EL DECIMOTERCER APÓSTOL:PABLO DE TARSO
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- Categoría: Reflexión
- Publicado en Martes, 24 Enero 2012 10:30
- Escrito por Constantino
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Todos somos el decimotercer apóstol y formamos parte de los doce, ya que este número representa la totalidad del pueblo de Dios. Así fue en el antiguo Israel con las doce tribus y así es en el pueblo de Dios con los doce apóstoles.
El 25 de Enero celebramos la conversión de San Pablo. Más que una reflexión, esta breve reseña del llamado Apóstol de los Gentiles, es una obligación. Este pasado domingo hemos observado en un programa de T.V. que ante la pregunta de quién fue San Pablo, las respuestas fueron tan dispares como: un conocido Papa, el que escribió el evangelio, el que se cayó del caballo, me suena pero no sé, etc.
La respuesta más acertada fue: el que se cayó del caballo ¡y es mentira! El texto no dice que fuera a caballo (Hch 9,4). De hecho, Pablo no se apeó del burro de su creencia así como así. La conversión se captó a las puertas de Damasco y su caída le duró más de quince años, que fue el tiempo que trascurrió desde Damasco hasta su primer viaje apostólico (Gal 2,1). Anteriormente fue un simple recadero de la Iglesia naciente.
Su conversión está plagada de los símbolos míticos que impregnaban la cultura de los primeros siglos de nuestra era. Ya el nombre del apóstol nos indica la pequeñez del hombre ante la grandeza de la fe. Pablo era el pequeño, significado del nombre de Saul. Saul había sido el primer rey, el “elegido” de Israel, de la tribu de Benjamín, que como su nombre indica fue el hijo más pequeño de Jacob y el origen de la tribu más reducida de Israel (como posteriormente ocurrió con David). Nosotros en castellano indicamos que las cosas hay que hacerlas poco a poco, a través de la palabra “paulatinamente” (de Paulo, Pablo).
La caída simbólica de Pablo por la que todos los creyentes hemos de pasar si realmente somos cristianos, hemos de “aprehenderla” desde esta pequeñez que somos, ante la grandeza del don de Dios, que nos hace hijos suyos. Pero no es fácil comprender este don. Hemos de dejarnos guiar por él. Pablo se quedó ciego ¡Ciego! Al igual que Zacarías se quedó mudo (el sacerdote que, debido a su oficio, usaba la palabra para hablar de Dios –Lc 1,22-), Pablo, ahora, se queda ciego; él, que había estudiado la religión en la mejor escuela de aquellos tiempos, la del maestro Gamaliel (Hch 22,3); él, ante el conocimiento que va adquiriendo de los cristianos, con motivo de su persecución (posiblemente estuvo presente en el martirio de San Esteban), se apea de sus creencias (los pintores reflejan este cambio con la famosa caída del caballo que no es de origen bíblico, sino pictórica y popular: nosotros decimos caerse del burro, cuando alguien cae en la cuenta de su error previo).
Desde esta caída de Pablo todo se refleja a través del mundo mítico. Permanece ciego tres días hasta que en casa de Judas, el discípulo Ananías le impone la manos y vuelve a ver (Hch 9, 10-19) ¡Tres! Expresión de la divinidad que Pablo encuentra en los cristianos que persigue (Hch 9,9). Y es ante ellos y gracias a ellos, que Pablo comienza a ver de nuevo. La luz que le cegó ante el Cristo que perseguía (observemos que en la aparición, Cristo no le dice por qué persigues a los cristianos, sino por qué me persigues a mí –Hch 9,5-), la tiene que meditar, asimismo, y posteriormente, en su retiro de Arabia durante ¡tres años! Nuevamente tres (Gal 1,17s). La divinidad nos “persigue”, como reconocerá Pablo años después, desde el seno materno (Gal 1,15). La llamada de Damasco es retrotraída por el apóstol hasta el seno materno; esta realidad teológica fue, ciertamente aprehendida por él, en las puertas de Damasco, pero Dios nos llama a todos en el instante de la concepción… aunque posteriormente, hemos de tener oídos para oírla.
La conversión de Pablo se inició, como la nuestra, desde el útero de la vida. Hay que tener ojos para verla… o permanecer ciegos. Porque decís que veis permanecéis ciegos, anuncia el evangelio (Jn 9,40); Pablo encarna en su experiencia esta realidad evangélica que es tan actual entonces como hoy. Pablo, como muchos cristianos hoy, creen haber alcanzado la verdad.
La conversión de Pablo comienza cuando, como Zacarías, lejos de alcanzar a Dios, se sienten alcanzados por Él. Pablo creía que el estudio de la religión le llevaría hasta Dios. Pero el Dios de los cristianos sólo se deja aprehender en el prójimo. Cuando Pablo, en su camino, cae en la cuenta de esta verdad, todos sus argumentos anteriores se vienen abajo. Y a partir de esta caída, comienza a servir a los cristianos como el último, como el más pequeño, como a un abortivo (1Cor 15, 8s). Y, paradójicamente, pasa a la historia de la humanidad como uno de los más grandes.
En esta semana celebremos su conversión dejándonos encontrar como él, por Cristo. No hagamos, como Pablo, un fetiche de la religión. Nuestra fe, si es católica, y por tanto universal, ha de verse reflejada en nuestra creencia. Él asumió el judaísmo al trascenderlo en Cristo. Ahora sí, y tras la obligación de esta aclaración sobre la conversión de San Pablo, como cristianos del siglo veintiuno, comencemos a reflexionar qué significa convertir la religión que profesamos en la experiencia crística.

