LA HOMOSEXUALIDAD EN LA BIBLIA

El Evangelio proclama que “No hay nada encubierto que no haya de ser descubierto, ni oculto que no haya de saberse” (Mt 10,26) Y la Iglesia en la Verbum Domini  exhorta a todos los fieles a acercarse también a las páginas oscuras de la Biblia, a fin de que sean comprendidas (42). Pues bien, uno de esos temas tabús en nuestros días,  dentro del orbe católico, sigue siendo el de la otra sexualidad.

Una voz tan autorizada  en la Iglesia, como la del cardenal emérito de Milán Carlo María Martini acaba de publicar en su libro “creer y conocer” que hay que dar “cierta estabilidad a las parejas homosexuales”, ya que, “No es un mal que, en lugar de relaciones homosexuales ocasionales, dos personas tengan una cierta estabilidad y por tanto en este sentido el Estado podría también favorecerlos” Este reconocimiento no va en contra del matrimonio heterosexual; entrar en este juego es volver a los tiempos en los que se discriminaba al matrimonio para ensalzar el celibato. Al cardenal no le parece justo “expresar discriminación alguna hacia otros tipos de unión”.

Vamos a reflexionar partiendo de este ejemplo que nos brinda el cardenal Martini. Como es costumbre en esta página, estudiamos los textos bíblicos, pues si nada humano le es ajeno ¿qué nos dice al respecto? Vaya por delante que las excentricidades de cualquier bando, nunca son buenas, y nadie en su sano juicio las quiere. Si los varones, con ánimo de provocar, no deben ir besando a las mujeres por la calle, los homosexuales, por la misma razón, deben guardar el mismo decoro. Comprendo que la represión de tantos siglos necesita una válvula de escape, pero si queremos normalizar la situación del colectivo gay, actuemos con normalidad. A veces, el orgullo gay y sus fiestas, no son, precisamente, al decir de los propios homosexuales, la mejor expresión para dicha normalización. Y con ello no estamos sugiriendo que el acto de besarse públicamente sea inmoral: Judas lo usa para entregar a Jesús; sin embargo, para Juan el evangelista, era un signo de amor tan grande, que lo omitió en su evangelio. ¡Un acto de amor íntimo (el beso) no debe ser el inicio de una actitud pública de traición (la cruz)!

 Al margen de las provocaciones, para un cristiano una cosa debe estar clara, si Jesús atendió a los marginados de su sociedad con tal cariño que provocó la ira de”los bien situados”, hasta el extremo de llevarle a la muerte, cuál tendría que ser el comportamiento de los creyentes, ante la  incomprensión y marginalidad de parte de la sociedad contra “la otra sexualidad”. Una sociedad que parece obviar que, al menos un 5% de la humanidad, es gay. Imposible marginar a tantos millones de hombres y mujeres, que si bien no entran en la “norma”, su manifestación es “normal”.

Cierto que todo va cambiando, y uno de los cambios para esta aceptación social dentro de los países democráticos, se ha realizado en el pensamiento heterosexual. Hasta el siglo pasado, en el Derecho Canónico se indicaba que el fin del matrimonio eran los hijos; esta afirmación provenía, entre otros, de Clemente, uno de los primeros teólogos cristianos que invocando la «regla alejandrina» proclamaba que el acto sexual, para ser moral, debía estar dirigido a la procreación; hoy ya no es así: el fin del matrimonio es el amor. Siempre ha sido el amor. Los hijos son, o no, su consecuencia. Hace años publicamos un trabajo en el que explicamos que la unión de hombre y mujer con el fin de procrear, era de origen animal, mientras que el matrimonio con el fin de amarse, era y seguirá siendo, de origen humano. El Cantar de los Cantares ya había revelado este misterio: “Yo os conjuro, hijas de Jerusalén, no despertéis, no desveléis al amor hasta que le plazca”  (Ct 8,4).

Este cambio de perspectiva, que fue el que tomó Jesús al decir que el amor une para toda la vida, pues su origen por ser humano, pertenece a Dios, provocó de tal forma a la sociedad de entonces, que oímos decir a los propios apóstoles: “Si tal es la condición del hombre respecto de su mujer, no trae cuenta casarse” (Mt 19,10). Esta frase esconde una nueva realidad, la mujer ya no es propiedad del hombre, el amor posee a ambos por igual y ningún poder humano tiene potestad para separarlos.

Desde esta perspectiva, la homosexualidad, comienza a ser mal vista por los heterosexuales judíos, que sólo ven en la homosexualidad una libertad que al heterosexual se le ha cercenado. Pero no fue la Iglesia la que arremetió contra el colectivo, ante bien todo lo contrario. Jesús habla del colectivo con una realista naturalidad: “Porque hay eunucos que nacieron así del seno materno, y hay eunucos hechos por los hombres, y hay eunucos que se hicieron tales, a sí mismos por el Reino de los Cielos. Quien pueda entender que entienda” (Mt 19,12). 

Veintiún siglos después hay gente que no entiende o, simplemente, no quiere entender. La naturalidad con la que habla de ella es asombrosa: ¡Hay gente que nace así! El mismo Jesús se hizo eunuco por el Reino. El escándalo en aquella época, no era ser homosexual, lo prohibido era ser varón y no casarse. Cierto que el Deuteronomio dice: “El que tenga los testículos mutilados o el pene cortado no será admitido en la asamblea del Señor” (Dt 23,2). El hombre que no podía procrear, no tenía derecho a pertenecer al pueblo elegido. La necesidad de tener descendencia había promulgado esta ley para sobrevivir, equiparando al homosexual con el eunuco; esta equiparación, incluso en el vocablo, se seguía dando en la sociedad romana de la época de Jesús, donde como hoy, la homosexualidad no era norma, pero era normal.

Las leyes cambian con los cambios de la sociedad. Por ello en la época del profeta Isaías el pueblo cambia la opinión sobre el varón que no procreaba (¡hace aprox. 26 siglos!), y lo que había sido hasta entonces una maldición por el hecho de no tener descendencia, se convierte en bendición: “Porque así habla el Señor: A los eunucos que observen mis sábados, que elijan lo que a mí me agrada y se mantengan firmes en mi alianza, yo les daré en mi Casa y dentro de mis muros un monumento y un nombre más valioso que los hijos y las hijas; les daré un nombre perpetuo que no se borrará” (Is 56,4-5). El pecado de Sodoma, nada tiene que ver con la sodomía, ni por supuesto con la homosexualidad, pues lo que allí se castigó fue la falta de hospitalidad. Al menos así lo entendió Jesús:Y si no se os recibe ni se escuchan vuestras palabras, salid de la casa o de la ciudad aquella, sacudiendo el polvo de vuestros pies. En verdad os digo: el día del Juicio habrá menos rigor para Sodoma y Gomorra que para aquella ciudad» (Mt, 10,14s).

El apóstol Felipe debió comprender el proceder del profeta Isaías y el de Jesús de Nazaret, cuando con él, la Iglesia de las primeras comunidades, comenzó a bautizar a los no judíos y en primer lugar, precisamente, a un importante homosexual: “Y he aquí que un etíope eunuco, alto funcionario de Candace, reina de los etíopes, que estaba a cargo de todos sus tesoros…regresaba leyendo…El Espíritu dijo a Felipe…bajaron ambos al agua…y lo bautizó” (Hch 8,26-39). Este representante de la otra sexualidad al que hace referencia el libro de los Hechos de los Apóstoles, era el máximo responsable de los tesoros de la reina. Aquí se están encontrando dos sociedades completamente distintas: la judía y patriarcal y la etíope y matriarcal. Cuando las primeras comunidades cristianas aceptan esta orden del Espíritu Santo, están preparadas para bautizar a uno de sus más encarnizados enemigos: Pablo de Tarso (Hch 9,19-22). No deja de ser sintomático que el apóstol sea bautizado tras el bautizo del homosexual. Posiblemente no podemos obviar este hecho a la hora de  comprender la confesión que hace Pablo cuando afirma que: en Cristo no hay hombre ni mujer (Gal 3,28). Esta revelación era, y sigue siendo, difícil de digerir. Pero la Iglesia la hizo suya desde el primer momento ¿Por qué? Entre otras razones, porque el texto que va leyendo el homosexual de Hechos, al que estamos aludiendo, es el de Isaías 53,7-8 donde el marginado es llevado como una oveja al matadero. Para los judíos, y a pesar de Isaías, seguían siendo marginados, como lo era la mujer, el niño, el pobre, el enfermo, etc., para los cristianos, no ¿Cómo expresar esta realidad? Con la pregunta que el propio homosexual hace: “¿Qué impide que yo sea bautizado?” (Hch 36-40). Felipe lo bautiza y Lucas en su texto deja constancia que lo hace por imperativo del Espíritu Santo. Con razón Jesús exclamó al referirse a este colectivo “Quien pueda entender que entienda”.

La comunidad cristiana nace en medio del escándalo y desafía las estrechas lecturas de las Escrituras. Y así fue a través del tiempo, hasta más allá del siglo XIII donde la sociedad, que no la Iglesia, volvió a arremeter contra estas personas.

Hoy, como creyentes, conviene releer estos textos; Jesús se escandalizaría del comportamiento de algunos cristianos, que siguen sin querer entender, y por supuesto, también del comportamiento de algunos homosexuales, aunque, posiblemente, sería más comprensivo con sus fiestas que con nuestras descalificaciones. Si en Cristo no hay hombre ni mujer, sino personas, la otra sexualidad, simplemente es la misma pero expresada de forma distinta. Y como dijo Jesús al Bautista: “Dichoso aquel que no halle escándalo en mí” (Mt 11,6).

Antes de escandalizarnos o juzgar el comportamiento de nuestro prójimo, reflexionemos con las palabras que en la Suma Teológica nos propone Santo Tomás de Aquino: “Debido a las distintas condiciones de los seres humanos, ocurre que ciertos actos son virtuosos para determinadas personas, en tanto adecuados y convenientes a su condición, mientras que, para otros, los mismos actos son inmorales, en tanto inadecuados a su condición”

Santo Tomás había asimilado que quien ama comprende, y que, a quien no quiere comprender otras formas de pensar y sentir la vida, van dirigidas las duras palabras de Jesús cuando amonesta a escribas y fariseos de esta manera: ¡Ay de vosotros! que cerráis a los hombres el Reino de los Cielos. Vosotros ciertamente no entráis; y a los que quieren entrar no les dejáis (Mt 23,13). Seguir los pasos de Cristo, no fue ni es tarea fácil, Él no mide al mundo por lo que es justo, por lo que creen los eruditos que está bien o mal, Jesús trasciende siempre la justicia; el Dios de Jesús no es el Dios del sistema que distingue a buenos y malos. Él hace aparecer en toda su crudeza la violencia de la historia. Su medida no es la ley, es la gracia de Dios que recorre el  mundo desde su alfa hasta su omega. Sólo quien se acoge a esta gracia como don, puede comprender y trascender las cosas de este mundo. “Desde su experiencia de gracia total, Jesús elevó una palabra de condena total contra aquellos que siguen viviendo (muriendo) en un plano de la ley” (Pikaza, X., Antropología Bíblica, pg. 282).

Y es que, si como anuncia Pablo, los caminos de Dios son inescrutables (Rm 11,33), puede ser que quien habla mal de un homosexual, le está abriendo las puertas del Cielo, pues como dijo su gran amigo el evangelista Lucas al comentar las malaventuranzas: ¡“Ay cuando todos los hombres hablen bien de vosotros! Pues de ese modo trataban sus padres a los falsos profetas” (Lc 6,26).  

Por supuesto que esta reflexión no exime de su culpa a aquellas personas que teniendo una tendencia sexual definida, actúan contrariamente a la misma, con estos individuos sean heterosexuales u homosexuales, siguen siendo válidas todas las expresiones condenatorias de los textos sagrados, que de hecho, es contra quienes están dirigidas.