PENTECOSTÉS
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- Categoría: Reflexión
- Publicado en Miércoles, 08 Junio 2011 19:42
- Escrito por Constantino
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En estos días se celebra una fiesta, dentro de la cristiandad, que merece una alto en el camino: Pentecostés. Por supuesto, que nuestros altos en el caminar humano, son para reflexionar, nunca para pararnos. Los del camino (cristianos), como los de Emaús, sólo se paran al llegar a la Eucaristía, es decir, para reflexionar y seguir caminando hacia su particular Jerusalén (Lc 24,32s). Por otra parte, la reflexión, en el sentido físico de la palabra, es un fenómeno por el cual, un rayo de luz, que incide sobre una superficie, es reflejado. Con la física, la teología puede afirmar que Pentecostés es la luz del Espíritu Santo que se dejó captar en un momento dado de la historia, y que refleja su luminosidad a través de los siglos, volviendo eternamente hacia su propia fuente.
Pentecostés (símbolo que representa 50), dentro del mundo mítico del que procedemos, tiene una larga historia. El rio universal de nuestra catolicidad, hace brotar sus aguas del particular manantial del pueblo hebreo. El cristianismo, retomando el saber judaico (que es el hebreo evolucionado), surgió también a los 50 días de aquel evento que sigue trascendiendo la historia: la resurrección.
¿Por qué llega el Espíritu Santo, precisamente, a los cincuenta días de la muerte-resurrección de Cristo? Las tradiciones guardan sus símbolos a través de la historia; éstos, únicamente cuando son vivenciados, pueden ser trascendidos. El naciente cristianismo, tras la experiencia del resucitado, tenía que poner por escrito este acontecimiento. Así, retoma las tradiciones de sus mayores y las trasciende ¡Vamos! igual que hoy, que por desconocimiento de ellas, nos reímos de las experiencias de nuestros mayores, y al no saber trascenderlas, las vamos perdiendo.
¿Qué decía la tradición? Israel reconocía y sigue reconociendo algunos de sus símbolos más relevantes. Uno de ellos es la experiencia de libertad alcanzada tras la salida de la esclavitud de Egipto. Aquella gesta de Moisés ha quedado en la memoria colectiva del pueblo y se sigue celebrando en la fiesta llamada del Pésaj. A los cincuenta días de la salida de Egipto, Dios les hizo el mayor regalo que podían imaginar: las tablas de la ley. Fue el hecho histórico que aglutinó a unas tribus errantes, convirtiéndolas en el pueblo de Israel. Desde entonces, siguen recordando que a los 50 días de conseguir la libertad, ellos pudieron entender la Palabra de Dios esculpida en la piedra. Este evento se recuerda actualmente a los cincuenta días de la fiesta del Pésaj con la fiesta llamada Shavuot.
Los cristianos, retomando estos símbolos, expresamos, a través del nuevo Moisés: Cristo, la nueva ley de Dios. La ley mosaica del Sinaí se transformará en la ley del monte de las Bienaventuranzas: la fundamentación de las éticas descansa en la necesidad de su constante refundación. Ahora en el día cincuenta (en griego, pentekosté) de ser vencida la esclavitud de la muerte en la Cruz, nuevamente escuchamos la voz de Dios; la voz, que debido a nuestra sordera, dejamos frecuentemente de escuchar. El libro de Hechos de los Apóstoles nos narra lo sucedido (Hch 2,1-11). Pero al igual que Israel, hemos de permanecer libres ante la Palabra que acude al encuentro de la humanidad. Si la palabra acude, y sigue acudiendo desde el “Dijo Dios” del Génesis (Gn1,3), le propongo al lector otro posible “reflejo” del Espíritu, que desde Pentecostés, nos sigue iluminando.
Lucas, al narrar esta historia, que en aquellos tiempos formaba parte de su evangelio, nos dice que “estaban todos reunidos”: nadie queda fuera de la esfera de lo que va a ocurrir, allí están todos. Lucas menciona a los principales pueblos de la antigüedad. Hoy tendríamos que añadir, ingleses, franceses, japoneses, alemanes, españoles, etc. Se oye un ruido como… se posan unas lenguas como…Todo parece como…, el evangelista no encuentra las palabras exactas. Imposible narrar lo que allí sucedió y sigue sucediendo. La letra marcada a fuego sobre la roca en el Sinaí, se cincela ahora sobre la humanidad, hecha piedra (Pedro y los apóstoles)). La nueva ley va a quedar grabada “a fuego” en sus corazones y se comunicará a través de la palabra ¿Cuál es el órgano que desempeña una función principal en la comunicación? La lengua. Ella es el símbolo que se posa sobre los apóstoles. No hay nación que quede al margen de lo que está sucediendo: el lenguaje cristológico puede ser comprendido en todas las lenguas. Sí, ya se que hay personas que prefieren pensar que en Pentecostés, aquellos insignificantes galileos, comenzaron a hablar en Inglés, francés, japonés, griego, latín, etc., es decir, que, Pentecostés, se convirtió en la nueva academia de idiomas de los cristianos, en la glosolalía universal. No obstante, y dado que los milagros, en cuanto signos, tienen matices infinitos, si observamos, el prodigio se realiza en los oídos del que escucha: “¿Cómo cada uno de nosotros les oímos en nuestra propia lengua nativa? (Hch 2, 8). Los apóstoles hablan… y cada uno les oye en su lengua nativa ¡!
Lucas no escribe su texto para que los cristianos se conviertan en traductores de idiomas, sino para que capten (captemos), como en el Génesis, el decir de Dios. El milagro nos atañe hoy como entonces, ya que lo importante es saber escuchar al Espíritu. Conviene recordar al respecto que cuando el ser humano no escucha y quiere comunicarse con Dios a partir de sus solas fuerzas (hoy podríamos decir aprendiendo lenguas), como en el episodio de la Torre de Babel (Gn 11,1-9), llega el caos. La confusión es tal, que no puede comunicarse ni con él mismo, cuánto más con el prójimo. Con Pentecostés, el hombre reconoce que Dios, a través del Cristo que llevamos dentro, y en virtud de este milagro donde Dios es más yo que yo mismo, cambia la escucha ¡la escucha! ¿O no?
Las tablas de Moisés son las de Cristo. Y como Miguel Ángel al finalizar la escultura del Moisés, oímos decir: ¡Ahora, habla! Si el hombre se calla, la nueva ley del Espíritu que está basada simplemente en el amor, queda sin comunicarse. La llegada del Espíritu Santo, es la llegada del Amor, quien lo tiene ha de comunicarlo, y esta comunicación, que se hace a través de la lengua, trasciende cualquiera de los, aproximadamente, 6.000 idiomas existentes en el mundo ¡Todos pueden escucharlo! Hemos oído al Papa días pasados hablar con los “extra terrestres”. Menudo milagro hubiera sido para aquellas primeras comunidades. Los extra terrestres, es decir, los astronautas que estaban fuera de la tierra, tuvieron una interesante comunicación en directo con Benedicto XVI en la que pudimos observar el diálogo fe-cultura ¡Una imagen vale por mil palabras! Ahora el ojo, suplanta a la lengua…el milagro continúa reflejando el Espíritu para quien quiera captarlo.
Lucas, que ha vivido esta experiencia imposible de narrar y entender (la vida se explica viviéndola y el amor entregándolo), quiere que su comunidad capte este misterio. La experiencia de Pentecostés había que vivirla dentro de la comunidad (Iglesia) que se estaba formando en aquellos días ¿Cómo nos hace comprender Lucas que esta experiencia suya pertenece a todo el colectivo de creyentes? El evangelista la retrotrae a la vivencia de María: escribe dos nuevos capítulos que añade al principio del evangelio que ya circulaba hacía años entre los cristianos. Estos dos capítulos que hoy figuran al comenzar su evangelio, son los llamados “evangelios de la infancia”. En ellos nos narra la llegada del Espíritu que cubrió con su sombra a María; ahora en Pentecostés, están viviendo la llegada del Espíritu y aprehenden, de alguna manera, lo que debió haber sucedido con la madre de Jesús. Ella fue, por tanto, la primera cristiana y como tal, es para Lucas, el símbolo de la Iglesia naciente. En ella, tiene que seguir llegando el Espíritu para que los Hijos de Dios que han aprehendido el mensaje, continúen pariendo al Cristo que llevan (llevamos) dentro (ser cristianos), comunicándolo más allá de toda lengua. El evangelio es Palabra Viva, Amor, y no conoce barreras lingüísticas: ”quedaron llenos del Espíritu Santo y se pusieron a hablar en otras lenguas, según el Espíritu les concedía expresarse” (Hch 2,4). Cuando Lucas pone por escrito estas vivencias, se le ocurre decir que creían que estaban llenos de mosto (Hch 2,13). La embriaguez es tal, que parece borrachera, pero, como dirá astutamente el evangelista ¡borrachera de mosto! el vino, que al no estar fermentado, no puede emborrachar. Es que también, la borrachera de amor es como…
Última conclusión de este reflejo del Paráclito en nuestras vidas y, por tanto, en nuestras expresiones simbólicas: Los cincuenta (Pentecostés), llegan pasados los cuarenta (cifra que representa el tiempo de vida de cada persona). Durante este periodo por el que pasa todo ser viviente, hay que tener una conducta con Dios (3) y con el prójimo (7); esta conducta está representada en los diez mandamientos (3+7) (Jesús los convertirá en dos: amar a Dios –los tres primeros- y amar al prójimo –los siete segundos- Lo importante no es el número –letra-, sino lo que expresa –espíritu-). Y es que toda vida (40), debidamente compartida con la ética que marcan los signos de los tiempos (10), llega a su personal Pentecostés (50). Y el que tenga oídos, como los partos, medos, elamitas… oirán con los apóstoles, como si una ráfaga de viento habitara entre nosotros: es el Espíritu Santo que, como una paloma, vuela y sigue llegando con Cristo a través del lenguaje de aquellos tiempos. Es posible que al lector le cueste traducir este lenguaje y, a veces, sude como gotas de sangre, ya que, posiblemente, no sea conocedor del idioma cabalístico en el que se expresa Lucas, o en el apocalíptico, en que se expresa Juan, pero estoy seguro que en Cristo, aunque sea gallego, catalán, vasco o castellano, escuchará, comprenderá y sentirá la revelación amorosa de Pentecostés como la suave brisa que acaricia el alma, y une a nuestros pueblos, más allá de la lengua, hasta el fin de los tiempos. Sí, ya se que, como en el Génesis, la lengua puede ser motivo de separación. De eso sabemos algo por estos lares, pero es que, desde el evento de la resurrección, nos toca elegir a nosotros: ¿Babel o Pentecostés?

