EL POZO DE JACOB

El evangelio de San Juan es palabra hecha poesía. En el tema que nos ocupa, su mística recuerda que el agua, o bien es vida, como en el Paraíso Terrenal, o muerte, como en el Diluvio Universal. La ciencia de hoy, informa que somos agua en más de un 80 %. Juan, ante este hecho, podría decir: ¡somos agua…pero tenemos sed! Su teología está oculta en un metalenguaje que obliga al lector a efectuar constantes saltos pindáricos. Jesús pide agua a una samaritana en el Pozo de Jacob. El creyente tiene que trascender la materialidad del agua, para intuir la divinidad de Jesús. Juan nos presenta al Logos preexistente (Jn 1,1) dialogando con la samaritana: Lo infinito en diálogo con lo finito. El creyente al reencontrarse con el Logos sabe que Cristo se está dirigiendo a él: “pero el que beba del agua que yo le dé, no tendrá sed jamás, sino que el agua que yo le dé se convertirá en él en fuente de agua que brota para vida eterna” (Jn 4,14).

La letra de este evangelio nos presenta al Cristo. Mientras que los sinópticos  revelan la humanidad de Jesús, Juan revela su divinidad. Detrás de Jesús está el Cristo, al igual que detrás del agua del pozo está el Logos. La samaritana no comprende ¿“Es que tú eres más que nuestro padre Jacob”? (Jn 4,12) ¿Comprendemos nosotros? Judíos y samaritanos creen poseer la verdad: El verdadero templo de Dios está en Garizím, dicen los samaritanos; no, responden los judíos, está en Jerusalén ¿Está en Medinaceli, Madrid? No, responden los cofrades, está en el Gran Poder, Sevilla, con permiso del Santo Cristo de Orense; ¿Lourdes, Fátima?… Entre tanto, junto a estos iconos de la cristiandad, muchas iglesias de nuestros pueblos están faltas  de calor humano por su soledad. Judíos y Samaritanos creen tener la exclusividad divina. Ambos proceden de un mismo padre: Jacob (Israel), pero, la palabra recibida de sus antepasados, se ha convertido, simplemente, en agua. La religión de sus padres en lugar de unirles ¡hasta hoy! sigue separándoles. La samaritana, con su pregunta, deja constancia de que sabe que tiene un padre común con los judíos, pero ella se siente más hija  ¡el pozo es suyo! tan suyo, que el manantial de vida del Paraíso se ha convertido, como en el Diluvio, en muerte. Y Jesús responde: “llega la hora que ni en este monte, ni en Jerusalén adoraréis al Padre” (Jn 4,21). “Pero  llega la hora (ya estamos en ella) en que los adoradores verdaderos adorarán al Padre en espíritu y en verdad…” (4,23a). Posiblemente, como ella, seguimos esperando que alguien nos lo explique: “Se que va a venir el Mesías…cuando venga nos lo explicará” (Jn 4,21) ¿Por qué? Porque como creyentes, seguimos sin estar en el tiempo oportuno ¿Cuál es esa hora que reclama el Cristo? No la busquemos en el reloj. Pablo se lo recordará a los gálatas: “Pero al llegar la plenitud de los tiempos… (Gal  4,4). En la plenitud del tiempo de cada creyente adoramos al Padre en espíritu y en verdad. La plenitud del tiempo está aquí y ahora: en el hoy de cada finitud (ya estamos en ella). Caso contrario, el agua de vida sigue encerrada en el Pozo de Jacob, y los hijos de Israel, siguen ahogándose ¡de sed! en el líquido elemento. San Juan, en Cristo, revela esta verdad: siempre detrás del agua (pozo) y de la muerte (Lázaro) y  de la palabra (Logos) ¡está la Vida!, porque la Vida es Dios. La mujer deja el cántaro (4,28). El Cristo que nos revela Juan, finalmente, ¡no bebe, no puede beber!, porque Él es el agua del pozo de Jacob, el manantial de vida que llega hasta el mar cristológico de la Iglesia Universal, que, usando la mística del evangelista, también está detrás… del Templo.