Y LA PALABRA SE HIZO CARNE
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- Categoría: Reflexión
- Publicado en Jueves, 03 Marzo 2011 23:39
- Escrito por Super User
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Dice un proverbio budista que “cuando la palabra no sea más bella que el silencio, no la pronuncies” Nuestra sociedad, sin embargo, parece haber banalizado la palabra. El Papa Benedicto XVI ha recordado la sacramentalidad de la palabra en su reciente Exortación Apostólica Postsinodal. El cristiano eleva la palabra a la categoría de sacramento cuando afirma con el evangelista San Juan en el capítulo 1 de su evangelio: “En el principio existía la Palabra y la Palabra estaba con Dios…Y la Palabra se hizo carne y puso su morada entre nosotros” (Jn 1.1.14). El simbolismo del “logos” supo expresarlo San Juan tan humanamente en la sociedad greco-romana, que la divinizó.
De hecho, la Biblia desde su primera página sitúa a la palabra en el origen de la humanidad. “Dijo Dios” (Gn 1,3). El Universo llevaba millones de años existiendo y en su perfecto orden creacional ¡era un caos, confusión y oscuridad para el homínido! (Gn 1,2). ¿Cuándo comenzó a revelarse como creación? Cuando por primera vez aquel homínido se transformó en Adán y Eva al escuchar “el decir de Dios”.
Para que alguien aprehendiera que Dios habla, fue preciso que alguien escuchara. La historia de la creación es la historia de la comunicación de la palabra, la historia de la relación entre su origen (Dios) y el ser humano. El evangelista Juan supo transmitir este misterio dentro de la filosofía griega que le rodeaba. Esa palabra, que es Dios desde los orígenes, se hizo hombre en Cristo y sigue haciéndose hombre/mujer en todos los que, con el Papa, la siguen sacramentalizando.
El hombre, a través de la palabra, trasciende la materia y puede comunicar a través de signos (escritura) un metalenguaje más allá de lo expresado. De ahí que Cristo avisara del error de quedarnos en lo escrito “la letra mata”. La letra, que para el creyente es religión, ha de remitirnos a un ámbito del ser distinto del de la experiencia. Ese ámbito es el de la sacramentalidad que recuerda Benedicto XVI. Dios reveló en Cristo la divinidad de la Palabra. Jesús acampó entre nosotros, Cristo que es la eternidad del Jesús temporal, sigue acampando entre los cristianos. De ahí la enorme trascendencia que tiene la palabra y el silencio (oración), en la vida de los que trascendiendo la carne, se saben hijos de la Palabra.

