EL PAPA TIENE RAZÓN
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- Categoría: Reflexión
- Publicado en Domingo, 29 Mayo 2011 16:13
- Escrito por Constantino
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Acerquemos el saber bíblico a la problemática de la actualidad. En otro momento de nuestras reflexiones dejamos constancia que todo ser humano nace con fe, motivo por el que cada persona cree libremente en lo que le parece. De ahí que, si hay políticos que desde la política creen que pueden razonar sobre la religión, tenemos derecho los teólogos, desde la religión, a creer que podemos opinar sobre la política. Si la política se define como el arte de lo posible, es posible, y no es extraño, el hecho de que algunos ciudadanos crean que la religión, es algo personal que pertenece a la privacidad de cada creyente, debiendo ser relegada al ámbito de las sacristías, mientras que la política ha de gozar de pleno derecho de ciudadanía por ser la expresión de la colectividad en la ciudad (“polis”). Esta es la opinión de los ideólogos de los políticos que nos gobiernan y, aunque la disfrazan de laicidad, realmente pertenece al laicismo más rancio y duro de nuestra moderna democracia, aunque nuestra Constitución sea aconfesional y dé especial relevancia a la religión católica en su ordenamiento jurídico. Siguiendo el ejemplo del Papa, en su última visita a España, hemos de razonar, y a la vez denunciar, este lamentable comportamiento. Callar, sería un pecado de omisión.
La religiosidad no es, únicamente, patrimonio del individuo; todos los pueblos de nuestro universo la expresan acorde con la cultura que los define. Y esa cultura se expresa, colectivamente, en el culto religioso. Por ejemplo, la cultura hebrea, que fue durante siglos nómada y por tanto transeúnte, celebra en su culto pascual el recuerdo de este evento tan importante en su política social y en su realidad histórica. Los judíos, recordando sus constantes peregrinajes y deportaciones, rememoran en su culto el auxilio y atención que se le debe al extranjero: ellos también lo fueron en gran parte de su devenir histórico; asimismo, rememoran con la salida de Egipto, el paso de la esclavitud a la libertad. Recordar a sus descendientes la importancia de la tierra conseguida con tanto esfuerzo, es, hasta el día de hoy, una de los mayores logros de la política de Israel. Quien pretendiera enemistar religión y política, aunque cada una tenga su propio campo, encerrando a una en la sinagoga y llevando a la otra a la polis, demostraría, simplemente, su incultura antropológica, social, religiosa y política.
Acercándonos a nuestras tradiciones, la cultura cristiana, que recoge y trasciende la judía, tuvo en su génesis, una procedencia agrícola, ya que Galilea era una región especialmente dedicada a la agricultura y a la pesca. Esta cultura, fue, asimismo, representada en su culto. La política convirtió a la fértil tierra de Galilea en el granero de aquella sociedad. El culto cristiano, como expresión de dicha cultura donde el trigo se transforma en pan y la vid en vino, eleva esta expresión de la naturaleza a la categoría de sacramento. Jesús el galileo, reveló que esta transformación natural, era símbolo del auténtico pan bajado del cielo: el Cristo de la fe. Asimismo, la transformación de la vid en el vino que alegra los sentidos, y que en la antigua Grecia, se expresaba con las fiestas en honor al dios Baco para dar gracias por la conversión del agua que caía del cielo, en vino: Este evento de la cultura y culto de los griegos, es el telón de fondo que conoce y usa San Juan en las Bodas de Canaán, para relatar el primer milagro de Jesús en su evangelio; dando un paso más y tras la resurrección de Cristo, el culto cristiano, siguiendo su ejemplo, convirtió el vino en el misterio eucarístico donde la vida, que emana del cáliz sacramental, transforma la alegría del caldo de una buena cosecha, en otra más excelsa que provoca la eterna felicidad que revela el resucitado. Esta mistérica savia sacramental, no provenía del retoño de una cepa; gracias a su cultura, el pueblo comprendió que emanaba del retoño de David: el Cristo esperado desde el nacimiento de Israel, siendo este Cristo, el misterio que se nos revela en el Evangelio y que, cultualmente, seguimos celebrando en la eucaristía. No es posible comprender el culto del Nuevo Testamento, sin asimilar previamente la cultura del Antiguo, que por otra parte, y debido a su cultura pescadora, las primeras comunidades cristianas, convirtieron al pez en uno de sus símbolos más representativos.
Observando estos hechos religiosos y sociales y comparándolos con nuestra cultura democrática, hoy, también el culto, espejo de la expresión cultural de la sociedad, ha variado y hecho comprensible el misterio que envolvía la liturgia, de forma que el sacerdote en el sacrificio de la misa, al situarse frente a los asistentes y no de espaldas a ellos, muestra cada uno de los pasos que va realizando, y para mayor socialización de los mismos, expresa el misterio de la eucaristía en el lenguaje propio de cada pueblo. Desde el Vaticano II, se han democratizado los estudios teológicos, creado escuelas e instituciones donde el saber bíblico, que antes tan sólo era asequible a unos pocos privilegiados, ahora cualquier estudioso, creyente o no, puede, también en las universidades, conocer las ciencias bíblicas, siguiendo las mismas pautas que reclaman las ciencias convencionales.
Ejemplos como los expuestos podríamos desarrollarlos en cada expresión religiosa ¿Cómo es posible, que este saber, reflejo en cada pueblo de su cultura y de sus cambios, se diga que es algo personal que debe recluirse a la privacidad, por estar al margen de lo políticamente correcto? Oculten los cuadros religiosos del Museo del Prado o de cualquier otra pinacoteca, y traten de explicar el arte pictórico de nuestra historia ¡imposible! Borren de nuestra memoria colectiva la fe, las enseñanzas y el trabajo legados, siglos pasados, por benedictinos, cistercienses, franciscanos, dominicos, jesuitas, etc., y la sociedad europea, su cultura y su ciencia, tal como se conoce en el mundo occidental, no habría sido posible. De no ser por las Catedrales de todo el mundo, el conocimiento impreso de tiempos pasados, en sus columnas, paredes y muros habría dejado sin cultura alguna a las generaciones posteriores. Esta cátedra del conocimiento que se impartía gratuitamente en las Catedrales, es la que, posteriormente, pasó a las universidades creadas por la propia Iglesia, de ahí que su máximo responsable, al proceder en un primer momento de la Catedral, se le llamara y se le siga llamando catedrático. Seamos claros, la política actual y la libertad de pensamiento, se debe a la libertad que generó el humanismo cristiano.
La trascendencia es una realidad cultural que se representa en cada culto de forma distinta. El Romano Pontífice pide respeto para todos ellos. Cercenar a la humanidad de esta capacidad religiosa es retrotraerla a la noche de los tiempos. Los mismos que tratan de acallar el culto como expresión de la cultura, pretenden crear valores culturales que arremeten contra el culto del pueblo. El fracaso está garantizado, crear cultura al margen del pueblo, es como crear un idioma desde la academia. Nadie creerá en esos valores, al igual que nadie se expresará en esa lengua (por ejemplo el esperanto). Los griegos decían que para educar a un niño, hacía falta un pueblo, y es que, algunos no quieren enterarse: no es igual formar que educar. Denunciar esta realidad es tomar consciencia de la enfermedad que nos aqueja, unos por provocarla y otros por ignorarla.
Benedicto XVI, una vez más, tiene razón; en el acto protocolario del intercambio de los embajadores españoles en la Santa Sede, ha vuelto, días pasados, a recordar el ataque que estamos sufriendo los cristianos en nuestra patria, al pretender recluir el saber religioso al ámbito de lo privado. No deja de ser sintomático, que los mismos que mandan callar al Papa, pretendan crear, a golpe de decretos, valores morales que cambien las éticas de la sociedad ¡como si esto fuera posible! No quieren que la religión desaparezca, lo que desean es convertir su política en una nueva religión en la que la creencia sea: Dios no existe ¡creen en la inexistencia de Dios y con ello quieren demostrar que hay que abolir la creencia! Olvidan, por otra parte, que el ser humano sin esa capacidad de trascendente en la sociedad que le toca vivir, pierde el horizonte que siempre ha de buscar y que le diferencia del resto de los animales creados. Una sociedad así, sería inhumana. Sirva esta reflexión para dejar constancia que, igual que somos ciudadanos de la ciudad (polis) con derecho a expresar nuestra opinión política, somos ciudadanos creyentes con derecho a expresar públicamente nuestra creencia, pues de hecho, gracias a ella, esos que pretenden acallarla, han aprendido a pensar con semejante libertad. Observe el lector que no es anecdótico ni casual el que, únicamente, en los pueblos donde ha quedado impresa la huella de la cultura evangélica, es donde hoy se ha dado paso a la libertad, justicia e igualdad que proclaman los Derechos Humanos y positivizan las Constituciones democráticas. Respete, por tanto, la política el saber religioso, manantial del acerbo cultural de la historia de nuestros pueblos. Cada uno tiene su ámbito, pero no para excluirse, sino para complementar la realización del ser humano.
Si como sugiere el evangelio, en ocasiones, hemos de ser astutos como las serpientes ¿no será que algunos (no todos) de los que nos gobiernan, quieren recluir la religión al ámbito de los curas (sacristías), porque de hecho, intentan apropiarse de nuestra cultura desde el ámbito de la política, con el propósito de cambiarla? Lógicamente, desde este hipotético fraude (la cultura la crea el pueblo, y el gobierno se tiene que limitar a hacerla posible), el culto religioso, que es la visión trascendente de la historia universal, especialmente el cristiano, se convertiría en el mayor enemigo a combatir ¡Razón tiene el Papa al denunciar este ataque! Y para que las tintas no caigan sólo en una de las partes, confesemos el “mea culpa”: También el culto, a veces, deja de ser la expresión trascendental de la cultura. Si malo es que el laicismo pretenda recluir a la religión, peor es que la religión deje de ser, en su culto, expresión trascendental de la cultura. En Román Paladino, el culto paralizado se torna en inculto y hace realidad la frase de la sociología de las religiones: el que sólo conoce una religión no conoce ninguna.

