EL CUERPO

En los comienzos del año hemos escuchado en la Eucaristía la lectura de 1 Cor 6,13-15; resaltamos la siguiente perícopa: “La comida para el vientre y el vientre para la comida. Mas lo uno y lo otro destruirá Dios”.

La antropología que emana de esta sentencia paulina merece una reflexión, dado que la deducción que podemos hacer de este pasaje es clara: el cuerpo será destruido. No obstante, si esto es así ¿Dónde voy a para yo, que estoy compuesto de cuerpo y alma? Si yo en cuanto individuo estoy formado por ambos componentes, qué me importa saber dónde va a parar mi alma, lo que me interesa conocer es dónde voy a parar yo; y yo no puedo seguir existiendo si una de las partes de las que estoy compuesto, desaparece.

Efectivamente, si Dios, según el pasaje mencionado, destruye mi cuerpo, que conforma con el alma todo mi ser, de hecho, quien ha quedado destruido soy yo ¿Cómo despejar este dilema antropológico? Lo primero que hay que despejar en esta aparente contradicción, es que el binomio alma/cuerpo no es de origen bíblico, sino que proviene de la filosofía griega.

Anuncio que despejar la incógnita no es tarea fácil en unas pocas líneas.

Para la biblia, el ser humano es un cuerpo animado: un todo, y para la filosofía griega es un alma encarnada, es decir, todo lo contrario: una parte. Esta reflexión da por supuesto que el lector es conocedor de esta realidad antropológica que es extremadamente importante a la hora de comprender el sufrimiento de Jesús en la cruz al compararlo con la alegría de Sócrates al tomar la cicuta: Jesús tiembla ante la muerte de todo su ser; Sócrates siente la liberación de lo que es: alma, al salir de la cárcel de su cuerpo.

Este previo conocimiento antropológico es la base para asimilar la teología paulina, toda vez que hay que tener enorme cuidado al hacer la traducción de la palabra “cuerpo” ya que unas veces se refiere a la traducción bíblica hebrea (“Basar”: todo él es bueno o malo dependiendo de lo que haga cada cual con su libertad),  y otras a la comprensión griega (“soma”: en donde, además referido a la carne es “sarx”  y por tanto  malo al ser la cárcel del alma).

¿Qué podemos decir al respecto? Hemos de tener presente que: El cuerpo (“soma”) es más que la carne (“sarx”). La carne es lo material que el cuerpo necesita para comunicarse en un mundo material y finito como el nuestro. La carne nos remite a la colectividad de lo creado. Todos los seres vivos tienen materia. Nosotros, los humanos, en cuanto carne, pertenecemos a esta colectividad.

Pero el ser humano es algo más, es individualidad. Y esta individualidad trasciende lo puramente material. La materia se queda en la carne. El ser humano como “soplo” de la divinidad, es cuerpo (así lo explica nuestro mito bíblico en el libro del Génesis). Y este cuerpo, procedente del “soplo” de Yahvé (Ser), nos individualiza, nos recrea en este mundo de la materia.

¿Qué ocurriría si estuviéramos en un mundo donde no hubiera materia, y como consecuencia, ni espacio ni tiempo? Que si bien necesitaríamos el cuerpo, no precisaríamos de la carne. Lo que la filosofía griega llama alma, es lo que el mundo semita denomina “nefesh” que procede del hálito (“ruah”) de Yhavé.

Dicho lo cual el ser humano no está compuesto de alma y cuerpo, para la biblia el ser humano es materia (“Basar”), que Dios modela, cual alfarero, insuflándole en las narices aliento divino. En virtud de este aliento (“ruah”), la carne que nos une con el resto de la creación material, se individualiza en un cuerpo (“nefesh”). Este cuerpo, y no otro, es el que precisamos para seguir viviendo en otra dimensión, que llamamos espiritual. Así puede comprenderse que cuando los apóstoles vieron a Jesús, aunque en un primer momento no le reconocieron (la carne corruptible no puede alcanzar la resurrección), cuando se dejó ver con su cuerpo, a través del cuerpo de ellos, no a través de la carne, ya no dudaron jamás y dieron su vida por esta revelación.

Creer en la resurrección de los cuerpos significa creer que cada uno de nosotros, con nuestro propio cuerpo, es decir, con nuestra propia individualidad (“nefesh”) podemos seguir en el más allá. Ahora bien, para ello es preciso trascender la carne. De no ser así seguimos siendo hijos de la primera creación y no de la nueva que reveló Cristo tal y como quedó explicado en una pasada reflexión.

Hoy como ayer, son los ojos (carne), los que siguen permaneciendo ciegos ante esta verdad; y es que los ojos jamás podrán ver estas revelaciones que, no obstante, y según el Evangelio, pudieron ver los ciegos de nacimiento…al nacer de lo alto.