EL CAMBIO

No es la primera vez que reflexionamos sobre la necesidad de cambiar, que en ciencias bíblicas se llama “metanoia”. Hoy creemos interesante volver sobre el tema porque, consciente o inconscientemente, estamos en el tiempo en el que más veces intentamos cambiar, y si no ¿por qué repetimos por doquier “año nuevo vida nueva”? Siendo así, nos encontramos en el momento que mejor podemos captar esta realidad antropológica, especialmente en una sociedad como la nuestra, ya que, debido a la crisis, se imponen los cambios, hasta en política.

No obstante, nada cambia si nosotros no cambiamos. Juan el Bautista fue el precursor de esta necesidad de cambiar desde el interior, desde la soledad de cada experiencia humana, dicho con sus palabras: “desde el desierto” (Mt 3,3). De ahí la necesidad de limpiar al hombre viejo (bautismo en las aguas del Jordán), para renacer a la experiencia del hombre nuevo que nos propone el evangelio (bautismo en las aguas del Espíritu).

“Sé tú el cambio que quieras ver en el mundo”. Esta frase atribuida a Gandhi, expresa la misma “metanoia”. Si el cambio es bueno y saludable hasta en política, por qué oímos decir durante el resto del año: yo soy como soy y a mí nadie me cambia. Esta frase dentro de la antropología bíblica no tiene razón de ser, dado que el Ser, es precisamente el que obliga a los individuos a un constante cambio durante su devenir. Somos, porque procedemos del Ser (Yahvé), que para los cristianos e israelitas, es el nombre de Dios. Ser y estar es algo completamente distinto. Tenemos la suerte que en la lengua en la que estamos expresándonos, podemos diferenciar el Ser del estar, cosa que no ocurre con otros idiomas, y, por tanto, captamos esta antropología con mayor precisión.

Los cristianos conocemos por la experiencia de Jesús, lo distinto que es el Ser y el estar. Jesús estuvo entre nosotros como hombre, pero en su Ser sentía la filiación divina. Nosotros como hermanos suyos, y tras su resurrección, somos hijos de Dios aunque estemos viviendo en este mundo.

Esta previa reflexión antropológica es preciso recordarla toda vez que en el estar de cada individuo es imposible no cambiar ¿Qué sucede cuando esto no es así? Que hemos descentrado (esta palabra en griego es la que traducimos por pecado), nuestra yoedad de la fuente de toda energía que es el Ser. El Ser, que procede de Dios, nos obliga al cambio, pero cuando nos anclamos en lo ya adquirido y no seguimos buscando, simplemente lo que ocurre es que no actúa nuestro yo, que procede del Ser, sino nuestro ego que procede del estar, a veces este excesivo bien-estar genera las crisis de valores y, como consecuencia de ello, la crisis social en el resto de los ámbitos.

Cristo en su vida nos reveló la unión de lo humano con lo divino, el nuevo hombre de la nueva creación. La actuación de un ser humano que constantemente cambia “metanoia” y transforma la sociedad. Si es así, repitamos en este mes de enero: ¡Año nuevo vida nueva!

Ahora bien, que no nos limitemos a repetir una frase hecha. Ante bien, todo lo contrario, que la frase sea la consecuencia de nuestra forma de actuar.  Así, habremos intuido que el Ser que es Dios provoca la energía, la “dynamis” (fuerza, hálito, soplo; la palabra carece de importancia),  que, dentro del ámbito cristiano, llamamos Fe. Y esta Fe que proviene del Ser, es la que nos permite crear un estar en constante cambio que en teología, llamamos religión: Ser y Fe hacen posible el estar y el creer (religión).

Feliz año y feliz cambio para todos. ¡Y pobre del que no esté dispuesto a la “metanoia”! Por esta razón, en la historia de la humanidad, han sido y siguen siendo tan importantes los momentos de crisis. Ellos provocan los mayores cambios de la historia. Aunque, como nos revela Jesús con su propia vida, se pueda morir en el intento.