ESTE ES MI HIJO, ESCUCHADLE
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- Categoría: Reflexión
- Publicado en Sábado, 28 Mayo 2011 18:24
- Escrito por Constantino
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Desde el mensaje de Abram en el libro del Génesis a las cartas de Pablo a Timoteo hay toda una pedagogía bíblica que podemos resaltar a través de las lecturas de este próximo domingo. Abram no es todavía Abraham, aunque el autor ya anuncia lo que va a llegar a ser ¿Cómo? Afirmando que tenía 75 años (Gn 12,4) al comenzar su andadura; esta cifra no es cronológica (la media de vida por aquel entonces estaba en los 30 años), es teológica: la suma de sus dígitos es igual a 12. No en vano va a ser el padre de la fe de Israel, con sus 12 hijos, de los que se formarán las 12 tribus; el padre de la fe universal con sus 12 apóstoles, que nos dan pan de vida con los 12 canastos que sobraron de la multiplicación de los panes. Somos conscientes que con lo indicado podríamos reflexionar por tiempo indefinido, pues en esta simbólica y cabalística cifra quedan injertados todos los pueblos de todos los tiempos (12 meses del año). Aprehender el misterio de Abraham (hemos pasado del singular “Abram” al plural, pues en él estamos todos), exige salir de las ideas preconcebidas, renunciando al pasado: “… Vete de tu tierra, y de tu patria, y de la casa de tu padre, a la tierra que yo te mostraré” (Gn 12,1b), y al futuro (sacrificio de Isaac Gn 22). La meta de la fe se “alcanza” en el camino que está por descubrirse cada día. Dios siempre estará por delante de las posibilidades humanas. La humanidad sin fe, ¡se muere! Quien descubre esta verdad, más acertadamente, quien es descubierto en ella, cambia su vida: Abram será Abraham, Jacob será Israel (Gn32,28s), Simón será Pedro (Mt 16,18), etc. El creyente al cambiar, cambia su historia y con él su mundo: ¡se salva, quien salva! Pedro tuvo que asimilar esta verdad. La Transfiguración nos alerta de esta nueva relación en la historia. No es posible acampar individualmente con la divinidad (tres personajes, tres tiendas), si nos olvidamos de la humanidad. Mateo recuerda la teofanía del bautismo “Este es mi Hijo amado, en quien me complazco” (Mt 3,17), pero ahora, en la Transfiguración, añade: ¡Escuchadle! Mateo pide a sus lectores que escuchen su catequética. Quien no escucha, se encierra en sí mismo y pierde la relación con el prójimo. La religión tiene que religar, unir a la humanidad. Pedro quiso quedarse con la experiencia divina que emanaba de Jesús ¡como si fuera posible! Esta nueva visión, no le pertenece, de ahí que le prohíba contarla (Mt 17,9), únicamente puede ser vivida…en los demás (Simón será la primera piedra de esta nueva comunidad). Y aquí entra la tercera lectura que nos ocupa. Vive esta verdad cristológica “quien ha destruido la muerte y hecho irradiar vida e inmortalidad por medio del Evangelio (2Tim 1,10). Escuchar el Evangelio conduce a la resurrección. Mateo lleva al lector desde la Transfiguración a la Resurrección. Con palabras del Papa: “El Evangelio de la Transfiguración del Señor pone delante de nuestros ojos la gloria de Cristo, que anticipa la resurrección y que anuncia la divinización del hombre” (mensaje para la Cuaresma del 2011). Ser alcanzado por esta divinización exige asumir plenamente la humanidad donde la muerte ha sido destruida. Quien experimenta esta fuerza no puede quedarse apartado del resto de sus semejantes (acampado en tiendas), tiene que ser rio que lleve al mar. La vida tiene que fluir, las aguas “fluviales” del bautismo no se pueden paralizar, están creadas para influir en los demás. Quien se haya dejado encontrar por esta dinámica sabe que no puede poner diques al Espíritu, ya que en ese instante perdería la visión de Cristo y volvería a introducirse en la esfera del ego, que por no saber escuchar nace, no para la vida (bautismo), sino para la muerte.

