EL MAL
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- Categoría: Reflexión
- Publicado en Domingo, 05 Junio 2011 08:59
- Escrito por Constantino
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Hoy vamos a reflexionar sobre el mal, partiendo de las ideas que al respecto ha desarrollado una de las personas más relevantes dentro del saber teológico español; me refiero al profesor Andrés Torres Queiruga. Él, además, es gallego, y por tanto, no podemos evitar cierta querencia hacia sus enseñanzas que, para este humilde teólogo, vienen de muy lejos a través de sus libros. Ahora, nos propone meditar sobre el problema del mal. “Repensar el mal” (título de su último trabajo) es una necesidad en un mundo, que por su finitud, es cambiante. El mal es un problema humano, no es un problema religioso. No obstante y dado que todo problema humano interesa a la religión, la Biblia tratará de dar su respuesta. Mi paisano (déjeme el lector que presuma, yo nací en Viveiro, aunque viva en Madrid y me escape, siempre que puedo a San Clodio), como buen gallego, al darnos unas respuestas, nos crea otros interrogantes ¡me gusta! Así, en su finitud, como la de este mundo, nos sigue abriendo las puertas del infinito.
Hace muchos siglos, la escuela de sabios, integrados en el libro de Job, también tuvieron parecido dilema: ¿Hay mayor mal que el sufrimiento del inocente? El sabio de entonces no pregunta por el origen del mal, cuestiona a Dios por permitir el sufrimiento del justo. El mal estaba ahí, esta realidad era incuestionable para el que no seguía la norma de Yhavé, pero era incomprensible para el seguidor de su Ley. Job, que de paciente no tenía nada, léase el libro para comprobarlo, cuestiona el motivo del sufrimiento para aquél, que como él, es cumplidor de los preceptos divinos. Después de una larga reflexión, que le lleva a una constante rebeldía contra esta injusticia, aumentada por el “silencio” de Dios, finalmente, llega a una conclusión similar a la del profesor Andrés: “Era yo el que empeñaba el Consejo con razones sin sentido” (Job 38,2; 42,3). Expresando las ideas del profesor: Hay razones sin sentido como la cuadratura del círculo o tratar de dividir una clase en tres mitades. Interrogando a Dios con preguntas imposibles, nunca podremos tener respuestas. El mal no está originado en Dios, es inherente a un mundo finito. Preguntar por qué existe el mal en el mundo es como cuestionar a Dios el motivo por el cual, el círculo no es cuadrado.
¿Dónde está la solución al dilema? Dado que lo finito es, por naturaleza, imperfecto, y en la imperfección siempre habrá opciones mejores y peores, el mal no podrá desaparecer en tanto exista el mundo. La Biblia, desde el Génesis al Apocalipsis, trata de responde a esta angustia existencial ¿Cómo? Dios salva y sigue salvando al introducir en la finitud del mundo, el Amor. Esta experiencia, que es Vida, sólo se conoce cuando se vive. Job, cuando experimenta en su existencia este Amor, a pesar de todo lo que le va ocurriendo, comprueba, además, que nada le es imposible a este Poder total (Job 42,2), y entonces exclama: “Yo te conocía sólo de oídas, más ahora te han visto mis ojos. Por eso me retracto y me arrepiento en el polvo y la ceniza” (Job 42,5). Asumiendo lo finito (polvo y cenizas) intuye el infinito.
El mal es propio a la naturaleza de lo caduco y por tanto inherente a nuestro mundo finito. Este mundo finito, carece, choca con otras realidades finitas ¿Quiere esto decir, que Dios quiere el mal? No, Dios se preocupa por el sufrimiento constante que provoca el mal, dentro de ese mundo y pone a disposición del ser humano, desde el Paraíso (lugar al que tendemos y no del que salimos), el Amor recibido que al darlo, salva. La respuesta a esta contingencia necesaria, al menos desde la teología, es la salvación prometida por Dios, a través de la historia de Israel y plenificada en Cristo con su humanidad. Y decimos y repetimos, a través de su humanidad, ya que, paradójicamente (y por ello la respuesta de Andrés, que hago mía, crea, a Dios gracias, nuevos interrogantes), es en la aceptación de lo finito que hay que asumir (muerte) y en la colaboración con un Dios Amor, evitando la pobreza, la esclavitud, la injusticia, en definitiva, la falta de amor, en donde hayamos la eternidad (resurrección).
Job no puede quitar el mal que genera tanta injusticia, y menos cuestionar a Dios por su existencia, ya que es “una razón sin sentido”, Job y el cristiano de hoy, tienen que amar. Amando nos unimos al Amor y en él, a pesar del mal necesario, estamos salvados. Esta experiencia de la salvación está más allá del tiempo y es precisamente en la aceptación de esta finitud donde somos rescatados por el infinito.
Esta salvación en el Amor, permite al ser humano pensar que todo individuo es salvado en aquello que haya amado. La peor persona que podamos imaginar, siempre tendrá una parte de amor en su alma. Dios, con esta parte (este será su denario al final de la jornada), le salvará totalmente. Repensando el mal sin hacer preguntas carentes de sentido, como indica Job y desarrolla Torres Queiruga con el lenguaje y conocimientos actuales, he llegado, no obstante, a intuir un más allá pleno para toda persona. Pensemos una escalera con 10 escalones, numerados del 1 al 10. La expresión de la humanidad querida por Dios quedaría reflejada en el perfecto orden de dichos escalones ¿Qué sucede? Que conforme a la experiencia de amor que hayamos tenido en esta vida, los escalones estarán mejor o peor colocados: El número 1 puede estar en el puesto 3, el 3 en el 7… etc., es decir, las categorías de amor estarán trastocadas. No obstante, siempre habrá algunos escalones en su lugar. Estos escalones, que representan la parte de amor realizada en esta vida, al encontrarse frente a la plenitud de la humanidad de Cristo, permitirán a Dios purificar el mal del resto de la escalera (persona), resituando las categorías de amor, gracias a la energía amorosa emanada de Cristo. Conviene recordar que Cristo, nos estará recibiendo a todos en el mismo instante, desde Adán, al último ser humano de nuestro tiempo, dado que el más allá al ser eternidad, no conoce la temporalidad. Por tanto, el purgatorio habrá que “medirlo” en intensidad amorosa, que no en tiempo, y la purificación dependerá de los escalones que debamos situar en el orden correcto. Pero incluso este acto, será motivado por amor y nunca por castigo y purgación.
En el más acá, la realización de esta persona habrá quedado empequeñecida, al optar, libremente, por generar más odio que amor ¿Quién duda que estas vivencias negativas conllevan un infierno real en este mundo? Dejemos al infierno del otro mundo en mera posibilidad. Esta posibilidad no se puede negar, aunque la Iglesia jamás haya declarado que alguien lo habite, no así en el cielo. Somos de la creencia que en el más allá, la mínima expresión de amor que hayamos sentido en el devenir de la vida (recalcamos que el peor individuo siempre habrá hecho algo bueno), permitirá a Dios salvarle ¡plenamente! No creo que dependiendo del mal realizado en el más acá, se pierdan posibilidades de realización en el más allá. En el más allá si está todo, no puede perderse nada. Volvemos a la cuadratura del círculo. Igual que lo finito no puede ser omnicomprensivo, lo infinito no puede, por definición, dejar de incluir algo. El denario es el mismo para todos los trabajadores de este mundo (Mt 12,1-16). Creo, y es mi opinión, que la finitud de mi mal, no puede ser superior a la infinitud de amor de Dios. Un bebé no puede ofender a la madre cuando llora ¿Cómo pensar que mi ofensa limitada (que en definitiva, es a mí mismo) va a conllevar la pena del infierno eterno, cuando la distancia entre el bebé y la madre es incomparable con la que existe entre el ser humano y Dios?
Andrés Torres Queiruga nos hace reflexionar. Suerte para los que puedan estar en A Coruña en la segunda semana de Julio y escuchar el curso que sobre este “repensar el mal” va a celebrase en la UIMP.

