LAS PREOCUPACIONES

“Yo os quiero libre de preocupaciones. El no casado se preocupa de las cosas del Señor, de cómo agradar al Señor. El casado se preocupa de las cosas del mundo, de cómo agradar a su mujer…” (1 Cor 7, 32-35)

Pablo nos quiere libre de preocupaciones. Y al parecer, según este texto, que hemos escuchado en la eucaristía del domingo, queda claro que una preocupación que hay que evitar es la de estar casados. Nada extraño que después de esta lectura se pueda pensar que es mejor el celibato que el matrimonio. Es la ley de la compensación: lo querido por la tradición judía era el matrimonio, ya que el celibato implicaba ir contra el mandato divino de creced y multiplicaros (Gn1,28).

Por si el lector no lo sabe, quien escribe está casado. Y por nada del mundo renunciaría a mi estado. Dicho lo cual puede pensarse que soy mal cristiano. Ni tan bueno como debiera, ni tan malo como para no poder ser perdonado. Pero la causa de mis preocupaciones no es computable a mi esposa, como parece  dejar constancia el texto. Antes bien todo lo contrario, ella es el la fuente de donde brota el amor que diariamente puedo repartir gracias a que se preocupa de todos los que nos rodean más allá de cualquier cercanía. Por esta razón, ella, lejos de ser motivo de preocupación, es quien me la quita. Desde otra visión del dilema, la mujer en la época de Pablo, cuando realmente tenía preocupaciones, no era cuando estaba casada, todo lo contrario, la sociedad la señalaba como culpable, si no había conseguido marido. Bueno es recordar, como asimismo lo hizo Jesús, que Dios creó al ser humano, hombre y mujer (Gn 5,1-2); son necesarios dos para aprender a relacionarse, como deja constancia la Biblia desde el Génesis al Apocalipsis y a través de esta relación dejarse llevar por el amor, que en definitiva para el creyente es la llama de Yahvé (Ct 8,6).

San Juan lo entendió así, cuando sitúa en su evangelio el marco en el que relata las primeras relaciones de Jesús con sus primeros discípulos ¿Cuál fue el marco? Una boda: las bodas de Canaán. Es ante el amor de un hombre y una mujer, que nos invita a descubrir el amor del hijo y su madre, y del comienzo del seguimiento de sus primeros discípulos. La unión de un hombre y una mujer, lejos de crear preocupaciones, es el lugar donde Jesús revela que es el Cristo esperado y donde nos introduce en el misterio del amor de Dios. El marco del amor humano simbolizado en la boda, es usado por San Juan para confirmar que allí comenzaron a creer en él sus discípulos (Jn 2,11).

Siempre hemos dicho, y repetimos ahora, que lo importante en la Biblia no es lo que dice, sino lo que quiere decir. Por tanto, ¿qué quiere decirnos Pablo cuando escribe a los de Corinto? Los textos sagrados hay que estudiarlos en su contexto para comprenderlos.

Lo más importante, hasta la llegada de Cristo, con relación al matrimonio, era tener hijos para poder seguir viviendo en ellos. Hasta tal punto era así que cuando una mujer no tenía descendencia, se le permitía al varón el repudio para tomar otra esposa (por aquel entonces se creía que ella era la única “culpable” de la infertilidad).

No estar casada, o estarlo sin tener hijos, era motivo de preocupación. La institución matrimonial tenía como función principal la procreación. Jesús observa que la unión de dos personas es algo querido por Dios desde el principio de la creación y que esta realidad humana, había sido manipulada por el hombre a través de la historia. Lo que debe unir a dos personas no es el hecho de poder tener hijos, sino vivir la experiencia del amor. Los hijos serán fruto, o no, de este amor.

Cualquier persona psicológicamente sana, piensa así, no obstante, ¿por qué Pablo parece pensar de forma distinta? Porque la situación en la que se encontraba Pablo implicaba la creencia de estar viviendo el final de los tiempos: las comunidades cristianas esperaban la llegada de Cristo y como consecuencia, el final de este mundo conocido. Ante esta dramática situación, lógicamente, era mejor no pensar en casarse. ¿Para qué preocuparse en casarse, si la función de tal estado era tener hijos y el fin del mundo estaba próximo? Lo mejor era no distraer la mente con otras preocupaciones que no fuera esperar la venida de Cristo.

Los medios de comunicación nos anuncian que según el calendario maya el fin del mundo llegará el 23 de Diciembre de este año. Si alguien cree en este vaticinio, estimo no tendrá otra preocupación que ésta ¡como para pensar en entablar relaciones de futuro!

Los cristianos venimos celebrando el comienzo de la nueva vida, de la nueva creación, el 24 de Diciembre (conmemoración del nacimiento de Jesús), por tanto, no nos asusta el anuncio del fin del mundo para el 23 de Diciembre, ya que todos los años lo celebramos. Pablo cuando escribe a los corintios vive su experiencia de encuentro con Cristo y ansía su venida. No obstante, con el paso del tiempo, fue cambiando su perspectiva, asumiendo que ese día y esa hora, como anuncia el Evangelio nadie los conoce (Mt 24,36). Lo que si conoce es que necesita, como todo buen cristiano, seguir anunciando la verdad del evangelio, pero no como catástrofe, sino como revelación que nos conduce a vivir otro mundo distinto del actual donde acabe la maldad y renazca la verdad: todos somos iguales en el Señor, sin obviar el respeto a las diferencias. Entre estas diferencias, podemos señalar la de estar casado/a o soltera/o.