La vida brotaba como cada tarde, apacible y silenciosa: la isla de la Palma era un paraíso, especialmente en aquella localidad que llevaba este mismo nombre: El Paraíso. Todo cambió aquel 19 de septiembre cuando el reloj marcó las 14,13 horas. El infierno se desató y sus lenguas de fuego comenzaron a lamer la tierra. La muerte ni perdona ni tiene hora…

…En aquellos tiempos el fuego también lamía el valle del Hinom. El profeta Jeremías nos recuerda cómo sacrificaban al dios Moloc, a seres humanos, especialmente niños. (Jer (7,31; 19, 5s.).

Posteriormente, en la época de Jesús, la vergüenza de aquellos tiempos pasados, convirtió el lugar en el estercolero donde se quemaban las basuras y donde las brasas anidaban sin llegar a consumirse. Aquel fuego, simbólicamente hablando, le sirvió a Jesús para compararlo con el dolor de quien no sabe ser hermano de su prójimo:

“Y si tu mano te es ocasión de pecado, córtatela. Más vale que entres manco en la Vida que, con las dos manos, ir a la gehenna, al fuego que no se apaga. (Mc 9,43). “«Y no temáis a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma; temed más bien a Aquel que puede llevar a la perdición alma y cuerpo en la gehenna” (Mt 10,28).

Y el valle del Hinom se convirtió en la Gehenna (infierno), hasta el día de hoy. Si alguien no cree en estos hechos, que repase la historia. El infierno existe. Pero hoy tiene otro nombre: La Palma. Las palabras de Jesús serían las mismas ante el fuego que sale de las profundidades de nuestro planeta.

El fuego sigue siendo el símbolo de todas las personas que sufren en sus carnes el dolor de la desesperación. La agonía de la sin razón. La fragilidad de la existencia. En definitiva la vivencia del infierno, representado, como en aquellos tiempos, por las brasas destructoras.

El símbolo del fuego, como la moneda del Cesar, tiene dos caras, purifica o mata. Estamos viviendo la cara de la muerte. La cara que siempre ha sido objeto de todo libro sagrado. No es preciso morir físicamente, para experimentar el infernal sufrimiento. Ese que mata el futuro de la vida, el que borra la meta de las ilusiones y que viven hoy los habitantes de la Palma. Olvidando, que ese mismo fuego ha purificado y hecho posible la existencia de la isla.

No obstante, es el momento de unirnos a su infierno para que la hermandad convierta el dolor en purificación ¿Cómo? Con hechos concretos. Todos, conforme a las personales posibilidades y el gobierno que nos representa, actuando, y no diciendo una y otra vez que va actuar. Entreguen a los damnificados dinero de bolsillo ¡ya! ¿No es posible después de un mes, abrir zanjas que conduzcan a la lava hacia terrenos no edificados? ¿Si hemos construido hospitales en días, no se puede construir las casas prefabricadas que se necesiten en un tiempo, asimismo, record? Evitemos papeleos en alguien que los ha perdido todos  e indemnicemos ya. Las soluciones, si ellas son posibles, han de ser para ayer, no para mañana.

En todo caso, siempre nos queda lo más fácil que podemos y debemos hacer (paradoja), con santa gula: comer muchos plátanos canarios.

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