LA ETERNIDAD

 

 

¿Cómo será la eternidad? ¿Podemos intuirla? ¿Puede un ser finito como el humano, pensar, tan siquiera, cómo será el infinito?

Desde la finitud de nuestro ser, es imposible responde a estos interrogantes. Por esta razón hay muchos creyentes que piensan que la eternidad es igual al tiempo infinito ¡Menudo aburrimiento! Así por siempre.

Dentro del imaginario posible, que es mucho más grande de lo que pudiera parecer a primera vista, la eternidad viene explicada en distintos espacios. Y he ahí el problema, al menos desde nuestra perspectiva cristiana. La eternidad no puede ir explicada en espacio alguno por el simple hecho que donde hay espacio hay tiempo y donde hay tiempo, lógicamente, no hay eternidad.

Me explico: El Evangelio dice explícitamente que “El tiempo se ha cumplido y el Reino de Dios está cerca” (Mc 1,15). Para intuir la eternidad, que es la entrada al Reino de Dios, se impone previamente, llegar a la plenitud del tiempo,  dicho de otra manera, llegar al final del tiempo; Jesús nos avisa que no podemos saber lo que es el Reino si el tiempo no ha llegado a su fin. Cuando reflexionamos sobre el Padre Nuestro se explicó cómo hacer que llegue el Reino, ahora, si esto se ha dado en el creyente, podemos decir que desde el tiempo, estamos haciendo que éste se plenifique, es decir, que se acabe.

¿Cómo podemos sentir este “no tiempo” necesario para imaginar la eternidad? A la mente acostumbrada a ver todo desde la memoria, le es imposible ¿Por qué? Porque la memoria es tiempo y el tiempo es muerte. Por esta razón para alcanzar la eternidad hay que vivir el presente. En el presente no hay tiempo, hay vida, hay acción, hay virginidad al ser todo novedoso, es decir, Evangelio.

EL tiempo, para el cristiano, es cruz. Este símbolo, como todos si son auténticos, traspasa lo temporal. La cruz queda simbolizada en cada creyente a través del bautismo. El bautismo nos introduce en la muerte: “¿O es que ignoráis que cuantos fuimos bautizados en Cristo Jesús, fuimos bautizados en su muerte?” (Rm 6,3). Pablo lo tiene claro. Es preciso renunciar al tiempo para intuir la resurrección “… Al igual que Cristo fue resucitado de entre los muertos por medio de la gloria del Padre, así también nosotros vivamos una vida nueva” (Rm 6,4). Quien muere en la cruz cada día, intuye, como Pablo, una vida nueva.  Esa vida nueva, si es eterna, no tiene tiempo. De ahí la necesidad de llegar  mentalmente a la plenitud del tiempo de cada creyente, pues es desde ese “instante pleno” desde el que intuimos la eternidad, aunque físicamente sigamos en la temporalidad. Es en la plenitud de cada tiempo donde comienza la revelación del Evangelio.

Seguro que al lector/a mientras ha estado leyendo esta reflexión, que reconozco no es fácil, pero es real,  le habrán pasado por la mente infinidad de ideas, objeciones, sugerencias, etc. Pues, bien, todo eso es tiempo. Si lee ¡Lea! No deje que su mente se enrolle. Ud., si está leyendo, no quiere pensar, ¡quiere leer! Observe desde su interior que siempre que está en un sitio, su mente está en otro, es decir, Vd. quiere estar en este “instante”, porque de hecho, no tiene otro, pero sus pensamientos, que son muerte (tiempo pasado), se la está jugando constantemente.  Es preciso matar ese tiempo que no existe nada más que en la mente, y que no es Vd. (crucificarlo), para que en este instante (eternidad, no tiempo), desde la virginidad de su mente, reencuentre lo que Cristo nos sigue diciendo desde la plenitud del tiempo del Evangelio.

Hay que renunciar a esa vida, que creemos nuestra y que sólo es memoria de lo que hemos sido o queremos ser y nunca nos deja ser ¡lo que somos!, para alcanzar la auténtica vida. Quien pierde esa vida que es tiempo, se encuentra en ese preciso ¡instante!, en el no tiempo.

La sabiduría popular explica esta verdad con una frase que repetimos desde el inconsciente siempre que intuimos lo que estoy tratando de expresar. Ha pasado un ángel  ¿Recuerda el lector/a esta frase? Siempre que nos quedamos extasiados, suspendidos, admirados, callados, es decir, sin que ningún pensamiento nos enturbie la visión, decimos: Ha pasado un ángel. Pues en ese instante, y nuestra vida está plena de instantes, vivimos virginalmente ya que nada nos empaña el ser, y es en ese instante cuando estamos a las puertas del Reino que  nos revela Cristo.

Y el que tiene oídos… no tiene pensamientos. “Shemá Israel” (escucha Israel). La vida del cristiano es relación y para relacionarse con el otro se impone desde tiempos inmemoriales, saber escuchar, pero no es posible escuchar, si no paramos interiormente los pensamientos, porque entonces se da la paradoja, que al único que escuchamos es a lo que creemos ser, es decir, a nosotros mismos en lo que fuimos, y no en lo que somos en ese instante ¿Qué somos? Escucha atenta al otro, sólo entonces se revive en el cristiano la frase “Porque donde están dos o tres reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos” (Mt 18,20).

Nuestros pensamientos, que son muerte, tiempo, nos separan del otro y no nos permite escucharlo y descubrir el misterio que se revela cuando la mente virginal permite que Dios siga entre nosotros.