ELLOS NO COMPRENDIERON

Recuerdo que yo tampoco  comprendía…  ¿comprendo ahora, el enigmático significado de las parábolas? Cierto que en el lenguaje llano que hablaba Jesús, debía ser comprendido ¿Por qué, sin embargo, se llega a afirmar que hablaba enigmáticamente, precisamente para que no le  entendieran?

Textos hay que avalan lo indicado: “…todo se les presenta en parábolas, para que por mucho que miren no vean, por mucho que oigan no entiendan, no sea que se conviertan y se les perdone” (Mc 4,11s) ¡Incomprensible! Jesús habla de forma que no le entienden para que los malos no se puedan convertir. La lectura del domingo expresó la misma “incongruencia”;  al finalizar la parábola, leemos: “Jesús les dijo esta parábola, pero ellos no comprendieron lo que les hablaba” (Jn 10,6). Y decimos “incongruencia” porque si Jesús se comunica de forma que no es entendido y además lo sabe ¿Para qué habla? ¿Acaso Jesús no quería ser comprendido? ¿Si hablaba sólo para unos pocos, cómo va a ser el salvador de la humanidad? ¿Hay respuesta a estos interrogantes provocados por los textos bíblicos?

Una vez más pido perdón a los seguidores de estas lecturas, por la forma tan sintetizada con las que trato estos temas teológicos. Sin embargo, dejo constancia  que mi interés, como teólogo cristiano, consiste más en cuestionar, que en solucionar ¿Por qué? Porque como veremos al analizar el lenguaje parabólico, el creyente, como Job, ha de interrogar; únicamente así, Dios podrá responder. Proponemos dos sugerencias a modo de reflexión.

 A): El menaje evangélico tiene vida propia, por esto la religión debe adaptarlo a cada época concreta. La religión es la expresión de la verdad revelada, adaptada a la sociedad: Uno de los caminos  de la mística, pues el horizonte de la  Verdad es inalcanzable; tan inalcanzable, que su búsqueda es la que nos hace libres. Para cercenar la libertad nada mejor que privar al ser humano de esta necesidad antropológica de búsqueda. Somos humanos, si buscamos. Quien se paraliza en lo ya encontrado, no puede jamás entender la mística cristiana ¿Cuál es la consecuencia de esta búsqueda? Que el mensaje, al ser adaptado a cada sociedad, tiene que cambiar; no tanto porque la verdad revelada cambie o se relativice (miedo que expresan algunos creyentes), sino porque la expresión de esta verdad infinita, al no poder ser captada en la finitud de nuestro tiempo ni de nuestro lenguaje, se va adaptando con distintas resonancias a los cambios de la sociedad (muy especialmente si tal religión pretende ser universal, es decir, católica). Por esta razón una religión sin posibilidad de cambios, es una religión muerta. Sí, la religión o se adapta o muere.  San Pablo,  que vivió en sus carnes esta realidad, tuvo que luchar para conseguir el cambio. Fue en el primer concilio de Jerusalén, donde consiguió la aprobación de la comunidad cristiana. No obstante, y hasta hoy, seguimos tropezando en la misma piedra. A los de Corinto les tuvo que recordar que:” la letra mata” (2 Cor 3,6). Soy consciente que hay creyentes que, en la actualidad, siguen sin escuchar la recomendación del apóstol, de ahí mis reiteradas citas al respecto, en estas reflexiones;   confío que intuyan, que si la Iglesia, en la últimas décadas, no ha proclamado dogmas, se debe, entre otras causas, a la toma de conciencia de que cada dogma (verdad que no admite dudas), hay que interpretarlo en el lenguaje y sociedad en el que fue proclamado, ya que el dogma, como verdad revelada y eterna, es absoluto, pero no la religión, en cuanto lenguaje en el que se formula. La religión es la letra adaptada al devenir de la historia. He comenzado esta reflexión diciendo: Yo tampoco comprendía…

Este razonamiento, no es novedoso, emana de los textos bíblicos. Para comprobar lo dicho, hagamos teología en la historia imitando a los evangelistas. Cuando Marcos escribe el texto antes mencionado, está traduciendo a la mentalidad griega, el mensaje de Jesús de mentalidad judía. Las parábolas había que adaptarlas, cambiarlas a la nueva mentalidad; Marcos adapta el mensaje judío a la cultura griega, para que capten, no ya la letra que mata, sino el Espíritu que vivifica. Esta es la razón por la que leemos constantemente  en los evangelios, la necesidad de explicar las parábolas. Ahora bien, esa parábola, dicha por Jesús a sus contemporáneos, ¡claro que se entendía! Somos nosotros, los que, a veces,  al seguir sin dejarnos aprehender por el misterio revelado en los textos, seguimos hablando de ovejitas, rebaños, lirios, etc., aunque la mayoría de los creyentes estén rodeados en su cotidiana existencia, de formas de vida y tecnología, que en nada se parece a la agrícola Galilea (el cristiano de todos los tiempos quiere comprender las vivencias religiosas, de ahí que  deban ser adaptadas a un lenguaje inteligible, cuando no es así… se puede llegar a saber mucho de religión ¡pero nada de Dios!). Comparen Mt 18,1.12-14 con Lc 15,1-7. Mateo adapta la parábola a los cristianos; Lucas, sin embargo, adapta el mensaje a los adversarios de Jesús ¡justamente lo contrario! ¿Por qué los católicos, a veces, tenemos tanto miedo al cambio, si el evangelio comienza con la “metanoia” (cambio)? La parábola de los invitados que se excusan (Mt 22,1-14; Lc 14,16-24), tiene un proceso evangelizador propio de las comunidades de los evangelistas, pero impropio de la época de Jesús. Esta parábola se fue modificando para llamar a los de fuera ¡aunque estuvieran en pecado! (según la mentalidad judaica, los pobres, lisiados, ciegos y cojos). Estas expresiones ni siquiera aparecen en Mateo, son de Lucas que al ser más universal, las añade para no dejar a nadie fuera ¿Seguimos el ejemplo de las escrituras, o repetimos lo aprendido, al ser incapaces de renovar el espíritu de nuestra mente? San Pablo nos avisa del error de acomodarse al tiempo presente (Rom 12,2).

 B) Si Jesús hablaba en parábolas, cabe preguntarse qué se entiende, teológicamente,  por parábola. La parábola es una metáfora o comparación tomada de la naturaleza o la vida ordinaria, que atrae al oyente, dejándole cierta duda sobre la explicación exacta, para obligarle a reflexionar. La parábola como el Koan, del mundo Zen, no tiene respuesta exacta (¿cómo suena el aplauso de una mano?... ¡!). Es un enigma que hay que vivirlo en unificación con todo lo creado, es imposible pensarlo;  y allí, en el silencio, Dios sigue respondiendo. Jesús a través del lenguaje parabólico, y con ejemplos tomados de la vida ordinaria, expresaba su mensaje ¡no daba respuestas, provocaba interrogantes! (esta es la labor de la teología), para que cada creyente respondiera al enigma planteado de forma personal y única.

 Le propongo al lector de esta reflexión que abandone por un momento esta lectura y lea la parábola del Hijo Pródigo (Lc 15,11-31). Le aviso que es la adaptación del Jonás bíblico al mundo de Jesús. Él nos enseña a reactualizar y trascender lo ya recibido: “Habéis oído decir, pues yo os digo” (Mt 5,27s) ¿Quién es el malo de la historia? En el libro de Jonás los ninivitas, que además era uno de los pueblos más odiados de Israel ¿Y en la historia del Hijo Pródigo? Días pasados oía en un sermón resaltar la maldad de este hijo que se había dilapidado la fortuna del padre. Estas respuestas podrían ser válidas, pero la parábola, a mi juicio, que está dirigida a nosotros, tiene otras facetas a observar y que dan respuestas distintas.  Vamos a tratar de hacer un KOAN bíblico. Vivámosla…

 ¿Quién dice que el malo es el Hijo Pródigo? Yo ¿Y quién soy yo en la parábola? Por supuesto el “hijo fiel” que siempre está con el Padre, es decir, el cristiano que unas veces mejor y otras peor, siempre está ahí.  Pues ese, que siempre está ahí, y que nos representa a nosotros, ese es el personaje al que va dirigida la parábola; él  es el  “malo oculto” del enigma.  Jonás, el profeta, también.  Por esta razón, huye (Jon 1,3) con tal de no quedar en ridículo, pues sabe que si predica y es escuchado (Jon 3,5), Dios está abierto a perdonar (Jon 4,11). Ahora bien, dado que el lenguaje profético no se utilizaba en el primer siglo de nuestra era, Jesús, lo cambia y adapta al lenguaje apocalíptico. Desde esta nueva expresión de la historia, adapta  el mensaje que encierra el texto de Jonás  sobre el universalismo del amor de Dios, a la parábola del Hijo Pródigo. El signo de Jonás puede ser, nuevamente, vivenciado por sus contemporáneos ¡jamás comprendido! De ahí que hasta el día de la fecha siga siendo un signo  para los creyentes, igual que lo fue para los evangelistas al dar cada uno de ellos distinta explicación razonable al enigma que encierra.

El cristiano que se fija en la maldad del hijo pródigo, no observa la bondad del Padre (Dios), que le da la herencia antes de morir (Mt 15,12b), cosa nada habitual hoy en día, pero ¡impensable! en la época de Jesús ¿Qué herencia le da, si al ser el menor  (Lc 15,12a) toda la herencia le corresponde legalmente al mayor? ¡El menor, como los ninivitas, y según la ley, no tiene derecho a nada! Comenzamos a observar que con el mayor, como con Jonás, se está cometiendo una “injusticia” de la que nada comenta el texto.  Pasa el tiempo y el menor vuelve arrepentido  (Mt 15, 18-20) ¿De qué,- pensaría el mayor- si se ha gastado lo mío? Y no para ahí la cosa, el Padre “parece” agasajar este comportamiento (Mt 15,23s). El mayor no puede más y, como Jonás ante el ricino, protesta (Jon 4,8) ¿De qué? Pregunta el padre, acaso no disfrutas tú de todo (Mt 15,31). El hijo que parece ser el fiel, no comprende el perdón del padre (Mt 15,28). El Hijo Pródigo sí, al haber experimentado este perdón en sus propias carnes. El mayor no. Y es al mayor (al cristiano de todos los tiempos), a ese que tiene derecho a la herencia, al que se le pide comprensión. El evangelio de Jesús es el evangelio del perdón. Jonás ¡que es profeta!, tampoco entiende que el Dios de Israel, sea el Dios universal. En el A.T perdonar a los ninivitas es un fraude, en el N.T perdonar al hijo pródigo, también ¿Y hoy?

Las primeras comunidades cristianas no comprendían este radical comportamiento de Jesús.  Si Dios perdona a todos ¿qué beneficio tiene ser cristiano? La explicación, no está en la parábola, ella se limita a provocar al oyente quien,  sólo imitando el  comportamiento del Padre, puede intuir su sentir, aunque por ser infinito, no deja de ser paradójico,  jamás podrá llegar a comprenderlo plenamente. Lo  lamentable, fue y sigue siendo, que  teniéndolo todo, como Jonás y el hijo fiel, no nos hayamos enterado y estemos pendientes de lo que nos puedan quitar. Los primeros cristianos querían la herencia para ellos; no comprendían… y, nosotros ¿comprendemos? Si es así ¿por qué seguimos poniendo diversas cuantías de herencia a percibir por cada creyente también en el cielo? Cuando el padre contesta al hijo mayor: “todo lo mío es tuyo” (Lc 15,31) ¿Qué le falta al cristiano, si lo tiene todo, para ser beato? ¿Y al beato para ser santo? ¿Y al santo para ser Hijo de Dios? Y… posiblemente, nos sigue faltando comprender el actuar de Jesús cuando explica con la parábola de los obreros de la viña, la forma en la que él entiende el Reino de los Cielos (Mt 20,1-16). Tanto el primer trabajador de la jornada, como el que comienza a trabajar al finalizarla, perciben igual salario ¡un denario!   

Recuerdo que yo tampoco comprendía ¿comprendo ahora que si en el Reino de Dios no hay tiempo, es imposible percibir más paga, dependiendo de las horas trabajadas? En la parábola, un denario representa la totalidad: el don (amor) del propietario (Dios), para los llamados a trabajar en este mundo. Las diferencias son ejemplarizantes para nuestro mundo ¡qué duda cabe! Pero no para medir el Reino de los Cielos. Las medidas, precisan espacio, el espacio, requiere tiempo, el tiempo no existe en la eternidad del Reino reservado a los Hijos de Dios.

Muchas veces, como al ”hijo fiel”, me cuesta comprender que la única “medida” que nos salva no es el tiempo, sino, como nos enseña el Padre, el constante perdón al que estamos sometidos, si verdaderamente le amamos, día a día, en nuestro prójimo.