EL BAUTISMO DE JUAN (Jn 1,29-34)

Hoy como entonces existen creyentes que equivocan el bautismo de Juan con el de Jesús. Cierto que la tradición representa el bautismo cristiano como el del Bautista, a través del agua.

Hoy deseamos reflexionar sobre el bautismo de Juan. Los pasajes evangélicos son bastantes elocuentes. Marcos lo narra, pero, le resulta tan extraño, que inmediatamente explica la teofanía (Mc 1,9-11). Mateo, que dirige su evangelio a los judíos, necesita intercalar el motivo de este bautismo “Soy yo el que necesita ser bautizado por ti” (Mt 3,13-17). Lucas, curiosamente, encarcela a Juan antes de que Jesús fuera bautizado (¿quién lo bautizó?), (Lc 3,19-22). Hemos escuchado esta semana en la misa dominical que el evangelista Juan, simplemente, omite el bautismo y narra en tercera persona la teofanía, resaltando la necesidad del testimonio (exigencia de aquellas comunidades cristianas del inicio del siglo segundo d.C. Conclusión: el bautismo de Jesús por Juan trajo muchos problemas a las primeras comunidades cristianas, por tanto, nos encontramos ante un hecho real, que jamás se habría inventado la naciente Iglesia.

Jesús, en cuanto hombre, asumió el pecado colectivo de Israel, como Esdras o Nehemías, aunque éste, no fuera su pecado personal. Pero Jesús, como Juan Bautista, tenía que asumir la necesidad del cambio (metanoia). Los evangelistas, cada uno a su estilo, reclaman la necesidad del cambio. No se puede ser cristiano, si previamente no se está dispuesto a cambiar. Zacarías, el padre del Bautista y como hoy muchos cristianos, tampoco entendía la necesidad del cambio. Así el hombre de Dios que por ser sacerdote predicaba con la palabra, cuando tiene una experiencia de Dios (el día que le tocó en suertes entrar en el templo), se queda mudo (Lc 1,5-22).

Juan tampoco comprende la actuación de Jesús (¿eres tú el que ha de venir, o debemos esperar a otro?) (Lc 7,19). Cristo sobrepasa cualquier posible cambio. El Evangelio o es constante novedad o no es “Buena Nueva”. De ahí que antes de vivirlo sea preciso querer cambiar. Este cambio o “metanoia” es el que representa Juan con el agua, donde el neófito, al salir del líquido elemento, objetiviza el cambio interior que reclama el bautista para entrar “virgen” en la nueva economía de salvación. Pablo, diríamos hoy, se apeó del burro (la caída del caballo también es una metáfora que nunca existió). Pablo era un erudito de las Escrituras, pero al encontrarse con la divinidad (el Resucitado), le ocurrió igual que a Zacarías, tuvo que cambiar su vida, sólo así Cristo, sigue actualizándose en cada creyente.

De ahí que digamos con Pablo que es preciso “renovar el espíritu de nuestra mente” (Ef 4,23). Quien está dispuesto a cambiar podrá posteriormente asimilar el bautismo del Espíritu que Cristo nos propone y con el evangelista Juan observar la teofanía que es un adelanto de la resurrección. Pero ayer, como hoy, hay que tener “ojos” para verla y proclamar: “Y yo lo he visto y doy testimonio…”(Jn 1,34).