EL MIEDO

El que teme sufrir ya sufre el temor (Proverbio chino)

El miedo es una de los mayores males del ser humano. Dejamos al margen el miedo que nos permite sobrevivir. Donde hay fuego, más vale echar a correr. El miedo provocado por los mecanismos de supervivencia nos salva. Sin embargo, hay otros miedos que nos matan.

El miedo que provoca nuestra mente, el que nace y muere dentro de uno mismo es el  miedo que Jesús, en cuanto hombre, trató de erradicar. Ya cientos de años antes el libro de Josué dejó constancia de esta realidad humana “No tengas miedo ni te desanimes, porque yo, tu Señor y Dios, estaré contigo dondequiera que vayas” (Jos 1,9).

La antropología bíblica es consciente del temor. Es más, una de las exigencias constantes de la fe, es reclamar la búsqueda de nuevos horizontes, reconociendo que lo desconocido siempre produce miedo. De ahí que si por una parte exige vivir cada día como nuevo, por otra recuerde que “Así que no temas, porque yo estoy contigo; no te angusties, porque yo soy tu Dios. Te fortaleceré y te ayudaré; te sostendré con mi diestra victoriosa (Is 41,10).

 

El Evangelio va más allá; si el pensamiento de lo que creemos ser, es lo que genera el miedo, se impone crucificar a ese ego para que renazca el yo. Sólo un yo, libre de su propia memoria, que es tiempo y por tanto muerte, puede comprender lo que indica Jesús: “…no os angustiéis por el mañana el cual tendrá sus propios afanes. Cada día tiene ya sus problemas” (Mt 6,34). De hecho, el cerebro humano, no está hecho, tanto para recordar, cuanto para añadir patrones de comportamiento que nos permita imaginar el futuro…que se ha de realizar en cada presente.

 

¿Qué significa crucificar la memoria de lo que creemos ser? Saber diferenciar que para ser, no es preciso conocer idiomas, estudiar ingeniería o ser agricultor. Para estar, y sobre todo si queremos un bien-estar en la sociedad, sí. Pero el Evangelio tratar de revelar el ser: quien lo encuentra, aún siendo pobre, es decir, careciendo de todo lo que nos puede conducir al bienestar, es feliz, bienaventurado (Lc 6,20-23).  Y ello, porque nuestro ser no puede desear llegar a ser, pues el ser, es, y si es, no puede no ser. No en vano para la Biblia, el nombre de Dios es Yahvé, el que Es, dicho de otra manera, el Ser.

 

Desear ser, es creer que no somos, y nos remite nuevamente al Génesis donde Adán y Eva quieren ser como dioses, olvidando que como hijos suyos llevamos la impronta de la divinidad marcada en nuestro corazón. Esta experiencia, del querer ser, provoca terror. El salmista lo expresa muy bien: “Cuando siento miedo, pongo en ti mi confianza. Confío en Dios y alabo su palabra; confío en Dios y no siento miedo ¿Qué puede hacerme un simple mortal?” (Sal 56, 3-4). Un simple mortal nada puede hacer, pero pretender ser como Dios está grabado en el inconsciente colectivo. El pecado original es el origen del pecado de quien no sabe que es. La historia equivocada de la humanidad refleja este temor desde Caín; cuando llega Jesús  muestra que para vivir en el paraíso es necesario asumir la humanidad, únicamente así nos dejamos alcanzar por la divinidad.

Uno de los peores miedos, es el miedo a la muerte. Tras este temor, únicamente queda el miedo al miedo. La sociedad de Jesús vivía inmersa en los miedos ocultos. Hasta el punto de encontrarse paralizada. Muy especialmente por la forma en la que entendían el hecho religioso ¿Estaremos viviendo la misma experiencia?

 

El evangelista Marcos expresa esta realidad a través de la curación del hombre que tenía un brazo paralizado. Este anónimo personaje, representa a los judíos, que junto a Jesús y los fariseos están en la sinagoga (observe el lector que en este pasaje no aparecen más judíos, siendo un sábado y debiéndose encontrar la sinagoga llena, por tanto, el hombre con el brazo paralizado los está representando). Es un sábado, las leyes han asfixiado al creyente hasta el punto de ser lo más importante de aquella sociedad. Jesús había dicho que el sábado había…”sido instituido para el hombre y no el hombre para el sábado” (Mc 2, 28).

 

Marcos representa esta parálisis de la sociedad con el anónimo personaje del brazo paralizado, seco de no ayudar al prójimo porque la religión lo prohíbe. El miedo paraliza. Jesús ordena trabajar por los demás ¡incluso en el día dedicado a Dios! Esta es la auténtica oración. Esta es la paz que erradica los temores. “La paz os dejo; mi paz os doy. Yo no os la doy como la da el mundo. No os angustiéis ni os acobardéis” (Jn 14,27). La paz de Cristo hace desaparecer la angustia generada por los fetichismos de toda sociedad. Con razón dice el Papa en su libro sobre Jesús de Nazaret, que Jesús fue el gran exorcista de la humanidad. La paz que nos deja Cristo, no viene del mundo, es decir, del exterior del ser humano, se genera en aquel que, a través del bautismo, vence a la muerte día a día y vive la experiencia del resucitado. En esta experiencia sólo hay vida, como exclamaría Pablo “Dónde está, oh muerte, tu aguijón” (1 Cor 15,55).

 

Sin embargo el miedo, producto de nuestra mala creencia, parece que puede hacer  volcar la tabla de salvación que Dios nos revela en Cristo. Y la barca zozobra… Jesús parece descansar (Mt 8,23-27), igual que Yahvé el día siete de la creación (Gn 2,2). Quiera Dios que como Jonás, sepamos salir del mar de dudas que nos hace constantemente temer. El temor seguirá agazapado en nuestra mente apareciendo con distintas caras, hasta que crucifiquemos la máscara de lo que creemos ser y dejemos nacer, como en Belén, al hijo de Dios que todos llevamos dentro.