Salió de casa.

 No volvió.

Los mal nacidos quisieron borrarlo del mapa y su mala sangre elevó su recuerdo hasta la eternidad.

Fue agredido por la homofobia, el odio, la ira, la inconsciencia, la locura de unos individuos enfermos. Todo un vademécum de contraindicaciones de la enfermedad del alma que, como la carcoma, destruye a la humanidad.

Algunos portavoces o voceros de las noticias, echan la culpa de estos sucesos a políticos y, cómo no, a nuestra educación religiosa.

Y es en este último punto de lo oído en estos días, donde quisiera poner los puntos sobre la íes (axioma grafológico): la religión no es culpable de la homofobia que parece surgir, precisamente, en estos días de exaltación gay. No, el homófobo es producto de la incultura y de la sin razón de los fanáticos, sean o no creyentes.

 El fanatismo crece, como la mala hierba, en todos los campos.

Los textos que son manantial de nuestra tradición, son claros al respecto. El capítulo 8 de los Hechos de los Apóstoles nos narra el siguiente pasaje:

El Ángel del Señor habló a Felipe diciendo: «Levántate y marcha hacia el mediodía por el camino que baja de Jerusalén a Gaza. Se levantó y partió. Y he aquí que un etíope eunuco, alto funcionario de Candace, reina de los etíopes, que estaba a cargo de todos sus tesoros, y había venido a adorar en Jerusalén, regresaba sentado en su carro, leyendo al profeta Isaías… El pasaje de la Escritura que iba leyendo era éste: «Fue llevado como una oveja al matadero; y como cordero, mudo delante del que lo trasquila, así él no abre la boca. En su humillación le fue negada la justicia; ¿quién podrá contar su descendencia?… Siguiendo el camino llegaron a un sitio donde había agua. El eunuco dijo: «Aquí hay agua; ¿qué impide que yo sea bautizado?» Bajaron ambos al agua, Felipe y el eunuco; y lo bautizó”.

El eunuco, que en aquellos tiempos romanos era, asimismo, el considerado homosexual (ambos no podían tener descendencia; grave pecado en aquellas sociedades), es el primer extranjero que por mandato del Espíritu Santo es bautizado. Esta exigencia demuestra que, más allá del pensamiento social de los primeros cristianos, la nueva religión no admitía rechazo alguno contra este comportamiento, mientras que no fuera debido al vicio y a las orgías sociales.

Ahora, como entonces, le humillaron negándole toda justicia. Le llevaron, sin abrir la boca, como oveja al matadero.

Obligar a un homosexual a ir contra su sentir, tiene el mismo pecado que obligar a un heterosexual a unirse con alguien de su mismo sexo. El sexo para la procreación es de origen animal; el sexo para el amor es de origen humano.

No sabemos las motivaciones que han llevado a los asesinos de Samuel a ejecutar su crimen. Dejemos que la justicia nos lo aclare, pero no pretendamos echar la culpa a la política o a la religión para encontrar las causas de este mal de la sociedad que se convierte en verdugo al grito de ¡maricón!

Cosa distinta es que sigan existiendo creyentes que necesiten escuchar la imperiosa exigencia del Espíritu para que encaucen sus vidas hacia una moral que repudie estos comportamientos.

Si ante la política todos somos iguales, ante la religión, todos somos hermanos.

Y no olvidemos que en Cristo, para más inri, no hay hombre ni mujer (Gal 3,28).

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