EL CIEGO DE NACIMIENTO
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- Categoría: Reflexión
- Publicado en Domingo, 29 Mayo 2011 11:17
- Escrito por Constantino
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Saulo, el que fue gran seguidor de la Tora, escribe a los de Éfeso:” Despierta, tú que duermes, levántate de entre los muertos y Cristo será tu luz” (Ef 5,14).” Despertaos como conviene” (1 Cor 15,34), repite nuevamente a los de Corinto ¿De qué sirve tanto aviso? Siempre creemos que los que duermen son los otros. Saulo estuvo dormido durante muchos años y tras perseguir a cristianos durante un tiempo indefinido, se encontró con Cristo junto a las puertas de Damasco “¿Saúl, Saúl, por qué me persigues? “(Hch 9,4). Cristo no dice ¿por qué persigues a los cristianos? Él se identifica con ellos, ellos son parte de Cristo: la humanidad, en Cristo, se diviniza… y Pablo al dejarse aprehender por el misterio, ¡despierta! Por esta razón teme que tanto efesios como corintios sigan dormidos; él creyó estar despierto cuando, en la escuela de Gamaniel, soñaba.
El evangelio de Juan, años después, trató de explicar este enigma. El ciego de nacimiento, no comprendía lo que era la visión. Estaba condenado a dormir durante toda la existencia; para él, como para muchos hoy, la humanidad es así. Poco importa que la culpa sea suya, de sus padres o…!de alguien será! (Jn 9,2). El ciego de Juan no pide ver, no siente tal falta, porque desconoce tal sentido ¡Quien duerme no conoce la vigilia! Pero Cristo, el resucitado, sí que ve, por ello San Juan nos anuncia que: “Vio, al pasar, a un hombre ciego de nacimiento (Jn 9,1). Cristo está despierto y ve que los cristianos sueñan estar despiertos “como decís: vemos, vuestro pecado permanece” (Jn 9,41). Soñando creen ver, y así siguen ciegos (dormidos) (Jn, 9,39). ¡Cuesta tanto ver cuando sólo se sabe mirar!
Al ciego también le costó. Al principio, sigue sin ver (Jn 9,6s). Jesús, aunque es el Cristo, usa de la medicina popular, pero Juan, trascendiéndola, nos recuerda, a través del barro, el momento del Génesis donde Dios crea al ser humano. Cristo vuelve a componer la “receta” (modela el barro en los ojos del ciego, con su saliva), y le manda a Siloé (enviado). Ha sido tocado por la mano de Cristo, pero al igual que los cristianos hoy, siendo enviados ¡no ven!, ¡no vemos porque al decir que vemos, permanecemos ciegos! San Juan, nos revela con el ciego de nacimiento toda una pedagogía cristológica: quien comienza a ver, primero se reconoce a sí mismo “él respondía: Soy yo” (Jn 9,9), después reconoce que Cristo es un profeta: “él respondió: Que es un profeta” (Jn 9,17), finalmente “ve” que Cristo es el Señor: “él entonces dijo: creo, Señor. Y se postró ante Él” (9,38). Y a partir de este acto de fe, el evangelista de la luz, enjuicia la oscuridad en la que está inmersa la humanidad: “Para un juicio he venido a este mundo: para que los que no ven, vean; y los que ven, se vuelvan ciegos” (Jn 9,39): el ciego, finalmente, vio al Cristo. Quizás, estemos esperando ver para creer, como santo Tomás: “si no veo…no creeré” (Jn 20,25); cuando Cristo le dice: “trae tu mano y métela en mi costado” (Jn 20,27), Tomás no introduce la mano, simplemente responde: "Señor mío y Dios mío" (Jn 20,28). La creencia, en religión, no tiene más evidencia que la fe, de ahí que el sintagma “ver para creer” sea falso, como verdadero el de “creer para ver”. Al ciego de nacimiento, como a Tomás, se le exige creer, sólo entonces pueden ver al Señor y confesarle como tal.
Y el que tenga ojos para ver desde el alma… ¡despierte!, porque San Juan nos revela que si el cristiano sigue ciego, las tinieblas, como en su Apocalipsis, siguen invadiendo el universo (Ap 18,23).

