

En el citado escrito de las Antigüedades Judías, hay un pasaje clave donde se habla indirectamente de Jesús y de ahí que tenga mayor relevancia, es el 20.9.1: ”Así pues, habiendo pensado esta clase de persona (o sea, un cruel saduceo), Anano, que disponía de una ocasión favorable porque Festo había muerto y Albino estaba aún de camino, convocó una reunión (literalmente sanedrín) de jueces y llevó ante él al hermano de Jesús que es llamado Mesías, de nombre Santiago, y a algunos otros. Los acusó de haber transgredido la Ley y los entregó para que fuesen apedreados”

 

 La referencia al Jesús de la historia es inequívoca. Y el hecho de no realzar la figura de Jesús al nombrarlo y resaltar la consanguineidad de Santiago y Jesús, delata su origen pagano y la no interpolación de textos cristianos debido a los copistas posteriores.

 

Asimismo, hay otro texto del mismo autor y obra, conocido con el nombre de Testimonium. Este pasaje de las A. Judías es el que reproducimos seguidamente. Se cree, no obstante, que ha sido retocado por autores posteriores de origen cristiano. Veámoslo:

 

Antigüedades judías: El Testimonium: “En aquel tiempo apareció Jesús, un hombre sabio, si verdaderamente se le puede llamar hombre. Porque fue autor de hechos asombrosos, maestro de gente que recibe con gusto la verdad. Y atrajo a muchos judíos y a muchos de origen griego. Él era el Mesías. Y cuando Pilato,  a causa de una acusación hecha por los hombres principales entre nosotros, lo condenó a la cruz, los que antes lo habían amado no dejaron de hacerlo. Porque él se les apareció al tercer día, vivo otra vez, tal como los divinos profetas habían hablado de esta y otras innumerables cosas maravillosas acerca de él. Y hasta ese mismo día la tribu de los cristianos, llamados así a causa de él, no ha desaparecido”.  (Antigüedades  Judías, tomo I, pg. 80).

 

Observará el lector que hemos puesto parte del texto en negrita; el motivo es el siguiente. Los párrafos que hemos resaltado debieron pertenecer al original escrito por Flavio Josefo. El resto, bien pudiera ser un añadido posterior de las comunidades cristianas, toda vez que, como indica Meier en su obra Un judío marginal, se hacen afirmaciones que parecen proceder del cristianismo naciente. Aunque no se puede asegurar tales interpolaciones, parece lógico señalarlas para evitar sospechas exegéticas a la hora de estudiar estos textos. Por otra parte, es evidente que una persona no cristiana como Josefo, difícilmente habría afirmado  que Jesús se apareció al tercer día de haber muerto: sólo un cristiano puede hacer semejante afirmación.

 

AL margen de este autor, otro de los escritores que vamos a señalar para acercarnos a la figura del Jesús histórico, y siempre fuera del contexto cristiano, es Tácito. Tácito fue un historiador romano  contemporáneo de Josefo allá por los años 56/57 al 118 d.C. En su obra Los Anales, cita a Cristo. Es una pena que en los manuscritos actuales se hayan perdido precisamente aquellos que narran los años 32 al 39. Por tanto, si el 30 fue el de la muerte de Jesús, no podemos encontrar referencia alguna en esta obra sobre la historicidad del Nazareno. Sin embargo, existe una referencia retrospectiva, donde Tácito habla del incendio de Roma durante el reinado de Nerón.

 

Nerón, dice Tácito, achacó a los cristianos el incendio de Roma para que la opinión popular dejara de sospechar, como de hecho ocurrió, que el culpable había sido de él: “Por tanto, para acallar el rumor, Nerón creó chivos expiatorios y sometió a las torturas más refinadas a aquellos que el vulgo llamaba cristianos, (un grupo) odiado por sus abominables crímenes. Su nombre proviene de Cristo, quien, bajo el reinado de Tiberio, fue ejecutado por el procurador Poncio Pilato. Sofocada momentáneamente, la nociva superstición se extendió de nuevo no sólo en Judea, la tierra que originó este mal, sino también en la ciudad de Roma, donde converge y se cultiva fervientemente prácticas horrendas y vergonzosas de todas clases y de todas partes del mundo

 

Este texto no deja dudas al respecto, el tono anticristiano hace imposible que proceda de los seguidores de Jesús. Por otra parte, nombra a Cristo y a la secta cristiana de forma peyorativa y altamente insidiosa. Asimismo, sitúa la muerte de Jesús durante el reinado de Tiberio (14-37d.C.) y en el tiempo del gobierno de Poncio Pilato (26-36), confirmando y coincidiendo con los datos que al respecto tenemos en los evangelios canónicos.

 

En definitiva, hoy podemos afirmar que la existencia real de Jesús de Nazaret hace XXI siglos no es un acto de fe, simplemente es cuestión de cultura. Trascender al Jesús de la historia, dejándonos aprehender por el Cristo resucitado, sí es un acto de fe. Esta fe nos lleva a creer que murió y resucitó. Pero dejando constancia histórica para aquél que no quiera creer en el Cristo de la fe, que el Jesús de la historia vivió desde los años 6 antes de nuestra era y murió allá por los 30 de nuestro calendario.

 

Confío que esta respuesta haya llegado hasta los compañeros profesores de historia de mi comensal cristiano; aquél con el que tuve el placer de compartir una comida, como tantas y tantas compartió Jesús con sus contemporáneos. Por cierto, y para concluir, jamás los evangelios hubieran dicho de un profeta aquello de “He aquí un hombre comilón y bebedor de vino, amigo de publicanos y pecadores” (Mt 11,19), si esta expresión no hubiera reflejado la forma “mundana”, es decir, no tradicional, con la que Jesús expuso su trascendental mensaje en un concreto tiempo de nuestra historia.

 

 

 

LA PARÁLISIS DE LA SOCIEDAD

Propongo al lector que lea el pasaje de Marcos 2,1-12. En la lectura de este pasado domingo lo hemos escuchado. Puntualización previa para comprender lo que allí se dice, es partir de la siguiente premisa: en la cultura de los tiempos de Jesús, pecado y enfermedad iban unidos. Hasta tal punto era así, que en la sociedad judaica estaba mal visto que un creyente acudiera al médico; lo que tenía que hacer, según la tradición, era acudir al templo para que el sacerdote limpiara la culpa interior (suya o de sus antepasados, hasta la séptima generación), y de esta manera hacer desaparecer la enfermedad exterior que, de hecho, era la objetivación de dicha culpa.

Por esta razón Jesús, en el pasaje que nos ocupa dirá: “¿Qué es más fácil, decir al paralítico: Tus pecados te son perdonados, o decir: Levántate, toma tu camilla y anda”? (Mc 2,9). Tanto monta, monta tanto…

No obstante la psicología actual, y de eso sabe bastante nuestra generación, nos informa que la parálisis del comportamiento de mucha gente está en su mente (la ansiedad, la angustia, la inseguridad, el estrés, los miedos, etc.). Por tanto, nuestra sociedad puede comprender mejor que nunca el mensaje que encierra este pasaje de San Marcos.

La escena nos presenta a los letrados, es decir a los escribas y fariseos sentados para escuchar a Jesús. Ya tenemos por una parte la representación de la oficialidad de aquella cultura y por otra la representación de la doctrina de Jesús, a través de su actuación con el paralítico.

Lo importante de este relato es el mensaje que nos ofrece Marcos y que el evangelista enmarca en un hecho inverosímil ¿Por qué? Por las circunstancias que él mismo detalla: romper el techo de una vivienda abarrotada de gente…  descolgar al enfermo por el hueco roto que habría tenido que soportar el peso de todos los que intervienen, incluido el paralítico… la pasividad de los asistentes que soportaron la caída de la techumbre sobre sus cuerpos sin inmutarse… y, sin obviar, algo totalmente increíble: el silencio del dueño de la casa ante semejante vandalismo.

Por supuesto que, como todo relato de milagro evangélico, si bien hay que captarlo en un marco determinado, su realidad está más allá del hecho en el que se narra. El milagro siempre lo trasciende. Y es precisamente esta trascendencia la que el evangelista desea revelar, por esta razón, en el presente caso, para no equivocarnos, no utiliza el verbo curar.

Si el evangelista no nos presenta una curación propiamente dicha ¿cuál es el mensaje que nos propone ante el escenario descrito? El A.T esperaba la justicia de Yahvé que anunciaba Juan el Bautista y que estaba enmarcada en el castigo (Mt 3,7-10). Marcos muestra que con Jesús, la justicia del final de los tiempos ha llegado, pero lejos de traer el mal, adviene con el perdón de Dios. El Paralítico es el reflejo de la sociedad judía, siendo sus guardianes los escribas y fariseos. Jesús trata de romper esta creencia basada en el ojo por ojo ¿Cómo? Mostrando que la llegada del reino se vive a través del perdón del Padre.

Ahora bien, este perdón se tiene que hacer extensible al ser humano. Ahora es el creyente el que debe imitar al maestro. El perdón es un atributo de la divinidad; mas si Dios nos perdona, ahora nos toca a nosotros seguir perdonando. Caso contrario, la parálisis continuará… y la oración del Padre Nuestro no tendría razón de ser, pues al no entrar en esta dinámica, perdonando a nuestros deudores, es imposible sentir el perdón del Padre. Quien no siente el perdón, es porque no perdona y quien no perdona no puede hacer desaparecer el mal; ese que nos paraliza y nos hace repetir al finalizar la oración del Padre Nuestro: “líbranos del mal”… Marcos quiere romper esta paralización del acontecer humano, revelándonos que en Cristo, el mal ya ha desaparecido ¿Qué hacer para vivenciar este acontecimiento? ¡Perdonar!

También el evangelista Juan intuyó esta verdad al anunciar: “Recibid el Espíritu Santo. A quienes perdonéis los pecados, les quedan perdonados…” (Jn 20,21). Este perdón se recibe desde aquellas primeras comunidades cristianas, a través del bautismo, donde se expresa sacramentalmente la muerte y resurrección de Cristo.

Veintiún siglos después de este acontecimiento, el milagro llega hasta nosotros, tratando de dejarse aprehender por el creyente ¿Dónde nos sentimos representados? Ojala fuera en el Hijo del Hombre, que vivenciando el perdón del Padre, está dispuesto a perdonar los pecados del paralítico… hasta en la cruz: “Padre perdónales porque no saben lo que hacen” (Lc 23,34); mas cabe la posibilidad que seamos el paralítico que, a pesar de la fe de quienes lo descuelgan desde el techo (siempre la fe viene de lo alto), seguimos exclamando, como al final del relato “Jamás habían visto cosa parecida” (Mc 2,12).

Si seguimos, como entonces, sin ver estas cosas, es que nuestra mente sigue paralizada. Consecuencia de esta tragedia es la parálisis de una sociedad que sigue enferma. El Evangelio nos muestra que la salvación ha llegado para todos. Curar la parálisis ya es posible para el ser humano. El primer paso que hemos de dar es perdonar al prójimo como Dios nos ha perdonado. No es tan difícil, aunque nos siga pareciendo incomprensible. Hagamos la prueba y veremos que el milagro sigue ocurriendo hoy con la misma fuerza de entonces.

No podemos obviar, asimismo, una tercera posibilidad: quien no está representado en el paralítico, ni en el Hijo del Hombre,  lo está en aquellos, que como los doctos de la ley, se creen en posesión de la verdad. Aquellos que desde siempre son aliados del poder establecido. Su palabra es ley: “¿Por qué éste habla así? Está blasfemando, piensan” (Mc 2,7). Pretenden introducir la infinitud de Dios en sus pobres mentes para así manipular las mentes de los demás.

Ellos son, ¡somos!, los auténticos paralíticos porque creemos andar, ver y oír. Los evangelistas avisan al cristiano de este error. La Verdad lejos de poseerla nos posee allí donde perdonamos a nuestro prójimo, porque previamente hemos dejado sentir en nuestras vidas el perdón del Padre. Y como nos enseñó Jesús, hasta el instante mismo de la muerte.  En esta aparente debilidad humana del amor, se revela con  toda su fuerza  el poder absoluto de la divinidad.

Y quien tenga oídos….

EL CUERPO

En los comienzos del año hemos escuchado en la Eucaristía la lectura de 1 Cor 6,13-15; resaltamos la siguiente perícopa: “La comida para el vientre y el vientre para la comida. Mas lo uno y lo otro destruirá Dios”.

La antropología que emana de esta sentencia paulina merece una reflexión, dado que la deducción que podemos hacer de este pasaje es clara: el cuerpo será destruido. No obstante, si esto es así ¿Dónde voy a para yo, que estoy compuesto de cuerpo y alma? Si yo en cuanto individuo estoy formado por ambos componentes, qué me importa saber dónde va a parar mi alma, lo que me interesa conocer es dónde voy a parar yo; y yo no puedo seguir existiendo si una de las partes de las que estoy compuesto, desaparece.

Efectivamente, si Dios, según el pasaje mencionado, destruye mi cuerpo, que conforma con el alma todo mi ser, de hecho, quien ha quedado destruido soy yo ¿Cómo despejar este dilema antropológico? Lo primero que hay que despejar en esta aparente contradicción, es que el binomio alma/cuerpo no es de origen bíblico, sino que proviene de la filosofía griega.

Anuncio que despejar la incógnita no es tarea fácil en unas pocas líneas.

Para la biblia, el ser humano es un cuerpo animado: un todo, y para la filosofía griega es un alma encarnada, es decir, todo lo contrario: una parte. Esta reflexión da por supuesto que el lector es conocedor de esta realidad antropológica que es extremadamente importante a la hora de comprender el sufrimiento de Jesús en la cruz al compararlo con la alegría de Sócrates al tomar la cicuta: Jesús tiembla ante la muerte de todo su ser; Sócrates siente la liberación de lo que es: alma, al salir de la cárcel de su cuerpo.

Este previo conocimiento antropológico es la base para asimilar la teología paulina, toda vez que hay que tener enorme cuidado al hacer la traducción de la palabra “cuerpo” ya que unas veces se refiere a la traducción bíblica hebrea (“Basar”: todo él es bueno o malo dependiendo de lo que haga cada cual con su libertad),  y otras a la comprensión griega (“soma”: en donde, además referido a la carne es “sarx”  y por tanto  malo al ser la cárcel del alma).

¿Qué podemos decir al respecto? Hemos de tener presente que: El cuerpo (“soma”) es más que la carne (“sarx”). La carne es lo material que el cuerpo necesita para comunicarse en un mundo material y finito como el nuestro. La carne nos remite a la colectividad de lo creado. Todos los seres vivos tienen materia. Nosotros, los humanos, en cuanto carne, pertenecemos a esta colectividad.

Pero el ser humano es algo más, es individualidad. Y esta individualidad trasciende lo puramente material. La materia se queda en la carne. El ser humano como “soplo” de la divinidad, es cuerpo (así lo explica nuestro mito bíblico en el libro del Génesis). Y este cuerpo, procedente del “soplo” de Yahvé (Ser), nos individualiza, nos recrea en este mundo de la materia.

¿Qué ocurriría si estuviéramos en un mundo donde no hubiera materia, y como consecuencia, ni espacio ni tiempo? Que si bien necesitaríamos el cuerpo, no precisaríamos de la carne. Lo que la filosofía griega llama alma, es lo que el mundo semita denomina “nefesh” que procede del hálito (“ruah”) de Yhavé.

Dicho lo cual el ser humano no está compuesto de alma y cuerpo, para la biblia el ser humano es materia (“Basar”), que Dios modela, cual alfarero, insuflándole en las narices aliento divino. En virtud de este aliento (“ruah”), la carne que nos une con el resto de la creación material, se individualiza en un cuerpo (“nefesh”). Este cuerpo, y no otro, es el que precisamos para seguir viviendo en otra dimensión, que llamamos espiritual. Así puede comprenderse que cuando los apóstoles vieron a Jesús, aunque en un primer momento no le reconocieron (la carne corruptible no puede alcanzar la resurrección), cuando se dejó ver con su cuerpo, a través del cuerpo de ellos, no a través de la carne, ya no dudaron jamás y dieron su vida por esta revelación.

Creer en la resurrección de los cuerpos significa creer que cada uno de nosotros, con nuestro propio cuerpo, es decir, con nuestra propia individualidad (“nefesh”) podemos seguir en el más allá. Ahora bien, para ello es preciso trascender la carne. De no ser así seguimos siendo hijos de la primera creación y no de la nueva que reveló Cristo tal y como quedó explicado en una pasada reflexión.

Hoy como ayer, son los ojos (carne), los que siguen permaneciendo ciegos ante esta verdad; y es que los ojos jamás podrán ver estas revelaciones que, no obstante, y según el Evangelio, pudieron ver los ciegos de nacimiento…al nacer de lo alto.

 

PENSAMIENTO POSITIVO

Murphy, con su ley, llegó a la siguiente conclusión: si puede ocurrir, ocurrirá. Pero su teoría fue enmarcada en el pesimismo: “Si algo puede salir mal, saldrá mal”

Esta ley debiera ser el mayor antídoto para los cristianos pesimistas. Y ello teniendo en cuenta que cristianismo y pesimismo se contradicen ¿Cómo puede ser un cristiano  pesimista si se confiesa hijo de Dios y heredero de la máxima felicidad tanto aquí como en el más allá? Por sus obras los conoceréis… pues hemos de reconocer que a juzgar por la cara de muchos cristianos es difícil tal reconocimiento ¿Por qué, tanto al entrar como al salir de misa, parece que han, que hemos, acudido a un funeral? Que por cierto, si en un funeral celebramos la entrada en el Reino de Dios del que ha fallecido, tampoco se comprende bien tanta tristeza; al margen, lógicamente, del dolor provocado por la separación en los familiares más cercanos, e incluso en este caso, la cara debiera reflejar junto al dolor, la paz y el consuelo de saber que el ser querido ha transformado su finitud en vida plena.

Igual que es imposible soplar y absorber a la vez, es imposible ser cristiano y pesimista. Ahora bien, la realidad nos muestra todo lo contrario. Y es desde esta paradoja desde la que desearíamos hacer reflexionar al creyente pesimista, precisamente ahora: el momento en el que comenzamos el calendario. Si según la ley de Murphy aquello que puede ocurrir, ocurrirá. Pensemos en positivo. Hagamos que la ley funcione a nuestro favor ¿Cómo?

El cristiano pesimista, es decir, el de boquilla, el que, como dice Job, conoce a Dios sólo de oídas (Jb 42,5), pero no por vivencia personal, puede, asimismo, partiendo de su realidad, darle la vuelta a su pesimismo. Si la ley de Murphy, se da, y en la historia de la humanidad, a partir de Cristo, muchas personas han podido pensar, aunque no se lo hayan creído, que el relato evangélico es, o puede ser verdad; finalmente, esta utopía se hará realidad en aquel que se la crea, de no ser así, la ley de Murphy tampoco sería auténtica.

Desde la primera página bíblica se nos pide creer, para crear. Y ahora no hablamos de utopías. La mente que cree en el mal, genera mal y no porque lo diga Murphy, sino porque ya estaba dicho hace miles de años. Apliquemos esta verdad a nuestra vida y vivamos para crear el bien…y nos sentiremos optimistas.

El mundo es, para cada uno, conforme cada uno lo ve. La vecina/o, por ejemplo, no es mala. Nosotros, quizás, veamos la maldad de la vecina y no su bondad ¿Por qué? Porque la maldad está en nuestra mente y la reflejamos en el otro/a. Jesús dirá que vemos la paja en el ojo ajeno, pero para ello es preciso tener metida la viga en el nuestro (Mt 7,4).

Es imposible reconocer la maldad si no la llevamos dentro. Igual ocurre con la bondad. Por tanto, y volviendo a Murphy, hagamos que nuestra mente vea el mundo de forma distinta y el mundo cambiará para nosotros. Jesús no vino a cambiar el mundo, vino a cambiar al ser humano… para que él cambie su mundo.

Desde esta visión de la relación humana, podemos entender que Jesús diga que es posible amar a los enemigos. De hecho, el otro/a nos odiará, pero nosotros le amaremos pues al desaparecer la viga que nos impedía ver, es decir, la ceguera, el prójimo pasará de ser nuestro enemigo, a un ser digno de compasión, si es que realmente vive para la maldad.

Como dice, en este caso, la ley de Campoamor: “Nada es verdad ni mentira, todo es según el color del cristal con que se mira” Comencemos a cambiar nuestra forma de pensar, dejemos atrás (crucifiquemos) lo que creemos ser y nos impide ver lo que realmente somos. Nuestra mente, como dice Jorge Volpi en su último libro “Leer la mente”, no está hecha tanto para recordar, cuanto para prever el futuro, en cristiano, para generar esperanza. Despertando a esta realidad, es imposible ser pesimista a pesar de las vicisitudes que nos encontremos en nuestro devenir…y de lo que nos diga tanto Murphy como Campoamor. Eso sí, como nos avisa el Evangelio, hemos de estar vigilantes  (Mc 14,33) porque es fácil caer nuevamente en la ensoñación de nuestra mente; y es desde esta ensoñación, desde la que los autores citados tienen razón.

Generemos pensamientos positivos y seguro que, aun a pesar de los problemas, y de la crisis que estamos atravesando, nos irá mejor.

 

LAS PREOCUPACIONES

“Yo os quiero libre de preocupaciones. El no casado se preocupa de las cosas del Señor, de cómo agradar al Señor. El casado se preocupa de las cosas del mundo, de cómo agradar a su mujer…” (1 Cor 7, 32-35)

Pablo nos quiere libre de preocupaciones. Y al parecer, según este texto, que hemos escuchado en la eucaristía del domingo, queda claro que una preocupación que hay que evitar es la de estar casados. Nada extraño que después de esta lectura se pueda pensar que es mejor el celibato que el matrimonio. Es la ley de la compensación: lo querido por la tradición judía era el matrimonio, ya que el celibato implicaba ir contra el mandato divino de creced y multiplicaros (Gn1,28).

Por si el lector no lo sabe, quien escribe está casado. Y por nada del mundo renunciaría a mi estado. Dicho lo cual puede pensarse que soy mal cristiano. Ni tan bueno como debiera, ni tan malo como para no poder ser perdonado. Pero la causa de mis preocupaciones no es computable a mi esposa, como parece  dejar constancia el texto. Antes bien todo lo contrario, ella es el la fuente de donde brota el amor que diariamente puedo repartir gracias a que se preocupa de todos los que nos rodean más allá de cualquier cercanía. Por esta razón, ella, lejos de ser motivo de preocupación, es quien me la quita. Desde otra visión del dilema, la mujer en la época de Pablo, cuando realmente tenía preocupaciones, no era cuando estaba casada, todo lo contrario, la sociedad la señalaba como culpable, si no había conseguido marido. Bueno es recordar, como asimismo lo hizo Jesús, que Dios creó al ser humano, hombre y mujer (Gn 5,1-2); son necesarios dos para aprender a relacionarse, como deja constancia la Biblia desde el Génesis al Apocalipsis y a través de esta relación dejarse llevar por el amor, que en definitiva para el creyente es la llama de Yahvé (Ct 8,6).

San Juan lo entendió así, cuando sitúa en su evangelio el marco en el que relata las primeras relaciones de Jesús con sus primeros discípulos ¿Cuál fue el marco? Una boda: las bodas de Canaán. Es ante el amor de un hombre y una mujer, que nos invita a descubrir el amor del hijo y su madre, y del comienzo del seguimiento de sus primeros discípulos. La unión de un hombre y una mujer, lejos de crear preocupaciones, es el lugar donde Jesús revela que es el Cristo esperado y donde nos introduce en el misterio del amor de Dios. El marco del amor humano simbolizado en la boda, es usado por San Juan para confirmar que allí comenzaron a creer en él sus discípulos (Jn 2,11).

Siempre hemos dicho, y repetimos ahora, que lo importante en la Biblia no es lo que dice, sino lo que quiere decir. Por tanto, ¿qué quiere decirnos Pablo cuando escribe a los de Corinto? Los textos sagrados hay que estudiarlos en su contexto para comprenderlos.

Lo más importante, hasta la llegada de Cristo, con relación al matrimonio, era tener hijos para poder seguir viviendo en ellos. Hasta tal punto era así que cuando una mujer no tenía descendencia, se le permitía al varón el repudio para tomar otra esposa (por aquel entonces se creía que ella era la única “culpable” de la infertilidad).

No estar casada, o estarlo sin tener hijos, era motivo de preocupación. La institución matrimonial tenía como función principal la procreación. Jesús observa que la unión de dos personas es algo querido por Dios desde el principio de la creación y que esta realidad humana, había sido manipulada por el hombre a través de la historia. Lo que debe unir a dos personas no es el hecho de poder tener hijos, sino vivir la experiencia del amor. Los hijos serán fruto, o no, de este amor.

Cualquier persona psicológicamente sana, piensa así, no obstante, ¿por qué Pablo parece pensar de forma distinta? Porque la situación en la que se encontraba Pablo implicaba la creencia de estar viviendo el final de los tiempos: las comunidades cristianas esperaban la llegada de Cristo y como consecuencia, el final de este mundo conocido. Ante esta dramática situación, lógicamente, era mejor no pensar en casarse. ¿Para qué preocuparse en casarse, si la función de tal estado era tener hijos y el fin del mundo estaba próximo? Lo mejor era no distraer la mente con otras preocupaciones que no fuera esperar la venida de Cristo.

Los medios de comunicación nos anuncian que según el calendario maya el fin del mundo llegará el 23 de Diciembre de este año. Si alguien cree en este vaticinio, estimo no tendrá otra preocupación que ésta ¡como para pensar en entablar relaciones de futuro!

Los cristianos venimos celebrando el comienzo de la nueva vida, de la nueva creación, el 24 de Diciembre (conmemoración del nacimiento de Jesús), por tanto, no nos asusta el anuncio del fin del mundo para el 23 de Diciembre, ya que todos los años lo celebramos. Pablo cuando escribe a los corintios vive su experiencia de encuentro con Cristo y ansía su venida. No obstante, con el paso del tiempo, fue cambiando su perspectiva, asumiendo que ese día y esa hora, como anuncia el Evangelio nadie los conoce (Mt 24,36). Lo que si conoce es que necesita, como todo buen cristiano, seguir anunciando la verdad del evangelio, pero no como catástrofe, sino como revelación que nos conduce a vivir otro mundo distinto del actual donde acabe la maldad y renazca la verdad: todos somos iguales en el Señor, sin obviar el respeto a las diferencias. Entre estas diferencias, podemos señalar la de estar casado/a o soltera/o.

 

EL DECIMOTERCER APÓSTOL:PABLO DE TARSO

Todos somos el decimotercer apóstol y formamos parte de los doce, ya que este número representa la totalidad del pueblo de Dios. Así fue en el antiguo Israel con las doce tribus y así es en el pueblo de Dios con los doce apóstoles.

El 25 de Enero celebramos la conversión de San Pablo. Más que una reflexión, esta breve reseña del llamado Apóstol de los Gentiles, es una obligación. Este pasado domingo hemos observado en un programa de T.V. que ante la pregunta de quién fue San Pablo, las respuestas fueron tan dispares como: un conocido Papa, el que escribió el evangelio, el que se cayó del caballo, me suena pero no sé, etc.

La respuesta más acertada fue: el que se cayó del caballo ¡y es mentira! El texto no dice que fuera a caballo (Hch 9,4). De hecho, Pablo no se apeó del burro de su creencia así como así. La conversión se captó a las puertas de Damasco y su caída le duró más de quince años, que fue el tiempo que trascurrió desde Damasco hasta su primer viaje apostólico (Gal 2,1). Anteriormente fue un simple recadero de la Iglesia naciente.

Su conversión está plagada  de los símbolos míticos que impregnaban la cultura de los primeros siglos de nuestra era. Ya el nombre del apóstol nos indica la pequeñez del hombre ante la grandeza de la fe. Pablo era el pequeño, significado del nombre de Saul. Saul había sido el primer rey, el “elegido” de Israel, de la tribu de Benjamín, que como su nombre indica fue el hijo más pequeño de Jacob y el origen de la tribu más reducida de Israel (como posteriormente ocurrió con David). Nosotros en castellano indicamos que las cosas hay que hacerlas poco a poco, a través de la palabra “paulatinamente” (de Paulo, Pablo).

La caída simbólica de Pablo por la que todos los creyentes hemos de pasar si realmente somos cristianos, hemos de “aprehenderla” desde esta pequeñez que somos, ante la grandeza del don de Dios, que nos hace hijos suyos. Pero no es fácil comprender este don. Hemos de dejarnos guiar por él. Pablo se quedó ciego ¡Ciego! Al igual que Zacarías se quedó mudo (el sacerdote que, debido a su oficio, usaba la palabra para hablar de  Dios –Lc 1,22-), Pablo, ahora, se queda ciego; él, que había estudiado la religión en la mejor escuela de aquellos tiempos, la del maestro Gamaliel (Hch 22,3); él, ante el conocimiento que va adquiriendo de los cristianos, con motivo de su persecución (posiblemente estuvo presente en el martirio de San Esteban),  se apea de sus creencias (los pintores reflejan este cambio con la famosa caída del caballo que no es de origen bíblico, sino pictórica y popular: nosotros decimos caerse del burro, cuando alguien cae en la cuenta de su error previo).

Desde esta caída de Pablo todo se refleja a través del mundo mítico. Permanece ciego tres días hasta que en casa de Judas, el discípulo Ananías le impone la manos y vuelve a ver (Hch 9, 10-19) ¡Tres! Expresión de la divinidad que Pablo encuentra en los cristianos que persigue (Hch 9,9). Y es ante ellos y gracias a ellos, que Pablo comienza a ver de nuevo. La luz que le cegó ante el Cristo que perseguía (observemos que en la aparición, Cristo no le dice por qué persigues a los cristianos, sino por qué me persigues a mí –Hch 9,5-), la tiene que meditar, asimismo, y posteriormente, en su retiro de Arabia durante ¡tres años! Nuevamente tres (Gal 1,17s). La divinidad nos “persigue”, como reconocerá Pablo años después, desde el seno materno (Gal 1,15). La llamada de Damasco es retrotraída por el apóstol hasta el seno materno; esta realidad teológica fue, ciertamente aprehendida por él, en las puertas de Damasco, pero Dios nos llama a todos en el instante de la concepción… aunque posteriormente, hemos de tener oídos para oírla.

La conversión de Pablo se inició, como la nuestra, desde el útero de la vida. Hay que tener ojos para verla… o permanecer ciegos. Porque decís que veis permanecéis ciegos, anuncia el evangelio (Jn 9,40); Pablo encarna en su experiencia esta realidad evangélica que es tan actual entonces como hoy. Pablo, como muchos cristianos hoy, creen haber alcanzado la verdad.

La conversión de Pablo comienza cuando, como Zacarías, lejos de alcanzar a Dios, se sienten alcanzados por Él.  Pablo creía que el estudio de la religión le llevaría hasta Dios. Pero el Dios de los cristianos sólo se deja aprehender en el prójimo. Cuando Pablo, en su camino, cae en la cuenta de esta verdad, todos sus argumentos anteriores se vienen abajo. Y a partir de esta caída, comienza a servir a los cristianos como el último, como el más pequeño, como a un abortivo (1Cor 15, 8s). Y, paradójicamente, pasa a la historia de la humanidad como uno de los más grandes.

En esta semana celebremos su conversión dejándonos encontrar como él, por Cristo. No hagamos, como Pablo, un fetiche de la religión. Nuestra fe, si es católica, y por tanto universal, ha de verse reflejada en nuestra creencia.  Él asumió el judaísmo al trascenderlo en Cristo. Ahora sí, y tras la obligación de esta aclaración sobre la conversión de San Pablo, como cristianos del siglo veintiuno, comencemos a reflexionar qué significa convertir la religión que profesamos en la experiencia crística.

 

EL CAMBIO

No es la primera vez que reflexionamos sobre la necesidad de cambiar, que en ciencias bíblicas se llama “metanoia”. Hoy creemos interesante volver sobre el tema porque, consciente o inconscientemente, estamos en el tiempo en el que más veces intentamos cambiar, y si no ¿por qué repetimos por doquier “año nuevo vida nueva”? Siendo así, nos encontramos en el momento que mejor podemos captar esta realidad antropológica, especialmente en una sociedad como la nuestra, ya que, debido a la crisis, se imponen los cambios, hasta en política.

No obstante, nada cambia si nosotros no cambiamos. Juan el Bautista fue el precursor de esta necesidad de cambiar desde el interior, desde la soledad de cada experiencia humana, dicho con sus palabras: “desde el desierto” (Mt 3,3). De ahí la necesidad de limpiar al hombre viejo (bautismo en las aguas del Jordán), para renacer a la experiencia del hombre nuevo que nos propone el evangelio (bautismo en las aguas del Espíritu).

“Sé tú el cambio que quieras ver en el mundo”. Esta frase atribuida a Gandhi, expresa la misma “metanoia”. Si el cambio es bueno y saludable hasta en política, por qué oímos decir durante el resto del año: yo soy como soy y a mí nadie me cambia. Esta frase dentro de la antropología bíblica no tiene razón de ser, dado que el Ser, es precisamente el que obliga a los individuos a un constante cambio durante su devenir. Somos, porque procedemos del Ser (Yahvé), que para los cristianos e israelitas, es el nombre de Dios. Ser y estar es algo completamente distinto. Tenemos la suerte que en la lengua en la que estamos expresándonos, podemos diferenciar el Ser del estar, cosa que no ocurre con otros idiomas, y, por tanto, captamos esta antropología con mayor precisión.

Los cristianos conocemos por la experiencia de Jesús, lo distinto que es el Ser y el estar. Jesús estuvo entre nosotros como hombre, pero en su Ser sentía la filiación divina. Nosotros como hermanos suyos, y tras su resurrección, somos hijos de Dios aunque estemos viviendo en este mundo.

Esta previa reflexión antropológica es preciso recordarla toda vez que en el estar de cada individuo es imposible no cambiar ¿Qué sucede cuando esto no es así? Que hemos descentrado (esta palabra en griego es la que traducimos por pecado), nuestra yoedad de la fuente de toda energía que es el Ser. El Ser, que procede de Dios, nos obliga al cambio, pero cuando nos anclamos en lo ya adquirido y no seguimos buscando, simplemente lo que ocurre es que no actúa nuestro yo, que procede del Ser, sino nuestro ego que procede del estar, a veces este excesivo bien-estar genera las crisis de valores y, como consecuencia de ello, la crisis social en el resto de los ámbitos.

Cristo en su vida nos reveló la unión de lo humano con lo divino, el nuevo hombre de la nueva creación. La actuación de un ser humano que constantemente cambia “metanoia” y transforma la sociedad. Si es así, repitamos en este mes de enero: ¡Año nuevo vida nueva!

Ahora bien, que no nos limitemos a repetir una frase hecha. Ante bien, todo lo contrario, que la frase sea la consecuencia de nuestra forma de actuar.  Así, habremos intuido que el Ser que es Dios provoca la energía, la “dynamis” (fuerza, hálito, soplo; la palabra carece de importancia),  que, dentro del ámbito cristiano, llamamos Fe. Y esta Fe que proviene del Ser, es la que nos permite crear un estar en constante cambio que en teología, llamamos religión: Ser y Fe hacen posible el estar y el creer (religión).

Feliz año y feliz cambio para todos. ¡Y pobre del que no esté dispuesto a la “metanoia”! Por esta razón, en la historia de la humanidad, han sido y siguen siendo tan importantes los momentos de crisis. Ellos provocan los mayores cambios de la historia. Aunque, como nos revela Jesús con su propia vida, se pueda morir en el intento.

LA HOMOSEXUALIDAD EN LA BIBLIA

El Evangelio proclama que “No hay nada encubierto que no haya de ser descubierto, ni oculto que no haya de saberse” (Mt 10,26) Y la Iglesia en la Verbum Domini  exhorta a todos los fieles a acercarse también a las páginas oscuras de la Biblia, a fin de que sean comprendidas (42). Pues bien, uno de esos temas tabús en nuestros días,  dentro del orbe católico, sigue siendo el de la otra sexualidad.

Una voz tan autorizada  en la Iglesia, como la del cardenal emérito de Milán Carlo María Martini acaba de publicar en su libro “creer y conocer” que hay que dar “cierta estabilidad a las parejas homosexuales”, ya que, “No es un mal que, en lugar de relaciones homosexuales ocasionales, dos personas tengan una cierta estabilidad y por tanto en este sentido el Estado podría también favorecerlos” Este reconocimiento no va en contra del matrimonio heterosexual; entrar en este juego es volver a los tiempos en los que se discriminaba al matrimonio para ensalzar el celibato. Al cardenal no le parece justo “expresar discriminación alguna hacia otros tipos de unión”.

Vamos a reflexionar partiendo de este ejemplo que nos brinda el cardenal Martini. Como es costumbre en esta página, estudiamos los textos bíblicos, pues si nada humano le es ajeno ¿qué nos dice al respecto? Vaya por delante que las excentricidades de cualquier bando, nunca son buenas, y nadie en su sano juicio las quiere. Si los varones, con ánimo de provocar, no deben ir besando a las mujeres por la calle, los homosexuales, por la misma razón, deben guardar el mismo decoro. Comprendo que la represión de tantos siglos necesita una válvula de escape, pero si queremos normalizar la situación del colectivo gay, actuemos con normalidad. A veces, el orgullo gay y sus fiestas, no son, precisamente, al decir de los propios homosexuales, la mejor expresión para dicha normalización. Y con ello no estamos sugiriendo que el acto de besarse públicamente sea inmoral: Judas lo usa para entregar a Jesús; sin embargo, para Juan el evangelista, era un signo de amor tan grande, que lo omitió en su evangelio. ¡Un acto de amor íntimo (el beso) no debe ser el inicio de una actitud pública de traición (la cruz)!

 Al margen de las provocaciones, para un cristiano una cosa debe estar clara, si Jesús atendió a los marginados de su sociedad con tal cariño que provocó la ira de”los bien situados”, hasta el extremo de llevarle a la muerte, cuál tendría que ser el comportamiento de los creyentes, ante la  incomprensión y marginalidad de parte de la sociedad contra “la otra sexualidad”. Una sociedad que parece obviar que, al menos un 5% de la humanidad, es gay. Imposible marginar a tantos millones de hombres y mujeres, que si bien no entran en la “norma”, su manifestación es “normal”.

Cierto que todo va cambiando, y uno de los cambios para esta aceptación social dentro de los países democráticos, se ha realizado en el pensamiento heterosexual. Hasta el siglo pasado, en el Derecho Canónico se indicaba que el fin del matrimonio eran los hijos; esta afirmación provenía, entre otros, de Clemente, uno de los primeros teólogos cristianos que invocando la «regla alejandrina» proclamaba que el acto sexual, para ser moral, debía estar dirigido a la procreación; hoy ya no es así: el fin del matrimonio es el amor. Siempre ha sido el amor. Los hijos son, o no, su consecuencia. Hace años publicamos un trabajo en el que explicamos que la unión de hombre y mujer con el fin de procrear, era de origen animal, mientras que el matrimonio con el fin de amarse, era y seguirá siendo, de origen humano. El Cantar de los Cantares ya había revelado este misterio: “Yo os conjuro, hijas de Jerusalén, no despertéis, no desveléis al amor hasta que le plazca”  (Ct 8,4).

Este cambio de perspectiva, que fue el que tomó Jesús al decir que el amor une para toda la vida, pues su origen por ser humano, pertenece a Dios, provocó de tal forma a la sociedad de entonces, que oímos decir a los propios apóstoles: “Si tal es la condición del hombre respecto de su mujer, no trae cuenta casarse” (Mt 19,10). Esta frase esconde una nueva realidad, la mujer ya no es propiedad del hombre, el amor posee a ambos por igual y ningún poder humano tiene potestad para separarlos.

Desde esta perspectiva, la homosexualidad, comienza a ser mal vista por los heterosexuales judíos, que sólo ven en la homosexualidad una libertad que al heterosexual se le ha cercenado. Pero no fue la Iglesia la que arremetió contra el colectivo, ante bien todo lo contrario. Jesús habla del colectivo con una realista naturalidad: “Porque hay eunucos que nacieron así del seno materno, y hay eunucos hechos por los hombres, y hay eunucos que se hicieron tales, a sí mismos por el Reino de los Cielos. Quien pueda entender que entienda” (Mt 19,12). 

Veintiún siglos después hay gente que no entiende o, simplemente, no quiere entender. La naturalidad con la que habla de ella es asombrosa: ¡Hay gente que nace así! El mismo Jesús se hizo eunuco por el Reino. El escándalo en aquella época, no era ser homosexual, lo prohibido era ser varón y no casarse. Cierto que el Deuteronomio dice: “El que tenga los testículos mutilados o el pene cortado no será admitido en la asamblea del Señor” (Dt 23,2). El hombre que no podía procrear, no tenía derecho a pertenecer al pueblo elegido. La necesidad de tener descendencia había promulgado esta ley para sobrevivir, equiparando al homosexual con el eunuco; esta equiparación, incluso en el vocablo, se seguía dando en la sociedad romana de la época de Jesús, donde como hoy, la homosexualidad no era norma, pero era normal.

Las leyes cambian con los cambios de la sociedad. Por ello en la época del profeta Isaías el pueblo cambia la opinión sobre el varón que no procreaba (¡hace aprox. 26 siglos!), y lo que había sido hasta entonces una maldición por el hecho de no tener descendencia, se convierte en bendición: “Porque así habla el Señor: A los eunucos que observen mis sábados, que elijan lo que a mí me agrada y se mantengan firmes en mi alianza, yo les daré en mi Casa y dentro de mis muros un monumento y un nombre más valioso que los hijos y las hijas; les daré un nombre perpetuo que no se borrará” (Is 56,4-5). El pecado de Sodoma, nada tiene que ver con la sodomía, ni por supuesto con la homosexualidad, pues lo que allí se castigó fue la falta de hospitalidad. Al menos así lo entendió Jesús:Y si no se os recibe ni se escuchan vuestras palabras, salid de la casa o de la ciudad aquella, sacudiendo el polvo de vuestros pies. En verdad os digo: el día del Juicio habrá menos rigor para Sodoma y Gomorra que para aquella ciudad» (Mt, 10,14s).

El apóstol Felipe debió comprender el proceder del profeta Isaías y el de Jesús de Nazaret, cuando con él, la Iglesia de las primeras comunidades, comenzó a bautizar a los no judíos y en primer lugar, precisamente, a un importante homosexual: “Y he aquí que un etíope eunuco, alto funcionario de Candace, reina de los etíopes, que estaba a cargo de todos sus tesoros…regresaba leyendo…El Espíritu dijo a Felipe…bajaron ambos al agua…y lo bautizó” (Hch 8,26-39). Este representante de la otra sexualidad al que hace referencia el libro de los Hechos de los Apóstoles, era el máximo responsable de los tesoros de la reina. Aquí se están encontrando dos sociedades completamente distintas: la judía y patriarcal y la etíope y matriarcal. Cuando las primeras comunidades cristianas aceptan esta orden del Espíritu Santo, están preparadas para bautizar a uno de sus más encarnizados enemigos: Pablo de Tarso (Hch 9,19-22). No deja de ser sintomático que el apóstol sea bautizado tras el bautizo del homosexual. Posiblemente no podemos obviar este hecho a la hora de  comprender la confesión que hace Pablo cuando afirma que: en Cristo no hay hombre ni mujer (Gal 3,28). Esta revelación era, y sigue siendo, difícil de digerir. Pero la Iglesia la hizo suya desde el primer momento ¿Por qué? Entre otras razones, porque el texto que va leyendo el homosexual de Hechos, al que estamos aludiendo, es el de Isaías 53,7-8 donde el marginado es llevado como una oveja al matadero. Para los judíos, y a pesar de Isaías, seguían siendo marginados, como lo era la mujer, el niño, el pobre, el enfermo, etc., para los cristianos, no ¿Cómo expresar esta realidad? Con la pregunta que el propio homosexual hace: “¿Qué impide que yo sea bautizado?” (Hch 36-40). Felipe lo bautiza y Lucas en su texto deja constancia que lo hace por imperativo del Espíritu Santo. Con razón Jesús exclamó al referirse a este colectivo “Quien pueda entender que entienda”.

La comunidad cristiana nace en medio del escándalo y desafía las estrechas lecturas de las Escrituras. Y así fue a través del tiempo, hasta más allá del siglo XIII donde la sociedad, que no la Iglesia, volvió a arremeter contra estas personas.

Hoy, como creyentes, conviene releer estos textos; Jesús se escandalizaría del comportamiento de algunos cristianos, que siguen sin querer entender, y por supuesto, también del comportamiento de algunos homosexuales, aunque, posiblemente, sería más comprensivo con sus fiestas que con nuestras descalificaciones. Si en Cristo no hay hombre ni mujer, sino personas, la otra sexualidad, simplemente es la misma pero expresada de forma distinta. Y como dijo Jesús al Bautista: “Dichoso aquel que no halle escándalo en mí” (Mt 11,6).

Antes de escandalizarnos o juzgar el comportamiento de nuestro prójimo, reflexionemos con las palabras que en la Suma Teológica nos propone Santo Tomás de Aquino: “Debido a las distintas condiciones de los seres humanos, ocurre que ciertos actos son virtuosos para determinadas personas, en tanto adecuados y convenientes a su condición, mientras que, para otros, los mismos actos son inmorales, en tanto inadecuados a su condición”

Santo Tomás había asimilado que quien ama comprende, y que, a quien no quiere comprender otras formas de pensar y sentir la vida, van dirigidas las duras palabras de Jesús cuando amonesta a escribas y fariseos de esta manera: ¡Ay de vosotros! que cerráis a los hombres el Reino de los Cielos. Vosotros ciertamente no entráis; y a los que quieren entrar no les dejáis (Mt 23,13). Seguir los pasos de Cristo, no fue ni es tarea fácil, Él no mide al mundo por lo que es justo, por lo que creen los eruditos que está bien o mal, Jesús trasciende siempre la justicia; el Dios de Jesús no es el Dios del sistema que distingue a buenos y malos. Él hace aparecer en toda su crudeza la violencia de la historia. Su medida no es la ley, es la gracia de Dios que recorre el  mundo desde su alfa hasta su omega. Sólo quien se acoge a esta gracia como don, puede comprender y trascender las cosas de este mundo. “Desde su experiencia de gracia total, Jesús elevó una palabra de condena total contra aquellos que siguen viviendo (muriendo) en un plano de la ley” (Pikaza, X., Antropología Bíblica, pg. 282).

Y es que, si como anuncia Pablo, los caminos de Dios son inescrutables (Rm 11,33), puede ser que quien habla mal de un homosexual, le está abriendo las puertas del Cielo, pues como dijo su gran amigo el evangelista Lucas al comentar las malaventuranzas: ¡“Ay cuando todos los hombres hablen bien de vosotros! Pues de ese modo trataban sus padres a los falsos profetas” (Lc 6,26).  

Por supuesto que esta reflexión no exime de su culpa a aquellas personas que teniendo una tendencia sexual definida, actúan contrariamente a la misma, con estos individuos sean heterosexuales u homosexuales, siguen siendo válidas todas las expresiones condenatorias de los textos sagrados, que de hecho, es contra quienes están dirigidas.

 

 

 

LA NUEVA CREACIÓN

Con estas reflexiones intentamos mostrar que el camino de la religión católica (universal) abre el horizonte de las posibilidades humanas. Ahora bien, este camino tiene que tener muy presente la génesis en donde se fragua esta andadura: los textos bíblicos debidamente comprendidos (así lo solicita el Papa en la Exhortación postsinodal “Verbum Domini”). Esta comprensión ha de estar conforme a los signos de los tiempos en los que se viven, se escriben, se interpretan y reinterpretan estos textos (la palabra de la Escritura siempre es palabra viva). La grandeza de la religión se acrisola en esta constante refundación y, contrariamente a lo que pudiera pensarse, es más humana por lo que cuestiona y sugiere, que por lo que responde. Jamás hubo en la historia alguien que cuestionara más lo establecido que el Hijo del Hombre: Jesús de Nazaret.  

Hoy queremos mostrar la forma en la que Lucas nos acerca a la Navidad, que para él es, la nueva creación ¿Cómo expresa esta nueva creación? Echando una mirada a su evangelio, observamos que todo comienza para Jesús, el nuevo Adán, al sexto mes de haber concebido Isabel a Juan el Bautista (Lc 1,26). No es casualidad que Lucas sitúe lo que va a acontecer en María al sexto mes de la concepción de su prima, y que en el principio de la creación sea también el día sexto en el que, míticamente, se crea la humanidad (Gn  1, 27-31).

Esta cábala (Kabala) numérica la resalta especialmente el evangelista Lucas ¿Cómo? Previamente ha indicado que Isabel permaneció oculta durante cinco meses (Lc 1,24). Partiendo de estos míticos dígitos vamos a tratar de explicar la forma lucana en la que se inicia la Navidad, que en su teología es la forma de revelar el nacimiento de la nueva humanidad; quedarse únicamente con el nacimiento de Jesús es muy necesario y loable, pero según su teología, estimamos, no suficiente ¿Qué nos sugiere Lucas con esos datos numéricos que pertenecen al lenguaje bíblico y que hoy parecen pasar inadvertidos? Reflexionando sobre ellos, descubrimos cuál pudo ser su intención teológica.

Un dato previo, pero muy importante, es recordar que los dos primeros capítulos de su escrito, llamados “evangelio de la infancia” fueron redactados y añadidos al resto, muy posteriormente a la difusión del evangelio, es decir, el evangelio de Lucas estuvo circulando varias décadas comenzando por el capítulo 3 (en aquellos tiempos era el 1).  Si observamos la genealogía que nos propone en este capítulo, hay un rasgo diferencial con la de Mateo: mientras que Mateo paraliza la genealogía en Abraham, Lucas retrotrae la de Jesús hasta Adán, hijo de Dios (Lc 3, 37).

Cuando el evangelista añade los actuales capítulos 1 y 2 para explicar la infancia de Jesús, tiene presente lo ya indicado en su genealogía. Conviene señalar que tanto Mateo como Lucas añadieron sendos capítulos al evangelio ya existente siguiendo la costumbre de la época (Mateo también añadió dos capítulos, que dada su distinta teología, difieren de los de Lucas). En un principio no existía preocupación alguna por saber cómo fue Jesús en su infancia; no obstante, pasados los años quisieron añadir a sus evangelios estos capítulos que hoy aparecen al comienzo de sus respectivos escritos para responder a las preguntas de sus comunidades.

Al comienzo del cristianismo, lo relevante era la resurrección, pasados los años y dado que todos los grandes personajes de la historia relataban sus prodigiosos nacimientos y sus singulares infancias, ellos, siguiendo la costumbre, añadieron estos capítulos de una intensa teología en donde queda condensada la obra que en sus escrito aparece posteriormente aunque de hecho fue anterior, es decir, el evangelio por aquel entonces ya conocido. De ahí que los evangelios de la infancia de estos autores, sean más que el principio donde se relatan la infancia de Jesús, el final donde queda recapitulada la historia del Nazareno que se revela tras la resurrección como el Cristo esperado. De hecho estos dos diferentes capítulos añadidos en ambos evangelistas, expresan sus teologías más depuradas.

En el caso que nos ocupa, Lucas va a revelar algo que, como en la creación de Adán (en este caso la de Jesús), permanece en el misterio de Dios ¿Cómo nos prepara Lucas para introducirnos en este misterio creacional? La teología de Lucas, usando el lenguaje de su tiempo nos lleva hasta las puertas de la eternidad. Allí/aquí, desde el “no tiempo de Dios” se revela lo imposible: la unión de lo finito y el infinito. El nacimiento (tiempo) o Navidad del Hijo de Dios (eternidad). Para traspasar estas puertas, se exige del creyente, por una parte, la voluntad necesaria para dejarse llevar por el Espíritu y por otra, disponer de las llaves. Seguidamente reflexionamos sobre la forma en la que Lucas trata de entregarnos estas llaves.

Nadie sabe cómo fueron formados los primeros cinco días de la creación (Gn 1), Adán se encontró con ellos como dueño y señor cuando, en el día sexto, fue creado. Él no existía en los días previos al sexto; por tanto, la forma en la que fueron creados permanecía oculta a su inteligencia (será la ciencia la que nos aclare este dato; como decía Galileo, la Biblia nos enseña cómo ir al cielo y no cómo es). Ahora Lucas nos sitúa en los orígenes, su teología trata de introducirnos en este misterio a través de los cinco meses en los que su prima Isabel permanece oculta (Lc 1,24), tan oculta como para Adán los cinco primeros días de la creación. Juan el Bautista representa, para Lucas, la antigua creación, aquella que quedó reflejada en esta expresiva frase: “Os digo: Entre los nacidos de mujer no hay ninguno mayor que Juan, sin embargo, el más pequeño en el Reino de Dios es mayor que él” (Lc 7,28).

Nuevamente en el evangelio, el dígito 5 representa el ocultamiento del misterio de Dios en la nueva creación, mientras el 6 revela el instante en el que Dios recrea al ser humano ¿Qué es preciso encontrar para dejarse guiar por el misterio? La luz que se hizo en el día uno (“Dijo Dios: Haya Luz” (Gn 13) y que se cierra el día siete de la creación con el día dedicado a Dios (“Bendijo Dios el día séptimo y lo santificó” (Gn 2,3). Aquella luz sigue iluminando al creyente si reserva el séptimo día a Dios, y que nosotros lo hacemos el domingo en la eucaristía, “instante eterno” en el que Cristo renace de la muerte para todos los hombres de buena voluntad. No obstante, para captar el misterio no hay que comprar el aceite (lo sagrado), fuera de uno mismo (recuerdo al lector la anterior reflexión donde expusimos que la eternidad es un don de Dios).

Efectivamente los siete días de la creación comienzan y acaban con el misterio (la luz de Yahvé). Dios descansa el día 7 y ahora el ser humano recreado en Cristo el mismo dígito en el que fue creado Adán: el 6, retoma la creación tal y como Dios la quiso en un principio.

Y ese es el “instante eterno”  (allí/aquí sólo sigue estando Dios), en el que nos quiere introducir Lucas. Él ha pasado por su personal Pentecostés (Hch 2, 1-13), conoce por experiencia la fuerza del Espíritu, la luz que hizo posible la intuición del misterio y que llega a él a través de Cristo. Ahora nos propone un evangelio que nos hará renacer de nuevo, no se trata, únicamente, de demostrar la forma en la que vino Dios al mundo (el misterio continúa), sino de intuir que, o bien  somos hijos de la antigua economía donde el más grande es Juan, o renacemos a la nueva creación de los Hijos del Reino, donde cualquiera es mayor que Juan.

La experiencia de la Navidad nos revela que Cristo, como nuevo Hijo de Hombre, es el primogénito de Dios, el primogénito de aquellos que han nacido y siguen naciendo, no de la carne (creación realizada y descrita en el libro del Génesis en el día seis, sino del Espíritu (creación realizada y expuesta por Lucas en su evangelio también con el dígito seis: “Al sexto mes fue enviado por Dios el ángel Gabriel” –Lc 1,26). Por tanto, Lucas nos revela que Cristo sigue naciendo en cada ser humano que viene al mundo. Aquella singularidad de Belén, es el inicio de la nueva creación en la que Lucas nos quiere introducir a través de su evangelio.

Con esta previa mirada sobre los textos lucanos, podemos intuir que el evangelista pretende situarnos nuevamente ante el misterio que desde los orígenes de la creación humana nos eleva más allá de nuestra carne mortal. Lucas trata de mostrar el misterio de la creación de la humanidad querida por Dios y revelada en “el primogénito de toda la creación” (Col 1,15); quedarnos con lo sucedido hace 2011 años no es lo que pretende el evangelista, su revelación trasciende el tiempo y nos sitúa ante la luz del Espíritu que al crear el universo, recrea al Hijo que es el Principio y el Primogénito de entre los muertos… (Col 1,18). Lucas nos introduce en este misterio que vivió junto a Pablo y que, a su vez el apóstol trata de explicar a los colosenses ¿Cómo, sino, podemos entender que Cristo fuera el primero que murió si la historia de la humanidad llevaba siglos de existencia? Quien se adentra en el misterio lucano puede retrotraer la Navidad al comienzo de la creación y vivirla en la experiencia actual pues lo que ocurrió entonces, al trascender el tiempo, sigue ocurriendo hoy.

Y el misterio se sigue encarnando en los hombres de buena voluntad…

Feliz Navidad para todos y bienaventuranza para un difícil, pero interesante año 2012. En los tiempos de crisis se fraguan y consolidan con mayor intensidad los auténticos valores religiosos; sin embargo, ayer como hoy se impone seguir trascendiendo la letra a través de los que se expresan.

 

!VIGILAD!

 

Con el Adviento hemos comenzado el año litúrgico, que es como decir la historia en la que se narra, año tras año, nuestra forma de expresar la religiosidad. No deja de ser llamativo el hecho de que este comienzo se inicie litúrgicamente con la siguiente recomendación: “Estad atentos y vigilad, porque ignoráis cuándo será el momento… no sea que llegue de improviso y os encuentre dormidos. Lo que a vosotros os digo, a todos lo digo: ¡Velad! (Mc 13,33-37).

 

Esta verdad que hoy retoma la psicología como la panacea para curar ciertas enfermedades mentales, está dirigida como indica el texto citado, no sólo a los cristianos, sino a todos. Una mente virgen y despierta podrá intuir lo que se va a celebrar a partir del Adviento, de no ser así, ¡Cuidado! nos encontramos dormidos.

 

El texto  va dirigido, por una parte, al instante en el que todo esto acabe: final del mundo; por otra, y es la que aquí nos interesa reflexionar, al momento presente en el que, o bien podemos seguir viviendo a base de leyes, normas y preceptos externos que nos guíen (mundo reflejado en el Antiguo Testamento) o contrariamente, al llegar la mayoría de edad, renacer a la nueva humanidad de los hijos de Dios que se reconoce dueña de sus actos (mundo reflejado en el Nuevo Testamento).

 

El Evangelio, de forma prioritaria, siempre va a revelar el instante en el que nos encontramos. Por tanto, es en el aquí y en el ahora donde hay que ¡despertar! y permanecer vigilantes para no volver a caer dormidos.

 

Ante este aviso de Jesús hecho a toda la humanidad caben dos interrogantes. El primero es obvio, pero importantísimo: ¿He estado despierto alguna vez? Difícilmente podemos comprender el inicio del Adviento, si todavía seguimos durmiendo. El segundo interrogante va dirigido al que vive entre la vigilia y el sueño, que es al que dirige Jesús su alerta. Estos segundos, que somos los creyentes, tenemos que estar vigilantes. No obstante, pudiera ser que aún estando despiertos, ensoñáramos de tal manera que sin darnos cuenta podríamos volver a caer en el sopor ¡creyendo estar despiertos! Para entendernos, psicológicamente hablando, es lo que nos suele ocurrir cuando soñamos. Sólo reconocemos que vivimos un sueño, al despertar.

 

Muchos cristianos se encuentran en esta situación. A ellos/nosotros, asimismo,  va dirigida la parábola de las diez vírgenes: “El Reino de los Cielos será semejante a diez vírgenes…entonces todas aquellas vírgenes se levantaron y arreglaron sus lámparas… y las necias dijeron a las prudentes: Dadnos de vuestro aceite que nuestras lámparas se apagan… No, no sea que no alcance para nosotras… Mientras iban a comprarlo llegó el novio… y se cerró la puerta” (Mt 25, 1-13). Las necias, como anuncia la parábola, han llegado a tener una mente virginal y por tanto son herederas/os del Reino de los Cielos. Están en vigilia… pero creen haber conseguido la salvación. Y es en ese instante cuando hacen “todo lo posible” para no perderla. Ellos/Ellas tratan de conseguir la entrada en el Reino, olvidando que la entrada es un don de Dios a los nacidos en la humanidad de Cristo. Por esta razón, intentan comprar más aceite, símbolo de lo sacral, que representa la religión, y están tan entretenidas con sus cosas (hoy diríamos tan ensimismadas contando corderitos), que se duermen. Y en ese preciso instante, pierden (perdemos) todo.

 

La virginidad que tenían era tan necia, como su imprudencia. Pretenden comprar aceite para que no se apague la lámpara. Comprar entradas para conseguir al cielo. Es imposible comprar el don. Las prudentes guardan el aceite en las alcuzas: “las prudentes, en cambio, junto con sus lámparas tomaron aceite en las alcuzas” (Mt 25,4) ¡jamás pretenden comprarlo! No es posible alcanzar el infinito desde la finitud. El aceite que llevaban dentro del corazón  pretenden comprarlo fuera ¡Necias!  No es extraño que se apague la luz de su virginidad y el esposo las rechace.

 

Nadie puede comprar la salvación; las vírgenes necias lo creen posible. El Adviento nos alerta de la eterna verdad: la salvación es un don entregado a Adán desde el comienzo de la humanidad. El aceite, como símbolo de lo sacral se encuentra en el corazón de cada creatura; si se apaga la luz de nuestra Navidad, que litúrgicamente hablando ha de perdurar hasta el cirio de la resurrección, se debe, sencillamente, a que hemos caído en la tentación que recordamos al rezar el Padrenuestro, es decir, estamos dormidos.

 

Las vírgenes necias creen poder encontrar la luz fuera de ellas, sin caer en la cuenta que ¡ellas son la lámpara! así como el aceite es el don entregado por Dios y que Cristo va a revelar a través de la nueva creación… de la que próximamente reflexionaremos. Las prudentes “…se levantaron y arreglaron sus lámparas” (Mt 25,7);  arreglaron sus “lámparas”, se arreglaron para estar hermosas ante el novio. Todas se levantaron (semitismo que significa resurrección), pero al arreglarse, las prudentes tenían vestidos y estaban preparadas (aceite) y las necias al llegar la resurrección no disponían del traje de la nueva humanidad que va a nacer y se nos revela tras el Adviento.

 

Estamos viviendo el Adviento del gran misterio que se nos va a ir mostrando durante el año litúrgico,  y si caemos en la ensoñación sólo conoceremos estas cosas de oídas. De ahí la importancia de estar despiertos: ¡Vigilad!

EL MIEDO

El que teme sufrir ya sufre el temor (Proverbio chino)

El miedo es una de los mayores males del ser humano. Dejamos al margen el miedo que nos permite sobrevivir. Donde hay fuego, más vale echar a correr. El miedo provocado por los mecanismos de supervivencia nos salva. Sin embargo, hay otros miedos que nos matan.

El miedo que provoca nuestra mente, el que nace y muere dentro de uno mismo es el  miedo que Jesús, en cuanto hombre, trató de erradicar. Ya cientos de años antes el libro de Josué dejó constancia de esta realidad humana “No tengas miedo ni te desanimes, porque yo, tu Señor y Dios, estaré contigo dondequiera que vayas” (Jos 1,9).

La antropología bíblica es consciente del temor. Es más, una de las exigencias constantes de la fe, es reclamar la búsqueda de nuevos horizontes, reconociendo que lo desconocido siempre produce miedo. De ahí que si por una parte exige vivir cada día como nuevo, por otra recuerde que “Así que no temas, porque yo estoy contigo; no te angusties, porque yo soy tu Dios. Te fortaleceré y te ayudaré; te sostendré con mi diestra victoriosa (Is 41,10).

 

El Evangelio va más allá; si el pensamiento de lo que creemos ser, es lo que genera el miedo, se impone crucificar a ese ego para que renazca el yo. Sólo un yo, libre de su propia memoria, que es tiempo y por tanto muerte, puede comprender lo que indica Jesús: “…no os angustiéis por el mañana el cual tendrá sus propios afanes. Cada día tiene ya sus problemas” (Mt 6,34). De hecho, el cerebro humano, no está hecho, tanto para recordar, cuanto para añadir patrones de comportamiento que nos permita imaginar el futuro…que se ha de realizar en cada presente.

 

¿Qué significa crucificar la memoria de lo que creemos ser? Saber diferenciar que para ser, no es preciso conocer idiomas, estudiar ingeniería o ser agricultor. Para estar, y sobre todo si queremos un bien-estar en la sociedad, sí. Pero el Evangelio tratar de revelar el ser: quien lo encuentra, aún siendo pobre, es decir, careciendo de todo lo que nos puede conducir al bienestar, es feliz, bienaventurado (Lc 6,20-23).  Y ello, porque nuestro ser no puede desear llegar a ser, pues el ser, es, y si es, no puede no ser. No en vano para la Biblia, el nombre de Dios es Yahvé, el que Es, dicho de otra manera, el Ser.

 

Desear ser, es creer que no somos, y nos remite nuevamente al Génesis donde Adán y Eva quieren ser como dioses, olvidando que como hijos suyos llevamos la impronta de la divinidad marcada en nuestro corazón. Esta experiencia, del querer ser, provoca terror. El salmista lo expresa muy bien: “Cuando siento miedo, pongo en ti mi confianza. Confío en Dios y alabo su palabra; confío en Dios y no siento miedo ¿Qué puede hacerme un simple mortal?” (Sal 56, 3-4). Un simple mortal nada puede hacer, pero pretender ser como Dios está grabado en el inconsciente colectivo. El pecado original es el origen del pecado de quien no sabe que es. La historia equivocada de la humanidad refleja este temor desde Caín; cuando llega Jesús  muestra que para vivir en el paraíso es necesario asumir la humanidad, únicamente así nos dejamos alcanzar por la divinidad.

Uno de los peores miedos, es el miedo a la muerte. Tras este temor, únicamente queda el miedo al miedo. La sociedad de Jesús vivía inmersa en los miedos ocultos. Hasta el punto de encontrarse paralizada. Muy especialmente por la forma en la que entendían el hecho religioso ¿Estaremos viviendo la misma experiencia?

 

El evangelista Marcos expresa esta realidad a través de la curación del hombre que tenía un brazo paralizado. Este anónimo personaje, representa a los judíos, que junto a Jesús y los fariseos están en la sinagoga (observe el lector que en este pasaje no aparecen más judíos, siendo un sábado y debiéndose encontrar la sinagoga llena, por tanto, el hombre con el brazo paralizado los está representando). Es un sábado, las leyes han asfixiado al creyente hasta el punto de ser lo más importante de aquella sociedad. Jesús había dicho que el sábado había…”sido instituido para el hombre y no el hombre para el sábado” (Mc 2, 28).

 

Marcos representa esta parálisis de la sociedad con el anónimo personaje del brazo paralizado, seco de no ayudar al prójimo porque la religión lo prohíbe. El miedo paraliza. Jesús ordena trabajar por los demás ¡incluso en el día dedicado a Dios! Esta es la auténtica oración. Esta es la paz que erradica los temores. “La paz os dejo; mi paz os doy. Yo no os la doy como la da el mundo. No os angustiéis ni os acobardéis” (Jn 14,27). La paz de Cristo hace desaparecer la angustia generada por los fetichismos de toda sociedad. Con razón dice el Papa en su libro sobre Jesús de Nazaret, que Jesús fue el gran exorcista de la humanidad. La paz que nos deja Cristo, no viene del mundo, es decir, del exterior del ser humano, se genera en aquel que, a través del bautismo, vence a la muerte día a día y vive la experiencia del resucitado. En esta experiencia sólo hay vida, como exclamaría Pablo “Dónde está, oh muerte, tu aguijón” (1 Cor 15,55).

 

Sin embargo el miedo, producto de nuestra mala creencia, parece que puede hacer  volcar la tabla de salvación que Dios nos revela en Cristo. Y la barca zozobra… Jesús parece descansar (Mt 8,23-27), igual que Yahvé el día siete de la creación (Gn 2,2). Quiera Dios que como Jonás, sepamos salir del mar de dudas que nos hace constantemente temer. El temor seguirá agazapado en nuestra mente apareciendo con distintas caras, hasta que crucifiquemos la máscara de lo que creemos ser y dejemos nacer, como en Belén, al hijo de Dios que todos llevamos dentro.

 



EL EVANGELISTA MARCOS

El llamado segundo evangelio, aunque de hecho fue el primero que se escribió, va a servir de guía en este año litúrgico. Su autoría se atribuye a Marcos desde el siglo II. El origen de la misma se debe a Eusebio de Cesarea del siglo IV que recoge el testimonio de Papías, obispo de Hierápolis alrededor del año 110. Este obispo dejó escrito que un tal Juan el Presbítero había confirmado que el autor del llamado segundo evangelio era Marcos: “Y el Presbítero decía esto “Marcos, interprete que fue de Pedro puso cuidadosamente por escrito, aunque no con orden, cuanto recordaba de lo que el Señor había dicho y hecho…”  Este argumento tan temprano en la historia, parece confirmarlo Marcos: “Un joven le seguía cubierto sólo de un lienzo y le detienen. Pero él, dejando el lienzo se escapó desnudo” (Mc 14,51s). Todo hace pensar que este joven debía ser el propio Marcos, ya que este dato sólo aparece en su evangelio, y ciertamente, en tiempos del prendimiento de Jesús, debía ser un joven de corta edad. Posteriormente oímos hablar de él tanto en Hechos de los Apóstoles como en las cartas de Pablo y Pedro. Parece ser que ambos querían su compañía a la hora de predicar el evangelio; incluso Pedro confiesa quererlo como a un hijo (1Pe 5,13).

Al margen de las diferentes conjeturas sobre el autor de este evangelio, sabemos por el  capítulo 12 del libro de los Hechos de los Apóstoles que cuando Pedro sale de la prisión en la que le había encarcelado Herodes “Consciente de su situación marchó a casa de María, madre de Juan, por sobrenombre Marcos, donde se hallaban muchos reunidos en oración” (Hch 12, 12). Este dato merece ser resaltado, toda vez que observamos que la madre de Marcos, era una seguidora de Jesús y su casa se había convertido en uno de los lugares de reunión donde oraban los primeros cristianos. Ahí debe estar el germen de la vocación de Marcos: su madre.

Aprendió de su madre, de Pedro (1Pe 5,13) de Pablo y de su primo Bernabé (Hch 12,25) poniendo por escrito todo lo que iba escuchando, posiblemente en Roma y antes de la destrucción de Jerusalén ¿Por qué? Porque nada se dice de este  importante hecho ocurrido en el 70 d.C. Este dato nos indica que su evangelio tuvo que ser escrito en la década de los sesenta.

Mateo y Lucas recogen en sus obras dichos y hechos de Marcos. Si como indica el presbítero Juan, y no hay ningún argumento en contra, Marcos es el autor de este evangelio y  es el mismo personaje que acompañó a Pedro a Roma, su  evangelio fue dirigido por una parte a los judíos residentes en la diáspora y por otra a los cristianos de origen pagano. No es nada extraño que la primera persona que confiesa a Jesús tras su muerte, como Hijo de Dios, sea precisamente, el centurión: un pagano. Todo el laconismo de su evangelio y el ocultamiento de Jesús como ser divino, contrasta con este dato. Por una parte desde el principio de su evangelio anuncia  que Jesús es Hijo de Dios (Mc 1,1), pero este dato hay que descubrirlo en su humanidad. De ahí que constantemente prohíba decirlo a quien lo descubre “Y cuando bajaban del monte les ordenó que a nadie contasen lo que había visto hasta que el Hijo del hombre resucitara de entre los muertos” (Mc 9,9).

La humanidad de Jesús revela su divinidad tras la muerte y es ante ella que un pagano, centurión romano, proclama ante la cruz la filiación divina (Mc 15,39b). Pocas palabras  (es el evangelio más corto),  para revelar a sus oyentes que el Hijo de Dios viene a salvar, no sólo a los judíos, sino también a la humanidad.  

 

 

LA LECTURA DE LA BIBLIA

Una breve pero necesaria aclaración sugerida por un lector.

No hace mucho tiempo, la lectura de la Biblia estaba prohibida. Hoy muchos creyentes afirman que si bien pueden leer sus páginas, más vale no hacerlo debido a la confusión que generan, especialmente los textos oscuros del A.T.

¿Por qué, se preguntan, ha hecho Dios las cosas tan complicadas? ¿No era posible desvelar su verdad de forma más sencilla?

Estas y otras preguntas lo único que hacen es “echar balones fuera”. Dios no es complicado, en todo caso es trascendente; lo que es complicado es el ser humano. Y Dios se nos revela a través del ser humano. He ahí la cuestión.

La Biblia no es un libro, es una biblioteca. La biblioteca de nuestros antepasados. En ella podemos ver la grandeza y pobreza de sus acciones; unas nos gustarán, otras nos desagradarán, pero siempre nos enseñaran cómo era el comportamiento de  los que nos han pasado sus tradiciones, que hoy son las nuestras. Quien no cree en su pasado, no puede crear su futuro… en el presente… todo se realiza a partir del ¡yo creo! Al margen de las opciones personales en virtud de la libertad, así ha sido, es y será desde el Génesis de la humanidad “creó, pues, Dios al ser humano a imagen suya…” (Gn 1,27).

La Biblia, como cualquier biblioteca, dispone de diversos textos. Una de las cosas primordiales que debemos conocer, es la imposibilidad de querer traducir un texto histórico, como si fuera un texto poético. Y aquí comienza la problemática a la hora de querer interpretar esta biblioteca, es más, a  veces no es posible interpretar un mismo libro con idéntico criterio. Abrimos la primera página del Génesis y nos encontramos hasta el capítulo 11 con la prehistoria de Israel, que es la forma en la que explicamos nuestros mitos. Seguimos la lectura y hasta el capítulo 50 se nos narra la proto-historia de Israel, en ella está nuestro pasado más lejano.  Nada de lo indicado ocurrió tal como es narrado ¿Por qué? Porque estos capítulos del Génesis expresan una verdad que lejos de haber ocurrido, está ocurriendo. De ahí que sea previa a cualquier historia.

Asimismo, los texto históricos, como puede ser los libros de los Reyes y Crónicas, no pueden ser interpretados, por ejemplo, como el profeta Jonás (que de hecho no existió) o Isaías que habiendo existido, su texto está dividido en tres partes y recopila, no sólo lo dicho por el profeta, sino lo transmitido por la escuela de sus seguidores años después de su muerte.

¿Qué decir de un libro sapiencial, como el de Job? La escuela de sabios que compusieron este texto, excede al personaje que le da su título. Y por supuesto, nada tiene que ver con el libro de la Sabiduría, aunque la temática sea la misma, los contextos en los que se escribieron son tan diferentes que no es posible comprenderlos si no conocemos la historia de los creyentes que los compusieron.

Al margen de todo lo expuesto, es muy importante conocer el lenguaje en el que fueron escritos, y no me refiero a la lengua (que también), sino al hilo conductor que los une. Si bien cada texto es diferente, existe un horizonte común en todos ellos, este horizonte es el teológico. Su lenguaje trata en todo momento de observar la historia del ser humano que cree en la existencia de Dios.

Los propios evangelios tienen como prioridad la interpretación teológica de los hechos. Lo ocurrido es secundario; lo realmente importante es comprender lo que Dios revela en los hechos narrados. Por tanto, si para comprender el fin último de los evangelios, es decir, la revelación de Dios, hay que trastocar los hechos, se trastocan, de ahí las diferencias de los evangelistas a la hora de narrar un mismo episodio.

La exégesis actual ha descubierto que dentro del lenguaje teológico no es igual hacer una lectura de la biblia de forma diacrónica que de forma sincrónica. La historia del ser humano es imparable y cada contexto exige su propia traducción. Esto lo saben muy bien los historiadores. Para comprender la historia, hay que situarla en su contexto, de no ser así, le hacemos decir lo que queremos y no lo que ocurrió. Cosa distinta es que posteriormente se traduzca al presente. De ahí la constante manipulación a la que puede estar sometida. De ello el único culpable es el ser humano, bien por ignorancia, bien por intereses personales.

La lectura diacrónica traduce cada hecho al margen del siguiente y del anterior. Así la historia de las sagas de Abraham. La lectura sincrónica une todas las sagas para crear un hilo conductor que conduzca y de respuestas  al presente. Por tanto sincroniza las diversas historias conocidas por los antepasados haciendo una composición única.

Ejemplos de lectura diacrónica podemos observarlos en el hecho de la constante repetición de la promesa hecha a Abraham, parece que al patriarca se le olvidara lo dicho en el capítulo anterior. Lo cierto es que hubo momentos de la historia que cada saga circulaba por sí misma, hasta que alguien las sincronizó pero dejando huellas del pasado.

Otro ejemplo clásico es el de las tablas de la ley. Los autores que sincronizaron la experiencia del Sinaí, se encontraron con dos textos distintos  (el decálogo de Ex 20 y la alianza de Ex 34) ¿Qué hacer? Cuando Moisés recibe las tablas de la ley, baja del monte y ante el comportamiento del pueblo, rompe las tablas y vuelve a crearlas de nuevo. Así nos encontramos dos textos distintos de las tablas de la ley. La lectura diacrónica nos muestra dos momentos distintos de la composición; la lectura sincrónica nos muestra la unión de estas diferentes narraciones. Al encontrarse el autor con ambas, y  gracias a que no eligió una en detrimento de la otra, podemos hoy leerlas a través de una unión hecha siglos después; el lector puede comprobar que lo que une ambos textos es la idolatría cometida por Israel al fabricar un becerro de oro: este es el momento en el que Moisés rompe las primeras tablas de la Ley. Por lógica este hecho no pudo ocurrir en el desierto ya que para fabricar una figura de oro, hay que fundir previamente el oro y para ello se necesitan hornos de alta temperatura con una tecnología impropia del Israel nómada que va atravesando el desierto.

Vemos, por tanto, que lo complicado es conocer la historia humana. Y esto lo podemos entender porque difícilmente vamos a comprender al prójimo si previamente no nos conocemos a nosotros mismos. Dándose la paradoja que tampoco nos podemos comprender en nuestro presente, si desconocemos nuestro pasado.

Desde estas reflexiones, tratamos de poner un poco de luz en este apasionante mundo bíblico en el que estamos tan inmersos como lo estuvieron los grandes personajes del pasado, porque nosotros como ellos, vamos descubriendo al Dios que se revela en nuestras vidas, dejando constancia de nuestra hist

EL MATRIMONIO...A PLAZOS (y 5)

Conclusión:

Comenzamos esta reflexión hace un mes. Todas las semanas hemos recordado el título del primer día, “El matrimonio…a plazos”. Este enunciado proclama tal desprecio al amor, que no hemos podido resistir la tentación de explicar dentro de la brevedad de este espacio la enseñanza de la Biblia y de la tradición de la Iglesia con relación a la cuna del amor: desde el Génesis, y no desde las leyes, Dios marcó la necesidad de la relación humana.  

La Iglesia, que formamos todos, siempre ha sido sensible al sufrimiento que experimentan en sus vidas muchas parejas, precisamente por la falta de relación. Obviamos las causas, al final es una: el desamor. La falta de amor de muchos matrimonios y la repercusión que ello tiene en la familia, reclaman nuestra atención. No podemos permanecer insensibles ante la situación que atraviesan infinidad de creyentes que, queriendo ser coherentes con su creencia, padecen el desamor y la angustia, allí donde más se necesita: en la convivencia matrimonial. Estas reflexiones han tratado de mostrar que la sensibilidad de la comunidad cristiana ante este problema es tan antigua, como el pilar de nuestra creencia: el Evangelio.

Hemos ido mostrando que, ante situaciones distintas, los creyentes siempre han encontrado soluciones. Así ocurrió con los matrimonios judíos realizados por motivos de consanguinidad y que fueron disueltos gracias al buen criterio del evangelista Mateo, que llegó a la conclusión que conservar un matrimonio sin amor es pura idolatría. 

Pablo de Tarso, el gran apóstol de los gentiles, reclama para sus comunidades vivir en paz y amor. La angustia que estaban pasando los corintios convertidos al cristianismo hacía inviable la convivencia de muchos matrimonios cuando una de las partes seguía con sus antiguas creencias. Pablo no duda en desligar a estas personas ya que el matrimonio está concebido para amar y por tanto para vivir en paz.

El cristiano ha de adaptarse a los signos de los tiempos (Mt 16,3b). Las sociedades cambian, las costumbres se van haciendo leyes, pero siempre teniendo presente que lo importante no es la ley, sino el hombre. Así los Papas, en virtud de la potestad que Cristo concede a Pedro como representante de la Iglesia, van solucionando los problemas que surgen al expansionarse el cristianismo, y encontrarse con distintas creencias y culturas.

Conviene recordar que el matrimonio desde la óptica católica, lo que hace es elevar a la categoría de sacramento, lo que siempre ha sido una cuestión civil. Y ello porque la unión de dos personas no es de origen sacramental, sino de origen creacional. Por eso desde el principio de la creación “dejará el hombre a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer, y serán una sola carne” (Gn 2,24). Aquí radica la fuerza del amor: Dios ha hecho al hombre de tal manera que ante la fuerza del amor la ley no tiene poder alguno, pues aquélla (la fuerza del amor), ha sido impresa en el corazón de la humanidad en el momento de su génesis, mientras ésta (la fuerza de la ley), ha sido impuesta por la dureza del corazón humano (Mt 19,8).

El libro bíblico que trata de explicar el arrebato que provoca el amor en las creaturas de Dios, es el Cantar de los Cantares; este texto llega a manifestar que nada ni nadie puede acallar al amor cuando se despierta: “Grandes aguas no pueden apagar el amor, ni los ríos anegarlo. Si alguien ofreciera todos los haberes de su casa por amor, se granjearía desprecio” (Ct 8,7). No es extraño que Fray Luis de León se viera en la cárcel por traducir del hebreo al castellano este hermoso libro sobre el amor humano…que también conduce a Dios, sin necesidad de explicaciones traslaticias.

Mateo recuerda a sus seguidores de origen judío, que el matrimonio no depende de la ley, sino de la voluntad querida por Dios en el momento de la creación. De ahí que repita en Mt 19,5 lo expresado en Gn 2,24. El amor que une a dos personas es previo a la ley. Por ello no hay ley que pueda separar a los que se aman. Los judíos de la época de Jesús habían hecho lo contrario, habían colocado al amor bajo el peso de la ley. Jesús no lo admite y lo denuncia: lo que ha unido Dios desde el principio de la creación, que no lo separe el hombre con sus leyes. Ante esta exigencia, sus seguidores dirán que es mejor permanecer soltero.

Para concluir, hemos recordado la posibilidad que tiene el Papa, como piedra sobre la que Cristo edificó su Iglesia, y en virtud del llamado privilegio petrino, de ir solventando los problemas que la defectibilidad humana va interponiendo a la impronta creacional del amor. Han quedado reseñados dos distintos problemas: el de la poligamia y el de los matrimonios no consumados, especialmente en tiempos de guerra. En cualquier caso, la Iglesia encontró solución.

Llegados a este punto de nuestra reflexión y antes de finalizar podemos concluir que ni el Evangelio, ni la Iglesia son obstáculo para solucionar el problema de miles de personas que sufren, unas a gritos y otras en silencio, el desamor de sus hogares. ¿Estaremos legislando, nuevamente al amor, olvidando que el amor es Dios? ¿No es cierto que a veces se intenta, nuevamente, volver a encarcelar al amor en las leyes humanas? No dudo que la intención sea buena, pero de hecho, en lugar de legislar sobre la familia, lo hacemos sobre el matrimonio, es decir, sobre el sacramento. Y los sacramentos, no tienen contratos, por tanto, ni pueden ni deben estar supeditados a las leyes.

El matrimonio en cuanto sacramento es de origen creacional, está más allá de la ley. De ahí que si nos regimos por criterios amorosos, como afirma Jesús,  es indisoluble por naturaleza. Por esta razón el Papa, en cuanto representante de los que aman a Dios en el prójimo y se autodefinen como católicos, tiene el poder de atar y desatar todo lo que impida que el amor brote en la humanidad.

Confiamos que más pronto que tarde, se encuentre solución a los que, por su defectibilidad, han convertido la convivencia en un calvario. Si en otros momentos de la historia humana, el Evangelio, las cartas paulinas y la tradición Iglesia han solucionado el dolor y la angustia de sus hijos ¿No vamos a saber encontrar hoy solución a los problemas de nuestros hermanos y que emanan, como en ocasiones anteriores, de los signos de cada tiempo?

Recordando a San Pablo repetimos que “para vivir en paz nos llamó el Señor” En estos días el Papa ha estado en Asís. También San Francisco repetía: “Oh, Señor, hazme un instrumento de tu Paz. Donde hay odio, que lleve yo Amor”. Y Benedicto XVI ha recordado en el encuentro inter-religioso que se está celebrando en esta ciudad que “la religión está al servicio de la paz”… que “somos peregrinos de la paz… que “quien trabaja por conseguirla no puede estar lejos de Dios”…

Pero no nos llamemos a engaño, es muy difícil dar la paz al mundo, tal y como solicita Benedicto XVI,  mientras en la cuna del amor, que es el matrimonio,  no encontremos solución a tantos hogares desestructurados por el odio y la guerra.

Apelando, no sólo al Evangelio, sino también a la tradición de la Iglesia, hoy más que nunca repetimos, el que tenga oídos…

EL MATRIMONIO...A PLAZOS (4)

Buscando soluciones: la excepción petrina.

La excepción que vamos a trabajar hoy en nuestra reflexión proviene del siguiente mandato del Señor: … tú eres Pedro, y sobre esta roca edificaré mi iglesia; y las puertas del Hades no prevalecerán contra ella.  Y a ti te daré las llaves del reino de los cielos; y todo lo que atares en la tierra será atado en los cielos; y todo lo que desatares en la tierra será desatado en los cielos” (Mt 16,18s). Por tanto, con este mandato, Jesús confiere a la cátedra de Pedro todo aquello que, para el bien de la Iglesia, pueda atar y desatar a través de la historia.

La teología de Mateo y la de Pablo supieron desatar, y nunca mejor dicho este vocablo, lo que estaba atado con el sacramento del matrimonio en aras de conseguir la paz que nos dejó el Señor. Ahora bien, ¿Cómo es posible que ambos apóstoles, que, obvio es decirlo, no eran Pedro, se tomasen las atribuciones dadas por Jesús al jefe de la Iglesia y nadie protestara? Este interrogante sólo tiene una respuestas que la encontramos también en el evangelio de San Mateo: “Yo os aseguro: todo lo que atéis en la tierra quedará atado en el cielo, y todo lo que desatéis en la tierra quedará desatado en el cielo” (Mt 18,18). La singularidad otorgada a Pedro, se convierte aquí en pluralidad, ya que Jesús se está dirigiendo a sus discípulos, es decir, lo que en el capítulo 16 es exclusivo de Pedro, en el 18 lo es, a su vez, de la comunidad. De ahí que desde entonces, debemos entender que el sentir de la Iglesia, sea lo que debe quedar reflejado en su cabeza visible: Pedro.

Ya desde el comienzo del cristianismo, se observa que el privilegio petrino constituye una realidad sumamente compleja que emana de la potestad vicaria antes mencionada. El terreno de aplicación de este privilegio es muy variado. Nos limitaremos a señalar dos actuaciones del magisterio de Papas realizadas en la historia, como consecuencia de las necesidades de la Iglesia, y en virtud de la potestad dada por Cristo a Pedro y sus discípulos hasta el fin de los tiempos; por tanto, esta potestad la tiene hoy, Benedicto XVI en tanto y cuanto representa a la Iglesia.

En  primer lugar resaltamos la posibilidad de decidir, por parte del que se convierte a la fe, a qué persona escoger como cónyuge en el caso de un matrimonio polígamo preexistente. En el privilegio paulino comentamos la solución dada cuando uno de los contrayentes se había convertido al cristianismo y el otro no. Ahora el problema es más complejo: la Iglesia con el transcurso del tiempo se va introduciendo en otras culturas donde imperan distintas religiones ¿Qué hacer cuando un hombre casado con varias mujeres, se convertía al cristianismo? ¿Cuál era, cristianamente hablando, su “auténtica” esposa? Alguien podría contestar ¡la primera! Pues no, y damos por sentado que en su cultura y religión, la autenticidad estaría en todas. No obstante, la Iglesia, a través del privilegio de la cátedra de Pedro, consideró que la auténtica esposa era aquella que primero se bautizaba.

Lo que en definitiva estaba en la base del privilegio petrino era el principio de que el matrimonio de los infieles no resultaba absolutamente indisoluble frente a la potestad vicaria del Papa, si no se consumaba de nuevo tras el bautismo de la esposa que abrazaba el cristianismo. Así pues, la indisolubilidad radical del sacramento aparecía ligada, no al matrimonio, sino al doble requisito del sacramento del bautismo en primer lugar y a la posterior consumación con la mujer bautizada (las anteriores “consumaciones” no contaban para la Iglesia, en virtud de la interpretación Papal). Lo prioritario en este momento histórico del cristianismo era el sacramento del bautismo, siendo el Papa el que ataba y desataba los vínculos existentes previos a la conversión.

La segunda actuación que vamos a resaltar corresponde a este último requisito -el de la consumación- ya que justificaba también la posibilidad de disolución del matrimonio rato y no consumado, contraído válidamente por dos bautizados. En este caso y muy especialmente siguiendo la enseñanza papal de Alejandro III y posteriormente Inocencio III (ambos del siglo XII), la Iglesia determinó que la existencia del matrimonio precisaba del  consentimiento de los contrayentes, afirmando que el matrimonio rato y no consumado recaía en todo caso bajo la potestad y la jurisdicción de la Iglesia, la cual podía, por consiguiente, proceder a su disolución.

¿Cuál era el problema que trataban de solventar? Al margen del ya explicado con relación a los matrimonios polígamos (por supuesto la poligamia siempre la ejercía él, nunca ella), ahora el problema que trataban de solucionar era el de los matrimonios que se habían dado el consentimiento ante el altar, pero no habían llegado a conocerse (bíblicamente hablando), al decir, al menos, de una de las partes.

En este caso, y al contrario del anterior, el Papa se reservaba la potestad de anular los matrimonios realizados sacramentalmente pero no fisiológicamente. Igual que Pablo y Mateo, el privilegio petrino se adaptó a la concreta circunstancia que atravesaban muchos matrimonios cristianos y que clamaban por una solución a su problema ¿Cuál era dicha circunstancia?

En todo lo humano, las circunstancias pueden ser varias, resaltamos aquí la que nos merece especial atención. Existían muchos matrimonios realizados, especialmente, en tiempos de guerra; el esposo había partido con el ejército, y tras diversos años de espera por parte de la esposa, el marido no regresaba al hogar. La esposa se había vuelto a enamorar…

Recordemos que en muchos casos a la esposa, para evitar infidelidades, el “fiel” esposo, le había colocado el llamado cinturón de castidad; este artilugio hacía imposible la cohabitación con persona alguna ¿Qué hacer? Eran tanto los casos que surgían en la sociedad, bien porque al esposo se le creía muerto, bien porque se le daba por desaparecido, bien porque la infección provocada en la esposa por el llamado cinturón de castidad, exigía una intervención de las autoridades competentes, que la Iglesia tuvo que dar respuesta a esta problemática… y  la dio.

En estos supuestos la comunidad eclesial, a través del magisterio de Papas y en virtud del privilegio petrino, anulaba el matrimonio sacramental, declarando que el matrimonio era rato pero no consumado. Por tanto, se mire como se mire, en estos casos, lo secundario también era el sacramento del matrimonio: en el caso anterior lo prioritario era el bautismo, en el presente, la consumación, ya que ambos daban  validez a la unión sacramental.

Lo que Dios ha unido que no lo separe el hombre. Cierto. Pero ello no ha sido óbice para que, sin menoscabo del mandato evangélico, durante siglos se buscaran interpretaciones que dieran soluciones a los problemas que los creyentes iban encontrando para cumplir las exigencias del amor.

En la próxima reflexión sintetizaremos y concluiremos todo lo expuesto hasta el momento.

 

EL MATRIMONIO...A PLAZOS (3)

Buscando soluciones: La excepción paulina.

El texto sobre el que hoy vamos a reflexionar está sacado de la primera carta que el Apóstol Pablo dirigió a los de Corinto. Parte del capítulo 7 lo dedica de forma especial al grave problema que le han planteado los corintios con relación a las personas que, estando casadas, se convierten al cristianismo: “En cuanto a los casados les ordeno, no yo sino el Señor que la mujer no se separe del marido…y que el marido no despida a su mujer” (I Cor 7, 10s).

De esta lectura apuntamos dos sugerencias: la primera es que para Pablo y sus comunidades, también se les hace duro asimilar la exigencia de Jesús, con relación a la imposibilidad de repudiar a la mujer. Por ello necesita aclarar que él no es quien lo manda, sino el Señor. Igual que leímos en el evangelio de San Mateo, Pablo está dejando constancia que con tal exigencia no trae cuenta casarse. La segunda es ratificar la situación de la mujer en aquellos tiempos: ella no debe separarse del marido, y él no debe despedirla. El matiz es completamente distinto si se dirige a los hombres o a las mujeres; despedir sólo es potestad del hombre.

Seguidamente San Pablo dice: “en cuanto a lo demás, digo yo, no el Señor… “(7,12). Ahora habla el Apóstol siguiendo, no lo ordenado por el Señor, que ya ha quedado indicado, sino lo que cree justo, según su opinión. Y aquí nos va a exponer la problemática que tenían los matrimonios en sus comunidades.

Leyendo el texto de este capítulo 7 a partir del versículo 12 observamos el dilema por el que atraviesan los matrimonio cristianos de Corinto  ¿Cuál era ese problema? Muy sencillo y complejo a la vez, como todo lo humano. Existían matrimonios en los que únicamente una de las partes se había convertido al cristianismo, por tanto, él o ella no habían abrazado el Evangelio ¿Qué hacer? Pablo sugiere que “si una mujer tiene un marido no creyente y él consiente en vivir con ella, no le despida “(7,13). Observamos una diferencia con la ley judía, aquí Pablo también habla de que a la mujer se le permite despedir al marido (en cristiano, tanto monta, monta tanto) ¿Por qué sugiere Pablo aguantar cuando la parte no cristiana lo acepta?  Nos lo aclara a continuación: para que, gracias a la parte cristiana o bien la de ella, o bien la de él, se salve el otro/a y los hijos no sean considerados impuros, es decir, ilegítimos (7,14).

El problema está planteado. Las discordias habían comenzado a surgir cuando uno de los contrayentes abrazaba el evangelio y el otro no. Pablo pide paciencia a la parte cristiana, siempre que el otro/a consienta en seguir viviendo en la familia debido especialmente a las consecuencias que tenía en la descendencia (en el primer tercio del siglo pasado, en España, todavía se consideraba ilegítimo al hijo concebido fuera del matrimonio oficial).

No obstante, a continuación puntualiza: “Pero si la parte no creyente quiere separarse, que se separe, en ese caso el hermano o la hermana no están ligados… ¿Pues, que sabes tú, mujer, si salvarás a tu marido? Y ¿qué sabes tú, marido, si salvarás a tu mujer? “(7, 16). Después de todas las recomendaciones, Pablo llega a una  conclusión salomónica: de aguantar, nada; para él queda claro que si el otro/a no quiere, es que ha desaparecido el amor que les unía, y, por tanto, la causa por la que sugería a la parte creyente que aguantara. Es más, ahora pone en duda su sugerencia, llegando a afirmar que, en este caso los casados ¡no están ligados!

¿Cómo puede llegar Pablo a esta conclusión después de haber indicado, que no es posible desligarse por mandato del Señor? El apóstol, que tiene una vivencia de Cristo muy singular y profunda, da las razones por la que los cristianos ya no están ligados: porque “…para vivir en paz os llamó el Señor” (7,15).

 La llamada del Evangelio como la llamada al matrimonio es para vivir en paz, por tanto, donde no hay paz, debido a la defectibilidad humana, Pablo dirá que la unión ha desaparecido, porque para vivir en paz se casaron. Por tanto, si debido a las circunstancias de la vida en común, han convertido la paz en guerra, aunque la causa sea tan religiosa y noble, como el hecho de haberse convertido uno de los cónyuges al cristianismo, ¡incluso en este caso!, Pablo recomendará desligar lo que un día estuvo ligado;  lo cierto es que el amor jamás podrá coexistir con el calvario de un matrimonio en constante discordia.

El problema de la Iglesia corintia es distinto del que tenía la judaica, no obstante en ambos casos Pablo y Mateo, sin renunciar al mandato del Señor, optan por lo que hoy llama la sociedad  civil, divorcio. Es muy sugerente la razón que da Pablo para desligar lo que Dios unió: la paz.

“La paz os dejo, mi paz os doy” (Jn 14,27). Cristo y el amor, el amor y Cristo dan paz, de no ser así, es porque Cristo, que es Amor, no está uniendo a esa pareja. Por supuesto que el culpable de esta desunión no es el Amor, sino la libertad con la que Dios nos ha creado. Esta libertad  nos puede conducir al rechazo de lo que más necesitamos para realizarnos en este mundo, y que es el fin primordial por el que los seres humanos contraen matrimonio: el Amor. Todos los sacramentos eclesiales, desde el bautismo a la extremaunción, reclaman la vivencia del amor.

¿Qué sucede cuando transcurrido el tiempo, el canon de los textos sagrados queda cerrado? ¿Puede la Iglesia solucionar el problema de nuestros matrimonios, al igual que lo hizo Mateo o Pablo? Para tratar de responder a esta problemática recordamos la lectura del tercer texto que sugerimos en su momento y que corresponde al capítulo 16,18s del evangelio según San Mateo.

 

EL MATRIMONIO,,,A PLAZOS (2)

Buscando soluciones: La excepción mateana.

Hemos recomendado la lectura de tres textos bíblicos. Hoy con esta reflexión vamos a desarrollar el primero de ellos: Mt 19,9: “Ahora bien, os digo que quien repudie a su mujer, excepto en caso de fornicación, y se case con otra, comete adulterio”.

El evangelista Mateo que previamente había dicho “…lo que Dios unió que no lo separe el hombre” (Mt 19,6b), ahora nos da una excepción a la regla: puede repudiarla en caso de fornicación. La palabra fornicación es la traducción que hemos vertido al castellano del término griego “porneia” (de ahí viene nuestro vocablo pornografía).

¿Es posible encontrar otro significado al vocablo “porneia”? ¿Significaba fornicación en tiempos de Jesús? La traducción del término griego “porneia” no es univoco, tiene diversos significados: depravación, degeneración, desamor… Para responde a este interrogante nos parece oportuno leer el libro de la Sabiduría ¿Por qué? Porque al ser el último libro del A.T. y por tanto el más cercano a la época de Jesús, es el que mejor nos puede mostrar el significado que el vocablo “porneia” pudo tener en el siglo I de nuestra era, es decir, años antes del nacimiento de Jesús.

Si leemos Sb 14,12-21 observamos que aparece la palabra “porneia” y la traducción al castellano puede tener el significado de idolatría. Por ejemplo, es “porneia”,  según este texto, adorar una fotografía o una estatua como si fuera la persona que representa; o, dicho con otras palabras, dar nuestro amor a quien no lo merece (a veces los cristianos cometemos  la misma idolatría con ciertas imágenes, olvidando que la mejor imagen de Cristo está en el prójimo).

¿Por qué introduce Mateo esta excepción? Porque tiene que solventar un problema que está surgiendo en las primeras comunidades cristianas, y muy especialmente, entre los matrimonios de origen judío ¿Cuál era ese problema? Los matrimonios realizados por motivo de consanguinidad (ya el Concilio de Jerusalén entendió por “porneia” las uniones ilegales entre parientes). Aquellos matrimonios que estaban hechos según “permitía” la tradición judía y que obligaba, especialmente a las mujeres, a casarse con familiares. Marcos en un contexto completamente distinto del judío, el romano, indica que también las mujeres pueden repudiar a sus maridos en caso de “porneia” (La dinámica bíblica no puede pararse pues está mantenida por el Espíritu). Sin embargo, Mateo, según la ley judía, deja constancia que el privilegio del repudio sólo lo tenía el varón, toda vez que la mujer, en el mundo semita, dependía de la tutela del padre o del marido.

En el contexto mateano, las mujeres estaban obligadas a amar a quien no merecía ser objeto de su amor (igual que adorar o rendir culto a una fotografía o una estatua –Sb 14,15-20- ). Habían convertido sus vidas en pura idolatría, pues de hecho, no existía amor en dichos matrimonios, sino conveniencias judaicas relacionadas especialmente con los intereses particulares de los clanes. Podemos observar que exigían a la mujer lo que el hombre no cumplían (esta costumbre sigue prevaleciendo hoy en las leyes musulmanas).

Mateo, tras la experiencia de Cristo, no puede obligar a estos matrimonios a guardarse  fidelidad al compromiso dado  ¿Por qué? Porque en ellos falta lo que hace posible la unión y que es indisoluble: el amor. Dicho en roman paladino: si no hay amor, y en estas uniones motivadas por la consanguinidad, lógico es que no lo hubiera, repudio, que es como decir hoy: divorcio. Por tanto, los creyentes judíos que se encontraban en estas circunstancias y habían abrazado el cristianismo, podían romper el vínculo, toda vez que, para el evangelista Mateo, el matrimonio no había sido realizado, según exige el Evangelio, por criterios amorosos.

Hemos visto un problema de las primeras comunidades cristianas e inmediatamente una solución. Si hay amor nadie puede separar esa unión. Esta exigencia de Jesús les costó mucho digerirla a sus contemporáneos ya que estaban acostumbrados a casar a sus hijas por la fuerza de la ley y repudiar a la mujer por algo tan simple como el hecho de tomarlas aversión (Dt 22,13).

 El hombre manejaba la ley a su conveniencia. Jesús declara que este proceder es indigno del ser humano. Sus seguidores al escucharlo exclaman: “Si tal es la condición del hombre respecto de su mujer, no trae cuenta casarse” (Mt 19,20). Los discípulos de Jesús no comprenden esta exigencia que hace prevalecer al amor sobre las leyes judías, y que además, exige tratar a la mujer como sujeto y no como objeto; no en vano para el pueblo de Israel, lo importante era la ley que marcaba su religión, hasta que llega Jesús y proclama que el hombre es el señor del sábado pues  “El sábado ha sido constituido para el hombre y no el hombre para el sábado” (Mt 12, 1-8; Mc 2,27).

Hecha la reflexión: ¿Podemos intuir con la naturalidad que Mateo encuentra solución a los matrimonios realizados especialmente por consanguinidad; obligados, por tanto, según la ley de los hombres y no según la voluntad querida por Dios desde el principio de la creación? (Gn2,24). Mateo lo recuerda a sus comunidades (Mt 19,5), en cualquier caso lo que tiene que prevalecer es el amor, pues el amor es Dios. Y si Dios une…

El cristiano ha de regirse por amor. No es extraño que en el evangelio de San Juan, los primeros discípulos que siguen a Jesús, sean presentados por el evangelista en el contexto del rito matrimonial: las bodas de Caná (Jn 2,11). El matrimonio es la máxima expresión natural del devenir humano donde queda objetivado el amor, que para un cristiano, es Dios.

Un problema, una solución. Mateo supo evitar el sufrimiento de aquellas primeras comunidades cristianas que provenían del judaísmo. Asimismo, y en otro contexto, Pablo tuvo también sus problemas al respecto. Ruego repasen la segunda lectura sugerida y que está sacada de la primera carta que el apóstol escribe a los de Corinto, me refiero a 1Cor 7. Meditaremos sobre el texto en la próxima reflexión.

 

EL MATRIMONIO...A PLAZOS (1)

Planteamiento del problema:

Como católicos hemos de defender la indisolubilidad del matrimonio. Jesús no deja dudas al respecto: “Lo que Dios unió que no lo separe el hombre” (Mt 19,6b). Ello no es óbice para observar el grave problema que padecen muchos católicos, debido a que la indisolubilidad del amor es una cosa y la defectibilidad del ser humano, otra cosa bien distinta. Lo cierto es que la realidad se empeña en mostrarnos día a día el fracaso de muchos creyentes en su convivencia matrimonial. Estas reflexiones van a ir encaminadas a dar un poco de luz a estas personas desde la enseñanza de los textos sagrados.

Las disonancias que, a veces creemos, provocan los textos bíblicos en la sociedad actual, generan unas respuestas que son absolutamente demenciales. Hoy, por ejemplo, se está hablando de implantar en la sociedad, un contrato matrimonial a tiempo fijo: en México pretenden legislar un contrato matrimonial con una duración de dos años.

No creo que exista mayor caricatura del amor. Pero, lamentablemente, los cristianos tenemos que permanecer con los labios cerrados porque, quizás, como en el evangelio, no podamos tirar la primera piedra.

¿Cómo se puede prever el fin del amor cuando se está amando? Quien ama, por el simple hecho de estar enamorado, le es imposible poner límite a su sentimiento. De ser así, estaría cercenando  su propia realización y en lugar de ir al juzgado a sellar un pacto, donde debería dirigirse, es al psicólogo. “I fall in love with you” dice los ingleses cuando están enamorados; que traducido literalmente sería, yo estoy cayendo contigo en amor. Antropológicamente hablando, no es posible dejar de amar como tampoco es posible caerse hasta un momento determinado. Mientras se cae en amor, no hay sujeción posible. El libro del Cantar de los Cantares lo expresa bellamente con esta frase “…no despertéis, no desveléis al amor, hasta que le plazca” (Ct 8,4b).

Ahora bien, ¿Qué sucede cuando el amor, debido a la defectibilidad humana, desaparece, aún después de intentar una reconciliación en el Centro de Orientación Familiar de la Iglesia, donde se sabe que, como mínimo, hay más de un 20% de parejas irrecuperables? (las rupturas matrimoniales en España han aumentado, según el COF en un 4% en 2010). Cierto que la problemática de miles de personas casadas por la Iglesia, y que no pueden seguir conviviendo juntas, nos tiene que preocupar a los creyentes ¿Qué hacer? ¿Hay alguna solución para los matrimonios rotos?

Desde la óptica cristiana hemos tratado de solventar, cuando ello es posible, esta disonancia ¿Cómo? Estudiando la posible anulación de los matrimonios. Anulación, sí; disolución, no. Una pareja puede desligarse si, “oficialmente”, es decir, legalmente, se demuestra que nunca estuvo ligada, aunque haya pasado por la Iglesia, haya convivido un determinado número de años y tenga varios hijos ¡Y nos quedamos tan a gusto!

La sociedad, especialmente de los ricos y poderosos, monta bodas, con toda la parafernalia y boato, y pasados los años, a veces los meses, se vuelven a casar por la Iglesia con otra persona, como si la anterior boda no hubiera existido. Lamentable.

Así las cosas, el creyente normal, el de a pié, se queda perplejo ante estas situaciones ¿Qué ha sucedido? ¿Puede volver a casarse un cristiano si vive su anterior esposa? No. Pero si se da la circunstancia que para la Iglesia no hubo anterior boda…

En el supuesto que nos ocupa, la Iglesia, al constatar que no hubo tal unión, declara nulo el anterior rito ¡La ley impera sobre la justicia! Por tanto, lo que hay que hacer es burlar la ley. Quien haya leído la anterior reflexión sobre los viñadores malvados, comprenderá lo que intento decir.

El interrogante que se nos plantea es el siguiente ¿Cómo nos engañan este tipo de contrayentes a todos los que formamos la Iglesia para que declaremos nulo su matrimonio? Aquí entra la picaresca, que como cristiano me sonroja,  tanto por el que la hace, como por el que la acepta y entra en el juego.

La solución puede tener distintas variantes; una de las más sencillas consiste en ir antes de la boda a un notario. Allí se hace pública renuncia del cristianismo, aceptando casarse bajo el rito católico por conveniencias sociales. En el momento de la separación se muestra el documento notarial, y aunque para un creyente parezca mentira, prevalece este documento, sobre la realidad vivida, sobre el amor sentido tiempo atrás. Y se acabó el problema. Por tanto, no nos extrañe que ante semejante solución, en México estén estudiando la boda a plazo convenido, igual que la devolución de un crédito bancario. Y recurro al símil del crédito porque debe ser muy oneroso para los contrayentes casarse en esas circunstancias, tanto como la obligación de tener que devolver el crédito durante un plazo determinado.

He planteado el problema donde la ley impera sobre la justicia ¿Existe solución? ¿Podemos encontrar en la Biblia  alguna respuesta válida que solvente la angustia por la que pasan miles de parejas que quieren ser coherentes con su creencia y no entrar en estas sucias componendas?

Dado que este tema requiere tiempo y estudio, propongo al lector el repaso de algunos textos bíblicos que iremos desarrollando en sucesivas reflexiones. Los textos son los siguientes Mt 19,9; 1 Cor 7; Mt 16,18. En estos textos vamos a observar que ante problemas semejantes, la Iglesia de la primeras comunidades cristianas encontraron soluciones ¿Podríamos encontrarlas hoy? Veremos que la Biblia, en su momento, dio respuestas a esta problemática. En la próxima reflexión, trataremos  de bucear en el primero de los textos propuestos para comprobar que la Biblia nunca ha sido la causa de las disonancias que este tema provoca en la sociedad.

 

LOS LABRADORES MALVADOS

No vamos a hacer hincapié en esta reflexión, correspondiente a  la lectura de Mateo 21,33-46  que hemos oído en la liturgia del pasado domingo, en la maldad de los viñadores. Interesa más reflexionar en la exigencia  que nos propone Jesús en esta parábola si queremos ser cristianos.

La vida, como la viña, no es nuestra, la tenemos arrendada ¿Qué hacemos con ella? Las consultas de los psiquiatras y psicólogos están llenas de pacientes tratando de encontrar respuesta a este interrogante. Es imposible encontrar la solución fuera de uno mismo. Tenemos arrendada la vida, pero cada cual ha de responder del contrato de alquiler ¿Cómo?

El mundo tiene sus normas que se hacen leyes, pero,  si bien son necesarias, las leyes no dan la felicidad y menos la salvación. Cuanto más nos adentremos en la legalidad de este mundo,  mayor será la angustia que sintamos.

Jesús trata de explicarlo. Los viñadores quieren quedarse con la viña ¡creen que les pertenece! Y para demostrarlo, infringen las leyes  ¡Las leyes que ellos mismos han creado! Atropellan a base de usar la fuerza una y otra vez, llegando reiteradamente al asesinato.

Aquí, como cuando prenden a Jesús en el monte de los Olivos, se observan las dos caras de la moneda: la cara de la ley, representada por los soldados del Templo (¡soldados del Templo!) que van a prenderlo con la fuerza de sus armas y la cara del amor, representada por Jesús dejándose prender por la fuerza de un beso: Hay mayor prueba de amor.

El dueño de la viña, tampoco manda a sus soldados para defender la propiedad, según la ley, esto sería lo procedente y justo, su lenguaje es otro.  El dueño, que es Dios y por tanto posee la vida, deja una y otra vez que se la “arrebaten”. Finalmente manda al Hijo. Y Él, que es el poseedor de la herencia, tampoco es respetado,  le hacen desaparecer ¡La viña es nuestra! ¡Por fin hemos quitado a Dios de nuestras vidas! Y ahora pretendemos que el psiquiatra o el psicólogo nos curen la neurosis. La cura fue, es y será el amor. La humanidad está sedienta de amor. La parábola muestra que Dios no se rige por la ley. Muere una y otra vez con los suyos (que somos todos), hasta morir con el Hijo. Y es en esta entrega total, donde muestra su fuerza.

La parábola nos propone dos caminos: la ley y el amor. La ley hecha por los hombres conduce hasta el asesinato. Nos creemos poseedores de la vida y estamos dispuestos a matar para defender lo que creemos nuestro. Pero la vida es un don recibido, nadie merece tenerlo; se nos ha dado gratuitamente.  Como la viña, no era necesaria arrebatarla porque la tenemos en herencia.

El amor exige el comportamiento que el dueño de la viña, muestra en la parábola. Una y otra vez espera la respuesta de los viñadores. Y es en la entrega total, donde la humanidad crística se convierte en piedra angular. Desde el comportamiento de este mundo, el dueño de la finca es un loco: Mientras el mundo asesina ¡Dios perdona!

Desde la antropología evangélica, el reconocimiento de lo que somos en Dios, es decir, amor, y por tanto, perdón,  nos permite reencontrar el camino de salvación que siempre ha estado ahí para el que quiera recorrerlo. Jesús lo recorrió y en sus últimos momentos dijo, según la teología lucana: “Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen” (Lc 23,24). Ahora nos toca a nosotros elegir el camino…si no caemos en la cuenta de esta verdad revelada…siempre nos queda el psiquiatra.

 

VOY SEÑOR, Y NO FUE

Agustín de Hipona que fue un pecador arrepentido y hoy lo recordamos como uno de los grandes Padres de la Iglesia, dijo aquella frase tan popular de “ama y haz lo que quieras”. Ciertamente que quien ama se salva, pues para el cristiano, Dios es amor. El evangelio del pasado domingo fue claro ¿Quiénes son los que más aman? Dicho en roman paladino, las prostitutas. Pues bien, Jesús las pone de ejemplo: Ellas son las que “llegan al cielo antes que vosotros” (Mt 21,31) Y no, ciertamente, por el sexo, sino por lo que significa la entrega, la donación de todo lo que tienen y son…al otro.

No es extraño que con esta revolucionaria forma de pensar le llevaran a la cruz ¿Dónde le mandaríamos hoy?

Los que están fueran, los marginados, los que no pertenecen al estamento socialmente reconocido, en el caso del evangelio, las rameras y los publicanos, son los que oficialmente dicen no, los que parece que no van por donde vamos los demás. Pero Jesús avisa que puede ser que éstos sean, de hecho, los que lleguen antes ¿Por qué? Porque al igual que el hijo que dice no al padre, es el hijo bueno ya que, finalmente, hace lo que el padre le manda, hay mucho cristiano de “boquilla” que dice sí, pero más tarde sus hechos demuestran todo lo contrario. El Papa, con otras palabras, acaba de decir lo mismo en la misa de despedida en Friburgo: “Los agnósticos que no encuentran paz por la cuestión de Dios y las personas que sufren a causa de nuestros pecados y tienen deseo de un corazón puro están más cercanos al Reino de Dios que los fieles rutinarios, que ya solamente ven en la Iglesia el boato, sin que su corazón quede tocado por la fe"

Las apariencias engañan, dice la sabiduría popular. “No todo el que me dice: ¡Señor!, ¡Señor!, entrará en el reino de los cielos…” (Mt 7,21-24).

Desde estas reflexiones constantemente recordamos que la entrada en el Reino de los Cielos, pasa necesariamente a través del prójimo. Da la sensación que Dios ha dejado las llaves en poder del otro. Nuestro comportamiento con los demás, que no nuestras palabras, son las que llegan al Padre.   

En este pasaje, correspondiente a las lecturas de la liturgia del domingo pasado que estamos recordando, Jesús se encuentra en el Templo, donde la autoridad máxima para enseñar religión la tienen los sacerdotes y los escribas. Pero esto no significa que estén cumpliendo la voluntad del Padre. De ahí la pregunta que con astucia formula Jesús.

Ahora San Mateo recuerda este hecho a los cristianos. Ellos son los que escuchan,  y por tanto, los que están en el puesto de los sacerdotes y escribas, es decir, los que creen haber alcanzado la salvación. Pues bien, es posible que los no cristianos (publicanos), entren en el Reino antes que los cristianos.

Si seguimos leyendo el evangelio observamos que las llaves del Reino son, esencialmente, amor. El amor es Dios y como Dios es infinito, cuanto más se da, más se tiene. Es una paradoja que nos tenía que hacer reflexionar  a los seres humanos. Cuanto más amor demos al prójimo, Dios más nos inunda con su fuerza ¿Podemos entender que Jesús ponga como ejemplo a una ramera? ¿Podemos asimilar que el amor, que es Dios, no es patrimonio de los cristianos y, por tanto, los publicanos, es decir, los ateos de hoy, nos pueden preceder en el Reino?

Repito y termino: No es extraño que a Jesús, después de estas acciones, los “creyentes” de entonces le llevaran a la cruz ¿Dónde le llevaríamos los creyentes de ahora? El que esté libre de culpa…

LA ASIGNATURA DE RELIGIÓN

Los profesores en huelga, pero… ¿alguien se acuerda de los profes de religión?

Ahora que las estadísticas de las clases de religión parecen detectar de forma alarmante lo que, de hecho, viene sucediendo desde hace años, se impone una reflexión sobre esta incuestionable realidad  ¿Por qué los padres se acuerdan de la religión de sus hijos a la hora de hacer la comunión? Va siendo hora que los obispos tomen en serio este abandono, que habla, lamentablemente, de la situación religiosa de nuestro país. Si, como indica el evangelio, hemos de ser astutos como las serpientes, cuando un niño desea acceder a la catequesis de la primera comunión ¿por qué no solicitamos un certificado del colegio que acredite que asiste a las clases de religión? La excepción confirmaría la regla.

La comunión y la boda se ha quedado en el mero hecho social que entre los cristianos es bueno, cuando está acompañado del religioso ¿Qué está sucediendo? Este hecho nos puede servir para reflexionar sobre una constante de San Pablo que vivió en su propia experiencia y que dejó constancia en sus escritos. “Transformaos mediante la renovación de vuestra mente (Rm 12,1s).

El cristiano que desea seguir el mensaje evangélico ha de estar en constante renovación de la mente. No sirve recordar las cosas por tradición, hay que vivirlas actualizándolas constantemente. Quien se paraliza en lo ya adquirido, conforme explicamos en nuestra anterior reflexión sobre la eternidad, vive la muerte psicológica, que es de la que trata de liberarnos la religión, ya que la física, cuando llega, nosotros ya no estamos. Existe una paradójica incompatibilidad entre la muerte y el ser humano.

Esta renovación mental exige estar al día, ya que es en cada instante de cada jornada, donde hemos  de demostrar la vivencia crística. Pablo, tras su encuentro con el resucitado, cambió constantemente su mente. Todos los estudios que había adquirido en la renombrada escuela de Gamaniel, se vinieron abajo. Pero no para renunciar a ellos, sino para transformarlos. Gracias a sus conocimientos bíblicos (conocimientos de la tradición), pudo adaptar su vivencia del judaísmo al cristianismo. Esta adaptación duró hasta el momento de su muerte. De ahí que exigiera a sus discípulos la necesidad de adaptar sus conocimientos a la libertad de Cristo.

El Evangelio no paraliza la mente, ante bien exige su constante renovación. La gran mayoría de los que arremeten contra la asignatura de religión, la han tenido cuando eran niños y jóvenes. Gracias a ello, hoy pueden pensar con tal libertad que se permiten ir contra sus propias tradiciones. Si los padres cayeran en la cuenta de esta realidad exigirían que sus hijos tuvieran esta posibilidad que algunos pretenden cercenar a través de un pensamiento único: ¡el de ellos!

Quiero dejar constancia, que si la situación fuera otra, esta reflexión sería distinta pues tampoco deseo privilegios adquiridos en épocas pasadas, caso contrario iría contra la renovación que estoy solicitando. No obstante,  el saber religioso, como tal, jamás deberá ser retirado de las aulas, pues culturalmente hablando, es una expresión  tan o más importante que el saber musical, el histórico (¿es posible hablar de historia sin religión?), el de  las diversas lenguas, etc.

Nadie en su sano juicio solicita que la música se retire a los conservatorios o las lenguas a las escuelas de idiomas, la educación física, a los gimnasios, etc., ¿Por qué la religión se ha de retirar a las sacristías? ¿Podría alguien ser matemático, físico o químico si la Iglesia no hubiera sido la promotora y creadora de las primeras universidades en Europa?

Quien teme la libertad no quiere que los jóvenes piensen, y se quiera o no, la religión hace pensar, aunque sólo sea a través de la duda. La auténtica religiosidad obliga a la constante renovación de la mente, pero no se puede renovar, lo que por ignorancia llega a olvidarse. No permitamos que ocurra esto con las clases de religión…y con sus profesores.

LA ETERNIDAD

 

 

¿Cómo será la eternidad? ¿Podemos intuirla? ¿Puede un ser finito como el humano, pensar, tan siquiera, cómo será el infinito?

Desde la finitud de nuestro ser, es imposible responde a estos interrogantes. Por esta razón hay muchos creyentes que piensan que la eternidad es igual al tiempo infinito ¡Menudo aburrimiento! Así por siempre.

Dentro del imaginario posible, que es mucho más grande de lo que pudiera parecer a primera vista, la eternidad viene explicada en distintos espacios. Y he ahí el problema, al menos desde nuestra perspectiva cristiana. La eternidad no puede ir explicada en espacio alguno por el simple hecho que donde hay espacio hay tiempo y donde hay tiempo, lógicamente, no hay eternidad.

Me explico: El Evangelio dice explícitamente que “El tiempo se ha cumplido y el Reino de Dios está cerca” (Mc 1,15). Para intuir la eternidad, que es la entrada al Reino de Dios, se impone previamente, llegar a la plenitud del tiempo,  dicho de otra manera, llegar al final del tiempo; Jesús nos avisa que no podemos saber lo que es el Reino si el tiempo no ha llegado a su fin. Cuando reflexionamos sobre el Padre Nuestro se explicó cómo hacer que llegue el Reino, ahora, si esto se ha dado en el creyente, podemos decir que desde el tiempo, estamos haciendo que éste se plenifique, es decir, que se acabe.

¿Cómo podemos sentir este “no tiempo” necesario para imaginar la eternidad? A la mente acostumbrada a ver todo desde la memoria, le es imposible ¿Por qué? Porque la memoria es tiempo y el tiempo es muerte. Por esta razón para alcanzar la eternidad hay que vivir el presente. En el presente no hay tiempo, hay vida, hay acción, hay virginidad al ser todo novedoso, es decir, Evangelio.

EL tiempo, para el cristiano, es cruz. Este símbolo, como todos si son auténticos, traspasa lo temporal. La cruz queda simbolizada en cada creyente a través del bautismo. El bautismo nos introduce en la muerte: “¿O es que ignoráis que cuantos fuimos bautizados en Cristo Jesús, fuimos bautizados en su muerte?” (Rm 6,3). Pablo lo tiene claro. Es preciso renunciar al tiempo para intuir la resurrección “… Al igual que Cristo fue resucitado de entre los muertos por medio de la gloria del Padre, así también nosotros vivamos una vida nueva” (Rm 6,4). Quien muere en la cruz cada día, intuye, como Pablo, una vida nueva.  Esa vida nueva, si es eterna, no tiene tiempo. De ahí la necesidad de llegar  mentalmente a la plenitud del tiempo de cada creyente, pues es desde ese “instante pleno” desde el que intuimos la eternidad, aunque físicamente sigamos en la temporalidad. Es en la plenitud de cada tiempo donde comienza la revelación del Evangelio.

Seguro que al lector/a mientras ha estado leyendo esta reflexión, que reconozco no es fácil, pero es real,  le habrán pasado por la mente infinidad de ideas, objeciones, sugerencias, etc. Pues, bien, todo eso es tiempo. Si lee ¡Lea! No deje que su mente se enrolle. Ud., si está leyendo, no quiere pensar, ¡quiere leer! Observe desde su interior que siempre que está en un sitio, su mente está en otro, es decir, Vd. quiere estar en este “instante”, porque de hecho, no tiene otro, pero sus pensamientos, que son muerte (tiempo pasado), se la está jugando constantemente.  Es preciso matar ese tiempo que no existe nada más que en la mente, y que no es Vd. (crucificarlo), para que en este instante (eternidad, no tiempo), desde la virginidad de su mente, reencuentre lo que Cristo nos sigue diciendo desde la plenitud del tiempo del Evangelio.

Hay que renunciar a esa vida, que creemos nuestra y que sólo es memoria de lo que hemos sido o queremos ser y nunca nos deja ser ¡lo que somos!, para alcanzar la auténtica vida. Quien pierde esa vida que es tiempo, se encuentra en ese preciso ¡instante!, en el no tiempo.

La sabiduría popular explica esta verdad con una frase que repetimos desde el inconsciente siempre que intuimos lo que estoy tratando de expresar. Ha pasado un ángel  ¿Recuerda el lector/a esta frase? Siempre que nos quedamos extasiados, suspendidos, admirados, callados, es decir, sin que ningún pensamiento nos enturbie la visión, decimos: Ha pasado un ángel. Pues en ese instante, y nuestra vida está plena de instantes, vivimos virginalmente ya que nada nos empaña el ser, y es en ese instante cuando estamos a las puertas del Reino que  nos revela Cristo.

Y el que tiene oídos… no tiene pensamientos. “Shemá Israel” (escucha Israel). La vida del cristiano es relación y para relacionarse con el otro se impone desde tiempos inmemoriales, saber escuchar, pero no es posible escuchar, si no paramos interiormente los pensamientos, porque entonces se da la paradoja, que al único que escuchamos es a lo que creemos ser, es decir, a nosotros mismos en lo que fuimos, y no en lo que somos en ese instante ¿Qué somos? Escucha atenta al otro, sólo entonces se revive en el cristiano la frase “Porque donde están dos o tres reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos” (Mt 18,20).

Nuestros pensamientos, que son muerte, tiempo, nos separan del otro y no nos permite escucharlo y descubrir el misterio que se revela cuando la mente virginal permite que Dios siga entre nosotros.

 

HABLANDO DE TODO UN POCO

Ahora que estamos viviendo el final de las vacaciones, hablemos de todo un poco, que también entre pucheros anda el Señor, que decía la Santa de Ávila cuando se extasiaba con la sartén en la mano. Los que dedicamos parte de nuestro tiempo a esto de la “Escritura”, bien como escribidor, bien como escriturista, y tenemos por cacerola la pluma, por sartén el ordenador y como necesario condimento, la Biblia, hemos de ser conscientes de la importancia del lenguaje.

El mundo comenzó a ser conocido por el ser humano cuando tuvo capacidad para pronunciarlo y las tradiciones fueron recordadas en la posteridad, cuando fueron escritas. La Biblia y su antropología saben de esta fuerza arrolladora. Desde el Génesis la palabra de Dios recorre la historia humana… a través del hombre. O como indica la Verbum Domini “La Palabra divina se expresa verdaderamente con palabras humanas” (nº 11).

Diera la sensación que a los creyentes se nos hubiera olvidado esta antropología de la palabra, que desde la teología, es a su vez cristología. Los sociólogos, psicólogos e ideólogos de lo social y de la política, saben de su fuerza y retuercen constantemente el lenguaje conforme a sus personales apetencias.

¿Recuerdan aquel ¡vete con Dios! de nuestros mayores?  Posteriormente se convirtió en “con Dios”, para pasar al “A Dios” y por último al “adiós” Se ha ido ocultando el lenguaje religioso del creyente: Si estás conmigo, deseo que lo sigas estando incluso cuando estés lejos, por ello “vete con Dios” que con él me quedo y en él seguimos juntos.

Asimismo, el ¡vaya por Dios!, expresión de conformismo cuando ocurría un hecho que al no ser a primera vista para nuestro bien, lo ofrecíamos a Dios cual brindis: !vaya… por Dios!

¡Qué importancia tenía el saludo! Saludo era sinónimo de salud. Quien tenía salud podía ser saludado, caso contrario, tenía que permanecer en casa para no contaminar al prójimo. Por tanto quien saludaba y a quien saludabas, tenían salud. Expresión que también se usaba a la hora de encontrarse dos personas ¡salud compadre! Sanación y salvación iban unidos. Tus pecados te son perdonados, decía Jesús…y quedaba salvado a la vez que sanado.

Hoy las lenguas han quedado tan contagiadas que vivimos nuevamente la Babel bíblica. Creemos entendernos ¡Ojala!: Oj (quiera) Alá (Dios). Sí, Dios lo quiere pero ¿nosotros?

Ojala tuviéramos conciencia, como nuestros antepasados, de la importancia del lenguaje. Con la asignatura llamada lógica, aprendían la ciencia del logos. Hoy hemos perdido ¡estamos perdiendo! el saber religioso, y con él, la causa de muchas de nuestras expresiones sociales y culturales. Otros, esos que hemos llamado ideólogos, pretenden imponer una forma de hablar, olvidando que el lenguaje, nace en el pueblo, es del pueblo y para el pueblo…

También el mundo comercial y publicista conoce de su fuerza cuando crean sus productos ¿Recuerdan el éxito publicitario de los anuncios de la lotería? Dios estaba en los dados cuando se juegan las vestiduras de Jesús (Jn 19,24), o cuando le cae en suertes entrar a Zacarías en el Santuario (Lc 1,9). Ahora, rememorando el saber religioso que se haya en el inconsciente colectivo, los publicistas destacan en los anuncios del juego el número 3 (expresión de la divinidad) o el 7 (expresión de la humanidad). Efectivamente, los números que los publicistas destacan en los anuncios y aparecen en primer término en las bolas de la lotería son, precisamente, el 3 y el 7 por guardar memoria inconsciente y colectiva de la cábala  bíblica. Asimismo, una gran mayoría al comprar décimos, solicitan números con estas terminaciones.

Ayer escuchaba a una mujer decir de otra (y confieso que este ha sido el motivo de la reflexión): Esa mujer es una perra, aunque no es extraño en este perro mundo -¿Qué culpa tiene el perro? – le pregunté- ¿Acaso no es, junto al caballo, uno de los animales más dóciles y serviciales para el hombre? El perro es un animal bueno para la compañía humana ¿por qué mencionamos su nombre para expresar algo malo y no al león, al cocodrilo, a la culebra, etc.?

En Ingles la palabra que representa a Dios es God.

 - ¡Vaya por Dios otra vez salió la religión! -…

- Qué le vamos a hacer, Santa Teresa, tampoco podía dejarla, ni cuando freía huevos.-

Decíamos que Dios en Inglés es God. Por tanto, God, si es Dios, es lo óptimo. Pues bien, si lo mejor es God, lo contrario será lo peor, es decir dog (la palabra God leída al revés). Ciertamente que lo contrario a God  es dog y este vocablo, en inglés, significa  perro. De ahí la expresión de la mujer antes mencionada. Y es que, Dios, también está entre las letras.

Lo siento, pero la teología está en la cocina de la comunicación humana. Conoceréis la verdad y la verdad os hará libres (Lc 8,32). El lenguaje, el logos, es uno de los mejores vehículos para buscar la verdad. La frase evangélica tiene el peligro de creer que el hombre puede alcanzarla, cuando lo más exacto es que el creyente es alcanzado por ella, como recordó el Papa en el discurso dirigido a los profesores universitarios en el Escorial, con motivo de la  reciente Jornada Mundial de la Juventud.

Días pasados, me paró una vecina de San Clodio, bello lugar de mis vacaciones a orillas del Sil, al final de la Ribera Sacra.

-Ya salió otra vez la religión-

-Qué le vamos a hacer, es Sacra porque produce vino y para nuestra sociedad ¿Hay algo más sagrado que el vino?: Dios también está entre los viñedos ¿Y dónde, no?

Decía que el otro día me paró una parroquiana (y sigo, sin comentario alguno pues hasta hace cuatro días las comunidades y ayuntamientos se dividían en parroquias), que leía estas reflexiones a través de la red, y me indicó lo difícil que era entender la Biblia, a la luz de lo que iba leyendo con nuestras reflexiones; con todo el cariño y agradecimiento le respondí:

-No se preocupe por lo que crea que no entiende de la Biblia, preocúpese por aquello que, habiéndolo entendido no sea capaz de aplicarlo en su vida-.

La Biblia tiene un lenguaje apropiado a los tiempos en los que se escribió. Sin embargo, no es tan complicada como a veces nos parece y si no, ahí va un ejemplo del libro de los Proverbios escrito hace aproximadamente 26 siglos, y parece que la sentencia, acaba de pronunciarse: “Más vale un plato de legumbres con cariño, que un buey cebado con odio” (Pro 15,17). Parece que no han pasado siglos de historia a través de este dicho. En muchas reuniones familiares ¡incluso en fiestas! habría que repetirlo…

La sabiduría popular sigue siendo el mejor lenguaje donde Dios habla. Escuchemos a nuestros mayores y amemos nuestras tradiciones, ellas son el eslabón perdido que necesitamos reencontrar si queremos legar valores a las generaciones futuras.

El logos se hizo carne, escribió San Juan en un contexto helénico. La palabra en cada uno de los lenguajes, es el logos hecho carne. Hablando de todo un poco, amemos nuestras lenguas, pues en ellas, como entre los pucheros, anda Dios.

España tiene una riqueza de lenguas que han de servir para unir y enriquecernos en nuestras diferencias, y no para acrecentarlas, empobreciéndonos ¡Cuánto castellano aprendo leyendo gallego! Pero, en fin, llegando a estos pensamientos, más vale recordar que el hombre sabio piensa lo que dice y nunca dice lo que piensa, por tanto…!con Dios!

 

EL PADRE NUESTRO

Aquí, en la Parroquia de San Clodio hemos vivido la fiesta de la Virgen-Madre con la alegría propia de estos eventos tan religiosos y tan enraizados en nuestra tierra. María recorre la geografía gallega de forma especial en las procesiones del 15 de Agosto. Nuestra anterior reflexión la dedicamos a todas las mujeres, que por ser Evas, siempre serán dentro de la cristiandad, vírgenes y madres. Algún día reflexionaremos sobre esta aparente paradoja. Hoy queremos resaltar la figura del hombre Jesús, a través del himno que mejor resume el quehacer del auténtico cristiano: El Padre Nuestro.

Los evangelistas Mateo y Lucas nos han dejado dos formas distintas de rezar esta oración (Mt 6,9-13; Lc 11,2-4). La exégesis actual, tras un estudio de ambos textos, ha llegado a conclusiones muy interesantes a la par que novedosas para la teología: si bien Jesús no dejó escrita oración alguna, podemos decir con cierta seguridad, que este himno, perteneció al Jesús de la historia. De hecho, es el único himno atribuido a Jesús en todo el Nuevo Testamento, incluida la Didaje

Comparando ambos textos y dejando fuera de los mismos la impronta de cada evangelista, debido a su particular teología, la oración que oyeron los apóstoles de boca de Jesús, por supuesto en idioma arameo, debió  sonar  así:

Padre, santificado sea tu nombre, venga tu reino, nuestro pan de cada día, dánosle hoy;  perdónanos nuestras deudas, como nosotros perdonamos a nuestros deudores y no nos lleves a la prueba.

Varios argumentos podemos usar para llegar a esta conclusión, resaltamos los siguientes:

 En la época mosaica temían ver el rostro de Dios (Ex 3,6). Israel, como colectivo, fue asumiendo al Dios de la historia hasta llegar a sentirse hijo suyo. El que ejerce la justicia, en el libro de la sabiduría “Se gloría de tener el conocimiento de Dios y se llama a sí mismo hijo del Señor” (Sb 2,13). Jesús dando un paso más, llama al Dios de Israel: papaíto, “abba” (Mc 14,36). Esta cercanía ante la divinidad nos acerca al sentimiento de Jesús.

Semejante comportamiento no pudo ser inventado por el cristianismo primitivo, ya que más que acercar adeptos, los alejaba. Este criterio es el mismo que se usa para afirmar la realidad de las apariciones de Jesús a las mujeres, pues dentro de aquella sociedad no tenían valor jurídico alguno. Este criterio, llamado de discontinuidad, rompe las formas y usos de la historia y nos acerca a los eventos realmente acontecidos en cada época, en este caso, en la de Jesús; por lógica, nadie se inventa un hecho que crea problemas ¿Por qué Jesús se apareció primero a las mujeres? ¿Creía más en ellas que en los Apóstoles? Por tanto este hecho, como el llamar a Dios “papaíto”, es un hecho real y nos acerca a las vivencias del Jesús histórico. Conviene recordar que ante el representante de Dios, el  ¡Cesar!, había que inclinar el rostro y arrodillarse a su paso;  muchos cristianos murieron como “ateos” por no inclinarse ante el emperador. Ante semejante forma de ver la religiosidad, con el “representante” oficial de la divinidad, podemos imaginar lo extraño que sonaba llamar al mismísimo Dios: papaíto.

La oración del Padre Nuestro es personal, va del yo al tú. Yo, como hijo, al Tú, como Padre. Este Tú, se repite otras dos veces más, tu nombre y tu reino. Tres peticiones dirigidas a un Tú.  Seguidamente, Jesús nos pide que realicemos tres peticiones de forma  colectiva: nuestro pan, nuestras deudas, nuestros deudores.

Vista así la oración tiene cadencia rítmica e hímnica, especialmente, en arameo, lengua en la que Jesús, salvo excepciones, expresó su pensamiento. Desgranando la oración en lo que nos permite esta reflexión, diremos que El pan es de todos, al igual que el padre. El padre es “nuestro”, como decía San Cipriano, mártir y obispo de Cartago en el siglo III: nuestro en la doble vertiente “danos hoy nuestro pan”, como el padre es nuestro, el pan también es de todos, hay que repartirlo: “Dadles vosotros de comer” (Mc 6,37). Quien se adueña del pan, pierde la filiación.

 Asimismo, el pan es el de cada día. Esta fórmula peticionaria, según Orígenes, Padre de la Iglesia que vivió entre el siglo segundo y tercero d. C. jamás había sido expresada con anterioridad al cristianismo, dato que nuevamente nos acerca, según el mencionado criterio de discontinuidad, al Jesús que vivió en el siglo primero de nuestra era.

El pan, tanto el material como el espiritual (“No sólo de pan vive el hombre…” –Mt 4,4-), es dado por Dios cada día, por ser padre. Nosotros lo aceptamos y con el otro lo partimos; desde ese instante el otro y yo somos con-paneros, compartimos el pan (compañeros). Así, el nombre se santifica cuando llega el reino, y el reino llega cuando hay pan para todos. Se observa como las tres primeras peticiones van apareciendo concatenadas con las tres segundas.

Desde esta dinámica de la historia, pedimos perdón a Dios; perdón que no podemos alcanzar dada la distancia entre lo finito y lo infinito, pero que nos viene dado como gracia desde la filiación. Sabernos hijos de Dios no hace descubrir en la humanidad una nueva hermandad. Esta hermandad, a su vez, nos permite comparar nuestra deuda con el Padre, por el don recibido (jamás porque podamos ofenderle), con la que tiene nuestro hermano con nosotros. Es entonces cuando, conscientes de la deuda que tenemos con el Padre, en virtud del don de hacernos hijos suyos, perdonamos a nuestro hermano. El sentirnos perdonados previamente nos hace perdonar las ofensas de nuestro prójimo.

Las palabras deuda-deudores, no fueron usadas anteriormente en griego dentro de una oración, pero sí en arameo. Este dato también nos acerca al Jesús de la historia. Lástima que hayamos perdido en castellano esta tradición al cambiar el binomio deuda-deudores por el de ofensas-ofenden ¿A quién tratamos de ofender? ¿Por qué tenemos un orgullo tan grande? Que el creyente responda desde su particular vivencia de Dios, a estos interrogantes.

En cualquier caso, si perdemos esta dinámica original, nos encontramos con el absurdo de pedir a Dios que nos perdone de la misma manera  que nosotros perdonamos. Confío que no nos haga caso, si no, ¡estamos apañados! Por otra parte, reitero que es un exceso de orgullo, pensar que podemos ofender a Dios ¿acaso podría ofender un bebé a su madre por llorar? Si así fuera, pobre madre. Dios, en todo caso, según Cristo, se siente ofendido, en el bebé, si no lo cuidamos cuando sufre.

Finalmente, podemos señalar que la oración nos acerca al Jesús de la historia, pues acaba la misma con una petición conforme a la época apocalíptica que vivía el judaísmo del siglo I de nuestra era.  Los estudios que se siguen realizando con los documentos encontrados en las cuevas de Qumrán, confirman esta tesis. Todos esperaban la prueba final. Así hay que comprender la actitud y retiro voluntario de los esenios y especialmente el comportamiento que en el evangelio tiene Juan el Bautista, cuando observa que Jesús parece ir por otros derroteros.

Efectivamente, si bien al principio Jesús se encuentra entre los discípulos de Juan, posteriormente comienza a tener sus propios seguidores. Juan no comprende: El hacha y el fuego del Bautista (Mt 3,10), pasan a convertirse en el perdón del Hijo Pródigo (Lc 15,11-32). Con palabras de Benedicto XVI, es necesario dejar atrás la concepción del Dios justiciero para dar paso al Dios misericordioso: “… por la superación del Dios del juicio inminente  por el Dios actual de la bondad”  (Jesús de Nazaret, II, pg.142). Semejante locura es inadmisible. Juan duda: ¿Eres tú el que ha de venir, o debemos esperar a otro? (Mt 11,3). Nuevamente Jesús rompe los cánones de la historia. Su respuesta es lapidaria: “Dichoso aquel que no halle escándalo en mí” (Mt 11,6). El silencio de Juan el Bautista a estas palabras de Jesús, es extremadamente sonoro ¿Qué pensaría?

La oración del Padre Nuestro, no es una oración más. Es una vivencia de la divinidad que nos acerca al hermano… si queremos sentir a Dios como Padre. Es una vivencia de la humanidad según la sentía Jesús. Las tres primeras peticiones se dan cuando cumplimos las tres segundas y viceversa. Cielo y tierra quedan unificados.  El A.T. queda superado. Juan el Bautista, el hombre más grande nacido de mujer (Mt 11,11a), no comprende ¿Comprendemos nosotros? Nosotros, que creemos pertenecer al reino de los cielos (Mt 11,11b).

Cada vez que rezamos el Padre Nuestro debemos  tener conciencia de que  Jesús ha elevado a  la humanidad hacia Dios, de forma que su Nombre y su Reino llegan cuando el creyente colabora a través del necesitado de este mundo, es decir, cuando hace que ese Reino llegue al que, por no tener, no tiene ni el pan al que tiene derecho cada día, pues Dios siempre se lo ha dado, no ya a los hombres, incluso las aves del cielo tienen derecho a él (Mt 6,25s). Por tanto, si existe un ser humano que no tiene pan, es porque alguien se lo ha robado. No se puede pedir perdón a Dios, si previamente no hemos atendido a aquellos de los que nos sentimos  deudores, devolviéndoles lo que les pertenece y perdonando a los que nos deben. Y es que para Cristo y para el cristiano, no hay otro mundo, hay éste, pero transformado. Recordando al añorado profesor Ruiz de la Peña: el otro mundo es el mismo, aunque no es lo mismo.

A veces el cristiano repite la oración como un mantra, al no ser consciente de lo que dice. Cuando el cristiano reza esta oración, se identifica con el Padre, realizando en este mundo el Reino de Dios, por ello  santifica el nombre de la divinidad.  Esta identificación es la que hemos de meditar en el Padre Nuestro, caso contrario habremos caído nuevamente en la tentación, en la prueba de cada día. La oración de Jesús más que para ser hablada, es ¡para ser vivida!

Recemos, es decir, vivamos este acontecimiento junto a los más necesitados, devolviéndoles el pan que día a día necesitan y el Reino estará entre nosotros; sólo así quedará santificado el Nombre de Dios.

Cuando en clase explico cómo ha de ser entendido el Padre Nuestro, solicito de los alumnos que, siguiendo el ejemplo de Jesús, recemos a Dios. Por supuesto que, previamente, he explicado que no se trata de repetir como un papagayo, algo aprendido de memoria, antes bien todo lo contrario, siguiendo el ejemplo de Jesús, se trata de expresar la vivencia y el sentimiento que tenemos de Dios, tal como él lo hizo.

Así, les expongo un ejemplo para intentar romper la falta de costumbre que tienen al respecto. El ejemplo, siguiendo las coordenadas de la oración de Jesús, es el siguiente:

Tú, que eres más yo, que yo mismo, concédeme aquello que te pediría, si supiera realmente, lo que necesito; danos, con nuestro trabajo, el pan de cada día para que tu reino llegue a nosotros; ayúdanos a perdonar, como Tú nos has perdonado y así reencontrar el mundo y la paz que nos has revelado. Amén (En otra reflexión explicaremos esta oración que sin alejarnos del Jesús de la historia, estimo  nos  acerca al creyente actual).

Si el lector de esta reflexión me permite una sugerencia: haga lo mismo que lo solicitado anteriormente: Por favor, siguiendo las enseñanzas de Jesús, componga  su oración. Aquella que le acerque al Dios que lleva dentro.

Siempre que hacemos este ejercicio, hay más de un alumno que me hace temblar de emoción al recitar su “Padre Nuestro”, es entonces cuando damos todos juntos gracias a Dios por la forma en la que, realmente, su nombre es santificado y su reino, en esos instantes, lo sentimos tan cerca… que lo “tocamos”.

Recuerdo a una alumna que confesó no haber rezado el Padre Nuestro desde hacía años porque le era imposible dirigirse a Dios como Padre (el suyo era un borracho que les había abandonado, teniendo ella 10 años de edad, y tras recibir constantes palizas en casa cuando su padre bebía), su oración, una de las más hermosas que he oído, fue dedicada a Dios como Madre.

El Padre Nuestro que nos legó Jesús tiene una dinámica interna que se hace vida en cada creyente. Esa vida es la del cristiano que intenta hacer posible el Reino de Dios en este mundo, porque el Reino de Dios querido por Cristo ¡es de este mundo! si hacemos posible que así sea, caso contrario, su reino sigue sin ser de este mundo, por mucho que recemos y a pesar de que Él haya dado la vida para cambiarlo.

 

EVA Y ADÁN

A todas las Evas que han existido, existen y existirán.

Galicia es tierra meiga. La etimología de su nombre procede de las lenguas gálicas donde “gall” expresa  el vínculo maternal: Galicia es madre. Por estos lares, donde nos encontramos, las grandes fiestas son femeninas. Nos acercamos al 15 de Agosto. Se venera a la madre y como expresión de la fe, las fiestas de la Virgen son las más populares. No ocurre lo mismo en otros lugares de nuestra geografía. Vaya esta reflexión, algo más extensa que de costumbre, a todas las mujeres (madres o no), por saber hacer de la observación, un arte, y de la intuición un lenguaje que sólo ellas conocen. 

Mujer tu eres la otra orilla que encauza el río de mi vida.

El rio, como la antropología semita, de la que procedemos, necesita de las dos orillas para encauzar sus aguas. El ser humano precisa de la pluralidad para existir. Pero el mundo patriarcal de nuestra cultura ancestral, a veces, no ha querido verlo así. Sin embargo, con los mismos textos bíblicos, la historia de Adán y Eva se podía haber contado como la historia de Eva y Adán, que sería la misma, pero contada más acorde con los signos de nuestros tiempos. Desde la teología vamos a explicar la psicología humana, a través de una pequeña pincelada en el cuadro de la vida. Adán y Eva es la historia de la humanidad narrada desde la palabra, desde la inteligencia razonada, desde el patriarcado. Eva y Adán es la misma historia, pero la vamos a contar desde el sentimiento, desde el corazón, desde el matriarcado. Una inteligencia sin sentimiento no es humana y viceversa. Hoy, la nueva psicología llama al sentimiento, inteligencia emocional. Ahora resulta que tanto monta, monta tanto, pero a veces…

Eva y Adán representan a la humanidad desde los orígenes. Creó Dios al ser humano a imagen suya  ¿cómo?  Macho y hembra los creó (Gn 1,27). La singularidad del ser humano se transforma en alteridad: Adán y Eva. Desde entonces para comunicarnos necesitamos al otro/a. Realidad plural desde el principio de la creación. En nuestros mitos, el ser humano solitario, el anacoreta, no tiene razón de existir. La persona, desde la antropología bíblica, ha de vivir en comunidad, es decir, de forma eclesial. Por esta razón en la plenitud de los tiempos, en Cristo, estamos todos.

Eva y Adán representan en la mitología bíblica a la primera pareja humana. No se trata de encontrar, arqueológicamente hablando, a la mujer que se llamó Eva, no lo intenten, no la encontrarán jamás. La teología transita por otros caminos, aunque la meta sea la misma. Se trata de retrotraer hasta aquella primera mujer la experiencia de la creación. Dicho desde la feminidad de la historia ¡la de ser madre!, aunque no tenga hijos, ya que, a partir de ella, somos creados e intuimos lo que significa ser “imagen del Creador”. Eva (Hawwah), nombre con la misma raíz en hebreo que Yhavé (YHWH) ¿Será porque el sentimiento está más cerca de Dios que la razón? Gracias a Eva, Adán, al conocer la alteridad, se hace persona. Antes, simplemente simbolizaba la tierra de donde procedemos, y a la que volvemos, al ser formado, míticamente, con polvo del suelo” (Gn 2,7). Adán, en nuestros textos bíblicos, es creado a partir del barro, Eva, más evolucionada, es creada a partir de la carne (Gn 2,21s).

Adán reconoce en Eva a alguien como él “Ésta vez sí que es hueso de mis huesos y carne de mi carne” (Gn 2,23). La primera palabra del hombre es una exclamación de asombro ante la imagen de la mujer. Adán había intentado dominar la creación, poniéndole nombre a todas las cosas (Gn 2,20); pero sólo cuando descubre a Eva, aprende la auténtica comunicación, con ella y para ella el logos se hace carne por primera vez: “Esta vez sí que es…”. Pero aquella mujer de nuestros mitos ancestrales, sabía algo más importante que hablar ¡había sido creada para escuchar! Para interiorizar la vida fisiológica y espiritual en sus entrañas. Por esto en el mito original, sólo ella puede escuchar al más astuto de todos los animales (Gn3), que por ser sordo, no puede pronunciar sonido alguno: la serpiente, que con su siseo “psisssss” habla desde el silencio. Eva escucha en su naturaleza de madre al reptil que simbolizaba en los mitos antiguos a la fertilidad, y en el silencio, ambas, mujer y serpiente ¡dialogan! Por esta misma razón en el N.T. María, la Eva de la cristiandad,  es la reina de la interioridad y “…guardaba todas esas cosas, y las meditaba en su corazón” (Lc 2,19).

El mito explica, sin palabras, lo que la psicología llama intuición femenina: “Es de piel”, como decían nuestras abuelas. Eva aprende sin palabras, su cuerpo lleva impreso la fuerza de la vida que se inició en el Génesis y que la hace más sentimental, más corazón, posiblemente, más humana. El hombre aprende a hablar en dos años y no aprende a escuchar, es decir, a callar, en 70. De ahí que también culpe a Eva del vicio de hablar y no callar. Pero no es así, la mujer entiende al bebé, sin palabras, su intuición la hace inteligente por naturaleza. Adán no es madre, por ello no entiende a la naturaleza con la misma intuición ¿No es cierto que ante su sabiduría natural, nos deja perplejos? Por eso la mandemos callar ¡es que habla tanto! No, es que no sabemos qué contestar cuando nos expresa con la palabra su silente lenguaje.

Eva explica a Adán lo que ha aprendido en su escucha (mito representado con el árbol de la ciencia del bien y del mal –Gn 3,6-), y Adán que es tierra, y no ha sabido asimilar todavía, que para aprender a comunicarse hay que saber escuchar, atiende por primera vez lo que Eva le dice (hay personas que todavía siguen, como el Adán primigenio, sin saber escuchar). Y Adán, cuando junto a Eva aprende el lenguaje de la comunicación, quiere apoderarse de esa inteligencia que está naciendo en él, gracias a que Eva, como fruta sabrosa, se la está ofreciendo. Quiere crear como Eva, para ser Dios. Apoderarse de esa maternidad primigenia donde Dios crea. Eva comprende que Dios es madre, Adán, no, jamás podrá llegar a esta intuición; para Adán, Dios siempre será Padre. El hombre necesita siglos de historia para asimilar con el libro de la Sabiduría la feminidad de la divinidad (Sb 8,2), o para asimilar con el cristianismo que en Dios no hay varón ni hembra (Gal 3,28). El error de Adán consiste en querer apoderarse de ese don creativo, cuando lo tenía a su alcance…a través de Eva. No tenía que robar nada, pues Dios se lo había dado para ser humano y él pretende robarlo… para ser divino ¡El origen del pecado, que no el pecado original, persiste a través de la historia!

Adán sigue sin aceptar su finitud, trasmitiendo a través de los siglos el pecado del robo del fuego sagrado. En el mito de Prometo, el fuego robado a los dioses, trajo consigo el sufrimiento que ocultaba la caja de Pandora ¿Hay mayor sufrimiento que conocer la existencia de la muerte? Antes de Adán, el homínido moría ¡pero no lo sabía! Ahora desde que Eva, como Pandora “abre su caja” y sabe por naturaleza, que es portadora de vida, se la comunica a Adán… y él comienza a saber, tras comer de la fruta de la inteligencia que le ofrece Eva, que el conocimiento del bien y del mal,  le abre las fauces de la muerte. Nadie puede conocer lo que es la dulzura de la vida, sin saborear el amargor de la muerte: Eva y Adán son expulsados de su virginidad primigenia. ¡Como toda persona al tener uso de razón! Ha nacido la humanidad tal como la conocemos, fuera del Paraíso, pues morimos, ¡Y lo sabemos!, al ser arrojados  desde entonces, fuera del lugar donde habita el árbol de la fruta de la vida. ¡Morimos alejados de Dios! El bautismo será el símbolo de esta muerte, que aceptada en Cristo, nos libera de su poder.

No obstante, la vida está en la humanidad desde que Eva la engendró. Ella es la madre de todos los vivientes (Gn 3,20). Y cuando en su escucha con la naturaleza aprende lo que es la vida, aunque está alejada del árbol… aprende a darla; más, a darse en la vida, a entregarla libremente por y para lo que engendra: el hijo/a. Un sentimiento nuevo se apodera de la naciente humanidad ¡el amor! Eva aprende a amar, pues muere, como millones de veces lo ha hecho en la historia, al parir el fruto de sus entrañas. Y como, asimismo, muere, cuando no puede parir. Ella intuye desde su ser lo que Pablo precisa aclarar a los romanos:”Quien ama…ha cumplido la ley… pues el amor es la ley en su plenitud” (Rm 13,8-10), y Adán, según la va conociendo, o mejor, y como indica el texto bíblico, ¡al conocerla! (Gn 4,1), aprende también  lo que es el amor…en el hijo que ella le entrega. Es a partir de este conocimiento, que comienza la historia de la individualidad. Hasta ese instante la historia que nos cuenta el Génesis es la de la humanidad.

Prometeo la “conoció” al abrir la caja de Pandora. Siempre seguirá siendo la Eva de todos los mitos, la que al acostarse a los pies de Booz, nombre del Adán de la historia de Ruth, que significa “el que tiene fuerza”, le entren “escalofríos” al sentir, junto a él su cálida presencia (Rut 3, 8-10). Este hermoso libro de la Biblia, nos permite releer el Génesis, tal y como lo estamos reinterpretando, pues en él observamos cómo la fortaleza de Booz, es nada ante el amor de Ruth.

La historia contada desde Eva, siendo la misma, tiene matices distintos. La Biblia es una historia contada por hombres y para hombres, pero en la que Dios se revela…siempre que haya un ser humano que escuche. El decir de Dios de la primera página bíblica (“Dijo Dios” –Gn 1,3-), sigue recorriendo la historia de la humanidad esperando ser alcanzado por su creatura. Y fue ella la primera que supo escucharlo en la naturaleza, en los signos de los tiempos que vivió y sigue viviendo.

Eva y Adán, la humanidad que habita entre nosotros, siguen buscando la vida. La gran paradoja, es que por una parte, puede darla y por otra puede perderla ¿Por qué no sigue Adán escuchando a Eva? La vida está dentro de ella, como la palabra dentro de él ¡ambos son la humanidad! El paraíso no se ha perdido, ¡lo llevamos dentro! Eva y Adán no pueden perder la vida porque la llevan en sus entrañas. Tan solo hay que asumirla humanamente para reencontrar el paraíso perdido. Siendo humanos, Dios nos hace divinos. Pretender robarle a Dios su divinidad (comer del mítico árbol o fabricar la Torre de Babel), sólo conduce a la más absoluta inhumanidad.

Ahora volvamos a la historia de Adán y Eva. Ya hemos comentado en más de una ocasión que la historia hay que reescribirla constantemente, como la religión, si es que queremos que sea expresión de la religiosidad. El mito de la manzana de Eva precisa de una relectura. Caso contrario la humanidad comienza a no creer en sus mitos, y los mitos son necesarios para explicar la trascendencia de la humanidad. La belleza, la justicia, la ética, la estética, el amor…Todo lo que es humano nos sobrepasa y tiene que ser explicado a través del mito, si no fuera así, no seríamos imágenes de lo infinito y la religión no tendría razón de ser. El mito es una verdad eterna que precisa ser desmitificado para, una vez asumido, volverlo a remitificar.

Hoy Adán, desde estas líneas, quiere levantar la copa de la gratitud y brindar por la Eva de todos los tiempos que desde la inteligencia emocional, vuelve a llenar las Iglesias donde, en el silencio, y a través de la música callada, se comunican entre ellas estas verdades. Como en la tumba de Jesús. Allí, cuando la humanidad está dormida, como Adán al quitarle míticamente la costilla (Gn 2,21), sale la luz del nuevo amanecer de la resurrección, y las Evas de todos los tiempos, María Magdalena, María la de Santiago, Salomé… al sentir en sus corazones lo que se está alumbrando, guardan silencio y lo siguen guardando hasta que el nuevo Adán esté preparado para comprenderlas “Un gran temblor…se había apoderado de ellas, y no dijeron nada a nadie… (Mc 16,1-8.). Adán, comienza a despertar de su letargo…mientras Eva, ahora en el N.T. con María y en el Apocalipsis, está dando a luz a la nueva humanidad (Cristo): “Una gran señal apareció en el cielo: una Mujer…La Mujer dio a luz un Hijo varón (Ap12, 1-5) Ellas reciben un mandato: “id y contadlo” (Mc 16,7). El decir de Dios desde el Génesis (1,2), continúa revelándose a través de Eva. Pero su palabra, como la de Dios, está impresa en el corazón del ser humano. Su decir, es un silencio ensordecedor que recorre la creación. Ellas no dijeron nada a nadie porque tenían miedo (Mc16, 8b). Sin embargo, ¡Veintiún siglos después! estoy escribiendo con la palabra lo que ellas han debido transmitirnos  ¿Cómo? …

Permítame el lector/a una licencia: Escribo esta reflexión pensando en mi particular Eva (todos tenemos una Eva en nuestra existencia), que siendo María del Pilar, es, como su nombre indica, el pilar, la “piedra” y fundamento de mi hogar. Ella, a través de su limpia mirada y como siempre ha sido y será, desde la interioridad de sus vivencias, me susurra calladamente estas y otras verdades. Es entonces cuando me introduzco en los textos bíblicos, y como Adán, despertándome de aquel profundo sueño, traduzco en sentimiento lo que en ellos está impreso con el logos... Y así sé, por propia experiencia, que el mandato que recibieron las mujeres en la tumba de Jesús, aquel de, id y contad a los discípulos que la vida que Eva (María) lleva en sus entrañas, ha vencido sobre la muerte, no ha dejado de repetirse a través de los siglos. Cuando Adán comprendió lo que Dios había alumbrado en Eva: el Cristo que todos llevamos dentro, también escuchó la orden de “Id pues y haced discípulos a todas las gentes…” (Mt 28, 18). Ahora tenemos donde elegir, la humanidad representada en el Adán que ha pretendido prescindir de Eva, o la revelada en Cristo, donde no hay varón ni hembra pues todos formamos el mismo cuerpo..

Como decía Machado, “la verdad es lo que es y sigue siendo verdad aunque se piense al revés”. Y es que incluso desde la teología, el Adán de todos los tiempos va detrás de los sentimientos de Eva. Que me perdonen mis congéneres pero, es que Ella sigue escuchando, psissssi, en el silencio de la humanidad que todos llevamos dentro.

Igual que el yin y el yang, todos los seres humanos llevamos dentro una Eva silente, un paraíso perdido, un Adán ofuscado, un pecado a redimir y una gracia a descubrir que nos salva en el Cristo que parió María y que sigue naciendo a través de los siglos. La Eva de la cristiandad, María, fue también la que, en la nueva economía, supo escuchar la Palabra y hacerla carne en sus entrañas. Ella, nuevamente, fue la que por seguir escuchando, se convirtió en la primera cristiana de la historia.

Y el que tenga oídos…

LOS SIGNOS DE LOS TIEMPOS

...El móvil sonó a través de los altavoces de la iglesia, D. Manuel, esperó…luego sonriendo y antes de proseguir la homilía sobre la Palabra, dijo: Dios también habla a través de las nuevas tecnologías…

Cuando volví a casa reflexioné:

Dicen que las vacaciones son un bien merecido después de un año de trabajo. La verdad es que corren tiempos en los que estar un año trabajando es un bien reservado a los privilegiados. Hoy la gran mayoría de los que están obligados a “veranear” en casa (en España más de 5.000.000 de parados, que familiarmente hablando, son muchos más), desearía merecer un trabajo durante el año.

Hemos pasado del trabajo como castigo, al trabajo como bendición, como opus. La diferencia entre trabajo y obra consiste en que el primero tiene connotaciones  negativas. Cuando el trabajo realiza al ser humano, se convierte en opus; como una obra musical, que jamás será onerosa para su creador; por muy laboriosa que sea la partitura, siempre será creación positiva. Si en estos momentos tuviéramos que reescribir el Génesis, interpretaríamos teológicamente las obligadas vacaciones, como un castigo por el mal realizado, y el trabajo como la obra de Dios. Los sentimientos siendo los mismos, no lo son las expresiones que los contienen. De ahí que la historia de la humanidad, como de hecho enseñan los textos bíblicos, haya que estar reescribiéndola y reinterpretándola constantemente. Es muy importante aprender esta lección que nos muestra la Biblia.

 Partiendo de esta reflexión que es a su vez, realidad social, preguntémonos  ¿por qué  la experiencia mística o religiosa del ser humano, no se expresa con lenguaje actualizado? Si hay trabajo, a través de él, ¿qué no lo hay?, a través del descanso. Siempre y en todo momento, lo importante es el espíritu que deseamos transmitir. Por esta razón Jesús, en el momento que le tocó vivir, dejó constancia de que la letra mata. La letra mata y sigue matando.

Esta verdad recorre la historia hasta nuestros días. El problema de lo que llamamos falta de fe no es otro que el de reencontrar la religiosidad que ha hecho posible la creación de la religión. Para muchos cristianos es más importante la religión (letra), que la religiosidad (espíritu). De vez en cuando llegan los místicos para deshacer el entuerto. Las religiones son caminos, a través de la historia, en los que transita la religiosidad. Los místicos siempre han ido campo a través; son la excepción que confirma la regla. Hay una frase que suele repetirse dentro de la fenomenología y sociología de las religiones: el que no tenga nada, que al menos tenga religión.

La religión es la letra de la partitura, el opus sobre la que va desgranándose la comunicación. Lo importante es captar la musicalidad, el espíritu,  que la hace posible. La religión es la barca que va navegando en el rio de la vida. Por tanto, su importancia es vital, siempre que no equivoquemos el medio de transporte con el destino. La barca, para la cristiandad, es la Iglesia en la que seguimos todos, a pesar de los envites del oleaje; desde los tiempos del evangelio estamos intentando cruzar el río de la vida: “pasar a la otra orilla”. A veces, Cristo parece seguir dormido, pero el problema ayer como hoy, es que seguimos creyendo que no tenemos fe. Y así, es difícil transmitirla (Mt 8,23-34).

A esta dificultad, hay que añadir otra, que a veces nos pasa inadvertida: pretendemos avivar la fe que nos viene dada, con más frecuencia de la que sería de desear, con un lenguaje incomprensible para el mundo actual. La fe debe ser  expresada, a través de la creencia, con lenguaje vivo. Jesús usaba el lenguaje parabólico, para obligar a reflexionar a sus oyentes. Pero sus ejemplos estaban sacados siempre, de la vida real, de las vivencias de cada día.

¿Y hay mayor vivencia en nuestra sociedad que el uso del  teléfono móvil? ¿Pero acaso el móvil tiene algo que ver con la religión? Nuestro párroco dijo que sí, yo también. Posiblemente lo mismo que entre la siembra y la Palabra de Dios. Todo está al servicio de la Palabra cuando pretendemos transmitirla: Jesús habla del Reino a los agricultores, usando un lenguaje que ellos pueden entender (Mt 13,18-23). ¿Qué lenguaje usaría hoy? Conforme a los signos de los tiempos hablaría del Reino con metáforas sacadas del uso del teléfono móvil, la crisis, la falta de trabajo, etc.

 … Algunos usuarios creen que lo importante es llevar un móvil y no la comunicación que envían a través de él. Hay personas que no saben vivir sin llevar el teléfono en el bolsillo, aunque nunca hayan dicho algo… a alguien. Es más, algunos móviles en la actualidad creo que sirven, incluso, ¡para hablar! Jamás hemos tenido tantos medios de comunicación y tan pocas palabras que comunicar (muchos jóvenes, no usan más de 200 vocablos en su léxico habitual). Para ellos lo importante es poseer el medio, aunque estén perdiendo la comunicación. Y es la palabra la que hay que seguir “sembrando” a través del móvil.

Los cristianos, no podemos quedarnos al margen de estos signos de los tiempos. Es más, a través de ellos, tenemos que llegar a comunicarnos con nuestros semejantes ¿Cómo? Cada uno conforme a los talentos recibidos. Sea con Internet, el móvil, los emoticonos, la televisión…si es con amor, mejor. Cáritas y no el teléfono, es el mejor ejemplo de comunicación para millones de ser humanos en estos momentos de crisis. D. Manuel, nuestro párroco, haciendo footing mañanero por las calles de San Clodio, llama más a los jóvenes y no tan jóvenes (hace falta mucha edad para llegar a ser joven), que las campanas de la Iglesia. Hoy, el deporte, es un excelente medio de comunicación. Usemos todo lo que esté a nuestro alcance para que la Palabra se siga reencarnando. La Iglesia supo cambiar el tam, tam de los tambores chamanes, que llamaban al comenzar los rituales en toda Europa y América, por el tañido de las campanas que tocaban los monjes cristianos para llamar a oración. Renovarse o morir.

El obispo de Guadix y miembro de la Comisión Episcopal de Medios de Comunicación Ginés Ramón García, acaba de indicar la preocupación de la Iglesia para tratar de  hacer oír su voz en nuestro tecnificado mundo; sus palabras son suficientemente elocuentes: "Hay que devolver la religión a las páginas principales de los medios, para conseguir una presencia normalizada de hechos religiosos en la agenda comunicativa". Esta afirmación, muestra el problema; ahora, hay que encontrar soluciones. No podemos esperar que el prójimo venga a la Iglesia, es preciso que la Iglesia vaya a su encuentro, para lo cual, no sólo hay que usar los medios habituales (la campana), también hay que cambiar el lenguaje (el deporte, el móvil, etc.), es decir, la expresión religiosa a través de la que pretendemos hacer llegar la religiosidad. Si el Evangelio es “buena nueva” ¡y lo es!, no se puede explicar con lenguaje antiguo: “Nadie echa tampoco vino nuevo en pellejos viejos… (Mc 2,22).  

 La culpa, a veces, estriba en limitarnos a criticar actuaciones distintas a las nuestras, cuando la labor del creyente, conforme al Evangelio, es tratar de comprenderlas para, “siendo astutos como las serpientes…” (Mt 10,16), seguir proclamando el evangelio allá donde nos encontremos, con el lenguaje de los signos de los tiempos que nos toque vivir.

…Sí, nuestro querido párroco tiene razón: Dios también habla a través de las nuevas tecnologías.

 

EL ETERNO RETORNO

El verano llama a la tranquilidad. El calor obliga a realizar los menores movimientos posibles. Hay que guardar fuerzas para cuando llegue el otoño y sobrevivir, si es posible, a la muerte real y simbólica del invierno. Ahora, repensando la historia, retomo el ciclo de la naturaleza. Y así el eterno retorno de las estaciones va marcando la historia de la humanidad. En primavera, tras la muerte del invierno, vuelve a surgir la vida, y la luna tras tres días “enterrada”, ¡resucita! El ciclo constante de las estaciones, acompañado por el cambio lunar, ha sido el reloj de la humanidad hasta hace apenas uno segundos en el tiempo de nuestro universo ¡Qué intuición tuvieron los seres humanos que supieron salir de este eterno retorno! (círculo vicioso, lo llamaban nuestros mayores).

La historia ha sido circular hasta ayer. Nunca podrá agradecer la humanidad al saber religioso, lo que supuso para la ciencia y el conocimiento, tal como lo entendemos hoy, el cambio de la circularidad de la historia, a la linealidad. El pueblo judío en la diáspora, asimiló que la divinidad era patrimonio de la humanidad. Babilonia fue la gran escuela donde se fraguó el universalismo que posteriormente quedó reflejado en el libro de Jonás. Desde Babilonia, el Dios que se revela, rompe la circularidad de la historia y se muestra en forma lineal. Se introduce en la historia que crea, rompe el círculo del eterno retorno de los ciclos, y abre a la humanidad una perspectiva jamás pensada. La historia, a partir de esta nueva “intuición”,  que los creyentes llamamos revelación, es creativa.

Israel retrotrae su experiencia de Yahvé para explicar sus mitos ancestrales y desde allí deja abierto el día siete de la creación, en donde se encuentra y nos encontramos desde entonces. Ahora el ser humano prosigue la historia iniciada a través de la palabra. Una historia que comienzan a crear Adán y Eva, si creen posible, como imagen de su Creador, que la palabra es vehículo de comunicación para seguir creando su propio devenir. Después del siglo sexto a.C., en el llamado tiempo eje, donde cambian los ciclos de las religiones y el profetismo de Israel, observa la historia como lugar de salvación lineal y no de eterno retorno manipulado por los dioses, se genera una dinámica en la humanidad que hace posible la ciencia tal y como la conocemos hoy en día.

Con palabras del doctor en física Stanley Jaki, galardonado como historiador de la ciencia afirmamos que: “No es accidental que la ciencia naciera en un contexto cristiano, y no en un contexto árabe, babilónico, chino, egipcio, griego, hindú o maya donde la ciencia, según la conocemos, nació muerta”

Efectivamente, con la llegada del cristianismo el hombre es dueño de su historia, no está hecho para servir a los dioses, es decir, no está hecho para el sábado. Todo, desde los orígenes, ha sido creado para ser poseído, usando la inteligencia. Sólo es preciso no perder la humanidad querida por Dios. Adán y Eva no tenían necesidad de robar la fruta del conocimiento. El árbol del bien y del mal estaba allí, sin rejas ¿Por qué robar lo que Dios ha dado? La serpiente habla sin voz y la mujer escucha sin palabras ¡Seréis como dioses! La inteligencia hay que usarla para llegar a ser… humano, no para alcanzar la divinidad, y cuando no es así, se pierde la comunicación. La palabra reencarnada se prostituye y la virginidad primigenia se pierde. Con Jesús de Nazaret, se recrea la humanidad querida por Dios. Una humanidad que se sabe hijo/a de Dios y no vasallo. Esta asunción de lo que significa en la historia ser una persona, somete nuevamente a su dominio al resto de la creación. No en vano, Jesús de Nazaret fue el gran exorcista de la humanidad. Liberó al hombre de todo fetichismo y le hizo asumir su propia historia. Nada será superior a la creación personal y única de cada ser humano: los demonios, las potestades, las estirpes, las culpas, las enfermedades, incluso la familia, quedarán supeditados al poder otorgado por Dios desde los orígenes. El futuro dependerá de la libertad con que se asuma esta revelación. Desde el rey hasta el más humilde de los mortales, todos son iguales ante la divinidad. Los primeros cristianos eran ajusticiados por no arrodillarse ante el emperador, morían ¡por ser ateos!

La historia ha vuelto a comenzar en el siglo primero de nuestra era. A la linealidad del profetismo hay que sumar ahora la igualdad de todos los seres que proclaman que Dios, por ser ¡abba!, nos hace a todos hermanos en Cristo. Los privilegios, las castas, las genealogías, etc., desaparecen ante esta radical igualdad. A partir de ahora, todos con nuestro “denario” a producir en la linealidad de la historia la felicidad a la que estamos llamados. No obstante, el eterno retorno sigue actualizándose en aquél que se siente fracasado; en aquel que cree que la historia la tienen que hacer los demás, en el que, por no reconocerse hijo de Dios, sigue pensando que las castas, como en el hinduismo, sigue prevaleciendo en la historia. En el que cree que la suerte se la tienen que dar los demás. Y es que, aunque Cristo nos ha hecho herederos del Reino, los parias (la casta más baja dentro del hinduismo), siguen existiendo.

PRIMERA COMUNIÓN

Con esta reflexión, y con permiso de D. Manuel, voy a interrumpir la aparición semanal de estas reflexiones en la red de la Parroquia. Ahora, llegado el verano, hay que dedicar tiempo al estudio y preparación de los cursos del próximo año. Prometo escribir durante el estío, con menos asiduidad, pero suficiente para no caer en el olvido.

Hoy voy a expresar la vivencia que he tenido al acompañar a mi nietecita en la celebración de su primera comunión ¿Por qué decimos los cristianos primera comunión? Porque estamos convencidos que hay otras posibles comuniones a lo largo de nuestra vida ¿Es así? Desde el tiempo y espacio en el que estamos inmersos los humanos, no cabe duda al respecto. Ahora bien, desde el significado de la Eucaristía y la plenitud de los tiempos que reclama el Evangelio, la respuesta puede tener distintos matices.

La Eucaristía es el milagro con el que nuestra religión expresa la unión de lo finito y lo infinito. La posibilidad de adentrarnos desde nuestra humanidad, en la divinidad, a través de Cristo. Para que esto sea posible, tenemos que recurrir siempre a un hecho de la historia que es irrepetible, la conversión de lo natural (pan y vino) en lo sobrenatural (cuerpo resucitado de Cristo). Aclaro que la diferencia con el resto de las expresiones religiosas es, entre otras, que el cristiano no se adentra, propiamente dicho, en la esfera de la divinidad, sino que “descubre” (revelación) que es la divinidad la que, previamente se ha introducido en el ámbito de la humanidad (la Biblia, a través de los siglos, va dejando constancia de este hecho lineal de la historia, al romper la circularidad en la que estaban inmersos los saberes religiosos de la antigüedad).

Si bien desde “el tiempo” repetimos el hecho eucarístico, cada vez que asistimos a la liturgia de la misa, desde el “no tiempo” de Dios, el hecho se ha producido y no se puede volver a realizar, pues al ser eterno, abarca todo la historia de la humanidad. Ver a mi nietecita introducirse en este misterio sin conciencia del significado, me ha llevado a reflexionar sobre él.

Las primeras comunidades cristianas explicaban su vivencia crística de la siguiente forma: “Acudían asiduamente a la enseñanza de los apóstoles, a la comunión, a la fracción del pan y a las oraciones” (Hch 2,42). De aquí deducimos que una cosa es la comunión y otra la eucaristía o fracción del pan ¿Por qué hemos hecho de ambos eventos, uno? No es posible responder en unas pocas líneas. No obstante, reflexionemos con los pasos que nos marca Lucas en los Hechos de los Apóstoles. Para amar algo, hay que conocerlo, por tanto la primera condición para entrar a formar parte de las primitivas comunidades cristianas, era aprender con las enseñanzas de los apóstoles; la segunda, era participar con la comunidad, es decir, estar en común-unión con ella. Esta común unión, en la que todos son uno en Cristo, se realizaba con la entrega personal de cada creyente a la asamblea (Iglesia) de cristianos. La tercera condición, era transformar esta visible común unión de la comunidad, en sacramento ¿Cómo? A través del recuerdo de la entrega de Cristo al partir el pan. Pero este recuerdo, emanando del Jesús de la historia, se revela como sacramento tras la resurrección de Cristo. La resurrección captada en el tiempo, pertenece a la eternidad. De ahí que en cada Eucaristía realizada en el tiempo, nos adentramos en el misterio de la resurrección, participando de la única Eucaristía realizada: la de Cristo. No hay otra comunión más; hay la única que se abre al tiempo y que lo plenifica, cada vez que el sacerdote, en virtud de su ministerio, nos introduce en el misterio, recordando, con las palabras de Jesús, lo sucedido en la historia. La cuarta condición era dar gracias por esta revelación en la que sin dejar de ser humanos, o, precisamente por vivenciar la auténtica humanidad en Cristo, des-cubrimos (en el sentido de destapar lo cubierto), que somos Hijos de Dios.

La primera comunión de mi nietecita era la única posible de la que yo seguía participando, junto al resto de los cristianos que teniendo hambre de Dios, seguimos comiendo el pan bajado del cielo, con las sobras de aquella primera multiplicación de los panes (Mc 6,31-44); aquellos doce canastos, que representan a los doce apóstoles siguen repartiendo el pan de vida, con su enseñanza, común unión (Iglesia) y orando a través de los siglos. (Y pensar que todavía hay creyentes que se cuestiona cómo fue posible el milagro de la multiplicación de los panes, sin caer en la cuenta que seguimos comiendo, veintiún siglos después, de aquellas sobras). Soy consciente que a veces me cuesta dejarme introducir en el misterio; siempre que ocurre esto, medito sobre el pasaje mencionado de Hechos, y recorro interiormente los pasos allí marcados. No se puede dar la paz al prójimo, y menos participar de la Eucaristía, saltándose alguna de las condiciones que exige Lucas para ser cristiano.

Después de introducirse por primera vez en el misterio de la comunión le dije a mí nietecita: Ahora es el momento en el que tienes que comenzar a comprender, por experiencia propia, que nada de lo humano le es desconocido al Señor ¿Por qué? –me preguntó- Porque Jesús, todo lo comienza a ver a través de tus ojos y aunque antes también lo veía, tú, no lo sabías; ahora, al saberlo, tienes una responsabilidad distinta: la de darte cuenta que Él también está dentro de los demás, aunque no lo sepan; tú lo sabes, porque hoy estamos celebrando la primera vez de este descubrimiento-revelación. Desde hoy, tu tiempo y la eternidad de Cristo, se han unificado y siempre que vuelvas a comulgar, te unes a través de Cristo con toda la humanidad.

No sé si comprendió la respuesta, pero el tierno beso que depositó, y aún sigo sintiendo en mi mejilla, fue el mejor premio que recuerdo haber recibido.

PENTECOSTÉS

En estos días se celebra una fiesta, dentro de la cristiandad, que merece una alto en el camino: Pentecostés. Por supuesto, que nuestros altos en el caminar humano, son para reflexionar, nunca para pararnos. Los del camino (cristianos), como los de Emaús, sólo se paran al llegar a la Eucaristía, es decir, para reflexionar y seguir caminando hacia su particular Jerusalén (Lc 24,32s). Por otra parte, la reflexión, en el sentido físico de la palabra, es un fenómeno por el cual, un rayo de luz, que incide sobre una superficie, es reflejado. Con la física, la teología puede afirmar que Pentecostés es la luz del Espíritu Santo que se dejó captar en un momento dado de la historia, y que refleja su luminosidad a través de los siglos, volviendo eternamente hacia su propia fuente.

Pentecostés (símbolo que representa 50), dentro del mundo mítico del que procedemos, tiene una larga historia. El rio universal de nuestra catolicidad, hace brotar sus aguas del particular manantial del pueblo hebreo. El cristianismo, retomando el saber judaico (que es el hebreo evolucionado), surgió también a los 50 días de aquel evento que sigue trascendiendo la historia: la resurrección.

¿Por qué llega el Espíritu Santo, precisamente, a los cincuenta días de la muerte-resurrección de Cristo? Las tradiciones guardan sus símbolos a través de la historia; éstos, únicamente cuando son vivenciados, pueden ser trascendidos. El naciente cristianismo, tras la experiencia del resucitado, tenía que poner por escrito este acontecimiento. Así, retoma las tradiciones de sus mayores y las trasciende ¡Vamos! igual que hoy, que por desconocimiento de ellas, nos reímos de las experiencias de nuestros mayores, y al no saber trascenderlas, las vamos perdiendo.

¿Qué decía la tradición? Israel reconocía y sigue reconociendo algunos de sus símbolos más relevantes. Uno de ellos es la experiencia de libertad alcanzada tras la salida de la esclavitud de Egipto. Aquella gesta de Moisés ha quedado en la memoria colectiva del pueblo y se sigue celebrando en la fiesta llamada del Pésaj. A los cincuenta días de la salida de Egipto, Dios les hizo el mayor regalo que podían imaginar: las tablas de la ley. Fue el hecho histórico que aglutinó a unas tribus errantes, convirtiéndolas en el pueblo de Israel. Desde entonces, siguen recordando que a los 50 días de conseguir la libertad, ellos pudieron entender la Palabra de Dios esculpida en la piedra. Este evento se recuerda actualmente a los cincuenta días de la fiesta del Pésaj con la fiesta llamada Shavuot.

Los cristianos, retomando estos símbolos, expresamos, a través del nuevo Moisés: Cristo, la nueva ley de Dios. La ley mosaica del Sinaí se transformará en la ley del monte de las Bienaventuranzas: la fundamentación de las éticas descansa en la necesidad de su constante refundación. Ahora en el día cincuenta (en griego, pentekosté) de ser vencida la esclavitud de la muerte en la Cruz, nuevamente escuchamos la voz de Dios; la voz, que debido a nuestra sordera, dejamos frecuentemente de escuchar. El libro de Hechos de los Apóstoles nos narra lo sucedido (Hch 2,1-11). Pero al igual que Israel, hemos de permanecer libres ante la Palabra que acude al encuentro de la humanidad. Si la palabra acude, y sigue acudiendo desde el “Dijo Dios” del Génesis (Gn1,3), le propongo al lector otro posible “reflejo” del Espíritu, que desde Pentecostés, nos sigue iluminando.

Lucas, al narrar esta historia, que en aquellos tiempos formaba parte de su evangelio, nos dice que “estaban todos reunidos”: nadie queda fuera de la esfera de lo que va a ocurrir, allí están todos. Lucas menciona a los principales pueblos de la antigüedad. Hoy tendríamos que añadir, ingleses, franceses, japoneses, alemanes, españoles, etc. Se oye un ruido como… se posan unas lenguas como…Todo parece como…, el evangelista no encuentra las palabras exactas. Imposible narrar lo que allí sucedió y sigue sucediendo. La letra marcada a fuego sobre la roca en el Sinaí, se cincela ahora sobre la humanidad, hecha piedra (Pedro y los apóstoles)). La nueva ley va a quedar grabada “a fuego” en sus corazones y se comunicará a través de la palabra ¿Cuál es el órgano que desempeña una función principal en la comunicación? La lengua. Ella es el símbolo que se posa sobre los apóstoles. No hay nación que quede al margen de lo que está sucediendo: el lenguaje cristológico puede ser comprendido en todas las lenguas. Sí, ya se que hay personas que prefieren pensar que en Pentecostés, aquellos insignificantes galileos, comenzaron a hablar en Inglés, francés, japonés, griego, latín, etc., es decir, que, Pentecostés, se convirtió en la nueva academia de idiomas de los cristianos, en la glosolalía universal. No obstante, y dado que los milagros, en cuanto signos, tienen matices infinitos, si observamos, el prodigio se realiza en los oídos del que escucha: “¿Cómo cada uno de nosotros les oímos en nuestra propia lengua nativa? (Hch 2, 8). Los apóstoles hablan… y cada uno les oye en su lengua nativa ¡!

Lucas no escribe su texto para que los cristianos se conviertan en traductores de idiomas, sino para que capten (captemos), como en el Génesis, el decir de Dios. El milagro nos atañe hoy como entonces, ya que lo importante es saber escuchar al Espíritu. Conviene recordar al respecto que cuando el ser humano no escucha y quiere comunicarse con Dios a partir de sus solas fuerzas (hoy podríamos decir aprendiendo lenguas), como en el episodio de la Torre de Babel (Gn 11,1-9), llega el caos. La confusión es tal, que no puede comunicarse ni con él mismo, cuánto más con el prójimo. Con Pentecostés, el hombre reconoce que Dios, a través del Cristo que llevamos dentro, y en virtud de este milagro donde Dios es más yo que yo mismo, cambia la escucha ¡la escucha! ¿O no?

Las tablas de Moisés son las de Cristo. Y como Miguel Ángel al finalizar la escultura del Moisés, oímos decir: ¡Ahora, habla! Si el hombre se calla, la nueva ley del Espíritu que está basada simplemente en el amor, queda sin comunicarse. La llegada del Espíritu Santo, es la llegada del Amor, quien lo tiene ha de comunicarlo, y esta comunicación, que se hace a través de la lengua, trasciende cualquiera de los, aproximadamente, 6.000 idiomas existentes en el mundo ¡Todos pueden escucharlo! Hemos oído al Papa días pasados hablar con los “extra terrestres”. Menudo milagro hubiera sido para aquellas primeras comunidades. Los extra terrestres, es decir, los astronautas que estaban fuera de la tierra, tuvieron una interesante comunicación en directo con Benedicto XVI en la que pudimos observar el diálogo fe-cultura ¡Una imagen vale por mil palabras! Ahora el ojo, suplanta a la lengua…el milagro continúa reflejando el Espíritu para quien quiera captarlo.

Lucas, que ha vivido esta experiencia imposible de narrar y entender (la vida se explica viviéndola y el amor entregándolo), quiere que su comunidad capte este misterio. La experiencia de Pentecostés había que vivirla dentro de la comunidad (Iglesia) que se estaba formando en aquellos días ¿Cómo nos hace comprender Lucas que esta experiencia suya pertenece a todo el colectivo de creyentes? El evangelista la retrotrae a la vivencia de María: escribe dos nuevos capítulos que añade al principio del evangelio que ya circulaba hacía años entre los cristianos. Estos dos capítulos que hoy figuran al comenzar su evangelio, son los llamados “evangelios de la infancia”. En ellos nos narra la llegada del Espíritu que cubrió con su sombra a María; ahora en Pentecostés, están viviendo la llegada del Espíritu y aprehenden, de alguna manera, lo que debió haber sucedido con la madre de Jesús. Ella fue, por tanto, la primera cristiana y como tal, es para Lucas, el símbolo de la Iglesia naciente. En ella, tiene que seguir llegando el Espíritu para que los Hijos de Dios que han aprehendido el mensaje, continúen pariendo al Cristo que llevan (llevamos) dentro (ser cristianos), comunicándolo más allá de toda lengua. El evangelio es Palabra Viva, Amor, y no conoce barreras lingüísticas: ”quedaron llenos del Espíritu Santo y se pusieron a hablar en otras lenguas, según el Espíritu les concedía expresarse” (Hch 2,4). Cuando Lucas pone por escrito estas vivencias, se le ocurre decir que creían que estaban llenos de mosto (Hch 2,13). La embriaguez es tal, que parece borrachera, pero, como dirá astutamente el evangelista ¡borrachera de mosto! el vino, que al no estar fermentado, no puede emborrachar. Es que también, la borrachera de amor es como…

Última conclusión de este reflejo del Paráclito en nuestras vidas y, por tanto, en nuestras expresiones simbólicas: Los cincuenta (Pentecostés), llegan pasados los cuarenta (cifra que representa el tiempo de vida de cada persona). Durante este periodo por el que pasa todo ser viviente, hay que tener una conducta con Dios (3) y con el prójimo (7); esta conducta está representada en los diez mandamientos (3+7) (Jesús los convertirá en dos: amar a Dios –los tres primeros- y amar al prójimo –los siete segundos- Lo importante no es el número –letra-, sino lo que expresa –espíritu-). Y es que toda vida (40), debidamente compartida con la ética que marcan los signos de los tiempos (10), llega a su personal Pentecostés (50). Y el que tenga oídos, como los partos, medos, elamitas… oirán con los apóstoles, como si una ráfaga de viento habitara entre nosotros: es el Espíritu Santo que, como una paloma, vuela y sigue llegando con Cristo a través del lenguaje de aquellos tiempos. Es posible que al lector le cueste traducir este lenguaje y, a veces, sude como gotas de sangre, ya que, posiblemente, no sea conocedor del idioma cabalístico en el que se expresa Lucas, o en el apocalíptico, en que se expresa Juan, pero estoy seguro que en Cristo, aunque sea gallego, catalán, vasco o castellano, escuchará, comprenderá y sentirá la revelación amorosa de Pentecostés como la suave brisa que acaricia el alma, y une a nuestros pueblos, más allá de la lengua, hasta el fin de los tiempos. Sí, ya se que, como en el Génesis, la lengua puede ser motivo de separación. De eso sabemos algo por estos lares, pero es que, desde el evento de la resurrección, nos toca elegir a nosotros: ¿Babel o Pentecostés?

EL MAL

Hoy vamos a reflexionar sobre el mal, partiendo de las ideas que al respecto ha desarrollado una de las personas más relevantes dentro del saber teológico español; me refiero al profesor Andrés Torres Queiruga. Él, además, es gallego, y por tanto, no podemos evitar cierta querencia hacia sus enseñanzas que,  para este humilde teólogo, vienen de muy lejos a través de sus libros.  Ahora, nos propone meditar sobre el problema del mal. “Repensar el mal” (título de su último trabajo) es una necesidad en un mundo, que por su finitud, es cambiante. El mal es un problema humano, no es un problema religioso. No obstante y dado que todo problema humano interesa a la religión, la Biblia tratará de dar su respuesta. Mi paisano (déjeme el lector que presuma, yo nací en Viveiro, aunque viva en Madrid y me escape, siempre que puedo a San Clodio), como buen gallego, al darnos unas respuestas, nos crea otros interrogantes ¡me gusta! Así, en su finitud, como la de este mundo, nos sigue abriendo las puertas del infinito.

Hace muchos siglos, la escuela de sabios, integrados en el libro de Job, también tuvieron parecido dilema: ¿Hay mayor mal que el sufrimiento del inocente? El sabio de entonces no pregunta por el origen del mal, cuestiona a Dios por permitir el sufrimiento del justo. El mal estaba ahí, esta realidad era incuestionable para el que no seguía la norma de Yhavé, pero era incomprensible para el seguidor de su Ley. Job, que de paciente no tenía nada, léase el libro para comprobarlo, cuestiona el motivo del sufrimiento para aquél, que como él, es cumplidor de los preceptos divinos. Después de una larga reflexión, que le lleva a una constante rebeldía contra esta injusticia, aumentada por el “silencio” de Dios, finalmente,  llega a una conclusión similar a la del  profesor Andrés: “Era yo el que empeñaba el Consejo con razones sin sentido” (Job 38,2; 42,3). Expresando las ideas del profesor: Hay razones sin sentido como la cuadratura del círculo o tratar de dividir una clase en tres mitades. Interrogando  a Dios con preguntas imposibles, nunca podremos tener respuestas. El mal no está originado en Dios, es inherente a un mundo finito. Preguntar por qué existe el mal en el mundo es como cuestionar a Dios el motivo  por el cual, el círculo no es cuadrado.

¿Dónde está la solución al dilema? Dado que lo finito es, por naturaleza, imperfecto, y en la imperfección siempre habrá opciones mejores y peores, el mal no podrá desaparecer en tanto exista el mundo. La Biblia, desde el Génesis al Apocalipsis, trata de responde a esta angustia existencial ¿Cómo? Dios salva y sigue salvando al introducir en la finitud del mundo, el Amor. Esta experiencia, que es Vida, sólo se conoce cuando se vive. Job, cuando experimenta en su  existencia este Amor, a pesar de todo lo que le va ocurriendo, comprueba,  además,  que nada le es imposible a este Poder total (Job 42,2), y entonces exclama: “Yo te conocía sólo de oídas, más ahora te han visto mis ojos. Por eso me retracto y me arrepiento en el polvo y la ceniza” (Job 42,5). Asumiendo lo finito (polvo y cenizas) intuye el infinito.

El mal es propio a la naturaleza de lo caduco y por tanto inherente a nuestro mundo finito. Este mundo finito, carece, choca con otras realidades finitas ¿Quiere esto decir, que Dios quiere el mal? No, Dios se preocupa por el sufrimiento constante que  provoca el mal, dentro de ese mundo y pone a disposición del ser humano, desde el Paraíso (lugar al que tendemos y no del que salimos), el Amor recibido que al darlo, salva.  La respuesta a esta contingencia necesaria, al menos desde la teología, es la salvación prometida por Dios, a través de la historia de Israel y plenificada en Cristo con su humanidad. Y decimos y repetimos, a través de su humanidad, ya que, paradójicamente (y por ello la respuesta de Andrés, que hago mía, crea, a Dios gracias, nuevos interrogantes), es en la aceptación de lo finito que hay que asumir (muerte) y en la colaboración con un Dios Amor, evitando la pobreza, la esclavitud, la injusticia, en definitiva, la falta de amor, en donde hayamos la eternidad (resurrección).

Job no puede quitar el mal que genera tanta injusticia, y menos cuestionar a Dios por su existencia, ya que es “una razón sin sentido”, Job y el cristiano de hoy, tienen que amar. Amando nos unimos al Amor y en él, a pesar del mal necesario, estamos salvados. Esta experiencia de la salvación está más allá del tiempo  y es precisamente en la aceptación de esta finitud donde somos rescatados por el infinito.

Esta salvación en el Amor, permite al ser humano pensar que todo individuo es salvado en aquello que haya amado. La peor persona que podamos imaginar, siempre tendrá una parte de amor en su alma. Dios, con esta parte (este será su denario al final de la jornada), le salvará totalmente. Repensando el mal sin hacer preguntas carentes de sentido, como indica Job y desarrolla Torres Queiruga con el lenguaje y conocimientos actuales, he llegado, no obstante, a intuir un más allá pleno para toda persona. Pensemos una escalera con 10 escalones, numerados del 1 al 10. La expresión de la humanidad querida por Dios quedaría reflejada en el perfecto orden de dichos escalones ¿Qué sucede? Que conforme a la experiencia de amor que hayamos tenido en esta vida, los escalones estarán mejor o peor colocados: El número 1  puede estar en el puesto 3, el 3 en el 7… etc., es decir, las categorías de amor estarán trastocadas. No obstante, siempre habrá algunos escalones en su lugar. Estos escalones, que representan la parte de amor realizada en esta vida, al encontrarse frente a la plenitud de la humanidad de Cristo, permitirán a Dios purificar el mal del resto de la escalera (persona), resituando las categorías de amor, gracias a la energía amorosa emanada de Cristo. Conviene recordar que Cristo, nos estará recibiendo a todos en el mismo instante, desde Adán, al último ser humano de nuestro tiempo, dado que el más allá al ser eternidad, no conoce la temporalidad. Por tanto, el purgatorio habrá que “medirlo” en intensidad amorosa, que no en tiempo, y la purificación dependerá de los escalones que debamos situar en el orden correcto. Pero incluso este acto, será motivado por amor y nunca por castigo y purgación.

En el más acá, la realización de esta persona habrá quedado empequeñecida, al optar, libremente, por generar más odio que amor ¿Quién duda que estas vivencias negativas conllevan un infierno real en este mundo? Dejemos al infierno del otro mundo en mera posibilidad. Esta posibilidad no se puede negar, aunque la Iglesia jamás haya declarado que alguien lo habite, no así en el cielo. Somos de la creencia que en el más allá, la mínima expresión de amor que hayamos sentido en el devenir de la vida (recalcamos que el peor individuo siempre habrá hecho algo bueno), permitirá a Dios salvarle ¡plenamente! No creo que dependiendo del mal realizado en el más acá, se pierdan posibilidades de realización en el más allá. En el más allá si está todo, no puede perderse nada. Volvemos a la cuadratura del círculo. Igual que lo finito no puede ser omnicomprensivo, lo infinito no puede, por definición, dejar de incluir algo. El denario es el mismo para todos los trabajadores de este mundo (Mt 12,1-16). Creo, y es mi opinión, que la finitud de mi mal, no puede ser superior a la infinitud de amor de Dios. Un bebé no puede ofender a la madre cuando llora ¿Cómo pensar que mi ofensa limitada (que en definitiva, es a mí mismo) va a conllevar la pena del infierno eterno, cuando la distancia entre el bebé y la madre es incomparable con la que existe entre el ser humano y Dios?

Andrés Torres Queiruga nos hace reflexionar.  Suerte para los que puedan estar en A Coruña en la segunda semana de Julio y escuchar el curso que sobre este “repensar el mal” va a celebrase en la UIMP.

HISTORIAS DE PRIMAVERA-VERANO

Al comenzar el calor, parece que la mente se adormece y los pensamientos divagan. Acorde con los signos de los tiempos, contemos historias de primavera-verano recogidas de aquí y de allá y que, pareciendo intrascendentes, nos permiten seguir reflexionando.

Hemos visto estos días al Papa en la bella ciudad italiana de Venecia. Allí, “al llegar a la otra orilla” (Mt 8,28) en la góndola eclesial (la barca como medio de transporte cambia, pero el mensaje permanece),  se reunió con los intelectuales para recordar entre otras realidades, que es tan importante cuidar la salud del cuerpo como la del alma.

Salud de cuerpo y espíritu pueden tener distinto significado en la actualidad. No, así, en la época de Jesús. De hecho el término hebraico “salvar” era el mismo que el de “sanar”. Los evangelios dejan constancia de ello: “Qué es más fácil, decir: Tus pecados te quedan perdonados, o decir: Levántate y anda” (Lc 5, 23). En esta frase queda implícita la equivalencia de los dos términos. Fuera del contexto en el que sucedió este evento, puede resultar extraño el proceder de esta cultura, sin embargo, no deja de ser curioso el hecho de que la moderna psicología los vuelva a unificar. Cuando la mente cree estar enferma, el cuerpo languidece. Las peores enfermedades del mundo moderno están originadas en la psique, llámese ansiedad, stress, miedo, hipocondría, etc. Estos males, provocan a su vez enfermedades somáticas, tales como dolores musculares y de cabeza, insomnios, fibromialgias, cansancios, temblores, subidas de tensión, etc.

Cuando lo psíquico está enfermo, lo físico también padece. Hace veintiún siglos, Jesús de Nazaret, un hombre preocupado por las dolencias de sus semejantes, observó está humana realidad; de ahí que al sanar, salvaba, y, por supuesto, como en el ejemplo expuesto, al salvar, sanaba (se observa, no obstante, que el cambio de los términos, provocó a los contemporáneos de Jesús, al intuir que daba al hombre atributos sólo posibles, por aquel entonces, en la divinidad).

 Lo que se  entendía por diablo, incluida la fiebre, como en el caso de la curación de la suegra de Pedro según la narración de San Lucas en 4,38s.,  si salía de la mente del enfermo,  dejaba sano el cuerpo y salvo el espíritu: “Conminó a la fiebre y la fiebre la dejó” (Lc 4,39). Aunque han pasado veintiún siglos, no hay tanta diferencia con el pensamiento actual. Ayer era el sacerdote el que, en muchos casos, salvaba el cuerpo al sanar el alma; hoy el “incrédulo” pretende hacer lo mismo…con las echadoras de cartas, las consultoras de bolas de cristal, los intérpretes de los posos de café, la quiromancia, etc.; desde la visión oficial del problema, recogen la antorcha los psiquiatras y especialmente los psicólogos. Las consultas de estos últimos se llenan, mientras se vacían los confesionarios ¡aunque el precio sea distinto!

Efectivamente, en lo que a humanidad se refiere, no estamos tan lejos de aquellos creyentes de los primeros siglos de nuestra era: seguimos diciendo ¡Jesús! cuando escuchamos un estornudo a nuestro alrededor  ¿Cuál es el origen de esta costumbre? El demonio, en los evangelios, anidaba en el cuerpo de los enfermos, ya que el mal, según lo indicado anteriormente, tenía un origen demoníaco: para sanar a alguien había que arrojar al diablo fuera del poseído. La desaparición de la enfermedad es decir, la sanación, era el síntoma exterior de la desaparición del demonio, es decir, la salvación. El Papa nos recuerda en su texto sobre Jesús de Nazaret, que el Jesús de la historia fue el gran exorcista de este mundo contaminado por el miedo. Arrojó el fetichismo  de las “fuerzas ocultas”  a las profundidades de la ignorancia y elevó al ser humano por encima de estas creencias. El mundo cambió desde entonces, aunque, en ocasiones, sigamos  sin comprenderlo, hasta el punto que existen personas que achacan a la religión  el ocultismo de las creencias. La energía divina de la fe, podemos seguir usándola libremente en “meigadas”, pero no le echemos la culpa a la religión, el origen del mal emana de la opción que tomemos ante este don: Jesús nos liberó de estos fetichismos, incluido el mayor que acosa desde el nacimiento: la muerte.

 ¿Y todo lo dicho, qué tiene ver con la historia del estornudo? Vivimos en la era cibernética y seguimos desconociendo, en gran parte, nuestro inconsciente colectivo. Cuando un judío convertido al cristianismo, estornudaba, si tenía dentro  al demonio,  podía  escapársele por la boca e introducirse en otra persona. Por este motivo, los que se encontraban a su alrededor exclamaban  ¡Jesús!  El demonio, ante el nombre del Señor, retrocedía y volvía a entrar por donde había salido. Hoy seguimos repitiendo este hecho aunque desconocemos su origen. Lo patético es que, además, se responde: gracias. Más absurdo aún es escuchar ¡salud!, cuando alguien tiene un constipado y estornuda (fonéticamente hablando los no creyentes han permutado la palabra Jesús por salud), Gracias, responden ¿Gracias, por qué? Por decir salud ante un episodio de fiebre debido a un proceso gripal. Si lo pensamos es de chiste.

Los intelectuales que escuchaban en Venecia al Papa, al saber usar el intelecto son conocedores de gran parte de la historia y de sus costumbres. Recordemos que el propio Benedicto XVI está considerado como uno de los grandes intelectuales de nuestro mundo. El talento de entonces, me refiero a la antigua moneda griega, ha llegado a cambiarse por la capacidad intelectual de hoy. Doy por hecho que en su origen tal cambio era razonable, pues sólo podía estudiar quien tenía muchos talentos (dinero). Lo lamentable es que hoy, se llame intelectual,  nuevamente, al que tiene o sabe hacer dinero.

El sector del espectáculo: cine, TV, teatro, futbol, toros, etc., está lleno de pseudointelectuales. Este último sector, el de los toros, es más sublime, porque al provenir del mundo religioso: la taurobolía, al profesional de la tauromaquia se le llama, más que intelectual, “maestro”. Recordemos que en la taurobolía al neófito, que se iba a integrar en la esfera de lo divino, se le impregnaba con la sangre del toro,  para darle la fuerza que necesitaba. Supongo que esta es la razón por la que se grita ante una buena faena ¡olé!, palabra que proviene de “Alá” “Yahvé”, o “Él” (dios máximo del panteón representado con el símbolo del toro). La escena, ante este grito divino del inconsciente colectivo de los aficionados, es escalofriante: Suena el clarín, el toro aparece, comienza el espectáculo, donde el “maestro” ataviado de brillantes lentejuelas (se disfraza de mujer para resaltar su poder mental y no su fuerza viril), aparece en el ruedo. Comienza el diálogo entre la fuerza material (toro) y la fuerza psíquica (hombre); todo parece controlado hasta que de repente, ocurre lo que parece inevitable… la faena está a punto de acontecer, pero el “maestro”, una vez más, burla el peligro, lo torea… y escucha del público: ¡Dios!, es decir, ¡Olé! ¡Quién lo iba a decir! Hasta la fiesta nacional está impregnada de una forma de bautismo religioso de tiempos pasados. Sansón perdió su fuerza al cortarle la cabellera, el torero se corta la coleta cuando abandona los ruedos.

 Siguiendo con estas historias recogidas de aquí y de allá, se observa, que el talento de nuestros medios de comunicación, también se mide por la productividad dineraria y no por la productividad intelectual.  Un partido de futbol es más talentoso que un programa en el que se retransmita una misa. No es extraño que el obispo de Guadix y miembro de la Comisión Episcopal Española de Medios de Comunicación Social,  acabe de afirmar que “hay que devolver la religión a las páginas principales de los medios, para conseguir una presencia normalizada de hechos religiosos en la agenda comunicativa”. Conseguir este cambio, significaría que el talento, volvería a reencontrar el valor no dinerario del concepto, es decir, el intelectual.  Desde esta visión, los intelectuales y el valor genuino de la religión, volvería a tener la importancia que hoy andan buscando el Papa y sus obispos. Ahora bien, no echemos la culpa a nadie: si los creyentes reencarnáramos el mensaje a nuestra forma de pensar, ¡otro gallo cantaría! Esta popular expresión nos recuerda que el gallo que seguimos escuchando, porque es el que sigue cantando, es el de la negación, como en la época de San Pedro. Pues bien, si queremos escuchar “otro gallo”, comencemos por responder de “otra forma”.

Aunque nuestro gallo esté afónico, desde este bello lugar de la “rivera sacra” (cualquier rivera u orilla es sagrada para un cristiano), y a través del medio de comunicación más novedoso: la red, seguimos pescando: hoy Pedro navegaría en la red, para seguir siendo “pescador” de hombres. Ahora, a través de ella y con ella, como hace veintiún siglos, pretendemos dejarnos oír para poner nuestro granito de arena en esta playa del saber religioso, del que procedemos cultural e intelectualmente hablando. Nuestra obligación como seres humanos, es seguir trascendiendo este saber, pero para trascender algo, se impone, previamente, conocerlo. De ahí la necesidad de usar, no sólo la fe; también se precisa el intelecto, para saber transmitirla a través de  los medios que tenemos a nuestro alcance. Confiemos que el Señor, al extender la red sobre la arena de nuestras vidas, nos permita recoger algún pez que nos salve…salvándole.

ELLOS NO COMPRENDIERON

Recuerdo que yo tampoco  comprendía…  ¿comprendo ahora, el enigmático significado de las parábolas? Cierto que en el lenguaje llano que hablaba Jesús, debía ser comprendido ¿Por qué, sin embargo, se llega a afirmar que hablaba enigmáticamente, precisamente para que no le  entendieran?

Textos hay que avalan lo indicado: “…todo se les presenta en parábolas, para que por mucho que miren no vean, por mucho que oigan no entiendan, no sea que se conviertan y se les perdone” (Mc 4,11s) ¡Incomprensible! Jesús habla de forma que no le entienden para que los malos no se puedan convertir. La lectura del domingo expresó la misma “incongruencia”;  al finalizar la parábola, leemos: “Jesús les dijo esta parábola, pero ellos no comprendieron lo que les hablaba” (Jn 10,6). Y decimos “incongruencia” porque si Jesús se comunica de forma que no es entendido y además lo sabe ¿Para qué habla? ¿Acaso Jesús no quería ser comprendido? ¿Si hablaba sólo para unos pocos, cómo va a ser el salvador de la humanidad? ¿Hay respuesta a estos interrogantes provocados por los textos bíblicos?

Una vez más pido perdón a los seguidores de estas lecturas, por la forma tan sintetizada con las que trato estos temas teológicos. Sin embargo, dejo constancia  que mi interés, como teólogo cristiano, consiste más en cuestionar, que en solucionar ¿Por qué? Porque como veremos al analizar el lenguaje parabólico, el creyente, como Job, ha de interrogar; únicamente así, Dios podrá responder. Proponemos dos sugerencias a modo de reflexión.

 A): El menaje evangélico tiene vida propia, por esto la religión debe adaptarlo a cada época concreta. La religión es la expresión de la verdad revelada, adaptada a la sociedad: Uno de los caminos  de la mística, pues el horizonte de la  Verdad es inalcanzable; tan inalcanzable, que su búsqueda es la que nos hace libres. Para cercenar la libertad nada mejor que privar al ser humano de esta necesidad antropológica de búsqueda. Somos humanos, si buscamos. Quien se paraliza en lo ya encontrado, no puede jamás entender la mística cristiana ¿Cuál es la consecuencia de esta búsqueda? Que el mensaje, al ser adaptado a cada sociedad, tiene que cambiar; no tanto porque la verdad revelada cambie o se relativice (miedo que expresan algunos creyentes), sino porque la expresión de esta verdad infinita, al no poder ser captada en la finitud de nuestro tiempo ni de nuestro lenguaje, se va adaptando con distintas resonancias a los cambios de la sociedad (muy especialmente si tal religión pretende ser universal, es decir, católica). Por esta razón una religión sin posibilidad de cambios, es una religión muerta. Sí, la religión o se adapta o muere.  San Pablo,  que vivió en sus carnes esta realidad, tuvo que luchar para conseguir el cambio. Fue en el primer concilio de Jerusalén, donde consiguió la aprobación de la comunidad cristiana. No obstante, y hasta hoy, seguimos tropezando en la misma piedra. A los de Corinto les tuvo que recordar que:” la letra mata” (2 Cor 3,6). Soy consciente que hay creyentes que, en la actualidad, siguen sin escuchar la recomendación del apóstol, de ahí mis reiteradas citas al respecto, en estas reflexiones;   confío que intuyan, que si la Iglesia, en la últimas décadas, no ha proclamado dogmas, se debe, entre otras causas, a la toma de conciencia de que cada dogma (verdad que no admite dudas), hay que interpretarlo en el lenguaje y sociedad en el que fue proclamado, ya que el dogma, como verdad revelada y eterna, es absoluto, pero no la religión, en cuanto lenguaje en el que se formula. La religión es la letra adaptada al devenir de la historia. He comenzado esta reflexión diciendo: Yo tampoco comprendía…

Este razonamiento, no es novedoso, emana de los textos bíblicos. Para comprobar lo dicho, hagamos teología en la historia imitando a los evangelistas. Cuando Marcos escribe el texto antes mencionado, está traduciendo a la mentalidad griega, el mensaje de Jesús de mentalidad judía. Las parábolas había que adaptarlas, cambiarlas a la nueva mentalidad; Marcos adapta el mensaje judío a la cultura griega, para que capten, no ya la letra que mata, sino el Espíritu que vivifica. Esta es la razón por la que leemos constantemente  en los evangelios, la necesidad de explicar las parábolas. Ahora bien, esa parábola, dicha por Jesús a sus contemporáneos, ¡claro que se entendía! Somos nosotros, los que, a veces,  al seguir sin dejarnos aprehender por el misterio revelado en los textos, seguimos hablando de ovejitas, rebaños, lirios, etc., aunque la mayoría de los creyentes estén rodeados en su cotidiana existencia, de formas de vida y tecnología, que en nada se parece a la agrícola Galilea (el cristiano de todos los tiempos quiere comprender las vivencias religiosas, de ahí que  deban ser adaptadas a un lenguaje inteligible, cuando no es así… se puede llegar a saber mucho de religión ¡pero nada de Dios!). Comparen Mt 18,1.12-14 con Lc 15,1-7. Mateo adapta la parábola a los cristianos; Lucas, sin embargo, adapta el mensaje a los adversarios de Jesús ¡justamente lo contrario! ¿Por qué los católicos, a veces, tenemos tanto miedo al cambio, si el evangelio comienza con la “metanoia” (cambio)? La parábola de los invitados que se excusan (Mt 22,1-14; Lc 14,16-24), tiene un proceso evangelizador propio de las comunidades de los evangelistas, pero impropio de la época de Jesús. Esta parábola se fue modificando para llamar a los de fuera ¡aunque estuvieran en pecado! (según la mentalidad judaica, los pobres, lisiados, ciegos y cojos). Estas expresiones ni siquiera aparecen en Mateo, son de Lucas que al ser más universal, las añade para no dejar a nadie fuera ¿Seguimos el ejemplo de las escrituras, o repetimos lo aprendido, al ser incapaces de renovar el espíritu de nuestra mente? San Pablo nos avisa del error de acomodarse al tiempo presente (Rom 12,2).

 B) Si Jesús hablaba en parábolas, cabe preguntarse qué se entiende, teológicamente,  por parábola. La parábola es una metáfora o comparación tomada de la naturaleza o la vida ordinaria, que atrae al oyente, dejándole cierta duda sobre la explicación exacta, para obligarle a reflexionar. La parábola como el Koan, del mundo Zen, no tiene respuesta exacta (¿cómo suena el aplauso de una mano?... ¡!). Es un enigma que hay que vivirlo en unificación con todo lo creado, es imposible pensarlo;  y allí, en el silencio, Dios sigue respondiendo. Jesús a través del lenguaje parabólico, y con ejemplos tomados de la vida ordinaria, expresaba su mensaje ¡no daba respuestas, provocaba interrogantes! (esta es la labor de la teología), para que cada creyente respondiera al enigma planteado de forma personal y única.

 Le propongo al lector de esta reflexión que abandone por un momento esta lectura y lea la parábola del Hijo Pródigo (Lc 15,11-31). Le aviso que es la adaptación del Jonás bíblico al mundo de Jesús. Él nos enseña a reactualizar y trascender lo ya recibido: “Habéis oído decir, pues yo os digo” (Mt 5,27s) ¿Quién es el malo de la historia? En el libro de Jonás los ninivitas, que además era uno de los pueblos más odiados de Israel ¿Y en la historia del Hijo Pródigo? Días pasados oía en un sermón resaltar la maldad de este hijo que se había dilapidado la fortuna del padre. Estas respuestas podrían ser válidas, pero la parábola, a mi juicio, que está dirigida a nosotros, tiene otras facetas a observar y que dan respuestas distintas.  Vamos a tratar de hacer un KOAN bíblico. Vivámosla…

 ¿Quién dice que el malo es el Hijo Pródigo? Yo ¿Y quién soy yo en la parábola? Por supuesto el “hijo fiel” que siempre está con el Padre, es decir, el cristiano que unas veces mejor y otras peor, siempre está ahí.  Pues ese, que siempre está ahí, y que nos representa a nosotros, ese es el personaje al que va dirigida la parábola; él  es el  “malo oculto” del enigma.  Jonás, el profeta, también.  Por esta razón, huye (Jon 1,3) con tal de no quedar en ridículo, pues sabe que si predica y es escuchado (Jon 3,5), Dios está abierto a perdonar (Jon 4,11). Ahora bien, dado que el lenguaje profético no se utilizaba en el primer siglo de nuestra era, Jesús, lo cambia y adapta al lenguaje apocalíptico. Desde esta nueva expresión de la historia, adapta  el mensaje que encierra el texto de Jonás  sobre el universalismo del amor de Dios, a la parábola del Hijo Pródigo. El signo de Jonás puede ser, nuevamente, vivenciado por sus contemporáneos ¡jamás comprendido! De ahí que hasta el día de la fecha siga siendo un signo  para los creyentes, igual que lo fue para los evangelistas al dar cada uno de ellos distinta explicación razonable al enigma que encierra.

El cristiano que se fija en la maldad del hijo pródigo, no observa la bondad del Padre (Dios), que le da la herencia antes de morir (Mt 15,12b), cosa nada habitual hoy en día, pero ¡impensable! en la época de Jesús ¿Qué herencia le da, si al ser el menor  (Lc 15,12a) toda la herencia le corresponde legalmente al mayor? ¡El menor, como los ninivitas, y según la ley, no tiene derecho a nada! Comenzamos a observar que con el mayor, como con Jonás, se está cometiendo una “injusticia” de la que nada comenta el texto.  Pasa el tiempo y el menor vuelve arrepentido  (Mt 15, 18-20) ¿De qué,- pensaría el mayor- si se ha gastado lo mío? Y no para ahí la cosa, el Padre “parece” agasajar este comportamiento (Mt 15,23s). El mayor no puede más y, como Jonás ante el ricino, protesta (Jon 4,8) ¿De qué? Pregunta el padre, acaso no disfrutas tú de todo (Mt 15,31). El hijo que parece ser el fiel, no comprende el perdón del padre (Mt 15,28). El Hijo Pródigo sí, al haber experimentado este perdón en sus propias carnes. El mayor no. Y es al mayor (al cristiano de todos los tiempos), a ese que tiene derecho a la herencia, al que se le pide comprensión. El evangelio de Jesús es el evangelio del perdón. Jonás ¡que es profeta!, tampoco entiende que el Dios de Israel, sea el Dios universal. En el A.T perdonar a los ninivitas es un fraude, en el N.T perdonar al hijo pródigo, también ¿Y hoy?

Las primeras comunidades cristianas no comprendían este radical comportamiento de Jesús.  Si Dios perdona a todos ¿qué beneficio tiene ser cristiano? La explicación, no está en la parábola, ella se limita a provocar al oyente quien,  sólo imitando el  comportamiento del Padre, puede intuir su sentir, aunque por ser infinito, no deja de ser paradójico,  jamás podrá llegar a comprenderlo plenamente. Lo  lamentable, fue y sigue siendo, que  teniéndolo todo, como Jonás y el hijo fiel, no nos hayamos enterado y estemos pendientes de lo que nos puedan quitar. Los primeros cristianos querían la herencia para ellos; no comprendían… y, nosotros ¿comprendemos? Si es así ¿por qué seguimos poniendo diversas cuantías de herencia a percibir por cada creyente también en el cielo? Cuando el padre contesta al hijo mayor: “todo lo mío es tuyo” (Lc 15,31) ¿Qué le falta al cristiano, si lo tiene todo, para ser beato? ¿Y al beato para ser santo? ¿Y al santo para ser Hijo de Dios? Y… posiblemente, nos sigue faltando comprender el actuar de Jesús cuando explica con la parábola de los obreros de la viña, la forma en la que él entiende el Reino de los Cielos (Mt 20,1-16). Tanto el primer trabajador de la jornada, como el que comienza a trabajar al finalizarla, perciben igual salario ¡un denario!   

Recuerdo que yo tampoco comprendía ¿comprendo ahora que si en el Reino de Dios no hay tiempo, es imposible percibir más paga, dependiendo de las horas trabajadas? En la parábola, un denario representa la totalidad: el don (amor) del propietario (Dios), para los llamados a trabajar en este mundo. Las diferencias son ejemplarizantes para nuestro mundo ¡qué duda cabe! Pero no para medir el Reino de los Cielos. Las medidas, precisan espacio, el espacio, requiere tiempo, el tiempo no existe en la eternidad del Reino reservado a los Hijos de Dios.

Muchas veces, como al ”hijo fiel”, me cuesta comprender que la única “medida” que nos salva no es el tiempo, sino, como nos enseña el Padre, el constante perdón al que estamos sometidos, si verdaderamente le amamos, día a día, en nuestro prójimo.

LOS DE EMAÚS

La lectura sobre los discípulos de Emaús que hemos escuchado en la liturgia del pasado domingo, es una buena lección para los cristianos de hoy. Un pasaje, que dada la cantidad de información que nos da el evangelista sobre el lugar donde ocurrieron los hechos, distancia a la que se encontraba de Jerusalén, recuerdo del nombre de uno de los discípulos, forma judaica en la que narra Lucas lo sucedido con los de Emaús, etc., nos acerca con bastante verosimilitud a un hecho acontecido tras la muerte del Jesús histórico. Esto es así, porque  la mayor parte del texto  permite aplicar el  criterio de coherencia de la exégesis actual.

Van por el camino hacia Jerusalén: los cristianos de las primeras comunidades se denominaban los del camino. El creyente auténtico siempre está en camino ¡pobre del que crea haber llegado! Dios siempre está en el horizonte de las posibilidades humanas. Los de Emaús, como nosotros hoy, discuten sobre la forma en la que entienden la religión.  Discuten, pero Lucas,   que dirige todo su evangelio hacia Jerusalén, avisa que, además, no ven: “sus ojos estaban retenidos” (Lc 24,16). Jesús, que es el Cristo resucitado, pregunta: “¿De qué discutís entre vosotros mientras vais andando? (Lc 24,17a). Ellos se sorprenden. La teología de Lucas expresa que los que tienen “retenidos los ojos”, ahora retienen el paso: “Ellos se pararon con aire entristecido” (Lc 24,17b) Dejan de caminar, los del camino se paran para explicar a Jesús “las cosas que han pasado” (Lc 24, 18s). La paradoja está servida: en religión, quien se para no puede ver las cosas que pasan.

Ayer y hoy, al margen del conocimiento que se tenga de religión, todo el mundo discute sobre ella. Posiblemente sea “una de esas cosas” (Lc 24,19) repite irónicamente Cristo, de las que más se hable y menos se sepa. Por esta razón se discute. Y cuanto mayor es la discusión, menor es el conocimiento que se tiene. Lucas debía estar harto de las opiniones contrarias que surgían en las primeras comunidades cristianas. Este texto viene a responder sobre lo inútil que es discutir sobre “estas cosas”, sintagma que vuelve a aparecer, por tercera vez, en el versículo 21: “Nosotros esperábamos que sería él, el que iba a librar a Israel; pero, con todas estas cosas, llevamos ya tres días desde que esto pasó”.

¿Cómo es posible que habiendo pasado “tres días” sigan los cristianos sin comprender?  Tres, para un semita, era el tiempo necesario para confirmar la muerte de un ser humano. De ahí que aunque Jesús dijera al buen ladrón “hoy estarás conmigo en el reino de los cielos” (Lc 23, 43), fuera necesario esperar tres días. Lucas indica que ha pasado “este tiempo” para confirmar que había muerto: sólo entonces podía anunciarse la resurrección; sin embargo, los de su comunidad, aproximadamente 50 años después, seguían y seguimos discutiendo. Resaltamos la importancia lucana al repetir por tres veces, el sintagma “esas cosas”: la disyuntiva está servida: según el A.T. tres significa la muerte, según el N.T., al resucitar Jesús al tercer día, se ha transformado en vida. Ahora nos toca elegir: si seguimos discutiendo, tres es símbolo de muerte; si  vivimos la resurrección “al tercer día”, tres es símbolo de vida.

Siguiendo la narración, Cristo (el que según ellos nada sabía de esas cosas), explica lo ocurrido   con Jesús de Nazaret y que, además, ya estaba dicho en las Escrituras, aunque ni discípulos ni apóstoles habían comprendido. Los de Emaús siguen sin comprender. La situación es la misma que la actual. Han pasado “tres” días; Lucas, a través de su teología, revela que muchos cristianos no habían llegado a ver al Cristo, como mucho, se habían quedado, igual que los de Emaús, en una visión distorsionada de los hechos ¿Qué sucede con los que se dejan aprehender en el  misterio revelado en el N.T. y ocurrido “tres días después”? Que cuando en la liturgia parten el pan, como Él lo hizo y se adentran  en la vivencia de la Eucaristía, los de Emaús “ven” que quien les hablaba era Cristo, y en ese preciso instante, “desaparece” (Lc 24, 30s). Lucas narra que los discípulos, como hoy los de cualquier pueblo (Emaús es, entre otros,  San Clodio), han de seguir, interiormente, camino hacia Jerusalén “Y levantándose al momento, se volvieron a Jerusalén” (Lc 24,33); es preciso llegar con Jesús hasta el lugar donde la muerte es vencida (los cristianos vivimos este misterio en el bautismo), para descubrir la vida (Eucaristía). Y siempre en la Eucaristía está Él. Él, aunque siga sin ser reconocido en el prójimo que vamos encontrando en nuestro caminar, si continuamos en el camino, y no paramos (la religiosidad que es vida, cuando se estanca, muere), seguirá apareciéndose. Puede que sigamos sin reconocerle porque, en lugar de vivir el amor al prójimo, continuemos discutiendo si el prójimo es merecedor de él; no obstante, la Eucaristía sigue siendo el refugio del caminante que no se paraliza en la búsqueda: Lucas expresa el cambio de los de Emaús cuando indica, “Levantándose al momento se volvieron a Jerusalén”. El semitismo bíblico “levantar”, en todos los textos desde el Génesis, significa volver a  vivir, resucitar. Quienes se levantan, en la Eucaristía (Lc 24,30-32) “serán encontrados” por Cristo. Dejarse encontrar por la divinidad, no es igual que encontrarla; el creyente que recorre el camino pensando que con su esfuerzo va a alcanzar el infinito de Dios, cuando crea tocarlo, como Tomás, o entenderlo con los de Emaús “desaparecerá”. Cuando los de Emaús  participan de la Eucaristía, reencuentran al Jesús de la historia y en él, al Cristo resucitado al tercer día. Lucas enseña a su comunidad que  menos discutir y más vivir la experiencia de Cristo ¿Cómo? La respuesta, teniendo presente la teología lucana que hemos expuesto, a  través de la simbología  del “3”, la dividimos, asimismo, en tres fases: 1) Aprendiendo de los textos (Lc 24,27),  2) reencarnándolos en el devenir personal de cada creyente (Lc 24,26),  3) viviéndolos comunitariamente en la Eucaristía (Lc 24,30.35). Con  palabras actuales: el camino no es distinto del caminante, ambos son uno,  y en la vivencia eucarística, queda unificado con el resto de la creación. Con palabras de entonces: Todos en Cristo y Cristo en el Padre. Y el que tenga oídos…

EL PAPA TIENE RAZÓN

Acerquemos el saber bíblico a la problemática de la actualidad. En otro momento de nuestras reflexiones dejamos constancia que todo ser humano nace con fe, motivo por el que cada persona cree libremente en lo que le parece. De ahí que, si hay políticos que desde la política creen que pueden razonar sobre la religión, tenemos derecho los teólogos, desde la religión, a creer que podemos opinar sobre la política. Si la política se define como el arte de lo posible, es posible, y no es extraño, el hecho de que algunos ciudadanos crean que la religión, es algo personal que pertenece a la privacidad de cada creyente, debiendo ser relegada al ámbito de las sacristías, mientras que la política ha de gozar de pleno derecho de ciudadanía por ser la expresión de la colectividad en la ciudad (“polis”). Esta es la opinión de los ideólogos de los políticos que nos gobiernan y, aunque la disfrazan de laicidad, realmente pertenece al laicismo más rancio y duro de nuestra moderna democracia, aunque nuestra Constitución sea aconfesional y dé especial relevancia a la religión católica en su ordenamiento jurídico. Siguiendo el ejemplo del Papa, en su última visita a España, hemos de razonar, y a la vez denunciar, este lamentable comportamiento. Callar, sería un pecado de omisión.

La religiosidad no es, únicamente, patrimonio del individuo; todos los pueblos de  nuestro universo la expresan  acorde con la cultura que los define. Y esa cultura se expresa, colectivamente, en el culto religioso. Por ejemplo, la cultura hebrea, que fue durante siglos nómada y por tanto transeúnte, celebra en su culto pascual el recuerdo de este evento tan importante en su política social y en su realidad histórica. Los judíos, recordando sus constantes peregrinajes y deportaciones, rememoran en su culto el auxilio y atención que se le debe al extranjero: ellos también lo fueron en gran parte de su devenir histórico; asimismo, rememoran con la salida de Egipto, el paso de la esclavitud a la libertad. Recordar a sus descendientes la importancia de la tierra conseguida con tanto esfuerzo, es, hasta el día de hoy, una de los mayores logros de la política de Israel. Quien pretendiera enemistar religión y política, aunque cada una tenga su propio campo, encerrando a una en la sinagoga y llevando a la otra a la polis, demostraría, simplemente, su incultura antropológica, social, religiosa y política.

Acercándonos a nuestras tradiciones, la cultura cristiana, que recoge y trasciende  la judía, tuvo en su génesis, una procedencia agrícola, ya que Galilea era una región especialmente dedicada a la agricultura y a la pesca. Esta cultura, fue, asimismo, representada en su culto.  La política convirtió a la fértil tierra de Galilea en el granero de aquella sociedad. El culto cristiano, como expresión de dicha cultura donde el trigo se transforma en pan y la vid en vino, eleva esta expresión de la naturaleza a la categoría de sacramento. Jesús el galileo, reveló que esta transformación natural, era símbolo del auténtico pan bajado del cielo: el Cristo de la fe. Asimismo, la transformación de la vid en el vino que alegra los sentidos, y que en la antigua Grecia, se expresaba con las fiestas en honor al dios Baco para dar gracias por la conversión del agua que caía del cielo, en vino: Este evento de la cultura y culto de los griegos, es el telón de fondo que conoce y usa San Juan en las Bodas de Canaán, para relatar el primer milagro de Jesús en su evangelio; dando un paso más y tras la resurrección de Cristo, el culto cristiano, siguiendo su ejemplo, convirtió el vino en el  misterio eucarístico donde la vida, que emana del cáliz sacramental, transforma la alegría del caldo de una buena cosecha, en otra más excelsa que provoca la eterna felicidad que revela el resucitado.  Esta mistérica savia sacramental, no provenía del retoño de una cepa; gracias a su cultura, el pueblo comprendió que emanaba del retoño de David: el Cristo esperado desde el nacimiento de Israel,  siendo este Cristo, el misterio que se nos revela en el Evangelio y que, cultualmente, seguimos celebrando en la eucaristía. No es posible comprender el culto del Nuevo Testamento, sin asimilar previamente la cultura del Antiguo, que por otra parte, y debido a su cultura pescadora, las primeras comunidades cristianas, convirtieron al  pez en uno de sus símbolos más representativos.

Observando estos hechos religiosos y sociales y comparándolos con nuestra cultura democrática, hoy, también el culto, espejo de la expresión cultural de la sociedad, ha variado y hecho comprensible el misterio que envolvía la liturgia, de forma que el sacerdote en el sacrificio de la misa, al situarse frente a los asistentes y no de espaldas a ellos, muestra cada uno de los pasos que va realizando, y para mayor socialización de los mismos, expresa el misterio de la eucaristía en el lenguaje propio de cada pueblo. Desde el Vaticano II, se han democratizado los estudios teológicos, creado escuelas e instituciones donde el saber bíblico, que antes tan sólo era asequible a unos pocos privilegiados, ahora cualquier estudioso, creyente o no, puede, también en las universidades, conocer las ciencias bíblicas, siguiendo las mismas  pautas que reclaman las ciencias convencionales.

Ejemplos como los expuestos podríamos desarrollarlos en cada expresión religiosa ¿Cómo es posible, que este saber, reflejo en cada pueblo de su cultura y de sus cambios, se diga que es algo personal que debe recluirse a la privacidad, por estar al margen de lo políticamente correcto? Oculten los cuadros religiosos del Museo del Prado o de cualquier otra pinacoteca, y traten de explicar el arte pictórico de nuestra historia ¡imposible!  Borren de nuestra memoria colectiva la fe, las enseñanzas y el trabajo legados, siglos pasados, por benedictinos, cistercienses, franciscanos, dominicos, jesuitas,  etc., y la sociedad europea, su cultura y su ciencia, tal como se conoce en el mundo occidental, no habría sido posible. De no ser por las Catedrales de todo el mundo, el conocimiento impreso de tiempos pasados, en sus columnas, paredes y muros habría dejado sin cultura alguna a las generaciones posteriores. Esta cátedra del conocimiento que se impartía gratuitamente en las Catedrales,  es la que, posteriormente, pasó a las universidades creadas por la propia Iglesia, de ahí que su máximo responsable, al proceder en un primer momento de la Catedral, se le llamara y se le siga llamando catedrático. Seamos claros, la política actual y la libertad de pensamiento, se debe a la libertad que generó  el humanismo cristiano.

La trascendencia es una realidad cultural que se representa en cada culto de forma distinta. El Romano Pontífice pide respeto para todos ellos. Cercenar a la humanidad de esta capacidad religiosa es retrotraerla  a la noche de los tiempos. Los mismos que tratan de acallar el culto como expresión de la cultura, pretenden crear valores culturales que arremeten contra el culto del pueblo.  El fracaso está garantizado, crear cultura al margen del pueblo, es como crear un idioma desde la academia. Nadie creerá en esos valores, al igual que nadie se expresará en esa lengua (por ejemplo el esperanto). Los griegos decían que para educar a un niño, hacía falta un pueblo, y es que, algunos no quieren enterarse: no es igual formar que educar. Denunciar esta realidad es tomar consciencia de la enfermedad que nos aqueja, unos por provocarla y otros por ignorarla.

Benedicto XVI, una vez más, tiene razón; en el acto protocolario del intercambio de los embajadores españoles en la Santa Sede, ha vuelto, días pasados, a recordar el ataque que estamos sufriendo los cristianos en nuestra patria, al pretender recluir el saber religioso al ámbito de lo privado. No deja de ser sintomático, que los mismos que mandan callar al Papa,  pretendan crear, a golpe de decretos, valores morales que cambien las éticas de la sociedad ¡como si esto fuera posible! No quieren que la religión desaparezca, lo que desean es convertir su política en una nueva religión en la que la creencia sea: Dios no existe ¡creen en la inexistencia de Dios y con ello quieren demostrar que  hay  que abolir la creencia!  Olvidan, por otra parte, que el ser humano sin esa capacidad de trascendente en la sociedad que le toca vivir, pierde el horizonte que siempre ha de buscar y que le diferencia del resto de los animales creados. Una sociedad así, sería inhumana. Sirva esta reflexión para dejar constancia que, igual que somos ciudadanos de la ciudad (polis) con derecho a expresar nuestra opinión política, somos ciudadanos creyentes con derecho a expresar públicamente nuestra creencia, pues de hecho, gracias a ella, esos que pretenden acallarla, han aprendido a pensar con semejante libertad. Observe el lector que no es anecdótico ni casual el que, únicamente, en los pueblos donde ha quedado impresa la huella de la cultura evangélica, es donde hoy se ha dado paso a la libertad, justicia e igualdad que proclaman los Derechos Humanos y positivizan las Constituciones democráticas. Respete, por tanto, la política el saber religioso, manantial del acerbo cultural  de la historia de nuestros pueblos. Cada uno tiene su ámbito, pero no para excluirse, sino para complementar la realización del ser humano.

Si como sugiere el evangelio, en ocasiones, hemos de ser  astutos como las serpientes ¿no será que algunos (no todos) de los que nos gobiernan, quieren recluir la religión al ámbito de los curas (sacristías), porque de hecho, intentan apropiarse de nuestra cultura desde el ámbito de la política, con el propósito de cambiarla? Lógicamente, desde este hipotético fraude (la cultura la crea el pueblo, y el gobierno se tiene que limitar a hacerla posible), el culto religioso, que es la visión trascendente de la historia universal, especialmente el cristiano, se convertiría en el mayor enemigo a combatir ¡Razón tiene el Papa al denunciar este ataque! Y para que las tintas no caigan sólo en una de las partes, confesemos el “mea culpa”: También el culto, a veces, deja de ser la expresión trascendental de la cultura. Si malo es que el laicismo pretenda recluir a la religión, peor es que la religión deje de ser, en su culto, expresión trascendental de la cultura.  En Román Paladino, el culto paralizado se torna en inculto y hace realidad la frase de la sociología de las religiones: el que sólo conoce una religión no conoce ninguna.

EL RESUCITADO Y LAS APARICIONES

Lo más importante en los textos bíblicos, no es lo que dicen, sino lo que quieren decir. Las resonancias de la mística evangélica son así. De ahí la complejidad del lenguaje bíblico que desde esta parroquia, tan querida para el que escribe, desde tiempos del siempre recordado D. Jesús, tratamos de ir descubriendo golpe a golpe en la dura piedra, como hizo él, la bella arquitectura de la Parroquia de San Clodio; en nuestro caso, reflexión, tras reflexión intentamos mostrar la belleza oculta, pero revelada de nuestros textos bíblicos. Este descubrimiento, como el de la armonía de colores de la piedra viva de nuestra aparroquia, oculta por la cal, requiere cierto esfuerzo para el lector.  El creyente se ha de dejar aprehender, en su personal  camino, por el conocimiento de la época en el que los textos fueron escritos; por la preocupación del autor y/o autores que escribieron y reescribieron cada historia; por la tradición de la Iglesia que fue interpretando en cada momento el mensaje apropiado de los textos, de forma que tuvieran aplicación para cada época concreta, por último, la complejidad del lenguaje teológico que trata de expresar estos saberes en los que están inmersos los textos bíblicos,  no puede obviar que el Espíritu, a través de la historia, toca a cada creyente con la música callada (mística) que, más allá de todo camino, provoca resonancias únicas e irrepetibles que trasciende a nuestro universo conceptual y sirven para el bien universal de la comunidad eclesial.

Este  prólogo tiene su explicación. Estos días estamos celebrando la fiesta por excelencia del cristianismo: La resurrección. La lectura de este domingo nos recuerda dos de sus apariciones después del hecho resurreccionista (Jn 20,19-31). Un hecho meta-histórico, pero ocurrido en la historia. Para algunos creyentes este evento sucedió hace XXI siglos. Estos son los que, creyendo en los hechos sucedidos, estudian los textos bíblicos para averiguar cómo ocurrieron. Otros, confiados en la bondad de la tradición eclesial, creen en la traducción que en cada momento se ha ido haciendo de los mismos, sin pararse a pensar (a veces tal pensamiento era imposible), en la verosimilitud histórica, o no, de los acontecimientos (el Papa invita a los exégetas a seguir profundizando en los textos más complicados). Los grandes místicos del cristianismo, aunque sometidos por obediencia a las leyes imperantes, daban libertad al Espíritu que operaba en ellos con resonancias completamente novedosas, a la hora de vivenciar y explicar la forma en la que el resucitado se les aparecía.

Y el lenguaje teológico con todo este saber  ¿qué hace? Al menos desde esta “red parroquial”, intentar provocar interrogantes que nos obliguen a responder personalmente al mensaje de Cristo. A descubrir, como D. Jesús, golpe a golpe en la piedra, la verdad de la Palabra revelada, en este caso, en los que con Pedro (piedra) formamos la Iglesia que trasciende a nuestro pueblo por ser universal. Si para el lector de esta reflexión la resurrección es únicamente historia, observe cuál propuesta de las citadas, se adapta mejor a su personal forma de ser. La problemática comienza cuando, si además de histórica, la fe conduce al lector hacia la meta-historia ¿Por qué? Porque entonces la resurrección al trascender a la historia, no es que haya ocurrido, es que ¡está ocurriendo! ¿Cuándo? Con lenguaje joánico, es decir, teológico, al confluir todo el saber anteriormente explicado, incluido el místico, en la siguiente frase: “Ocho días después, estaban otra vez sus discípulos dentro y Tomás con ellos. Se presentó Jesús en medio estando las puertas cerradas, y dijo: «La paz con vosotros.»  > (Jn 20,26).El pasaje de la “incredulidad” de Tomás sucede ocho días después de la resurrección. Tomás, como muchos creyentes, creen que la resurrección consiste en volver a vivir. De ahí que, aunque el evangelista indica dos veces consecutivas que todas las puertas estaban cerradas (Jn 20,19.26), algo debía haber cambiado en el Jesús resucitado que entra sin necesidad de usar las puertas, Tomás, como otros, no ha captado lo sucedido y creen que todo sigue igual: “quiere tocar la carne del Cristo” Por supuesto que tal deseo no es posible pues si bien el Cristo es el mismo, no es lo mismo. Finalmente, no toca y la respuesta es sencillamente un acto de fe: “Señor mío y Dios mío” (Jn20,28).

Demos un paso más en el lenguaje teológico, sigamos cincelando la piedra (Pedro) de esta aparición. En el Apocalipsis que escribió este mismo evangelista, todo se mueve alrededor de la cifra siete: siete iglesias, siete cartas, siete candelabros, siete estrellas, siete cuernos, siete sellos, siete trompetas, etc.… y siete bienaventuranzas. La cifra, en un libro tan simbólico, no es casual, pertenece al séptimo día de la creación, al día que estamos viviendo, pues contrariamente a los otros seis, está abierto a la realización de la humanidad, ya que es el único día de la creación que no concluye con el: “amaneció  y atardeció, “ de los seis primeros,  por ser este séptimo día, un tiempo inacabado, seguimos en él (Gn 2,1-3). Para San Juan en este día se salva la humanidad, de ahí la insistencia de la cabalística cifra. Ahora bien, la humanidad salvada precisa dar un salto en la creencia. ¿Dónde explica el evangelista este salto? En la bienaventuranza que añade al pasaje: “Dichosos los que no han visto y han creído” (Jn 20, 29b).Estos creyentes, entran en la creencia cristológica,  y trasciende la visión de la historia representada en el número siete; ahora estamos “ocho días después” y en este “tiempo meta histórico” sigue ocurriendo la resurrección, pero hay que creer, por esta razón, los que se dejan  guiar por la fe recibida, son dichosos pues pueden ver al Cristo de la historia.

Para alcanzar la plenitud de los tiempos, hay que trascender los siete días simbólicos del Antiguo Testamento, ahora, en el Nuevo hay que alcanzar la vida plena que el Cristo resucitado nos brinda. Tal dicha ocurre, dentro de la  mística joánica, ocho días después. Pero en este “tiempo” hay que trascender cualquier creencia previa, Tomás, como muchos hoy, no comprenden, quieren tocar,  y sólo cuando se da cuenta que es él, el tocado por Cristo, confiesa el misterio que sigue pendiente de ser vivenciado por cada creyente a través de las palabras: “Señor mío y Dios mío”.

Pedro, con otras palabras, viene a expresar el mismo misterio: “Bendito sea Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, quien, por su misericordia, mediante la Resurrección de Jesucristo de entre los muertos, nos ha reengendrado a una esperanza viva, a una herencia incorruptible, inmaculada e inmarcesible, reservada  en los cielos para vosotros” (1Pe 3-4). Cualquiera de las expresiones que usa San Pedro explican claramente la regeneración, es decir, nueva generación de la humanidad que San Juan expresa con el logion: “Dicho esto sopló sobre ellos” (Jn 20,22), y que recuerda la génesis de la antigua humanidad cuando Jahvé: ”insufló en sus narices aliento de vida” para formar al primer ser viviente (Gn 2,7).  Tomás, antes de creer, seguía en el día siete de la creación, cuando se deja llevar por el resucitado a la meta-historia de la resurrección, aunque está dentro de su historia, no puede tocar la carne, porque el Cristo es incorruptible, inmaculado e inmarcesible y esa es la herencia que recibimos los que sin ver, creemos, por esto somos dichosos, porque permaneciendo en el séptimo día de la creación, vivimos la esperanza de la plenitud reservada más allá del tiempo y expresada por San Juan “ocho días después”.           

SEMANA SANTA

No es la tristeza y menos la muerte lo que revela el mensaje Evangelio, sin embargo, como nada humano le es ajeno, el dolor también queda sublimado en sus páginas.  La expresión de este dolor pertenece a la cultura religiosa de la Semana Santa.  Dicho sea de paso, la Pascua es eso, el paso de una visión de la vida a otra ¿carnaval como meta o pascua como transformación? Quien se queda en el calvario, monte de la calavera, cree, simplemente en la muerte. Veamos con otros ojos, con los de la fe… desde la otra orilla  (Cristo siempre nos manda ir a la otra orilla Mt 8,28). El budismo lo llama el tercer ojo, el de la mente. Nosotros, con el Papa, lo llamamos el ojo de la fe.

Como observadores de lo que ocurre a nuestro alrededor, hay una realidad incuestionable que nos lleva a puntualizar que la Semana Santa no es la expresión cultural que nuestro país explota turísticamente hablando (qué peligroso para la sociedad que, como está ocurriendo actualmente, culto y cultura se disocien, hasta el extremo que hay ateos que, por tradición, no permitirían la prohibición y exhibición de las procesiones en estas fechas). La cristiandad celebra otra realidad que está más allá del calvario, como expresión de la carne, de la calavera, es decir, más allá de toda expresión negativa. Sólo trascendiendo la carne, somos encontrados por la resurrección. Y es precisamente la dicha de la resurrección lo que, como meta, celebramos en Semana Santa. La cruz no es meta, sino paso (pascua) a la vida plena, como para el pueblo hebreo el paso del mar rojo fue el símbolo,  el cambio de la esclavitud a la libertad (Ex14,15-31).

Somos conscientes que hay creyentes que para arremeter contra la festividad de la carne, se han quedado en el suplicio de la cruz  (ambas manifestaciones, tanto culturales, como cultuales, han pretendido prevalecer una contra otra). Por ello, si una se identifica con la diversión, la otra lo hace con el sufrimiento. Por esta razón, la Semana Santa se ha identificado con el dolor (tiempo hubo que, en estas fechas, hasta la música estaba prohibida), siendo el contrapunto de la cultura del carnaval, cuando debiera ser la expresión cultual de la santidad, no de una semana, sino de todo el año litúrgico.

Pasamos nuestra existencia, al expresarla cristianamente, es decir, humanamente,  entre la vivencia de la muerte personal (bautismo) y la vivencia de la vida colectiva (eucaristía/ resurrección). Hay personas tan tristes (a veces me pregunto si es posible creer y vivir sin alegría en el rostro) que no tienen pasión por la vida, de forma que cada día mueren un poco más !el pesimismo es antievangélico! La pasión, aunque sea en Semana Santa, no puede quedarse, únicamente, en el símbolo de dolor, sino en el de la trasformación en dicha (bienaventuranza). Jesús fue un hombre pasional porque amó hasta la muerte. La pasión por sus semejantes fue total. Descubrió en su persona al Dios perdón, y no al Dios justiciero en el que creían sus contemporáneos (Lc 3,9).  La singularidad de su pasión no fue el sufrimiento, que si bien lo aceptó, no deseó “beberlo”: “si es posible aparta de mí esta copa…” (Mt26,39); su singularidad consistió en revelar que el amor, aunque a veces duela, salva. Esto es lo que hoy, desearía resaltar: la pasión como amor y no como dolor, sin obviar, por supuesto, la elección que personalmente tuvo Jesús y que le llevó, por amor, dolorosamente a su calvario, pero sin hacer de ello algo único,  pues ayer como hoy, hay humanos que sobrellevan cruces más dolorosas. La singularidad de la pasión de Jesús fue su amor; un amor tan total que, convierte al señor en esclavo  con  el acto de lavar los pies a los discípulos (Jn13,5) y, en la cruz, cuando de hecho, está muriendo, todavía ,por amor, le quedan fuerzas para consolar al ladrón ajusticiado junto a Él (Lc 23,39-43)  y entregarnos a su propia madre (Jn19,27). Un amor tan pasional, no puede morir. Jesús no murió en su muerte, sino que la transformó en vida. Bautizarse en esta creencia es subir al Gólgota de cada particular Jerusalén (toda existencia conlleva sufrimiento), y muriendo con Cristo a la muerte, descubrir que lo que hay tras ella es la Vida. La Vida de cada instante, no de cada Semana Santa. Sea pues, este tiempo, recordatorio de lo que debe ser cada momento de nuestra existencia: ¡la experiencia de la resurrección y no la lucha de la carne contra el espíritu!

Vivir la pasión de nuestro Señor, es vivir amando hasta la muerte, hasta la total transformación de la carne. Optar entre carne o espíritu, no es cristiano, pertenece a la cultura helena. La antropología bíblica nos informa que somos cuerpo animado (Gn 2,7), no alma encarnada. La pasión hay que vivirla desde la carne, pero guiada por el espíritu, ambos son vehículos que nos remiten al Creador. Transformar el carnaval (fiesta de la carne) en fiesta del espíritu, es llegar a la Semana Santa durante la cuaresma, cuarentena de este “eón” (el simbolismo del número 40, en la cultura bíblica, representa los años de cada ser humano),pero en constante renovación de la mente (Ef 4,23) como recuerda San Pablo. Renovarse o morir, reitera el refranero popular, parafraseando al apóstol. La renovación ha de ser constante desde la carne y desde el espíritu, pues si somos (antropológicamente hablado) cuerpos animados por el Espíritu (Ruah) de Dios, todo nuestro ser está, o bien encaminado a la carne (sarx, naturaleza de lo creado), o bien encaminado a su Creador (Ruah, divinidad de lo increado). La dicotomía alma/cuerpo, si bien está muy extendida entre la creencia popular, no pertenece a la revelación bíblica. Desde esta perspectiva, tan malo es quedarse en la carne (carnaval) como creer que la carne es mala; asimismo, quedarse en el calvario de la Semana Santa es olvidar el genuino valor de la Pascua, el paso a lo realmente trascendente: el domingo de resurrección. En definitiva, la Semana Santa es la visión de la” muerte” del Amor, pero desde la alegría de saber que ha sido vencida; por tanto, a pesar del calvario de cada existencia, ¡alegrémonos! pues Jesús  nos ha revelado que eso que llamamos muerte, es simplemente el paso o parto de un nuevo alumbramiento, que en el propio dolor, lleva injertada la felicidad de la nueva vida  que  nos espera. Felices Pascuas a todos.

LA CARIDAD

Gonzalo de Berceo en su obra “Vida de Santo Domingo de Silos” escribió: “fer una prosa en román paladino/en el qual suele el pueblo fablar a su vecino". Así me gustaría poder escribir sobre el amor, es decir, inteligiblemente. Y ello porque, a veces, desde la óptima religiosa, que no mística, se abusa tanto de la palabra caridad, como discreción se guarda con el vocablo amor. San Agustín decía: “ama y haz lo que quieras”;  los de pueblo, poco importa su tamaño, comprendemos este lenguaje. “Fablemos”, pues, del amor, pero desde abajo, como Jesús a sus amigos. No podemos obviar que el amor, como la fe, es un don previo de Dios que, como recuerda el Papa, “sale al encuentro del hombre” (Jesús de Nazaret, II, p.75) y brota del corazón humano para acariciar al prójimo, de ahí que también se le llame caridad. Tener caridad obliga a demostrar cariño y se tiene cariño cuando brota la caricia. A veces el cristiano, para huir del amor, se refugia en la caridad ¡qué error! La caridad, si es ágape, tiene que conllevar una constante dicha compartida: caridad sin cariño, es ágape sin viandas. No se asuste el lector, se puede acariciar con la mirada, con la palabra, con la comprensión, con el silencio, con el acompañamiento y, sin ánimo de sonrojar, con la mano, las lágrimas, el cabello y los labios; como la mujer del Evangelio, que gracias a su cariño, escucha de Jesús “Tu fe te ha salvado. Vete en paz” (Lc 7,36-49). El amor provoca tanta paz cuando se expande, como inquietud cuando se obstaculiza. María, la hermana de Lázaro, también demostró su caridad con Cristo (Jn 12,1-8). La caridad, si es auténtica, hay que demostrarla ¡a tope! “Hoy te quiero más que ayer pero menos que mañana”, qué buen eslogan comercial, pero, qué solemne tontería. No es posible querer menos que mañana. El amor siempre es pleno. El que hoy quiere menos, es que no quiere. El amor es hasta la muerte, porque “nadie tiene mayor amor que el que da su vida por sus amigos” (Jn 15,13). Así amó Jesús, y así mandó que siguiéramos amándonos (Jn 15,12).

La caridad es la más hermosa de las virtudes teologales; dejémosla brillar por encima de nuestras pequeñeces para que se torne contemplativa. La belleza de un paisaje gallego, tiene infinitos matices, pero hay que dejarse impregnar de ellos para que llegue la contemplación. Contemplar es fundirse en el motivo de la contemplación hasta que el contemplador y lo contemplado son uno: así funde el amor cristiano. Con Cristo y en Cristo, nacemos, vivimos, morimos y resucitamos. En Él, estamos todos. Con palabras de Pablo: “y no vivo yo, sino que es Cristo quien vive en mí” (Gal 2,20). Todos en Cristo y Cristo en el Padre: “Pues fiel es Dios, por quien habéis sido llamados a la comunión con su hijo Jesucristo, Señor nuestro” (1Cor 1,9) ¿Hay fusión más grande? De ahí que debamos preguntarnos cada día por los instantes vividos en los que no hemos amado. Es peor dejar de amar, que amar equivocadamente.  Si el Amor es Dios, no le encerremos en nuestro corazón  ¡Cuánto egoísmo hay en el amor encarcelado! La prisión no está hecha para el amor, genera celos y lo mata. El amor es libre y lo que toca (caricia), con cariño, es decir, con caridad, queda sublimado. Jesús fue tocado por la hemorroisa y lejos de contaminarse con su impureza menstrual (según la creencia de aquella época), es Él quien contamina con su amor a la enferma y queda curada al instante “¿Quién me ha tocado?”  La gente le apretuja, Pedro no comprende que en esta situación pregunte quién le toca (Lc 8,43-48). El amor se siente en la distancia, la caricia siempre llega, aunque sea a través de la orla del manto (Lc 8,44). Y el amor cuando llega, salva. Nuevamente oímos decir a Jesús: “Hija, tu fe te ha salvado; vete en paz” (Lc 8 48). La fe y la caridad que anidan en el corazón del ser humano, despiertan a la esperanza, pues conducen a esperar cada día lo totalmente distinto, la novedad, la buena nueva (Evangelio). Por ello son las tres virtudes teologales que desde el Génesis, brotan del corazón del ser humano y nos acercan a Dios… a través del prójimo.

LÁZARO

El capítulo 11 del evangelio de San Juan está elaborado con una teología muy depurada.  Llevo años meditando y escribiendo sobre este tema y cada vez que me acerco a él (como supongo le sucede a más de un creyente), me invade el misterio hasta apenas poder pronunciar palabra. Sabemos que San Juan puso mucho de su puño y letra al redactar este milagro, que desconocen los otros evangelios. No es fácil encontrar la clave para la comprensión de esta narración ¿De qué habla San Juan, de la resurrección o de la reanimación de un cadáver?  Si se trata de la resurrección, Lázaro no pudo volver a morir; si se trata de una reanimación, Lázaro pasó por el trance de la muerte, dos veces. En esta segunda hipótesis ¿Jesús aparta a su amigo de la presencia de Dios, porque siente pena? ¿En qué consiste tal pena, si Él sabe que su amigo es feliz al estar con Dios? ¿Por qué llora al ver que ha muerto, si, previamente, se ha quedado dos días más, antes de ir a Judea, precisamente para esperar la llegada de su muerte? Por otra parte, ¿Cómo hablar de la resurrección de Lázaro, si Jesús todavía no ha resucitado? Sin embargo, no podemos obviar que cuando San Juan escribe su evangelio, Jesús había resucitado hacía aproximadamente 70 años. No queremos cuestionar más al lector, aunque podríamos dedicar toda la reflexión a formular interrogantes. La resurrección es así, hay que verla desde la fe ¡ésta es mi pretensión! El evangelista nos avisa: “Muchos de los judíos que habían venido a casa de María, viendo lo que había hecho, creyeron en él” (Jn 11,45) Muchos, es decir, no todos, ¡no todos vieron! ¿Por qué? Si lo que vieron es la reanimación de un cadáver, la vieron todos. Si se trata de la resurrección… Y va a ser este hecho, a diferencia del resto de los evangelistas, el que, según San Juan, lleve a Jesús a la cruz (Jn 9,47ss). Paradójicamente Jesús muere por dar la vida, por revelar que la muerte no existe.

Todo el capítulo 11 está dividido en dos partes, la primera sólo habla de muerte, la segunda de vida. En el centro un pasaje crucial: “Jesús le respondió: Yo soy la resurrección. El que cree en mí aunque muera, vivirá: y todo el que vive y cree en mí, no morirá jamás ¿Crees esto?” (Jn 9,25s). Ahora todo depende de la respuesta del lector: si cree en la muerte, mirará la tumba de Lázaro y no verá nada (estos son los que en el pasaje tampoco vieron); si cree en lo que afirma Cristo, ante la tumba “verá” la resurrección: “¿No te he dicho que, si crees, verás la gloria de Dios?" (Jn 11,40) ¡Para ver lo que sucede con Lázaro hay que creer!  Para ver una reanimación de un cadáver, únicamente hay que estar allí. La pregunta de Cristo ¿crees esto? sigue recorriendo la historia desde que fue pronunciada. Cada creyente se encuentra en la misma disyuntiva que Marta y María. También el centurión al observar cómo moría Jesús, exclamó: “Verdaderamente éste era Hijo de Dios” (Mt 27,54) ¿Qué miraba el centurión? La cruz ¿Qué miraban las hermanas de Lázaro? El sepulcro ¿Qué ve el creyente? La gloria de Dios. Lázaro ha resucitado porque si Cristo es la Resurrección, el que cree en él, tras la muerte, vivirá. Ahora bien, creer que él muerto vive, exige creer que el que vive ¡no morirá jamás! ¿Crees esto? La respuesta ha de ser personal. María tampoco comprende: “Señor si hubieras estado aquí, mi hermano no habría muerto…Señor ven y lo verás. Jesús se echó a llorar” (Jn 11,32-35). Jesús llora por la incomprensión de sus amigas. Acaba de decir que su hermano vive, pero ellas sólo creen en la resurrección que se han forjado (Jn 11,24) ¡No creen en la resurrección que Dios está revelando en Cristo! “Si hubieras estado aquí”  ¡Él está aquí!, siempre ha estado aquí. La vida no puede dejar de estar. Pero la vida, que es Él (“Yo soy la resurrección”) tiene que invadir al creyente. Desde esa creencia observemos a la muerte ¿Qué vemos? Muchos continúan sin ver nada ¿Y tú, qué ves?

EL CIEGO DE NACIMIENTO

Saulo, el que fue gran seguidor de la Tora,  escribe a los de Éfeso:” Despierta, tú que duermes, levántate de entre los muertos  y Cristo será tu luz” (Ef 5,14).” Despertaos como conviene” (1 Cor 15,34), repite nuevamente a los de Corinto ¿De qué sirve tanto aviso? Siempre creemos que los que duermen son los otros. Saulo estuvo dormido durante muchos años y tras perseguir a cristianos durante un tiempo indefinido, se encontró con Cristo junto a las puertas de Damasco “¿Saúl, Saúl, por qué me persigues? “(Hch 9,4). Cristo no dice ¿por qué persigues a los cristianos? Él se identifica con ellos, ellos son parte de Cristo: la humanidad, en Cristo, se diviniza… y Pablo al dejarse aprehender por el misterio, ¡despierta! Por esta razón teme que tanto efesios como corintios sigan dormidos; él creyó estar despierto cuando, en la escuela de Gamaniel, soñaba.

El evangelio de Juan, años después, trató de explicar este enigma. El ciego de nacimiento, no comprendía lo que era la visión. Estaba condenado a dormir durante toda la existencia; para él, como para muchos hoy, la humanidad es así. Poco importa que la culpa sea suya, de sus padres o…!de alguien será! (Jn 9,2). El ciego de Juan no pide ver, no siente tal falta, porque desconoce tal sentido ¡Quien duerme no conoce la vigilia! Pero Cristo, el resucitado, sí que ve, por ello San Juan nos anuncia que: “Vio, al pasar, a un hombre ciego de nacimiento (Jn 9,1). Cristo está despierto y ve que los cristianos sueñan estar despiertos “como decís: vemos, vuestro pecado permanece” (Jn 9,41). Soñando creen ver, y así siguen ciegos (dormidos) (Jn, 9,39). ¡Cuesta tanto ver cuando sólo se sabe mirar!

Al ciego también le costó. Al principio, sigue sin ver (Jn 9,6s). Jesús, aunque es el Cristo, usa de la medicina popular, pero Juan, trascendiéndola, nos recuerda, a través del barro, el momento del Génesis donde Dios crea al ser humano.  Cristo vuelve a componer la “receta” (modela el barro en los ojos del ciego, con su saliva),  y le manda a Siloé (enviado). Ha sido tocado por la mano de Cristo, pero al igual que los cristianos hoy, siendo enviados ¡no ven!, ¡no vemos porque al decir que vemos, permanecemos ciegos! San Juan, nos revela con el ciego de nacimiento toda una pedagogía cristológica: quien comienza a ver, primero se reconoce a sí mismo “él respondía: Soy yo” (Jn 9,9), después reconoce que Cristo es un profeta: “él respondió: Que es un profeta” (Jn 9,17), finalmente “ve” que Cristo es el Señor: “él entonces dijo: creo, Señor. Y se postró ante Él” (9,38). Y a partir de este acto de fe, el evangelista  de la luz, enjuicia  la oscuridad en la que está inmersa la humanidad: “Para un juicio he venido a este mundo: para que los que no ven, vean; y los que ven, se vuelvan ciegos” (Jn 9,39): el ciego, finalmente, vio al Cristo. Quizás, estemos esperando ver para creer, como santo Tomás: “si no veo…no creeré” (Jn 20,25); cuando Cristo le dice: “trae tu mano y métela en mi costado” (Jn 20,27), Tomás no introduce la mano, simplemente responde: "Señor mío y Dios mío" (Jn 20,28). La creencia, en religión, no tiene más evidencia que la fe, de ahí que el sintagma “ver para creer” sea falso, como verdadero el de “creer para ver”.  Al ciego de nacimiento, como a Tomás, se le exige creer, sólo entonces pueden ver al Señor y confesarle como tal.

Y el que tenga ojos para ver desde el alma… ¡despierte!, porque San Juan nos revela que si el cristiano sigue ciego, las tinieblas, como en su Apocalipsis, siguen invadiendo el universo (Ap 18,23).

JOSÉ, EL PADRE

Más que reflexión, permítanme un recuerdo al que, siendo Patrono Universal de la Iglesia desde el siglo XIX, es el gran olvidado de los creyentes. Pepe, para la gran mayoría que no conoce de letras pero es cercano a las costumbres, era un hombre justo. Su justicia, no era a la usanza de los hombres religiosos, si hubiera sido así, habría mandado lapidar a María. La justicia de José trasciende la Ley de Dios conocida por aquél entonces como Tora. José, es  el hombre justo porque comienza a comprender que Dios está por encima, incluso, de la Ley, nunca por encima del ser humano, ya que es en él donde la revelación se hace carne y ¡muerte de cruz!   

Según el derecho romano que imperaba en la época del nacimiento de Jesús, la paternidad legal era más importante que la física. El hijo al que recogía el padre en el momento de nacer y le imponía el nombre, era el hijo reconocido en la polis. El hijo que heredaba, como Jesús, la estirpe de David, aunque, de hecho, la genealogía de Mateo deje entrever que Jesús, más que judío, tenía un origen universal.

A veces, explicar a los jóvenes la grandeza de Dios, como padre, es complicado ¿por qué?, porque la familia actual no es como la de José: fiel hasta en la adversidad. A los jóvenes que provienen de familias desestructuradas y con un padre problemático, les cuesta reconocer a Dios como padre. A Jesús le encanta este reconocimiento “abba” (papaíto). Ello deja constancia del amor que tuvo hacia José. La sabiduría que refleja  Jesús en su obrar ¿de quién la aprendió?, de quien en aquella época tenía la exclusividad de la educación ¡José!

Desde aquella singularidad de la historia donde la divinidad se hace humanidad en Cristo, los hijos de Dios, hermanos del primogénito, es decir, los cristianos, los que somos hijos en el Hijo, reconocen a San José como el padre espiritual del sacerdocio universal. Un sacerdocio donde los padres como San José, aprehenden  la paternidad al margen de la genética. Y es que desde entonces, para un padre, tener un hijo y saber que no es suyo, sino de Dios, es un acto de fe que sólo lo podemos comprender a través del símbolo sacerdotal.

 Y el que tenga oídos…

 

EL POZO DE JACOB

El evangelio de San Juan es palabra hecha poesía. En el tema que nos ocupa, su mística recuerda que el agua, o bien es vida, como en el Paraíso Terrenal, o muerte, como en el Diluvio Universal. La ciencia de hoy, informa que somos agua en más de un 80 %. Juan, ante este hecho, podría decir: ¡somos agua…pero tenemos sed! Su teología está oculta en un metalenguaje que obliga al lector a efectuar constantes saltos pindáricos. Jesús pide agua a una samaritana en el Pozo de Jacob. El creyente tiene que trascender la materialidad del agua, para intuir la divinidad de Jesús. Juan nos presenta al Logos preexistente (Jn 1,1) dialogando con la samaritana: Lo infinito en diálogo con lo finito. El creyente al reencontrarse con el Logos sabe que Cristo se está dirigiendo a él: “pero el que beba del agua que yo le dé, no tendrá sed jamás, sino que el agua que yo le dé se convertirá en él en fuente de agua que brota para vida eterna” (Jn 4,14).

La letra de este evangelio nos presenta al Cristo. Mientras que los sinópticos  revelan la humanidad de Jesús, Juan revela su divinidad. Detrás de Jesús está el Cristo, al igual que detrás del agua del pozo está el Logos. La samaritana no comprende ¿“Es que tú eres más que nuestro padre Jacob”? (Jn 4,12) ¿Comprendemos nosotros? Judíos y samaritanos creen poseer la verdad: El verdadero templo de Dios está en Garizím, dicen los samaritanos; no, responden los judíos, está en Jerusalén ¿Está en Medinaceli, Madrid? No, responden los cofrades, está en el Gran Poder, Sevilla, con permiso del Santo Cristo de Orense; ¿Lourdes, Fátima?… Entre tanto, junto a estos iconos de la cristiandad, muchas iglesias de nuestros pueblos están faltas  de calor humano por su soledad. Judíos y Samaritanos creen tener la exclusividad divina. Ambos proceden de un mismo padre: Jacob (Israel), pero, la palabra recibida de sus antepasados, se ha convertido, simplemente, en agua. La religión de sus padres en lugar de unirles ¡hasta hoy! sigue separándoles. La samaritana, con su pregunta, deja constancia de que sabe que tiene un padre común con los judíos, pero ella se siente más hija  ¡el pozo es suyo! tan suyo, que el manantial de vida del Paraíso se ha convertido, como en el Diluvio, en muerte. Y Jesús responde: “llega la hora que ni en este monte, ni en Jerusalén adoraréis al Padre” (Jn 4,21). “Pero  llega la hora (ya estamos en ella) en que los adoradores verdaderos adorarán al Padre en espíritu y en verdad…” (4,23a). Posiblemente, como ella, seguimos esperando que alguien nos lo explique: “Se que va a venir el Mesías…cuando venga nos lo explicará” (Jn 4,21) ¿Por qué? Porque como creyentes, seguimos sin estar en el tiempo oportuno ¿Cuál es esa hora que reclama el Cristo? No la busquemos en el reloj. Pablo se lo recordará a los gálatas: “Pero al llegar la plenitud de los tiempos… (Gal  4,4). En la plenitud del tiempo de cada creyente adoramos al Padre en espíritu y en verdad. La plenitud del tiempo está aquí y ahora: en el hoy de cada finitud (ya estamos en ella). Caso contrario, el agua de vida sigue encerrada en el Pozo de Jacob, y los hijos de Israel, siguen ahogándose ¡de sed! en el líquido elemento. San Juan, en Cristo, revela esta verdad: siempre detrás del agua (pozo) y de la muerte (Lázaro) y  de la palabra (Logos) ¡está la Vida!, porque la Vida es Dios. La mujer deja el cántaro (4,28). El Cristo que nos revela Juan, finalmente, ¡no bebe, no puede beber!, porque Él es el agua del pozo de Jacob, el manantial de vida que llega hasta el mar cristológico de la Iglesia Universal, que, usando la mística del evangelista, también está detrás… del Templo.

 

ESTE ES MI HIJO, ESCUCHADLE

Desde el mensaje de Abram en el libro del Génesis a las cartas de Pablo a Timoteo hay toda una pedagogía bíblica que podemos resaltar a través de las lecturas de este próximo domingo. Abram no es todavía Abraham, aunque el autor ya anuncia lo que va a llegar a ser ¿Cómo? Afirmando que tenía 75 años (Gn 12,4) al comenzar su andadura; esta cifra no es cronológica (la media de vida por aquel entonces estaba en los 30 años), es teológica: la suma de sus dígitos es igual a 12. No en vano va a ser el padre de la fe de Israel, con sus 12 hijos, de los que se formarán las 12 tribus; el padre de la fe universal con sus 12 apóstoles, que nos dan pan de vida con los 12 canastos que sobraron de la multiplicación de los panes. Somos conscientes que con lo indicado podríamos reflexionar por tiempo indefinido, pues en esta simbólica y cabalística cifra quedan injertados todos los pueblos de todos los tiempos (12 meses del año). Aprehender el misterio de Abraham (hemos pasado del singular “Abram” al plural, pues en él estamos todos), exige salir de las ideas preconcebidas, renunciando al pasado: “… Vete de tu tierra, y de tu patria, y de la casa de tu padre, a la tierra que yo te mostraré” (Gn 12,1b), y al futuro (sacrificio de Isaac Gn 22). La meta de la fe se “alcanza” en el camino que está por descubrirse cada día. Dios siempre estará por delante de las posibilidades humanas. La humanidad sin fe, ¡se muere!

Quien descubre esta verdad, más acertadamente, quien es descubierto en ella, cambia su vida: Abram será Abraham, Jacob será Israel (Gn32,28s), Simón será Pedro (Mt 16,18), etc. El creyente al cambiar, cambia  su historia y con él su mundo: ¡se salva, quien salva! Pedro tuvo que asimilar esta verdad. La Transfiguración nos alerta de esta nueva relación en la historia. No es posible acampar individualmente con la divinidad (tres personajes, tres tiendas), si nos olvidamos de la humanidad. Mateo recuerda la teofanía del bautismo “Este es mi Hijo amado, en quien me complazco” (Mt 3,17), pero ahora, en la Transfiguración, añade: ¡Escuchadle! Mateo pide a sus lectores que escuchen su catequética. Quien no escucha, se encierra en sí mismo y pierde la relación con el prójimo. La religión tiene que religar, unir a la humanidad. Pedro quiso quedarse con la experiencia divina que emanaba de Jesús ¡como si fuera posible! Esta nueva visión, no le pertenece, de ahí que le prohíba contarla (Mt 17,9), únicamente puede ser vivida…en los demás (Simón será la primera piedra de esta nueva comunidad).

Y aquí entra la tercera lectura que nos ocupa. Vive esta verdad cristológica “quien ha destruido la muerte y hecho irradiar vida e inmortalidad por medio del Evangelio (2Tim 1,10). Escuchar el Evangelio conduce a la resurrección. Mateo lleva al lector desde la Transfiguración a la Resurrección. Con palabras del Papa: “El Evangelio de la Transfiguración del Señor pone delante de nuestros ojos la gloria de Cristo, que anticipa la resurrección y que anuncia la divinización del hombre” (mensaje para la Cuaresma del 2011). Ser alcanzado por esta divinización exige asumir plenamente la humanidad donde la muerte ha sido destruida. Quien experimenta esta fuerza no puede quedarse apartado del resto de sus semejantes (acampado en tiendas), tiene que ser rio que lleve al mar. La vida tiene que fluir, las aguas “fluviales” del bautismo no se pueden paralizar, están creadas para influir en los demás. Quien se haya dejado encontrar por esta dinámica sabe que no puede poner diques al Espíritu, ya que en ese instante perdería la visión de Cristo y volvería a introducirse en la esfera del ego, que por no saber escuchar nace, no para la vida (bautismo), sino para la muerte.

 

 

LAS TENTACIONES

¿Deben los creyentes huir de las tentaciones porque son malas? Antes de responder a este interrogante, observemos  las diferencias que existen entre los evangelistas al mencionarlas en sus textos:  El tentador que en el A.T es Dios (Dt 8), en el N.T. es Satanás (Mt 44,1); Marcos, no enumera tentación alguna, ¡son tantas en cada vida!(Mc 1,13); él y Lucas indican que Jesús fue tentado durante cuarenta días (Lc 4,2);  Mateo señala que fue tentado únicamente al final (Mt 4,2) y su teología retorna al pasado de Israel; la de Lucas, contrariamente, se dirige hacia el futuro (historia universal). Las diferencias pueden ser extremadamente sutiles: la segunda tentación de Mateo (Mt 4,5), Lucas la sitúa en tercer lugar (Lc 4,9); el plural de las piedras y los panes de Mateo (Mt 4,3), se convierte en un singular en Lucas (Lc 4,3); Mateo, tras las tentaciones, abandona al diablo; Lucas le vuelve a dar protagonismo al final de su obra (Lc 22,3); la visión de Mateo es desde un monte muy alto (Mt 4,8); en Lucas se convierte en una altura con visión fantasmagóricamente instantánea (Lc 4,5), etc. Estas diferencias retratan la particular teología de cada evangelista. Aquí, una vez señaladas, nos limitaremos a reflexionar sobre el significado bíblico de la tentación, dejando al lector las pistas enunciadas para, si lo estima conveniente, meditarlas desde su particular vivencia.

La respuesta a la pregunta inicial es la siguiente: no, porque las tentaciones son amorales. En la Biblia, tentar algo, es sinónimo de conocer. Cuando tentamos un objeto o un sujeto, nuestro cerebro traduce (aprende) lo que estamos tentando o tocando. Jesús como hombre fue tentado durante toda su existencia y gracias a este constante aprendizaje “progresaba en sabiduría, en estatura y en gracia…” (Lc 2, 52). Dicha existencia, como reiteran los evangelistas, queda simbolizada con la cifra 40, que era con la que la sociedad hebrea representaba los años de una generación, sea la de los 40 días del diluvio, la de los 40  años de Israel en el desierto, o los 40 años del reinado de Salomón (2Re 12,42), aunque, de hecho, los años cronológicos fueran otros. Asimismo, la palabra “desierto”, tal y como menciona Marcos, es sinónimo de soledad, interioridad (Mc 1,35.45; 6,31s). Por tanto, Jesús fue tentado en su desierto (interioridad –Os 2,16-) durante toda su vida ¿Dónde está la maldad de este conocimiento? En ninguna parte; el ser humano, necesita de un constante crecimiento, que se adquiere, bíblicamente hablado, a través de la tentación (conocimiento, así, “conoció el hombre a Eva, su mujer -Gn 4,1-). Por supuesto que este saber nos puede conducir, en virtud de nuestra libertad, a obrar erróneamente, pero la culpa no es del saber, sino del mal uso que hacemos de él. Mateo y Lucas enumeran tres tentaciones: alcanzar la seguridad material, religiosa y política. Lamentablemente, hay cristianos que tienen, como objetivo en sus vidas, igual meta. El Papa avisa en su libro Jesús de Nazaret  que este error, si cabe, es peor en el ámbito religioso, donde se pretende  alcanzar una perenne certidumbre al pensar que, “el lugar más seguro para el creyente, es el recinto sagrado del Templo” (pg. 59). Un camino equivocado en el que sucumbió Israel, y venció Jesús. La meta de la religión no es dar seguridad, sino servir de vehículo donde exponer el misterio que somos y nos remite a Dios. Si es así con el ámbito espiritual, sobra comentario alguno con el material y/o político. El conocimiento (tentación) de estos ámbitos no es malo, dedicar la vida a ellos como fin último, sí, porque igual que entonces, hoy, el hombre sigue sin estar hecho para el sábado (sitúe el lector en este día todos los objetivos, incluidos los sagrados) porque su meta, según el Evangelio es Dios… en el otro.

 

Fe y obras

Recuerde el lector que nos sigue en estas reflexiones, la que en su día propusimos bajo el título “fe y ciencia”. Seguidamente lea las lecturas de la liturgia de este próximo domingo; en ellas  observamos que Pablo indica lo siguiente:” el hombre es justificado por la fe, sin las obras de la ley” (Rm  3,28). Esto es así, siempre que entendamos que lo importante en la Biblia no es lo que dice, sino lo que quiere decir; Santiago, en su epístola aclara que “¿de qué le sirve a uno alegar que tiene fe, si no tiene obras?” (San 2,14). ¿Cómo solucionar esta contradicción? ¿A quién escuchamos a Pablo o a Santiago?  ¿Las obras son más importantes que la fe, o viceversa?

Los creyentes que crean conseguir el cielo a través de las obras que realizan, que escuchen a Pablo: “las obras no justifican”  ¿Por qué? Porque no existe obra alguna, aunque sea para el cumplimiento de la Ley de Moisés, que pueda conseguir el infinito de Dios. No es el número de misas oídas lo que nos salva, sino la Eucaristía vivida en común-unión, ¡tanto en el templo, como fuera de él! Cuando nuestra creencia nos une, actuamos conforme a lo que creemos y en esta conjunta actuación (común-unión), que emana de la fe crística, nada de nuestro prójimo nos es ajeno. Lo importante no es lo realizado, sino la fe recibida que, de hecho,  nos lleva a actuar, por Cristo y en Cristo, a favor del necesitado. Desde esta perspectiva cristológica, olvidémonos de las obras, ya que lo que nos salva es la Fe. Caso contrario (y es contra lo que arremete Pablo), podemos llegar a la conclusión que somos capaces de llegar al cielo por nuestras propias fuerzas (obras).

Existen otros creyentes, como anuncia Mateo, que creen que por decir: Señor, Señor, entrarán en el  Reino de los Cielos (Mt 7,21). A estos dirige Santiago su reflexión cuando afirma que de nada vale la fe sin obras. Todos conocemos el popular dicho de “A Dios rogando y con el mazo dando”. Si tenemos fe, por las obras nos conocerán. Si somos de Cristo, somos del necesitado, que es la única forma que tenemos de poner en práctica la fe.  San Juan, en su evangelio, es muy explícito al respecto; pone en labios de Jesús la reiterada pregunta ¿“Pedro me amas”? (Jn 21). Y Pedro, que nos representa a todos, no deja de repetir que sí; la insistencia de Jesús hasta alcanzar simbólicamente el número tres nos revela que es Cristo resucitado el que habla. Tres veces le pregunta, y Pedro, que se encontraba, como tantas veces el creyente, en personal diálogo con la divinidad, seguía, a pesar de la insistencia de Cristo, sin enterarse del porqué de esta insistencia !No es posible ser cristiano y limitarse a rezar!  Pedro está con Cristo, tan a gusto, diciéndole, más bien, diciéndose a sí mismo  que le ama;  pero sigue (seguimos) sin enterarse. Por fin responde “tú lo sabes  todo” que es como responder ¿qué quieres decir?  Y en ese” instante” aprehende que no es posible amar a Cristo  (decir Señor, Señor)y no estar trabajando por el Reino: “Apacienta mis ovejas”. Desde ese momento, su fe será reconocida por las obras que emanan, no de su actuar, sino de Cristo; su amor a los demás será la máxima expresión de su creencia. Por ello, Pedro, y con él la Iglesia, sabe que no nos salvan las obras, sino Cristo obrando en nosotros, ¡reencarnándole! en el tiempo que nos toca vivir ¿Cómo?: no sólo oyendo “interiormente” su palabra (fe), también es necesario   ponerla, “exteriormente” en práctica  (obras)(Mt 7,26) Y es que, se mire por donde se mire, es decir, con Pablo, con Santiago, con Mateo, con Juan (por citar a los aquí aludidos), en eso consiste ser cristiano…o, caso contrario, seguir escuchando las palabras de Cristo: “Jamás os conocí, apartaos de mí… (Mt 7,23) y el que tenga oídos…

 

 

No os preocupéis del mañana (Mt 6,24-34)

El texto que nos ocupa diera la impresión que lo mejor para el ser humano es vivir sin preocupación alguna; con palabras de la sabiduría popular “tumbarse a la bartola” o “aquí me las den todas”. Nada más lejos de la realidad ¿Por qué? Porque lo que reclama esta lectura de Mateo es vivir cada instante como si el tiempo no existiera, porque de hecho para el evangelista “el Reino de Dios ha llegado” (4,17b). Marcos, había hecho explícita esta verdad indicando en su evangelio que “el tiempo se ha cumplido y el Reino de Dios está cerca” (Mc 1,15). El interrogante que hemos de formularnos para aprehender el mensaje implícito en estas lecturas es si para nosotros el tiempo se ha cumplido o no. Mateo se sitúa en la vivencia del tiempo cumplido, donde el Reino ha llegado; Marcos se sitúa en el principio del final del tiempo donde el Reino está cerca. Ahora bien, tanto una como otra opción, coloca al creyente en la esfera del “no tiempo”, o “plenitud de los tiempos”.

Leamos las lecturas que nos propone la misa del próximo domingo desde esta vivencia de la llegada del Reino donde el tiempo ha sido cumplido. Pablo avisa a los de Corinto que incluso, no deben juzgar nada hasta que venga el Señor (1 Cor 4,5.). Esta experiencia del “no tiempo” implica vivir cada instante (de hecho es lo único que tenemos), con total novedad (Evangelio). Desde esta virginal novedad, el pasado tampoco existe pues es muerte y por tanto hay que dejarlo en la cruz (en ello consiste estar dispuesto a perder la vida para ganarla). Quien vive del pasado, incluso psicológicamente hablando, vive la muerte (tiempo). Hay que crucificarlo, es decir, perder lo que creemos que es vida, para estar abiertos al “presente” (“regalo” de Dios), que es lo único que verdaderamente poseemos. Desde esta radical experiencia del “no tiempo” hay que escuchar cada instante, y descubrir, “admirar” la belleza que nos rodea y que Mateo nos recrea (6,24-30), al recordar uno de los tantos presentes (regalos) del Creador: aves, lirios, campo, hierba, etc. pues es, ¡siempre es! (Yahvé, el que Es), en este instante donde Cristo nos sigue hablando.

En definitiva: quien vive cada instante, experimenta el no tiempo y por tanto, la “despreocupación” del mañana: vive la novedad del Evangelio donde todo es radicalmente nuevo; quien vive del pasado se preocupa por el futuro y se olvida de lo que realmente hay que trabajar, el presente, donde cada día tiene su propio afán, y en el que hay trabajar lo que está por-venir. Ahora nosotros tenemos que elegir…

Y LA PALABRA SE HIZO CARNE

Dice un proverbio budista que “cuando la palabra no sea más bella que el silencio, no la pronuncies” Nuestra sociedad, sin embargo, parece haber banalizado la palabra. El Papa Benedicto XVI ha recordado la sacramentalidad de la palabra en su reciente Exortación Apostólica Postsinodal. El cristiano eleva la palabra a la categoría de sacramento cuando afirma con el evangelista San Juan en el capítulo 1 de su evangelio: “En el principio existía la Palabra y la Palabra estaba con Dios…Y la Palabra se hizo carne y puso su morada entre nosotros” (Jn 1.1.14). El simbolismo del “logos” supo expresarlo San Juan tan humanamente en la sociedad greco-romana, que la divinizó.

De hecho, la Biblia desde su primera página sitúa a la palabra en el origen de la humanidad. “Dijo Dios” (Gn 1,3). El Universo llevaba millones de años existiendo y en su perfecto orden creacional ¡era un caos, confusión y oscuridad para el homínido! (Gn 1,2). ¿Cuándo comenzó a revelarse como creación? Cuando por primera vez aquel homínido se transformó en Adán y Eva al escuchar “el decir de Dios”.

Para que alguien aprehendiera que Dios habla, fue preciso que alguien escuchara. La historia de la creación es la historia de la comunicación de la palabra, la historia de la relación entre su origen (Dios) y el ser humano. El evangelista Juan supo transmitir este misterio dentro de la filosofía griega que le rodeaba. Esa palabra, que es Dios desde los orígenes, se hizo hombre en Cristo y sigue haciéndose hombre/mujer en todos los que, con el Papa, la siguen sacramentalizando.

El hombre, a través de la palabra, trasciende la materia y puede comunicar a través de signos (escritura) un metalenguaje más allá de lo expresado. De ahí que Cristo avisara del error de quedarnos en lo escrito “la letra mata”. La letra, que para el creyente es religión, ha de remitirnos a un ámbito del ser distinto del de la experiencia. Ese ámbito es el de la sacramentalidad que recuerda Benedicto XVI. Dios reveló en Cristo la divinidad de la Palabra. Jesús acampó entre nosotros, Cristo que es la eternidad del Jesús temporal, sigue acampando entre los cristianos. De ahí la enorme trascendencia que tiene la palabra y el silencio (oración), en la vida de los que trascendiendo la carne, se saben hijos de la Palabra.

HABEIS OIDO DECIR… (Mt 5,17-37)

Explicar en este breve espacio las lecturas del próximo domingo, es tarea casi imposible. No obstante, vamos, al menos, a intentar aproximarnos a la hermenéutica del texto mateano. Dejamos al lector su personal, y posterior reflexión.

¿Quién no ha regañado y/o llamado imbécil a su hermano (vecino, vecina, esposo, etc.) ¿Quién, siendo hombre, no ha deseado la belleza de una mujer, o siendo mujer, la de un hombre? Si por estas acciones somos reos del infierno eterno, lectores que seguís estas reflexiones, os recomiendo apagar el ordenador, y comenzar, como sugiere la lectura, a arrancaros los ojos, las manos, las orejas, en definitiva la vida, porque ¡no hay quien se salve!

¿Cómo hacer comprensible este texto, si, a primera vista, es incomprensible? Precisamente en lo paradigmático de este comportamiento está la respuesta: la ética que propone Jesús, está formulada de manera que no pueda cumplirse ¿Cómo despejar esta paradoja? Jesús, que al margen de sus estudios (que se desconocen, aunque José debió ser como era habitual en aquellos tiempos, su mejor maestro), tenía una sabiduría fuera de lo común. La ética llamada del monte (para compararla con la de Moisés), propone unos comportamientos que al ser imposibles cumplirlos (absurdo acompañar a alguien dos millas, si únicamente va a recorrer una -Mt 5,41-), se solicite la ayuda divina. ¡Ese es el propósito de Jesús! Desconfiar de las propias fuerzas, pero sabiendo que todo es posible, si se confía en Dios.

Israel se había convertido en un funcionario de la Torá. A veces nosotros también nos creemos que por cumplir los preceptos de la ley, tenemos derecho a una acción (como en bolsa) para habitar en el cielo. Nuestro mundo finito no puede comprar el infinito de Dios. ¿Por qué? Porque Él, ya nos lo ha dado… pero hay que descubrirlo, ¡hay que dejarse descubrir en Él! No es preciso tocar ni una tilde de la letra, ¡siempre que sepamos reinterpretarla! (habéis oído decir, pues yo os digo –Mt 5,21s-)

Dios, como entonces, sigue hablando en la creación, y la ética, aunque sea la de Moisés, precisa de una constante refundación. Es esta constante refundación el fundamento básico del comportamiento humano. De ahí que Jesús la reformule constantemente al decir: Habéis oído decir…. Pues yo os digo (es así que el repudio admitido en la Ley de Dios, Jesús los prohíbe; asimismo, el juramento, etc).

Este nuevo decir que reclama el evangelio es el fundamento ético que exige al hecho religioso (religiones), su constante renovación a través del Espíritu. Dicho en Román Paladino: renovarse o morir.

…QUE VEAN VUESTRAS BUENAS OBRAS (Mt 5, 13-16)

Las lecturas del próximo domingo nos acercan, como pocas, a las vivencias del Jesús de la Historia. Al Jesús que confesamos Hijo de Dios porque proclama que el Reino ha llegado, en virtud de que se anuncia a los pobres la Buena Nueva (Mt 7,22). El Evangelio revela especialmente la humanidad querida por Dios desde los orígenes. Y es en esa humanidad (Cristo), donde se va a revelar la divinidad.

La máxima expresión-revelación de Dios, es el hombre, por tanto, si creemos en él, no podemos despreciarlo. “Si quieres ser la Iglesia de Dios, preocúpate ante todo del pan para el mundo, lo demás viene después”. Esta frase es de Benedicto XVI en su reciente obra sobre Jesús de Nazaret.

Mateo, en la lectura de hoy, nos recuerda que son las buenas obras las que glorifican al Padre. El Reino de Dios y la glorificación de su nombre, que rezamos en el Padre Nuestro, se actualizan en nuestro mundo cuando trabajamos, cada uno con los talentos que Dios le haya dado, por el pan nuestro de cada día.

Cuando Pablo en la carta a los Corintios anuncia al Jesús clavado en la cruz (Cor 2,1-5), el cristiano del siglo XXI, tiene que actualizar esa imagen en las necesidades que hoy tenga nuestro prójimo (prójimo no es únicamente el que está cerca de mí, sino aquél a quien yo me aproximo). La gloria del creyente no está en conseguir una vida eterna, sino en luchar día a día por una vida más justa, sólo así se experimenta y revela en el tiempo… la eternidad. Quien trabaja por erradicar el hambre y la sed de justicia, se revela como luz ante la oscuridad, como la sal que alegra los alimentos. Con palabras del Papa que actualizan las lecturas bíblicas de la liturgia de este próximo domingo, primero esto…!lo demás viene después!

CONVERSIÓN DE SAN PABLO

Acabamos de conmemorar la fiesta de la conversión de San Pablo. Discípulo de uno de los sabios de entonces, Gamaniel. Pablo de Tarso, judío y ciudadano romano, buscador de la verdad se convirtió al cristianismo a fuerza de perseguir a los cristianos.

Con palabras de Benedicto XVI el pasado 25 de Enero con motivo de esta conversión: “San Pablo se encontró antes con la Iglesia que con Jesús” Un hombre celoso de su creencia, comprobó que sus credenciales para perseguir cristianos (posiblemente fue quien encarceló a Esteban y ordenó su lapidación), le llevaron a comprender la creencia de aquellos hombres que formaban las primeras comunidades cristianas. Y un día de aquellas persecuciones, a las puertas de Damasco, el hombre que creía conocer las Escrituras y ver la verdad, ante los cristianos, se quedó ciego. Y al caer de las creencias que había sostenido hasta ese momento (caída que le duró cerca de veinte años), se encontró con Cristo: “¿Pablo por qué me persigues”? Ciertamente que él había perseguido a los cristianos (Iglesia), pero Jesús se identifica con la comunidad a la que persigue el Apóstol: Iglesia (en cuanto comunidad de creyentes) y Cristo, son una misma realidad.

Lucas, autor del libro de los Hechos de los Apóstoles (al comienzo de la era cristiana este libro formaba parte de su evangelio), explica en su teología que la ceguera de Pablo desapareció al cabo de tres días (cifra simbólica que representa a la divinidad en los textos bíblicos), precisamente cuando esa Iglesia a la que ha estado persiguiendo acude a su encuentro a través de Ananías (Hch 9,9ss) y acoge al converso. Asumir a la divinidad (tres) y ser acogido en la comunidad, nuevamente se identifican en la conversión. Por esta razón Lucas revela que Pablo vio la Verdad. El que creía ver…se queda ciego y es en ese tiempo divino (los tres días que pasan desde el encuentro en Damasco y la acogida de Ananías), que comienza la “metanoia” (cambio) del Apóstol y comienza a ver lo que, a partir de ese instante eterno (cada instante vivido siempre es eterno), va a ser la revelación de la Nueva Buena” en su vida que, por estar fuera del tiempo (Cristo) llega hasta nosotros con la misma fuerza (Espíritu) de entonces.

FE Y CIENCIA

El Papa Benedicto XVI recuerda, especialmente a los cristianos, tanto en sus últimos documentos como en sus homilías, que es preciso “Promover un fecundo diálogo entre razón y fe”; Por tanto, encontrar el puente entre FE y razón (ciencia) es unas de las tareas más urgentes del cristianismo actual. La FE es otra de las virtudes humanas que nos remite al ámbito de lo divino ¿Cuántas veces hemos oído exclamaciones como la siguiente? “Tú hablas así porque tienes fe, yo no tengo fe… aunque quisiera”. Esta afirmación, antropológicamente hablando, no es posible en el ser humano (aunque de hecho se dé) Todos los seres nacen con FE. La FE es un don que nos viene dado y que, dependiendo de la personal creencia, nos remite, o no a Dios.

La FE, como las piernas (sirva de ejemplo), las tenemos desde el nacimiento. Es más, desde la concepción cristiana de la historia, decimos que la FE es universal, es decir, católica (el significado de la palabra católica no es otro que universal). Dicho esto, nos remitimos a lo expresado anteriormente. Todo ser humano nace con FE. Cosa distinta es observar lo que hacemos con este don. Gracias a él, podemos creer libremente y elegir en nuestro devenir las opciones que nos parecen más acertadas.

Siguiendo el ejemplo anterior. Al nacer con piernas (FE), podemos andar, correr, saltar, quedarnos tumbados, sentados, etc. Cualquier elección precisa de las piernas que previamente tenemos. Asimismo, cualquier creencia, precisa de esa virtud que los cristianos llamamos FE (es preciso trascender la palabra para aprehender su genuino significado). Lógicamente si partimos de la base que la FE es universal, nuestra creencia, ha de ser, a la vez, universal, ya que si no fuera así, no podríamos confesar que la FE es católica. De ahí que la creencia que emana del evangelio ha de ser universal. Por esta razón los creyentes cristianos decimos que nuestra religión es católica (nada humano nos puede ser indiferente).

La FE emana de Dios, al igual que la creencia emana del ser humano. Gracias a la FE puedo creer o no creer. Aquella persona que afirma no creer en Dios, de hecho ¡cree que Dios no existe!, exactamente igual que aquél que ¡cree que Dios existe! La libertad de elección es humana (creencia, religión), gracias al don previo (FE) que es divino.

Explicados los dos sintagmas: Fe y creencia y la necesidad del primero para que se dé el segundo. Concluimos esta primera parte de la reflexión: todas las personas nacen con eso que, desde la creencia católica, llamamos FE.

La FE posibilita a todo ser humano a creer. Todos creemos, aunque, por supuesto, no todos creemos lo mismo. Igual que por el hecho de tener piernas, no todos bailan. Los hay, que permanecen sentados durante su existencia, limitándose a criticar a los que se arriesgan. La creencia es una necesidad vital desde los orígenes. Tal es así que en nuestros mitos bíblicos (forma de expresar la verdad más allá de todo tiempo), decimos que el ser humano es imagen del Creador (Gn 1,27), ¿Por qué? Porque es imposible creer y no crear.

El ser humano, lo es, porque en virtud de la FE puede libremente creer. Pues bien, quien cree no puede dejar de crear. Si yo creo posible algo (si lo creo es que no tengo evidencia de ello) necesito hacerlo evidente, es decir, necesito crearlo. Si, por ejemplo, yo creo que el mundo está mal, necesito crear nuevas condiciones que lo cambien (todos tenemos un mundo que cambiar… ¡el nuestro!). Si yo creo (de creer) que las sillas son muy incómodas, necesito crear unas que no existen y que previamente sólo están en mi mente.

Creer y crear es un binomio inseparable. No puedo crear si previamente no he creído, ni puede creer si posteriormente no creo (de crear). Observemos que el presente de indicativo de la primera persona del verbo creer y crear se declina de la misma manera ¡yo creo!

Yo creo, tanto para creer como para crear. De ahí que Biblia nos diga que desde el principio de la creación el ser humano es imagen de su Creador. Dios pensó un universo (de creer) y creó (de crear), la creación y ahora, mientras Dios descansa en el séptimo día, los humanos (para serlo), tenemos que seguir creando (Gn 2,3).

No es baladí que la ciencia tal y como la conocemos, se haya cultivado en ambientes donde la religión ha roto el eterno retorno de la naturaleza (recuerdo la frase del doctor en física Stanley Jaki,: “No es accidental que la ciencia naciera en un contexto cristiano, y no en un contexto árabe, babilónico, chino, egipcio, griego, hindú o maya donde la ciencia, según la conocemos, nació muerta”.

El Dios de los cristianos es histórico y si bien no hace la historia, hace que la historia se haga… pero a través del hombre. Desde los orígenes creer y crear marcan la impronta de la antropología bíblica. Y es precisamente esta impronta la que abre a la ciencia, es decir, a la creatividad, un mundo pendiente de descubrir, de revelarse ante nosotros y que únicamente aguarda a que tú, lector que reflexionas conmigo, creas posible crearlo en el día a día de tú creación.

Conclusión final: La FE (virtud que en cristiano llamamos teologal pues procede de Dios) nos permite ser personas, es decir, creer; ahora, y en virtud de lo que libremente haga con la creencia, transformaré la religión, la razón, la ciencia, etc. para crear unos nuevos cielos y una nueva tierra como Cristo nos enseñó… caso contrario…

La FE, por tanto, no va contra la ciencia, bien al contrario es el motor que la genera. Con palabras del profesor Rof Carballo (que fue eminente catedrático de medicina, endocrinólogo y miembro de la Real Academia Española). “La ciencia más audaz espolea a la fe más bien que a la duda”

Un científico ha de ser forzosamente creativo y creer que todo puede cambiar (“metanoia” como ya explicamos en otra reflexión), que es la exigencia previa para entrar en la economía de los Hijos de Dios. La ciencia no puede ir contra la FE porque es la energía que la hace posible. San Agustín tenía una frase del Libro de la Sabiduría que repetía frecuentemente y que hacemos nuestra: “Dios ordenó todas las cosas por su medida, su número y su peso (Sab 11,21). Asimismo, el Eclesiástico proclama que “Dios ha impuesto un orden sobre las grandezas de su sabiduría y existe desde el principio al fin de los siglos (Eclo 41,21)

Ahora, como entonces, nos toca especialmente a los cristianos hacer que ese orden prevalezca y se transforme por los siglos de los siglos.

EL BAUTISMO DE JUAN (Jn 1,29-34)

Hoy como entonces existen creyentes que equivocan el bautismo de Juan con el de Jesús. Cierto que la tradición representa el bautismo cristiano como el del Bautista, a través del agua.

Hoy deseamos reflexionar sobre el bautismo de Juan. Los pasajes evangélicos son bastantes elocuentes. Marcos lo narra, pero, le resulta tan extraño, que inmediatamente explica la teofanía (Mc 1,9-11). Mateo, que dirige su evangelio a los judíos, necesita intercalar el motivo de este bautismo “Soy yo el que necesita ser bautizado por ti” (Mt 3,13-17). Lucas, curiosamente, encarcela a Juan antes de que Jesús fuera bautizado (¿quién lo bautizó?), (Lc 3,19-22). Hemos escuchado esta semana en la misa dominical que el evangelista Juan, simplemente, omite el bautismo y narra en tercera persona la teofanía, resaltando la necesidad del testimonio (exigencia de aquellas comunidades cristianas del inicio del siglo segundo d.C. Conclusión: el bautismo de Jesús por Juan trajo muchos problemas a las primeras comunidades cristianas, por tanto, nos encontramos ante un hecho real, que jamás se habría inventado la naciente Iglesia.

Jesús, en cuanto hombre, asumió el pecado colectivo de Israel, como Esdras o Nehemías, aunque éste, no fuera su pecado personal. Pero Jesús, como Juan Bautista, tenía que asumir la necesidad del cambio (metanoia). Los evangelistas, cada uno a su estilo, reclaman la necesidad del cambio. No se puede ser cristiano, si previamente no se está dispuesto a cambiar. Zacarías, el padre del Bautista y como hoy muchos cristianos, tampoco entendía la necesidad del cambio. Así el hombre de Dios que por ser sacerdote predicaba con la palabra, cuando tiene una experiencia de Dios (el día que le tocó en suertes entrar en el templo), se queda mudo (Lc 1,5-22).

Juan tampoco comprende la actuación de Jesús (¿eres tú el que ha de venir, o debemos esperar a otro?) (Lc 7,19). Cristo sobrepasa cualquier posible cambio. El Evangelio o es constante novedad o no es “Buena Nueva”. De ahí que antes de vivirlo sea preciso querer cambiar. Este cambio o “metanoia” es el que representa Juan con el agua, donde el neófito, al salir del líquido elemento, objetiviza el cambio interior que reclama el bautista para entrar “virgen” en la nueva economía de salvación. Pablo, diríamos hoy, se apeó del burro (la caída del caballo también es una metáfora que nunca existió). Pablo era un erudito de las Escrituras, pero al encontrarse con la divinidad (el Resucitado), le ocurrió igual que a Zacarías, tuvo que cambiar su vida, sólo así Cristo, sigue actualizándose en cada creyente.

De ahí que digamos con Pablo que es preciso “renovar el espíritu de nuestra mente” (Ef 4,23). Quien está dispuesto a cambiar podrá posteriormente asimilar el bautismo del Espíritu que Cristo nos propone y con el evangelista Juan observar la teofanía que es un adelanto de la resurrección. Pero ayer, como hoy, hay que tener “ojos” para verla y proclamar: “Y yo lo he visto y doy testimonio…”(Jn 1,34).

AMAD A VUESTROS ENEMIGOS

Las lecturas de este domingo nos indican que hay que amar al enemigo. ¡Imposible! ¿Cómo amar al que odias? O negro o blanco. Y Jesús (como ya explicamos con la reflexión de la pasada semana, de la que ésta es su continuación), reclama un comportamiento que ante la imposibilidad de su cumplimiento, nos obligue a ponernos en las manos del Padre. Al enemigo, si lo es, no se le puede amar; cosa distinta es que ante el amor previo recibido del Padre, uno (el creyente), opte por amar, y el enemigo, ante esta opción del creyente, deje de serlo; sólo entonces, ¡se le puede amar! Pero es que en ese instante, ya no es enemigo.

Padre, perdónales, porque no saben lo que hacen (Lc 23,34). Esta frase, propia de la teología lucana, nos acerca a la comprensión de lo que, en principio, parece incomprensible. El cristiano que vive la experiencia de Dios desde la humanidad revelada en Cristo, queda situado en una “perspectiva de universo” totalmente distinta  (cambio del Antiguo al Nuevo Testamento). Desde esta nueva visión  de la humanidad, el Templo vivo de Dios es la persona (1 Cor 3,16). A partir de esta experiencia, todo cambia. Cuando el Amor inunda, el odio desaparece (ya no vale el ojo por ojo del código de  Hammurabi que hizo suyo Moisés).  

 El creyente situado en la esfera de Cristo, cambia de perspectiva y desde ella, ni hay enemigos, ni sabiduría, ni maestros, ¡ni padres!, etc.  (Mt 23,8s): ¡Hay Cristo! y en Él todos, y todos en el Padre (1 Cor 3, 23). ¿Cómo sentir odio si lo que invade es el Amor? ¿Podría el lector de esta reflexión, odiar a su hijo, que por ser bebé, no para de llorar noche tras noche? No es posible, ¡aunque nos haga daño, jamás será nuestro enemigo! no le podemos odiar porque lo que sentimos hacia él es amor.

 Quien comprende esta particular situación, puede entender que exista otra (la de los cristianos) que por saberse hijos de un mismo Padre, sean incapaces de sentir odio, por aquellos que, fuera de esta nueva perspectiva cristológica, serían enemigos, pero que desde ella, simplemente son ignorantes. Y el que tenga oídos…

 

LA ESPERANZA

Comienza el año 2011. Todos nos deseamos felicidad. Y es bueno que así sea. Sin embargo, el cristiano no vive de deseos. En gran medida los deseos son utopías que no se cumplen. El Evangelio y en él, Cristo, nos revela la palabra clave que la tradición de la Iglesia ha convertido en virtud teologal: la esperanza. Vivimos unos momentos en el que muchos parecen haberla perdido. El ser humano no puede vivir sin esperanza. La necesitamos como el aire que respiramos. La esperanza no es utópica porque no parte del deseo. Parte de una experiencia de vida. Asimismo, y como ejemplo, podemos afirmar que la madre en gestación “no desea” el hijo que lleva en sus entrañas ¿Por qué? Porque ya lo tiene, lo siente, aunque no lo vea, late en su ser, por ello, aunque todavía no lo tiene en sus brazos, ¡lo espera! Así el cristiano, vive la experiencia del resucitado, no de una forma total, porque él tiene que participar durante el año que comienza con su propio ser de esta revelación-gestación, que si bien, no es plena (nada verdaderamente humano está hecho, todo se está haciendo), es real. Tan real que en la Parroquia vivimos eclesial y litúrgicamente esta experiencia durante todo el año.

Confiamos y esperamos que el año que comienza sea feliz, es decir, bienaventurado. Y con Lucas en el libro de Hechos de los Apóstoles reconocemos que la vida es un don previo que los cristianos hacemos propio cuando con Cristo sabemos que “Hay mayor felicidad en dar que en recibir” (Ech 20,35) (este dicho que no aparece en ningún evangelio, es posiblemente uno de los que nos acercan a la figura del Jesús de la historia). Por tanto, dichoso año 2011 para aquellos que esperan un nuevo cielo y una nueva tierra porque trabajan para hacerlo plenitud en la humanidad (cada ser humano tiene su familia, sus amigos, su parroquia, su pueblo donde esa humanidad se hace objetiva cada día) y reconocen en su corazón, con Cristo y por Cristo que el comienzo de esta esperanza parte del don de la vida que previamente Dios nos regaló y así creemos que una de las formas más bellas y felices de ser imagen del Creador, es, a su imagen y semejanza, más que dar, darse a los demás, como Él, en Cristo nos enseñó.

Feliz año 2011

…Y DESPUÉS DEL NACIMIENTO, ALGUNOS VIERON SU LUZ.

…Y DESPUÉS DEL NACIMIENTO, ALGUNOS VIERON SU LUZ.

Los magos de oriente

Nació y sigue naciendo cuando la fe nos hace proclamar que somos hijos de Dios. Pero su luz, a veces, sigue permaneciendo oculta. La consecuencia, ayer, como hoy, es terrible, dado que los inocentes siguen sin conocerla. El capítulo 2 del evangelio de Mateo es tan real en nuestra sociedad como lo fue en la de Jesús. Los magos (que ni son tres ni conocemos sus nombres), que representan al mundo profano ven en las estrellas (la ciencia de entonces), el anuncio de la oficialidad judía. Pero aquella oficialidad desconoce la verdad. Aquellos que deben ser luz para las naciones, como las vírgenes del evangelio, se han quedado sin aceite para sus lamparillas. Así la estrella que ha conducido a los magos durante interminables jornadas, se oscurece a escasos 10 Kms de distancia de donde se encuentra el Niño Dios. Y ayer, como hoy, son los inocentes los que siguen muriendo sin conocer que la muerte no existe para la vida que Cristo desde la cuna viene a donar al mundo.

La estrella sigue iluminando aquel eterno nacimiento. Ahora, como entonces, nos podemos quedar con los regalos (oro, incienso y mirra), pero su simbología alcanza y trasciende los tiempos cibernéticos de la actualidad. Podemos buscar en Internet la noticia de aquél nacimiento, pero su luz (estrella), no está en la red, continúa brillando en los corazones de los hombres y mujeres de buena voluntad. ¿Ocurrirá como entonces? ¿Seremos ahora los cristianos los que oficialmente apagamos la estrella? ¿Seguirán viniendo los de fuera (magos), a enseñarnos la inocencia virginal del Amor? ¿Iremos buscando como las vírgenes falsas del evangelio el aceite para las lamparillas sin vivenciar que la luz para el mundo sigue alumbrando en el corazón de la gente de buena voluntad?

Como entonces meditemos con Mateo si no somos los “oficialmente creyentes” los que a veces hacemos desaparecer la estrella. Ayer como hoy las consecuencias siguen siendo desastrosas. Y el que tenga oídos para oír…

Constantino Quelle

Teólogo

Reflexiones sobre la Navidad

La Navidad, para algunos, es alegre cuando en la mesa hay suficientes viandas para llenar el estómago… pero eso no es Navidad.

La Navidad es, junto a la resurrección, el alfa y omega del creyente cristiano. Aquella singularidad que aconteció hace veintiún siglos, seguirá siendo motivo de felicidad si, hoy se revela a través de la fe, que aquel milagro del nacimiento del Hijo de Dios, sigue realizándose en cada niño que nace. Y hoy, como entonces, todos llevamos dentro a ese niño que precisa de amor. La experiencia de ser hijos de Dios es tan novedosa ayer como hoy. ¡PARIR AL CRISTO QUE LLEVAMOS DENTRO! es ser la Iglesia que junto a María supo ver Lucas en su particular pentecostés. El “fiat” de María a la llegada del niño Dios, es el del cristiano que se abre cada día a la buena nueva (evangelio) de una creación que espera, y la Navidad es esperanza cuando el amor llena, no sólo la mesa de los hogares, sino el corazón de los hombres y mujeres de buena voluntad.

Feliz Navidad a todos.

Constantino Quelle

Teólogo.