EL RESUCITADO Y LAS APARICIONES

Lo más importante en los textos bíblicos, no es lo que dicen, sino lo que quieren decir. Las resonancias de la mística evangélica son así. De ahí la complejidad del lenguaje bíblico que desde esta parroquia, tan querida para el que escribe, desde tiempos del siempre recordado D. Jesús, tratamos de ir descubriendo golpe a golpe en la dura piedra, como hizo él, la bella arquitectura de la Parroquia de San Clodio; en nuestro caso, reflexión, tras reflexión intentamos mostrar la belleza oculta, pero revelada de nuestros textos bíblicos. Este descubrimiento, como el de la armonía de colores de la piedra viva de nuestra aparroquia, oculta por la cal, requiere cierto esfuerzo para el lector.  El creyente se ha de dejar aprehender, en su personal  camino, por el conocimiento de la época en el que los textos fueron escritos; por la preocupación del autor y/o autores que escribieron y reescribieron cada historia; por la tradición de la Iglesia que fue interpretando en cada momento el mensaje apropiado de los textos, de forma que tuvieran aplicación para cada época concreta, por último, la complejidad del lenguaje teológico que trata de expresar estos saberes en los que están inmersos los textos bíblicos,  no puede obviar que el Espíritu, a través de la historia, toca a cada creyente con la música callada (mística) que, más allá de todo camino, provoca resonancias únicas e irrepetibles que trasciende a nuestro universo conceptual y sirven para el bien universal de la comunidad eclesial.

Este  prólogo tiene su explicación. Estos días estamos celebrando la fiesta por excelencia del cristianismo: La resurrección. La lectura de este domingo nos recuerda dos de sus apariciones después del hecho resurreccionista (Jn 20,19-31). Un hecho meta-histórico, pero ocurrido en la historia. Para algunos creyentes este evento sucedió hace XXI siglos. Estos son los que, creyendo en los hechos sucedidos, estudian los textos bíblicos para averiguar cómo ocurrieron. Otros, confiados en la bondad de la tradición eclesial, creen en la traducción que en cada momento se ha ido haciendo de los mismos, sin pararse a pensar (a veces tal pensamiento era imposible), en la verosimilitud histórica, o no, de los acontecimientos (el Papa invita a los exégetas a seguir profundizando en los textos más complicados). Los grandes místicos del cristianismo, aunque sometidos por obediencia a las leyes imperantes, daban libertad al Espíritu que operaba en ellos con resonancias completamente novedosas, a la hora de vivenciar y explicar la forma en la que el resucitado se les aparecía.

Y el lenguaje teológico con todo este saber  ¿qué hace? Al menos desde esta “red parroquial”, intentar provocar interrogantes que nos obliguen a responder personalmente al mensaje de Cristo. A descubrir, como D. Jesús, golpe a golpe en la piedra, la verdad de la Palabra revelada, en este caso, en los que con Pedro (piedra) formamos la Iglesia que trasciende a nuestro pueblo por ser universal. Si para el lector de esta reflexión la resurrección es únicamente historia, observe cuál propuesta de las citadas, se adapta mejor a su personal forma de ser. La problemática comienza cuando, si además de histórica, la fe conduce al lector hacia la meta-historia ¿Por qué? Porque entonces la resurrección al trascender a la historia, no es que haya ocurrido, es que ¡está ocurriendo! ¿Cuándo? Con lenguaje joánico, es decir, teológico, al confluir todo el saber anteriormente explicado, incluido el místico, en la siguiente frase: “Ocho días después, estaban otra vez sus discípulos dentro y Tomás con ellos. Se presentó Jesús en medio estando las puertas cerradas, y dijo: «La paz con vosotros.»  > (Jn 20,26).El pasaje de la “incredulidad” de Tomás sucede ocho días después de la resurrección. Tomás, como muchos creyentes, creen que la resurrección consiste en volver a vivir. De ahí que, aunque el evangelista indica dos veces consecutivas que todas las puertas estaban cerradas (Jn 20,19.26), algo debía haber cambiado en el Jesús resucitado que entra sin necesidad de usar las puertas, Tomás, como otros, no ha captado lo sucedido y creen que todo sigue igual: “quiere tocar la carne del Cristo” Por supuesto que tal deseo no es posible pues si bien el Cristo es el mismo, no es lo mismo. Finalmente, no toca y la respuesta es sencillamente un acto de fe: “Señor mío y Dios mío” (Jn20,28).

Demos un paso más en el lenguaje teológico, sigamos cincelando la piedra (Pedro) de esta aparición. En el Apocalipsis que escribió este mismo evangelista, todo se mueve alrededor de la cifra siete: siete iglesias, siete cartas, siete candelabros, siete estrellas, siete cuernos, siete sellos, siete trompetas, etc.… y siete bienaventuranzas. La cifra, en un libro tan simbólico, no es casual, pertenece al séptimo día de la creación, al día que estamos viviendo, pues contrariamente a los otros seis, está abierto a la realización de la humanidad, ya que es el único día de la creación que no concluye con el: “amaneció  y atardeció, “ de los seis primeros,  por ser este séptimo día, un tiempo inacabado, seguimos en él (Gn 2,1-3). Para San Juan en este día se salva la humanidad, de ahí la insistencia de la cabalística cifra. Ahora bien, la humanidad salvada precisa dar un salto en la creencia. ¿Dónde explica el evangelista este salto? En la bienaventuranza que añade al pasaje: “Dichosos los que no han visto y han creído” (Jn 20, 29b).Estos creyentes, entran en la creencia cristológica,  y trasciende la visión de la historia representada en el número siete; ahora estamos “ocho días después” y en este “tiempo meta histórico” sigue ocurriendo la resurrección, pero hay que creer, por esta razón, los que se dejan  guiar por la fe recibida, son dichosos pues pueden ver al Cristo de la historia.

Para alcanzar la plenitud de los tiempos, hay que trascender los siete días simbólicos del Antiguo Testamento, ahora, en el Nuevo hay que alcanzar la vida plena que el Cristo resucitado nos brinda. Tal dicha ocurre, dentro de la  mística joánica, ocho días después. Pero en este “tiempo” hay que trascender cualquier creencia previa, Tomás, como muchos hoy, no comprenden, quieren tocar,  y sólo cuando se da cuenta que es él, el tocado por Cristo, confiesa el misterio que sigue pendiente de ser vivenciado por cada creyente a través de las palabras: “Señor mío y Dios mío”.

Pedro, con otras palabras, viene a expresar el mismo misterio: “Bendito sea Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, quien, por su misericordia, mediante la Resurrección de Jesucristo de entre los muertos, nos ha reengendrado a una esperanza viva, a una herencia incorruptible, inmaculada e inmarcesible, reservada  en los cielos para vosotros” (1Pe 3-4). Cualquiera de las expresiones que usa San Pedro explican claramente la regeneración, es decir, nueva generación de la humanidad que San Juan expresa con el logion: “Dicho esto sopló sobre ellos” (Jn 20,22), y que recuerda la génesis de la antigua humanidad cuando Jahvé: ”insufló en sus narices aliento de vida” para formar al primer ser viviente (Gn 2,7).  Tomás, antes de creer, seguía en el día siete de la creación, cuando se deja llevar por el resucitado a la meta-historia de la resurrección, aunque está dentro de su historia, no puede tocar la carne, porque el Cristo es incorruptible, inmaculado e inmarcesible y esa es la herencia que recibimos los que sin ver, creemos, por esto somos dichosos, porque permaneciendo en el séptimo día de la creación, vivimos la esperanza de la plenitud reservada más allá del tiempo y expresada por San Juan “ocho días después”.