LA PARÁLISIS DE LA SOCIEDAD

Propongo al lector que lea el pasaje de Marcos 2,1-12. En la lectura de este pasado domingo lo hemos escuchado. Puntualización previa para comprender lo que allí se dice, es partir de la siguiente premisa: en la cultura de los tiempos de Jesús, pecado y enfermedad iban unidos. Hasta tal punto era así, que en la sociedad judaica estaba mal visto que un creyente acudiera al médico; lo que tenía que hacer, según la tradición, era acudir al templo para que el sacerdote limpiara la culpa interior (suya o de sus antepasados, hasta la séptima generación), y de esta manera hacer desaparecer la enfermedad exterior que, de hecho, era la objetivación de dicha culpa.

Por esta razón Jesús, en el pasaje que nos ocupa dirá: “¿Qué es más fácil, decir al paralítico: Tus pecados te son perdonados, o decir: Levántate, toma tu camilla y anda”? (Mc 2,9). Tanto monta, monta tanto…

No obstante la psicología actual, y de eso sabe bastante nuestra generación, nos informa que la parálisis del comportamiento de mucha gente está en su mente (la ansiedad, la angustia, la inseguridad, el estrés, los miedos, etc.). Por tanto, nuestra sociedad puede comprender mejor que nunca el mensaje que encierra este pasaje de San Marcos.

La escena nos presenta a los letrados, es decir a los escribas y fariseos sentados para escuchar a Jesús. Ya tenemos por una parte la representación de la oficialidad de aquella cultura y por otra la representación de la doctrina de Jesús, a través de su actuación con el paralítico.

Lo importante de este relato es el mensaje que nos ofrece Marcos y que el evangelista enmarca en un hecho inverosímil ¿Por qué? Por las circunstancias que él mismo detalla: romper el techo de una vivienda abarrotada de gente…  descolgar al enfermo por el hueco roto que habría tenido que soportar el peso de todos los que intervienen, incluido el paralítico… la pasividad de los asistentes que soportaron la caída de la techumbre sobre sus cuerpos sin inmutarse… y, sin obviar, algo totalmente increíble: el silencio del dueño de la casa ante semejante vandalismo.

Por supuesto que, como todo relato de milagro evangélico, si bien hay que captarlo en un marco determinado, su realidad está más allá del hecho en el que se narra. El milagro siempre lo trasciende. Y es precisamente esta trascendencia la que el evangelista desea revelar, por esta razón, en el presente caso, para no equivocarnos, no utiliza el verbo curar.

Si el evangelista no nos presenta una curación propiamente dicha ¿cuál es el mensaje que nos propone ante el escenario descrito? El A.T esperaba la justicia de Yahvé que anunciaba Juan el Bautista y que estaba enmarcada en el castigo (Mt 3,7-10). Marcos muestra que con Jesús, la justicia del final de los tiempos ha llegado, pero lejos de traer el mal, adviene con el perdón de Dios. El Paralítico es el reflejo de la sociedad judía, siendo sus guardianes los escribas y fariseos. Jesús trata de romper esta creencia basada en el ojo por ojo ¿Cómo? Mostrando que la llegada del reino se vive a través del perdón del Padre.

Ahora bien, este perdón se tiene que hacer extensible al ser humano. Ahora es el creyente el que debe imitar al maestro. El perdón es un atributo de la divinidad; mas si Dios nos perdona, ahora nos toca a nosotros seguir perdonando. Caso contrario, la parálisis continuará… y la oración del Padre Nuestro no tendría razón de ser, pues al no entrar en esta dinámica, perdonando a nuestros deudores, es imposible sentir el perdón del Padre. Quien no siente el perdón, es porque no perdona y quien no perdona no puede hacer desaparecer el mal; ese que nos paraliza y nos hace repetir al finalizar la oración del Padre Nuestro: “líbranos del mal”… Marcos quiere romper esta paralización del acontecer humano, revelándonos que en Cristo, el mal ya ha desaparecido ¿Qué hacer para vivenciar este acontecimiento? ¡Perdonar!

También el evangelista Juan intuyó esta verdad al anunciar: “Recibid el Espíritu Santo. A quienes perdonéis los pecados, les quedan perdonados…” (Jn 20,21). Este perdón se recibe desde aquellas primeras comunidades cristianas, a través del bautismo, donde se expresa sacramentalmente la muerte y resurrección de Cristo.

Veintiún siglos después de este acontecimiento, el milagro llega hasta nosotros, tratando de dejarse aprehender por el creyente ¿Dónde nos sentimos representados? Ojala fuera en el Hijo del Hombre, que vivenciando el perdón del Padre, está dispuesto a perdonar los pecados del paralítico… hasta en la cruz: “Padre perdónales porque no saben lo que hacen” (Lc 23,34); mas cabe la posibilidad que seamos el paralítico que, a pesar de la fe de quienes lo descuelgan desde el techo (siempre la fe viene de lo alto), seguimos exclamando, como al final del relato “Jamás habían visto cosa parecida” (Mc 2,12).

Si seguimos, como entonces, sin ver estas cosas, es que nuestra mente sigue paralizada. Consecuencia de esta tragedia es la parálisis de una sociedad que sigue enferma. El Evangelio nos muestra que la salvación ha llegado para todos. Curar la parálisis ya es posible para el ser humano. El primer paso que hemos de dar es perdonar al prójimo como Dios nos ha perdonado. No es tan difícil, aunque nos siga pareciendo incomprensible. Hagamos la prueba y veremos que el milagro sigue ocurriendo hoy con la misma fuerza de entonces.

No podemos obviar, asimismo, una tercera posibilidad: quien no está representado en el paralítico, ni en el Hijo del Hombre,  lo está en aquellos, que como los doctos de la ley, se creen en posesión de la verdad. Aquellos que desde siempre son aliados del poder establecido. Su palabra es ley: “¿Por qué éste habla así? Está blasfemando, piensan” (Mc 2,7). Pretenden introducir la infinitud de Dios en sus pobres mentes para así manipular las mentes de los demás.

Ellos son, ¡somos!, los auténticos paralíticos porque creemos andar, ver y oír. Los evangelistas avisan al cristiano de este error. La Verdad lejos de poseerla nos posee allí donde perdonamos a nuestro prójimo, porque previamente hemos dejado sentir en nuestras vidas el perdón del Padre. Y como nos enseñó Jesús, hasta el instante mismo de la muerte.  En esta aparente debilidad humana del amor, se revela con  toda su fuerza  el poder absoluto de la divinidad.

Y quien tenga oídos….