HISTORIAS DE PRIMAVERA-VERANO

Al comenzar el calor, parece que la mente se adormece y los pensamientos divagan. Acorde con los signos de los tiempos, contemos historias de primavera-verano recogidas de aquí y de allá y que, pareciendo intrascendentes, nos permiten seguir reflexionando.

Hemos visto estos días al Papa en la bella ciudad italiana de Venecia. Allí, “al llegar a la otra orilla” (Mt 8,28) en la góndola eclesial (la barca como medio de transporte cambia, pero el mensaje permanece),  se reunió con los intelectuales para recordar entre otras realidades, que es tan importante cuidar la salud del cuerpo como la del alma.

Salud de cuerpo y espíritu pueden tener distinto significado en la actualidad. No, así, en la época de Jesús. De hecho el término hebraico “salvar” era el mismo que el de “sanar”. Los evangelios dejan constancia de ello: “Qué es más fácil, decir: Tus pecados te quedan perdonados, o decir: Levántate y anda” (Lc 5, 23). En esta frase queda implícita la equivalencia de los dos términos. Fuera del contexto en el que sucedió este evento, puede resultar extraño el proceder de esta cultura, sin embargo, no deja de ser curioso el hecho de que la moderna psicología los vuelva a unificar. Cuando la mente cree estar enferma, el cuerpo languidece. Las peores enfermedades del mundo moderno están originadas en la psique, llámese ansiedad, stress, miedo, hipocondría, etc. Estos males, provocan a su vez enfermedades somáticas, tales como dolores musculares y de cabeza, insomnios, fibromialgias, cansancios, temblores, subidas de tensión, etc.

Cuando lo psíquico está enfermo, lo físico también padece. Hace veintiún siglos, Jesús de Nazaret, un hombre preocupado por las dolencias de sus semejantes, observó está humana realidad; de ahí que al sanar, salvaba, y, por supuesto, como en el ejemplo expuesto, al salvar, sanaba (se observa, no obstante, que el cambio de los términos, provocó a los contemporáneos de Jesús, al intuir que daba al hombre atributos sólo posibles, por aquel entonces, en la divinidad).

 Lo que se  entendía por diablo, incluida la fiebre, como en el caso de la curación de la suegra de Pedro según la narración de San Lucas en 4,38s.,  si salía de la mente del enfermo,  dejaba sano el cuerpo y salvo el espíritu: “Conminó a la fiebre y la fiebre la dejó” (Lc 4,39). Aunque han pasado veintiún siglos, no hay tanta diferencia con el pensamiento actual. Ayer era el sacerdote el que, en muchos casos, salvaba el cuerpo al sanar el alma; hoy el “incrédulo” pretende hacer lo mismo…con las echadoras de cartas, las consultoras de bolas de cristal, los intérpretes de los posos de café, la quiromancia, etc.; desde la visión oficial del problema, recogen la antorcha los psiquiatras y especialmente los psicólogos. Las consultas de estos últimos se llenan, mientras se vacían los confesionarios ¡aunque el precio sea distinto!

Efectivamente, en lo que a humanidad se refiere, no estamos tan lejos de aquellos creyentes de los primeros siglos de nuestra era: seguimos diciendo ¡Jesús! cuando escuchamos un estornudo a nuestro alrededor  ¿Cuál es el origen de esta costumbre? El demonio, en los evangelios, anidaba en el cuerpo de los enfermos, ya que el mal, según lo indicado anteriormente, tenía un origen demoníaco: para sanar a alguien había que arrojar al diablo fuera del poseído. La desaparición de la enfermedad es decir, la sanación, era el síntoma exterior de la desaparición del demonio, es decir, la salvación. El Papa nos recuerda en su texto sobre Jesús de Nazaret, que el Jesús de la historia fue el gran exorcista de este mundo contaminado por el miedo. Arrojó el fetichismo  de las “fuerzas ocultas”  a las profundidades de la ignorancia y elevó al ser humano por encima de estas creencias. El mundo cambió desde entonces, aunque, en ocasiones, sigamos  sin comprenderlo, hasta el punto que existen personas que achacan a la religión  el ocultismo de las creencias. La energía divina de la fe, podemos seguir usándola libremente en “meigadas”, pero no le echemos la culpa a la religión, el origen del mal emana de la opción que tomemos ante este don: Jesús nos liberó de estos fetichismos, incluido el mayor que acosa desde el nacimiento: la muerte.

 ¿Y todo lo dicho, qué tiene ver con la historia del estornudo? Vivimos en la era cibernética y seguimos desconociendo, en gran parte, nuestro inconsciente colectivo. Cuando un judío convertido al cristianismo, estornudaba, si tenía dentro  al demonio,  podía  escapársele por la boca e introducirse en otra persona. Por este motivo, los que se encontraban a su alrededor exclamaban  ¡Jesús!  El demonio, ante el nombre del Señor, retrocedía y volvía a entrar por donde había salido. Hoy seguimos repitiendo este hecho aunque desconocemos su origen. Lo patético es que, además, se responde: gracias. Más absurdo aún es escuchar ¡salud!, cuando alguien tiene un constipado y estornuda (fonéticamente hablando los no creyentes han permutado la palabra Jesús por salud), Gracias, responden ¿Gracias, por qué? Por decir salud ante un episodio de fiebre debido a un proceso gripal. Si lo pensamos es de chiste.

Los intelectuales que escuchaban en Venecia al Papa, al saber usar el intelecto son conocedores de gran parte de la historia y de sus costumbres. Recordemos que el propio Benedicto XVI está considerado como uno de los grandes intelectuales de nuestro mundo. El talento de entonces, me refiero a la antigua moneda griega, ha llegado a cambiarse por la capacidad intelectual de hoy. Doy por hecho que en su origen tal cambio era razonable, pues sólo podía estudiar quien tenía muchos talentos (dinero). Lo lamentable es que hoy, se llame intelectual,  nuevamente, al que tiene o sabe hacer dinero.

El sector del espectáculo: cine, TV, teatro, futbol, toros, etc., está lleno de pseudointelectuales. Este último sector, el de los toros, es más sublime, porque al provenir del mundo religioso: la taurobolía, al profesional de la tauromaquia se le llama, más que intelectual, “maestro”. Recordemos que en la taurobolía al neófito, que se iba a integrar en la esfera de lo divino, se le impregnaba con la sangre del toro,  para darle la fuerza que necesitaba. Supongo que esta es la razón por la que se grita ante una buena faena ¡olé!, palabra que proviene de “Alá” “Yahvé”, o “Él” (dios máximo del panteón representado con el símbolo del toro). La escena, ante este grito divino del inconsciente colectivo de los aficionados, es escalofriante: Suena el clarín, el toro aparece, comienza el espectáculo, donde el “maestro” ataviado de brillantes lentejuelas (se disfraza de mujer para resaltar su poder mental y no su fuerza viril), aparece en el ruedo. Comienza el diálogo entre la fuerza material (toro) y la fuerza psíquica (hombre); todo parece controlado hasta que de repente, ocurre lo que parece inevitable… la faena está a punto de acontecer, pero el “maestro”, una vez más, burla el peligro, lo torea… y escucha del público: ¡Dios!, es decir, ¡Olé! ¡Quién lo iba a decir! Hasta la fiesta nacional está impregnada de una forma de bautismo religioso de tiempos pasados. Sansón perdió su fuerza al cortarle la cabellera, el torero se corta la coleta cuando abandona los ruedos.

 Siguiendo con estas historias recogidas de aquí y de allá, se observa, que el talento de nuestros medios de comunicación, también se mide por la productividad dineraria y no por la productividad intelectual.  Un partido de futbol es más talentoso que un programa en el que se retransmita una misa. No es extraño que el obispo de Guadix y miembro de la Comisión Episcopal Española de Medios de Comunicación Social,  acabe de afirmar que “hay que devolver la religión a las páginas principales de los medios, para conseguir una presencia normalizada de hechos religiosos en la agenda comunicativa”. Conseguir este cambio, significaría que el talento, volvería a reencontrar el valor no dinerario del concepto, es decir, el intelectual.  Desde esta visión, los intelectuales y el valor genuino de la religión, volvería a tener la importancia que hoy andan buscando el Papa y sus obispos. Ahora bien, no echemos la culpa a nadie: si los creyentes reencarnáramos el mensaje a nuestra forma de pensar, ¡otro gallo cantaría! Esta popular expresión nos recuerda que el gallo que seguimos escuchando, porque es el que sigue cantando, es el de la negación, como en la época de San Pedro. Pues bien, si queremos escuchar “otro gallo”, comencemos por responder de “otra forma”.

Aunque nuestro gallo esté afónico, desde este bello lugar de la “rivera sacra” (cualquier rivera u orilla es sagrada para un cristiano), y a través del medio de comunicación más novedoso: la red, seguimos pescando: hoy Pedro navegaría en la red, para seguir siendo “pescador” de hombres. Ahora, a través de ella y con ella, como hace veintiún siglos, pretendemos dejarnos oír para poner nuestro granito de arena en esta playa del saber religioso, del que procedemos cultural e intelectualmente hablando. Nuestra obligación como seres humanos, es seguir trascendiendo este saber, pero para trascender algo, se impone, previamente, conocerlo. De ahí la necesidad de usar, no sólo la fe; también se precisa el intelecto, para saber transmitirla a través de  los medios que tenemos a nuestro alcance. Confiemos que el Señor, al extender la red sobre la arena de nuestras vidas, nos permita recoger algún pez que nos salve…salvándole.